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La tradición liberal
universitaria 9 de octubre de 1973
ОглавлениеEn la mesa inaugural de la Primera Jornada de Ideología Universitaria de la Universidad de Guadalajara, el profesor vitalicio José Cornejo Franco (1900–1977) pronunció esta emotiva conferencia sobre la tradición liberal tapatía, que hunde sus raíces en el entorno que precedió a la fundación de la Real Universidad de Guadalajara en el Siglo de las Luces.
José Cornejo Franco, “La tradición liberal universitaria”, Primera Jornada de Ideología Universitaria. Memoria de los trabajos presentados en las mesas de estudio los días 9, 10 y 11 de octubre de 1973, Guadalajara: Universidad de Guadalajara, 1977, pp. 30–37.
Empujando a esta asamblea, ya poco habrá que decir porque bien trazados están los inicios de nuestra actual Universidad.
Quiero, sí, insistir en un aspecto que apuntó el señor Rector con la palabra verticalidad. Es conocido y no vengo, desde luego, a enseñar el “Credo al Papa”, que nuestra formación cultural, desde la colonia, arranca con una tradición francamente liberal; les parecerá un poco exótico el empleo del término, pero es justo.
Nosotros tuvimos, en la época virreinal, la suerte de contar con dos Colegios Mayores, como entonces se decía: el de Santo Tomás y el de San Juan, regenteados por los reverendos padres de la Compañía de Jesús; pero, precisamente para el siglo XVIII, habían venido de Europa jesuitas de mayor cultura, con amplitud de criterio, que se habían formado dentro de las ideas filosóficas que, partiendo de la Enciclopedia, se pronunciaban por el pensamiento que en Europa iba roturando el campo con la avanzada ideológica; y así, apuntándose apenas los estudios económicos, tal como los comprendemos ahora, ellos vinieron también con ideas de los pensadores ingleses, franceses o alemanes, tan en boga.
Estos jesuitas, que no llegaron de España, que no eran jesuitas españoles, eran europeos que no se formaron en la España tradicionalista, dentro del claustro de los “venerables bonetes y reverendas capillas”, que diría Feijoó; ellos vinieron a airear y ventilar el campo de las ideas, y aquí, jesuitas ya criollos, nuestros, como Clavijero, Cavo o Maneiro, y algunos más; otros que no fueron de la Compañía, sino del Oratorio de San Felipe, como Díaz de Gamarra, en San Miguel el Grande, Guanajuato, comenzaron a dar los primeros toques de alarma a la clase privilegiada y prepotente al lanzar conceptos que con seguridad eran francamente heréticos para aquella sociedad; y no es raro que aquí, aquí en nuestra Guadalajara, en nuestro Colegio de San Juan de los jesuitas, hubiera un colegial, Montenegro de apellido, que llegara a la audacia de afirmar: “Pobre nación española, no tendrá remedio mientras no se decida a hacer con su Rey, lo que los franceses hicieron con el suyo”: guillotinarlo, y acabar con la monarquía.
Ustedes comprenderán que cuando llega a decirse expresión tan tajante, ocasiona inquietud; fue procesado y dio a las cárceles de la Inquisición. Pero no era el único.
Junto con él había otros, y las ideas se iban infiltrando no sólo en los colegios de la Compañía, sino que a la expulsión de los jesuitas, los padres del Oratorio de San Felipe Neri de aquí, de Guadalajara, viendo que solamente quedaba el Seminario Conciliar y que hacían falta colegios para la formación de estudiantes estudiosos, trataron de fundar una Casa de Estudios; se pidió permiso a la Audiencia, y lo concedió con carácter de provisional, para la enseñanza de los rudimentos de la gramática y latinidad, mientras venía la autorización —porque entonces todo era Real—, venía la autorización de su Sacra, Católica y Real Majestad.
Y es nada menos Carlos III, que nos lo han presentado como prototipo de la monarquía ilustrada, quien niega que se establezca Colegio, ordenando nada más por su Real Gana, y por el Yo del Rey, que al recibo de la Cédula suspendan y expulsen a los alumnos que estaban recibiendo una enseñanza elemental, y que no se vuelva a tratar nada de educación superior, dejándolo todo en el Seminario.
Para esto, ya se habían iniciado gestiones para el establecimiento de Universidad en Guadalajara, gestiones que fueron puestas en trabajo por la Universidad de México, producto natural del centralismo absorbente que siempre ha prevalecido; no admitían que les hiciera huella ninguna otra provincia, sin pensar que de las provincias era de donde iban a aparecer los que serían rectores de la nueva sociedad.
Después de mil múltiples gestiones, resultó que por quienes menos se esperaba, un monarca tan inepto como el cornudo de Carlos IV, y un pillastre como Fernando VII, su amado hijo, son los que conceden la fundación y ordenan las Constituciones de nuestra vieja Universidad, siguiendo, desde luego, el modelo de las universidades hispanas, principalmente la de Salamanca.
Enclaustradas, sin embargo las ideas ya habían penetrado. Expulsados los jesuitas, quedaron aquí simientes de rebeldía, y señalándose también brotes en nuestra Universidad, recién fundada, y donde se formaron personalidades como Severo Maldonado, que después tuvo tanta relevancia, como los Cañedo, como los Cumplido, como Gómez Farías y como tantos otros que han de tener su significación.
Bien se advierte la verticalidad del concepto liberal que predominó. Al mismo Seminario Conciliar, tan enclavijado, llegaron ideas renovadoras; el mismo Severo Maldonado, antes mencionado, pone para sus alumnos nada menos que el Tratado de las sensaciones de Condillac, cosa inaudita, como guía en los estudios de filosofía, que entonces sí se hacían completos.
Fueron todas esas gentes la simiente para que estallaran, a la consumación de la Independencia, los movimientos de Centralismo y Federalismo, sin llamarnos la atención que fuera Jalisco el estado federalista por excelencia.
¿Por qué razón? En primer lugar, la constitución social de nuestra provincia fue muy diferente a la de otras partes; nosotros no fuimos mineros; nuestras minas fueron de pequeña escala; no fuimos ni Zacatecas, ni Guanajuato, ni Taxco, ni Pachuca, ni sombra de los lugares que dieron ríos de riqueza a la Corona Española.
Nuestra sociedad se fundó con pequeños burgueses, una burguesía muy gachupina, y por lo tanto muy individualista, que se dedicó al comercio, no en muy gran escala, y además a las labores agropecuarias; rancheros que labraban su tierra y cuidaban su ganado y la producían, y que, evidentemente, se fueron formando y conformando en una sociedad que en varias ocasiones se opuso a las intromisiones del gobierno virreinal, hasta el caso de verse envueltos en líos militares, en venidas de expediciones para tratar de sojuzgar a los levantiscos que se oponían al entrometimiento del poder centralizador.
Si había todas esas simientes, no es de maravillar que hubiera un movimiento tan arraigadamente Federalista, como surgió entre nosotros, lo reafirmó, después de la consumación de la Independencia.
Y antes que nada, periodista y ayancado, como llamó Salado Álvarez a Maldonado, antes que nada, Maldonado, se propuso redactar toda una Constitución, él solo, toda una Constitución con el Pacto Federal de Anáhuac, al mismo tiempo que con título similar don Prisciliano Sánchez emprendía, en forma más limitada, la manifestación de propósitos similares.
El resultado ustedes lo saben: De ahí, y no sólo para la verticalidad liberal, y para asombro de muchos tal vez, aun el elemento clerical fue francamente liberal. Nada menos que uno de los campeones del Federalismo, para la Constitución de 24, fue uno, que humildemente Cura de Zapopan, llegó después al Obispado de Michoacán y luego a ser el primer Cardenal Mexicano: don Juan Cayetano Gómez de Portugal. Él, junto con otros, esforzado en sacar adelante las ideas Federalistas. Desde entonces, la aparición de un clero levantisco, bronco, aquí en Jalisco, donde un hombre como el canónigo Caserta, pregonó que le gustaría que se llevaran preso a uno que otro canónigo para que se acostumbraran a ver a los “moraditos” en la cárcel. No es de extrañar tampoco que un canónigo Verdía se opusiera rotundamente a recibir a Maximiliano; por eso no nos tocó la honorable visita: se opuso el Cabildo a recibirlo en la Catedral bajo palio, como se acostumbraba a recibir a los señores emperadores, y por eso no llegó sino hasta las haciendas del “Burro de Oro”, para regresar sin atreverse a llegar a Guadalajara.
No es de admirar, así mismo, que cuando se viene la Intervención Francesa, el Cabildo Eclesiástico proteste contra esa Intervención, actitud por la cual Juárez, al extinguir todos los cabildos eclesiásticos, eximió al de Guadalajara por su patriótica conducta durante la Intervención. Y no es de extrañar tampoco que toda esa pléyade forjada en las aulas de la vieja Universidad, con sus ideas liberales anillara un núcleo de jóvenes impulsivos, atrevidos a todo, expositores de ideas, que se inician con la “Estrella Polar”, siguen como grupo en “La Falange de Estudios Literarios” y “El Ensayo Literario”, patrocinados por López Portillo, don Jesús López Portillo, y continuaran, trasladándose del Instituto de Ciencias, que intentó Prisciliano Sánchez, al posterior Liceo de Varones, donde el elemento liberal fue clásico, al grado de que alguno, y años después, Enrique Díaz de León, lo voy a puntualizar, Enrique Díaz de León, al que su padre metió a hacer estudios preparatorios en el Seminario, todo mundo lo apodaba “el liberal”. Nada raro que hubiera esa generación que no fue espontánea, que no es generación de hongos, sino un almácigo, un almácigo que se fue cultivando desde los jesuitas criollos, los que bebieron en las fuentes de los jesuitas europeos, que venían ya inficionados con todas las lecturas que proliferaban entonces.
Y no es casual que después, con esa misma tradición liberal, surjan los liberales puros, el grupo de Vallarta, de Ogazón, de Robles Gil, de los Ahedo, de Molina, de Vigil, de toda esa gente tan brillante, que Bulnes encarece por ser la generación más importante y la que más configuró las ideas reformistas y con más fidelidad sostuvo a Juárez, como los Camarena.
Qué nos llama la atención si ese grupo liberal clásico, jacobino, a ratos extremadamente jacobino, que decía horrores de todo mundo, era de tal firmeza ideológica que pudo llevar adelante el movimiento reformista sin claudicación de ningún tipo. Y no crean ustedes que era cosa individual, de un personaje, de Pedro Ogazón, digamos por ejemplo, o de un Vallarta, sino que eso trascendía a las familias; mencionaba hace poco a Montenegro, colegial de San Juan, que quería degollar a los monarcas españoles, pues de la familia Montenegro son los Montenegro que lucharon contra la Intervención y a favor de la Constitución.
Era similar con Ogazón: Maura Ogazón, su hermana, tenía a orgullo cruzarse una banda roja, símbolo de su liberalismo; de la misma casa de Ogazón resultó un militar distinguido y un organizador magnífico, creador de la industria de Monterrey, el general Bernardo Reyes, que era Ogazón por parte de su madre. En familia, colectivamente se sentía el ambiente de todas esas ideas de carácter renovador, avanzado, reformista, que había de perdurar para nuestro Liceo de Varones, que es el punto al que más concretamente quería llegar.
Nosotros pretendemos trazar una trayectoria, columna vertebral, cordón umbilical que una a nuestras generaciones recientes con el grupo de liceístas que mencionaba el doctor Córdova. Ese grupo no es sino el heredero, que así como el juvenil de los Ogazón y los Vallarta, tuvo significación y creó lo que pudo crear, abriendo ellos el Liceo de Varones en 61, y los pósteres iniciaron un movimiento intelectual, enérgico, violento, hasta agresivo, que desembocó en nuestra Universidad con Guadalupe Zuno a la cabeza.
Principalmente quiero insistir en una cosa ya dicha: la aportación de la Escuela Politécnica, esa Escuela Politécnica donde vimos, lo conocí, no me lo contaron, como diría Bernal Díaz, sino que conocí a muchachos a los que se hizo obligatoria, en nuestras Preparatorias, la asistencia a los cursos de Politécnica; cuántos muchachos vimos que cargaban las escaleras, y no lo tenían a deshonra, para ir a hacer una conexión eléctrica; cuántos conocí yo en el taller de imprenta; trabajando cuántos en el taller de encuadernación, cuántos en tantas cosas, en tantas actividades, que les servían de mucho para ayudar a sus familiares y para sostenerse en sus estudios trabajando, y cumplidores con el lema universitario: trabajar, trabajar. Desgraciadamente esto se ha desvirtuado un tanto, y no es por demás señalar que lo que ahora, en la Reforma Educativa, se actualiza como “salidas” para llevar a trabajos a los estudiantes, por si alguno “destripa”, se estableció, con años de anterioridad, en nuestra inicial Universidad.
Importan, así mismo, la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras, que va a la integración humanística del hombre, porque ante todo la misión universitaria es formar hombres, y los más recientes establecimientos de la Escuela de Agricultura y la de Veterinaria, todas ellas indispensables en Universidad, porque, señores, Universidad es eso: Universitas.
Perdonen la largura de un aficionado a la historia, que tiene la manía de historiar.
Ahora, si alguno quiere preguntar, suelten el toro.