Читать книгу E-Pack Bianca y deseo agosto 2020 - Varias Autoras - Страница 9
Capítulo 4
ОглавлениеA SAMIA le daba vueltas la cabeza. ¿Qué había hecho? ¿Adónde iba? ¿Con quién iba?
¿Luca era un príncipe?
La cabeza le daba vueltas y el corazón le latía con fuerza. Intentaba actuar con normalidad, como si aquello no le importara, pero le importaba. Le importaba por su seguridad. Y le importaba por su corazón. Pues Luca, definitivamente, provocaba una reacción en ella. Le resultaba imposible estar cerca de él sin sentir algo. ¿Y qué diría él cuando se enterara de cómo se ganaba ella la vida? Pero necesitaba aquel trabajo. Y además, su olfato le decía que allí había una historia. ¿Cómo era posible que dos hermanos que habían estado tan unidos hubieran terminado, uno calificado como un santo y el otro como un pecador? No tenía duda de que Luca era un hombre complejo. Pero ¿era tan malo como lo pintaban?
–¿Tienes dudas? –adivinó él, cuando los guardias de la verja lo saludaron y después se apartaron respetuosamente–. Todavía puedes cambiar de idea.
–Estoy bien –repuso ella.
Lo que descubriera sobre Luca, se lo guardaría para sí. Publicar detalles de su vida privada sería indiscreto y deshonesto. Su corazón estaba a salvo porque él no lo quería, y, como no tenía intención de acostarse con él, Luca nunca descubriría que era tan mala en la cama como decía su ex.
–Nada serio, espero –musitó, al ver que Luca fruncía el ceño después de leer un mensaje en el teléfono.
Él tarareó y no contestó, pero su expresión anunciaba tormenta e hizo que ella se preguntara si no había sido demasiado impulsiva al acceder a aquel viaje.
Una vez a bordo, se iría aclarando con sus pensamientos. A pesar de su fachada animosa, seguía sufriendo los efectos de vivir con un matón. Y sí, había tenido miedo de él, de su poder y de sus influencias. El divorcio no los había separado, como ella esperaba, sino que lo había vuelto más vengativo. Una vez a bordo, estaría a salvo de él, al menos durante la duración del viaje. Aprendería cómo vivían los superricos y quizá escribiría algún día de ello en términos generales. No tenía por qué mencionar específicamente a Luca.
–¿Aquí es donde esperamos el transporte hasta el yate? –preguntó.
Miró maravillada la zona de espera, atendida por empleados uniformados, que servían canapés y champán.
–¿No te gusta? –bromeó él.
Ella tembló. El escalofrío se debía a Luca. Solo tenía que mirarla para que su cuerpo anhelara la excitación perdida. Huir del pasado era la luz al final del túnel, y ella estaba deseando llegar allí, desesperada por avanzar hacia un futuro mejor.
–Un vaso de agua con gas estaría muy bien –comentó.
Estaría mejor todavía mantener la cabeza despejada.
Luca también rehusó el champán porque dijo que navegaría más tarde.
Una punzada de decepción le recordó a Samia que una empleada nueva en su yate no iba a ser algo prioritario en la agenda del príncipe. Luca paseaba como un tigre que tuviera una espina en la pata. Los dos estaban impacientes por subir a bordo, pero por razones distintas. Ella también quería seguir conociéndolo, pero él volvía a la actividad que amaba, y a su estilo de vida privilegiado. «Madura». «Sé realista», pensó ella. Si tenía suerte, conseguiría el trabajo prometido y lo vería de pasada de vez en cuando.
Pero no podía evitarlo. Nunca podía. Su madre solía decir que había nacido haciendo preguntas.
–Entonces… ¿a Madlena? –quiso saber.
–Contestaré preguntas cuando estemos a bordo –repuso él.
Su tono era tenso, como para desalentar cualquier conversación futura. Ella no podía culparlo. Era un príncipe.
Un príncipe de luto.
Tenía un yate.
Y pronto estaría menos libre para navegar.
Ella, como mucho, sería un miembro de su tripulación.
«Pero aun así, podría ayudarlo», pensó.
¿Y cómo se suponía que iba a hacer eso?
«Encontraré un modo», decidió.
–Y cuando estemos a bordo, tú no harás preguntas –declaró él.
Samia echó la cabeza atrás, sorprendida, y entonces recordó que había sido acosado por la prensa y debía de estar harto de preguntas. Después de la muerte de su hermano, la opinión de la prensa había estado muy en contra de que el Príncipe Pirata subiera al trono del príncipe Pietro, que jamás había hecho nada que no fuera correcto. Hasta ella tenía que admitir que se necesitaría algo especial para restaurar su reputación. ¿Podría ayudarlo con eso? Casi con certeza, no. Cualquier influencia que ella pudiera haber tenido con los medios de comunicación, la había perdido el día que había aceptado casarse con el propietario del periódico en el que escribía ella. Este había usado todas las amenazas imaginables para que ella cambiara sus palabras por las de él, y después del suicidio de su madre, cuando Samia pensaba que ya no podía haber nada peor, la amenaza de arruinarle la vida a su padre había demostrado que se equivocaba. Ella habría hecho lo que fuera con tal de ahorrarle más dolor a su padre, y lo hizo.
–Tendrás que quitarte esas botas cuando estemos a bordo –comentó Luca.
–Claro que sí –respondió ella.
Lo habría besado por darle algo tan simple en lo que pensar. Había dejado de pasear y estaba lo bastante cerca para tocarlo. Sus manos casi se rozaban y a Samia le cosquilleaba la suya, y también el muslo más próximo al de él. Luca era tan abrumadoramente viril, que el cuerpo de ella no podía ignorarlo. El poder que exudaba era muy distinto al del ex de Samia, pero este había sido un matón, mientras que Luca daba opciones. El sexo con su ex había sido violento y rápido, lo que había hecho que Samia odiara hacerlo, mientras que Luca, a pesar de su virilidad incontrolada, le provocaba el anhelo de ser acariciada con habilidad y ternura.
Pensó con nerviosismo que quizá todavía hubiera esperanza para ella, pues Luca había notado su interés y la miraba con intensidad. «No te hagas ilusiones», se dijo, recordándose que se disponía a entrar en un mundo desconocido con un hombre que era prácticamente un extraño.
–Al fin –anunció él, cuando una lancha negra brillante se colocó al lado del muelle.
A Samia nunca la había atraído tanto correr un riesgo. Estaba ilusionada. ¿Y por qué no? Una nómada sin dinero, sin trabajo, sin casa, y con un pasado lúgubre que amenazaba con tragársela, iba de camino al yate de un multimillonario.
Mientras Luca ayudaba a sus hombres con las sogas, ella aprovechó la oportunidad para investigar un poco en su teléfono móvil. Lo que descubrió del príncipe Luca Fortebracci solo sirvió para que quisiera saber más. El Príncipe Pirata tenía bastante historia. En lo relativo a las mujeres, parecía ser un amante generoso, pero nunca había tenido una relación duradera. Empresario casi por accidente, había iniciado un negocio global en su dormitorio cuando era adolescente. Independientemente de lo que dijera la prensa, o de lo que pensara él, en Madlena lo consideraban un héroe nacional. ¿Por qué, entonces, lo ponía tan tenso ir allí? A pesar de su riqueza y de su éxito, parecía una persona solitaria, aparte de la adorada abuela de la que hablaba a menudo en la prensa.
–¿Lista? –preguntó él.
Samia pensó que iba a dejar su mundo para entrar en el del príncipe, y tenía que estar preparada para lo que pudiera surgir.
«No anticipes acontecimientos», le advirtió su vocecita interior. «Con un poco de suerte, conseguirás un empleo en el Black Diamond, donde Luca será tu jefe y estará tan por encima de ti, que quizá no vuelvas a verlo. Esta es tu oportunidad de escapar de la sombra de tu ex y de planear el resto de tu vida. Y eso es todo lo que es».
Y, con suerte, de descubrir algo más sobre Luca, aunque solo fuera para satisfacer su curiosidad. Y además, todo lo que no fuera una simple relación de trabajo conllevaría muchas complicaciones.
«¿Y no has tenido ya bastante de hombres poderosos?», pensó.
Cuando se volvió a echar un último vistazo a la orilla, vio cosas tranquilizadoras. Niños jugando, familias tomando bebidas… Y ella iba a dejar todo eso atrás.
–Si cambias de idea cuando estés a bordo, pondré un bote a tu disposición –dijo él.
¿Le leía el pensamiento? Seguramente su ansiedad resultaba evidente.
–Tendrás WiFi –le dijo él, cuando aseguraban ya una rampa entre el muelle y la lancha–. Si te quedas sin cobertura, tenemos teléfonos por satélite. ¿Quieres llamar ahora a tus padres y decirles adónde vas?
–Mi madre está muerta –ella se llevó una mano a la boca–. Perdona. Pensarás que soy una desconsiderada por contestar así.
–¿Por qué voy a pensar eso? Siento mucho tu pérdida –contestó él, con el ceño fruncido.
–Y yo la tuya –musitó ella.
El rostro de Luca volvía a ser inexpresivo. Los dos habían vivido una tragedia y los dos se esforzaban por mostrar cierta semblanza de normalidad en vidas que de pronto tenían muy poco sentido. La prensa había contado muy poco de la muerte del príncipe Pietro, más allá de describirla como «un accidente raro», lo cual bastaba para suscitar la curiosidad de cualquier periodista de investigación, incluso de una que ya no ejercía.
–¿Cómo murió tu madre?
La sorpresa de la pregunta la devolvió al presente con un sobresalto, y decidió ser igual de directa.
–Se quitó la vida –dijo.
Por no afrontar la vergüenza de ver a su esposo ante un juez. La sensación de culpabilidad que invadió a Samia le era ya familiar. ¿Podía haber hecho más por salvar a su madre? Y en ese momento se le ocurrió otra idea. ¿Luchaba Luca con un demonio parecido?
–Los dos tenemos motivos para sufrir –observó él con voz tensa.
–Y para seguir adelante –contestó ella.
Todos los días renovaba su determinación de volver al trabajo que amaba. Su caída había sido espectacular. Un día alababan su columna por su valiente información sobre elementos criminales, y al día siguiente, su columna había cambiado de un modo inexplicable. Ya no mostraba los dos puntos de vista de un argumento, sino solo uno, el de su ex, y sus lectores la habían abandonado en masa. Cuando ella había amenazado con hacer público lo que ocurría, él le había prometido que no volvería a trabajar nunca, y después del divorcio, había jurado perseguirla hasta los confines de la Tierra. Por eso había salido de Londres solo con lo puesto y con las viejas botas de senderismo de su madre, para que la ayudaran a no despegar los pies del suelo. Si quería tener una oportunidad de recuperarse, necesitaba alejarse del mal.
–¡Agárrate! ¡Siéntate! –le dijo Luca cuando entraron en la lancha.
Aunque ella no supiera muchas cosas de él, seguía siendo una presencia reconfortante. El navegante mantuvo el límite de velocidad hasta que dejaron atrás a la policía del puerto y entonces aceleró y la proa se elevó en el aire.
Chocaron con una ola. Samia gritó y cayó sobre Luca, quien la sujetó con firmeza. El contacto con él resultaba eléctrico. Su cuerpo era cálido y fuerte como una roca. Sus manos estaban encallecidas por la navegación, pero eso era otro punto a su favor. Estaba harta de que la tocaran manos que no habían trabajado en su vida. Casándose con su ex, en lugar de salvar a su padre, lo había empeorado todo al darle a su marido más motivos para amenazarla y acosarla. Cuando pensaba en ese error, lo achacaba a su pena por la muerte de su madre. Su padre estaba vulnerable y con muchas deudas y ella había tenido que hacer algo para salvarlo. Su ex había prometido lograr que no fuera a la cárcel, pero no lo había cumplido. Su padre seguía en la cárcel.
Notó que Luca parecía pensativo después de leer otro mensaje en el teléfono. ¿Problemas? ¿Podría ayudarlo ella? No lo conocía lo suficiente para preguntarle. ¿Y por qué le importaba eso? ¿Era posible que ya sintiera algo por él? ¿Había olvidado que se había prometido proteger su corazón?
«Disfruta el momento y no pienses en lo que pueda ocurrir ni en el pasado», le aconsejó su vocecita interior.
Samia volvió el rostro al sol y sonrió. La lancha rugía y ella tenía la sensación de ir volando por el mar con un hombre fuerte a la espalda. Así no era difícil mostrarse optimista.
–¡Esto es genial! –gritó. Empezaba a entender la pasión de Luca por la navegación. El cielo azul y el mar plateado resultaban espectaculares–. Nunca podré agradecerte lo suficiente que me des esta oportunidad.
–Tendrás que trabajar duro –le advirtió él.
–Estoy preparada –contestó ella.
Quizá debería preguntar qué tipo de trabajos había disponibles, pero ¿por qué estropear el momento cuando se sentía llena de vida por primera vez en siglos? Luca le había recordado lo que era hablar con alguien inteligente y ofrecer opiniones sin que se burlaran de ellas.
Casi como si le leyera el pensamiento, él le tomó la mano y miró la marca dejada por el anillo de boda.
Ella apartó la mano y lo miró a los ojos.
–Supongo que te preguntas por qué estoy aquí. Yo también –admitió.
–Estás huyendo –dijo él.
–Quizá huyamos los dos –replicó ella. Y notó que él no lo negaba.
–¿Por qué te deprimes? –preguntó Luca.
A veces la belleza de una persona se veía alterada por una autoestima demasiado alta, pero, en el caso de Samia, no era así. Parte de su pelo cobrizo había escapado de su recogido descuidado y la exposición al sol y al viento del mar le habían puesto color en el rostro y aumentado las pecas en la nariz. Era una mujer adorable y debería estar llena de confianza en sí misma.
–No me deprimo, pero tú eres un príncipe y un multimillonario y yo no soy nadie –repuso ella–. ¿Por qué te has interesado por mi situación?
–¿Nadie? ¿Eso te lo decía tu ex? –él movió la cabeza con desprecio–. Todo el mundo es alguien y merece la misma consideración.
–En un mundo ideal, tal vez –asintió Samia, con una risita–. Pero no todo el mundo es alguien como tú.
–Si lo dices por la riqueza y los títulos, un accidente de nacimiento no me hace ser mejor que los demás. El dinero… Depende de lo que hagas con él, pero no garantiza la felicidad. Ni ayuda a soportar los momentos difíciles.
–Lo siento –ella, comprensiva, le tocó el brazo–. Casi no te conozco, pero tu pérdida es tan intensa, que se trasmite.
Él ignoró el comentario. ¿Qué iba a ganar confiándose a una desconocida? Nada.
–Perdona –añadió ella, con rapidez–. No quiero entrometerme, pero si puedo ayudar de algún modo…
–No puedes.
Cuando la lancha se detuvo a la sombra del yate, Samia alzó la vista hacia la entrada grande que había en un lado del casco. Luca cruzó el espacio entre la oscilante lancha y el yate, mucho más estable, de una zancada, y esperó en el otro lado para ayudarla. Su mano firme en la cintura de ella trasmitía confianza y seguridad. Luca no la asustaba como su ex, y era un alivio descubrir que todavía podía sentirse atraída por un hombre y que, para ella al menos, el maltrato no había espantado del todo a la Madre Naturaleza.
–Bienvenida a bordo –dijo él, cuando ella saltó a través del hueco–. Espero que la experiencia valga la pena.
–Estoy segura de que sí –contestó ella, impaciente por descubrir las cosas nuevas de a bordo y conocer a la tripulación.
Esta la recibió mejor de lo que esperaba. Estrechó las manos de todos y decidió que le iba a gustar estar allí, con o sin Luca. «Aunque con él sería mejor», pensó cuando este le tocó el brazo para que siguieran avanzando.