Читать книгу Riku desde los infiernos - Roberto Carrasco Calvente - Страница 8

1. EL OVILLO

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Tengo dos hermanas pequeñas. Son gemelas y mamá las viste como si fueran dos muñecas. Por eso cuando tenemos visita es inevitable que los halagos hacia ellas rechinen en mis oídos. Algunas noches me toca a mí meterlas en la cama y leerles un cuento porque papá ha llegado con copas de más en el cuerpo o con problemas en la fábrica o simplemente con ganas de hacerle la vida imposible a mamá y se encierran en su habitación, en esa habitación mágica que aísla gemidos de placer, llantos y golpes. Debido a ella, las niñas temen el silencio. Saben que cuando no se oye nada es que algo malo ocurre. Para evitar que tengan pesadillas, mamá me ordena que les cante, que les cuente alguna historia, que les lea algo adecuado para su edad. Ellas no me necesitan, tienen su propio lenguaje, se ríen entre ellas, da la impresión de que si una bomba nuclear estallara, tan solo ellas sobrevivirían, tan raras, tan autistas y con ese semblante de jamás alimentarse a través de la boca sino con radiación solar.

–Cuéntanos el cuento del ovillo –dicen al unísono. Siempre hablan al mismo tiempo, con el mismo tono, la misma musicalidad enervante que me rompe los esquemas. No sé si me adoran o si se burlan de mí. Si soy para ellas un hermano mayor o un bufón, un ejemplo a seguir o la víctima idónea para cuando decidan cometer su primer asesinato. Yo no les niego nada, me siento al borde de la cama que comparten y les aviso de que lo que van a oír a continuación ocurrió en realidad, más allá de Japón, donde viven los tíos y la abuela, en un país constantemente acosado por los dragones que habitan en los abismos del fin del mundo. Ellas ríen. Imagino que a estas alturas ya sabrán que el mundo no es plano, pero me gusta imaginar que mis historias ocurren en un lugar que tiene principio y fin, en el que si caminas demasiado te encuentras cara a cara con la nada. No es un planeta redondo donde la misma mentira da vueltas y vueltas y más vueltas y nos hace creer que el vacío absoluto no existe.

El ovillo apareció una mañana a los pies de la cama del príncipe Makai. Era un ovillo de lana pequeño, dorado y palpitante. Junto a él, habían dejado una escueta nota en un papel rectangular. La letra de esta nota era elegante, alta y afilada como la de los Antiguos. El príncipe Makai supo pues que sus plegarias habían sido atendidas. Cada noche, durante dos años, había recitado la misma oración antes de irse a dormir. “No lo podrás volver a enredar” decía la explicación de los dioses. El príncipe Makai tan solo quería que aquellos años de incertidumbre pasaran. Quería conocer el perfume que las hembras exhalan cuando se ruborizan, quería saber cómo sería la suya, si tendría los pechos pequeños o, por el contrario, serían grandes como cántaros, decorados con pezones rosados y exultantes. Cogió el ovillo entre sus manos y desenredó un poco. El cielo se movió a través de las ventanas. Los pájaros emigraron a lugares más cálidos y su pecho se pobló de vello negro y duro. Sintió cómo su cuerpo crecía, cómo sus brazos se hacían fuertes y sus muslos, anchos. En algún punto de su entrepierna, su pene había tomado la forma y tamaño del pene de su padre. Había funcionado el ovillo. Podía hacer que los insípidos años de la adolescencia pasaran sin dolor. Había pedido a los dioses arrancar algunas páginas del libro de la vida y los dioses le habían concedido aquel deseo singular. A pesar de todo, no vio mujer alguna a su lado. Desenredó de nuevo y estalló una guerra entre reinos que trajo muerte y miseria. Luchó en el bando de los ganadores pero al regresar al castillo, sus manos no eran las de un ganador sino las de un asesino. La sacerdotisa, bajo la bóveda del salón del trono, le dio el pésame por una pérdida que él aún desconocía. El príncipe Makai, ahora huérfano y rey del País al borde del Fin del Mundo, desenredó otro trozo del ovillo. Y una vez más, la decepción tiñendo sus anhelos al no haber mujer para él...

Las gemelas ríen siempre que llego a esta parte porque saben lo que la fatalidad le tiene preparado al príncipe Makai y porque es el momento en el que mi tono de voz se vuelve grave, siniestro, con intención de aterrorizarlas.

...Las manos temblorosas del príncipe Makai no sostienen el ovillo y este cae al suelo, rodando, rodando y rodando. También caen los días, los meses y los años. La piel se le arruga, los cabellos se le vuelven blancos y los inviernos le golpean en la cadera con violencia.

–Y muere solo –dicen mis hermanas.

DÍAS DE ENMEDIO

Desaprovecho los términos medios

y nada es blanco

y nada es negro.

Todo transcurre desde lo incierto.

Espero desde el principio

a que el final se cruce en mi camino

y nada empieza

y nada acaba.

Todo transcurre en los días de enmedio

en los que el tedio me embarga.

Riku desde los infiernos

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