Читать книгу E-Pack Bianca y Deseo octubre 2020 - Varias Autoras - Страница 11
Capítulo 6
ОглавлениеLAS COSAS no estaban saliendo como Dante esperaba. Y no estaba acostumbrado a que las cosas le salieran mal. Para empezar, porque ni la vida ni el resto de las personas le planteaban verdaderos desafíos y, para continuar, porque nunca permitía que alguien entrara en su esfera personal y creara desorden.
O peor aún, caos.
Ya había tenido bastante caos cuando era un niño. Desde que nació, hasta que Robert King lo sacó de las calles y lo metió en un colegio privado.
Al principio, desconfió del patriarca de los King. Estaba convencido de que un hombre que se tomaba tantas molestias por un chico debía de tener malas intenciones. Pero tampoco le dio demasiada importancia. Ya había visto bastantes atrocidades. Y por otro lado, el hambre y la pobreza le habían dado una idea muy flexible de lo que estaba dispuesto a hacer a cambio de otra comida.
Con ello en mente, optó por aceptar la oferta de Robert y ver lo que pasaba. En función de lo que hiciera, completaría sus estudios, se llevaría el dinero que costaba o terminaría lo que había empezado, aprovechando que Robert le había devuelto la pistola.
Por supuesto, había pasado mucho tiempo desde entonces, y su situación actual no se parecía nada a la de aquellos años. Pero, al oír los gemidos de Isabella, había vuelto a experimentar la misma impotencia, y no había sabido qué hacer.
Y, de repente, vio a Minerva. Sin más ropa que una toalla.
Estaba tan sensual con el pelo mojado y los hombros al aire que se quedó atrapado entre el desconcierto y la ira. Desconcierto, porque lo había excitado e ira, porque los dos sabían que Isabella no era hija suya.
Y si lloraba, tampoco era asunto suyo.
Era responsabilidad de Minerva, exclusivamente.
Por eso había estado tan brusco. Por eso se había ido, había cenado rápidamente y se había puesto a trabajar, aunque tampoco se podía decir que tuviera mucho que hacer. Como no era un hombre que dejara nada para otro día, nunca se le acumulaba el trabajo.
Mientras intentaba concentrarse, se acordó de todas las veces que le habían recomendado que se tomara más tiempo libre. Y siempre se preguntaba lo mismo, para qué. Y siempre se quedaba sin respuesta.
Salía cuando le apetecía; generalmente, por cuestiones relacionadas con el trabajo. Y, cuando conocía a alguna mujer que le gustaba y estaba dispuesta a pasar la noche con él, aprovechaba la oportunidad. No necesitaba más diversiones.
Pero, ¿cómo iban a entenderlo los demás? No habían pasado hambre. No se habían visto obligados a aceptar la oferta de un desconocido como Robert con tal de llevarse algo a la boca, aunque existiera el riesgo de que fuera un abusador.
No, no podían entender que, para él, el dinero y el trabajo lo eran todo. Eran su tabla de salvación, y la pared que había construido a su alrededor para asegurarse de que nada ni nadie ponía en peligro su mundo.
–¿Hola?
La suave voz de Minerva lo sacó de sus pensamientos. Estaba bajando los últimos peldaños de la escalera, vestida con unos pantalones y un top que dejaba ver su estómago.
–Estoy hambrienta –dijo–. ¿Qué hay de cenar?
–Yo ya he cenado.
Ella frunció el ceño.
–¿Ya has cenado? ¿Sin mí?
–No sabía que tuviéramos que cenar juntos –se defendió él.
–¿Y qué se supone que debo hacer ahora? –preguntó Minerva, furiosa–. Pensé que cenaríamos juntos. Es nuestra noche de bodas.
Dante la miró con escepticismo.
–Oh, vamos, no me digas que esperabas una noche tradicional.
Ella abrió la boca, la volvió a cerrar y, por fin, replicó:
–Por supuesto que no. No debemos consumar el matrimonio, ¿recuerdas? Eres católico y, de lo contrario, no nos podríamos divorciar.
Él soltó una carcajada.
–Te agradezco que te preocupes por mi confesión religiosa, pero te aseguro que no lo he olvidado.
–Me alegro.
–Me tomo muy en serio la religión.
–Ya –dijo, clavando en él sus ojos verdes.
–Bueno, te buscaremos algo de comer. No queremos que pases hambre, ¿verdad?
Minerva lo siguió a la cocina, donde él abrió el frigorífico, que contenía una gran variedad de embutido y quesos, además de comida preparada. Dante sabía cocinar; pero no se le daba especialmente bien, así que siempre se encargaba de que la plantilla de la casa mantuviera un buen surtido de alimentos.
–Puedes empezar con queso –dijo él, dejándolo en la mesa de la cocina.
Minerva, que llevaba a Isabella en brazos, aceptó las cosas que le empezó a ofrecer.
–¿Prefieres carne? ¿O pescado?
–Carne –contestó ella–. El pescado no me gusta mucho.
–Supongo que eso significa que te comerás toda la carne que hay durante nuestra estancia.
–Si prefieres que te coma a ti…
–No, gracias.
Mientras él calentaba el guiso de carne, ella se sentó, se tomó un pedazo de queso y, a continuación, alcanzó un dátil. Estaba tan bueno que dejó escapar un gemido, y Dante apretó los dientes con desesperación.
–Qué delicia… –dijo ella.
–¿Ya no estás enfadada?
–Nadie podría estar enfadado con algo tan exquisito.
–Tú, sí.
–Vaya, me halagas.
Dante tuvo la extraña sensación de que lo había dicho en serio. Pero le sirvió la carne y le puso el plato en la mesa, dándose cuenta de que estaba acostumbrada a que la sirvieran.
–¿Puedes encargarte de Isabella mientras como?
La mente de Dante se llenó de dudas y, por primera vez en muchos años, se preguntó si no habría calculado mal la situación. Había supuesto que podría trazar una línea entre lo público y lo privado y, por supuesto, que no tendría que hacer nada con la pequeña. Sin embargo, Min no parecía ser de la misma opinión.
¿Qué sabía él de bebés? Nada en absoluto. Ni tenía experiencia al respecto ni quería tenerla. Y no iba a permitir que un simple bebé lo derrotara.
Pero Min no podía comer si no tenía las manos libres, lo cual significaba que se tendría que encargar de la pequeña.
–Sí, claro –respondió, brusco–. Pásamela.
–Deberías mejorar tu tono de voz –dijo ella, depositándola en sus brazos.
Minerva se puso a comer, y él reflexionó brevemente sobre la condición humana y la fragilidad de Isabella, que casi no pesaba nada. ¿Cómo era posible que algunos adultos fueran capaces de abandonar a criaturas tan desvalidas?
–Lo mataré –afirmó Dante–. Mataré a ese hombre por lo que te ha hecho.
–Me sorprendes. No esperaba que dijeras algo así.
–Pues es cierto. Te ha tratado muy mal. Pero, sobre todo, la ha tratado mal a ella.
–Vaya, muchas gracias.
–Somos adultos, Minerva, y debemos responder por nuestros actos. Esta niña no ha hecho nada, salvo nacer en un mundo terrible. No puede valerse por sí misma. Su supervivencia y su seguridad depende de las personas que la rodean.
–Lo sé. Por eso estaba dispuesta a hacer lo que fuera por mantenerla a salvo.
Él asintió.
–Sí, sé que comprendes esas cosas.
–Desde luego que las comprendo. Y tenía que hacer algo, Dante. Tenía que asegurarme de que estaría protegida.
Minerva guardó silencio durante un rato. Pero, de repente, la niña eructó y vomitó sobre la camisa de Dante.
–¡Oh, no! –dijo Min, levantándose de la silla–. Cuánto lo siento.
Minerva alcanzó a la niña, y él se quitó la camisa por encima de la cabeza.
–Se la dejaré a los empleados, para que la lleven a la lavandería.
–¿Los empleados? –preguntó ella, clavando la vista en su fuerte pecho.
–Sí, pero no estaremos cuando vengan, así que no nos verán –explicó Dante–. Es un riesgo necesario. Necesitamos que alguien nos traiga comida y se encargue de la limpieza.
–Sí, supongo que sí –declaró, sin apartar la vista de su pecho.
–Minerva, mis ojos están más arriba…
Ella se ruborizó, y él se llevó una pequeña sorpresa. Por lo visto, se sentía atraída por él y, por lo visto, era incapaz de disimularlo.
–Sé dónde están tus ojos –dijo Min cuando recuperó el habla–. Y también sé que tus camisas están arriba… Lo digo por si quieres ponerte otra.
–No, estoy perfectamente cómodo. ¿Y tú?
Ella carraspeó.
–No, pero no es por ti, sino porque aquí hace calor –mintió–. Creo que voy a dar un paseo por la playa.
Él arqueó una ceja.
–¿En serio?
–Sí.
Dante jamás habría imaginado que una mujer adulta pudiera sentirse tan incómoda ante la visión del pecho de un hombre; pero, por mucho que le agradara su incomodidad, no supo cómo tomárselo. Estaba acostumbrado a las miradas coquetas, a las caricias y a los gemidos, no al miedo.
–Hay tarta –le dijo.
Min ladeó la cabeza.
–¿En la playa?
–No, aquí. Tarta de chocolate. Pero, si no te apetece…
Ella se sentó con Isabella en brazos.
–Acepto tu ofrecimiento.
Dante soltó una carcajada, cruzó la cocina y cortó un pedazo de tarta.
Estaba encantado con el súbito giro de los acontecimientos. La tortilla se había dado la vuelta, y ya no era él quien estaba preocupado por lo que sentía por ella, sino ella por lo que sentía por él. No podía ser más satisfactorio.
Había conseguido un triunfo sensual sobre la hermana pequeña de Maximus, una mujer que, hasta pocos días antes, le parecía una niña. Pero no era una niña. Y, si estaban condenados a quedarse en la isla por tiempo indefinido, aprovecharía sus victorias y aceptaría lo que el destino le ofreciera.
Dante le dio la tarta de chocolate. Y ella tuvo que hacer un esfuerzo para mirarlo a los ojos.