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XXXII Aniversario
de la fundación de la
Universidad
de Guadalajara
12 de octubre de 1957

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José Guadalupe Zuno (1891–1980) compartió con la comunidad universitaria sus razones para restaurar la denominación universidad —identificada con el pensamiento conservador— en lugar de instituto —insignia del liberalismo decimonónico—. Además explicó el porqué del 12 de octubre para inaugurar la Universidad y dedicó un sentido elogio a las personalidades de los acontecimientos de 1925: Enrique Díaz de León, Agustín Basave y José Cornejo Franco.

José Guadalupe Zuno Hernández, “Discurso pronunciado en el XXXII Aniversario de la fundación de la Universidad de Guadalajara, 12 de octubre de 1957”, Reminiscencias de una vida, tomo III, Guadalajara: edición del autor, 1971, pp. 123–129.

El día 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón, tras de incierto navegar, creyó encontrar las Indias Orientales, El Catay, Cipango, La Tierra del Gran Can, o que andaba en las cercanías del Paraíso Terrenal, aunque la intención de su aventura, era la de buscar nuevas rutas para el tránsito mejor y más seguro de los productos riquísimos de las Islas de las especierías. Mal podía haber descubierto a América, si ni aún se tenía la idea de que un nuevo y vastísimo continente estuviera estorbándole su paso hacia las Indias. Más bien, diría yo, quienes lo descubrieron a él fueron aquellos lujosos magnates de la zona maya, que navegando de recreo con sus mujeres, lo encontraron cuando medio perdido vagaba en alta mar por el Caribe, con su tripulación en sorda rebelión, ya sin confianza en el navegante. Y tan lo descubrieron, que mirando medrosos desde su gran canoa, entoldada ricamente con telas brillantes de henequén, vistosamente bordadas y enriquecidas con todos los colores tropicales, advirtiendo la superioridad de la gran nave enhiesta de los intrusos hombres barbudos, armados con el rayo y el trueno, enviáronles frutas y comidas, papagallos y guajolotes, iguanas y mantas finas, para agradarlos. Dándose cuenta, además, de que Colón no tenía rumbo fijo, ofreciéronle humildes y serviciales como en su auxilio, guías de la tierra, que les fueron aceptados y que, obedientes a la consigna patriótica de sus temerosos caciques, en lugar de llevarlos a las próximas costas suyas los alejaron de ellas hasta que, seguros de que no caerían rapaces en sus bellas ciudades, los orientaron hacia Guanahaní. Todo esto con una real conciencia de lo que estaban descubriendo y no con falta de ella, que no la tenía Colón, quien mal podía andar en el descubrimiento de lo que ni él ni nadie conocía. Tampoco, si en esta fecha no se festeja ya el pseudo–descubrimiento, tampoco es correcto dedicarla a un propósito como el que animó a sus creadores; que viendo cómo lo del descubrimiento llevaba detrás la prueba de la fobia del adueñamiento por parte de los hombres blancos, de aquello que por razón natural era de los nativos; y que su rapiña era lo único que andaba quedando eso sí verdaderamente al descubierto, cambiaron el objeto de sus fiestas y quisieron que su raza, la que vanamente aseguran que es la superior, esa que tan torpemente se enorgullece con lo que dicen ser “el destino manifiesto”, divino, de guiar a la humanidad, llámanle ahora a este día el DÍA DE LA RAZA.

Aún tenemos muy cercanos los terribles años en que la más espantosa guerra que la humanidad sufrió, la desatada por el nazi–fascismo, asesinó a millones de hombres por el delito de tener la piel, el cabello y los ojos, distintos de los de aquellos que llamándose arios, querían exterminar o reducir a la servidumbre a todos los demás, por no serlo. Ciertamente que es increíble que, países que en los campos científicos y artísticos han enriquecido tanto a la cultura, hayan podido arrastrar a sus soldados tras de una empresa tan bárbara, tan loca y tan falta de fundamentos científicos y morales. Ya entonces, la Biología, la Etnografía y la Antropología, estaban acordes en principios perfectamente demostrados, sobre la inexistencia de razas puras; de razas superiores, somática o mentalmente hablando; que el mestizaje lo hay desde los días más remotos de la existencia de la especie humana; que ésta tiene fines comunes de perfeccionamiento y un ideal elevado al que todos los hombres aspiran. Todos los grupos, chicos o grandes han pasado por etapas de lucimiento y de decadencia, por razones históricas y políticas, en panoramas diferentes con características económicas y geográficas que han determinado, unidas a causas incontrolables por el hombre, especificaciones que aparentemente los distinguen. No es pues de extrañar que un plan de gobierno del mundo con la bandera de la raza superior, fracasara de modo tan rotundo como ha de fracasar cuanto sobre esos patrones se intente. No solamente en los ámbitos mundiales, sino en los más reducidos de sus poblaciones, como acontece ya en la gran nación vecina del norte, donde unos exaltados arios, de tipo nazi–fascista, han causado más daño al prestigio de su patria que una invasión militar y a pesar de la elevada y digna actitud de su Presidente y de su Suprema Corte de Justicia. Y digo aquí que, si esta Universidad fue puesta en marcha en un doce de octubre, no fue ni para recordar la aventura casual de aquel gran navegante, quien sin intención maliciosa abrió el nuevo mundo a las insaciables y depredadoras bandas que tras él llegaron del viejo; ni para ofrecer nuestro esfuerzo ante los altares infatuados de la raza aria. Fue, de modo lógico, en quienes luchábamos por principios democráticos, igualitarios, progresistas, entender la fiesta y el acto, como abarcando la igualdad de los hombres de todas las latitudes, sin distinción ninguna de origen ni de lo llamado raza; y así está instituido en los mandatos constitucionales desde que México es libre y desde cuando intentó serlo; pues fue aquí, en Guadalajara, donde el gran Miguel Hidalgo dictó su decreto de abolición de la esclavitud. Ni en los hechos mismos de la vida social, pudo ser de otro modo, cuando en nuestras ciudades y en los campos, conviven hombres de todas las razas, sin que se tome a bochorno tan encomiable tradición y sin que se atreva nadie ni en pensamiento a menospreciar a un indígena ni a un negro, ni a inclinarse y doblar la rodilla ante un blanco o un rubio no más porque sus ojos son azules o verdes... Más bien encontramos nuestros conflictos sociales en los círculos de las actividades económicas, en los cuales hay ricos indígenas, criollos y mestizos y obreros blancos, prietos, morenos y negros. Quede pues claro, que no somos seguidores de ninguna tendencia hueca racista, sino defensores de una integración racial democrática y cristiana, en la que nos hemos desarrollado desde que somos independientes. Por todo ello le llamamos a esta casa, UNIVERSIDAD; porque ella es congruente con la intención de universalidad, abandonando el nombre de INSTITUTO, que restringe con el solo enunciado, su campo de gestión en el acrecentamiento de la cultura. No nos detuvo el hecho histórico de que en nuestras luchas pasadas, los liberales tomaran por bandera al INSTITUTO y los conservadores a la UNIVERSIDAD. Aquello quedó liquidado en el campo político y no lo llevamos más allá, porque sabíamos muy bien que, entre lo más valioso del botín quitado al enemigo, estaba eso precisamente: LA UNIVERSIDAD. En ella caben todos los INSTITUTOS; en ella, todas las ramas del conocimiento humano y de la investigación tienen su lugar natural e inclusive los intereses culturales de los vencidos, los legítimos que con el estudio alcanzaron, aquí están reconocidos y garantizados, mejor que en sus establecimientos; porque allá se les tendrá siempre como parciales, ya que de suyo y voluntariamente son intolerantes y llaman libertad de cátedra a la imposición de un solo credo religioso, político y social. Nosotros somos más ambiciosos, porque aquí tenemos todo, todo respetamos y todos aquí hablamos y decimos nuestra verdad, alumnos y maestros. Los laboratorios funcionan sin limitaciones. Las investigaciones, se hacen sin atender ningún dogma, sino técnica y científicamente; es decir, somos los depositarios y promotores de una verdadera cultura general, objeto real de toda universidad. En la historia de esta Casa de Estudios, hubo ya conspiraciones para bajarla al radio de un Instituto, primero; luego, se llegó a enfrentarle otro dentro de sus límites, creado deliberadamente para, a su debido tiempo, postergarla, lo que por fortuna no llegó a suceder. Ahora, brotan por ahí nuevos intentos de otros Institutos y de otra Casa... que se dice de la Cultura. Repito que un Instituto no puede abarcar todo el círculo de nuestras actividades, porque de suyo se reduce a parte de ellas; pero respecto de la Casa otra, hemos de estar advertidos, porque puede ocultar un plan, que tal vez podría tener alguna aparente lozanía, insuflado por el elemento oficial y por ciertas actividades mostrencas que ahí creen encontrar la revalidación de sus artificios. El tiempo nos irá diciendo si se oculta en esa casa una obscura intención, que ya queremos encontrar en la sola circunstancia de que, si el deseo fuera sano y noble, si se tratara de dar impulso a la verdadera cultura con sentido de universalidad, entonces no sería necesario duplicar las funciones de lo que ya existe, sino aumentar a los esfuerzos que se hacen aquí, los que parecen llevar torcidos fines. Maestros y alumnos sabremos afrontar el problema. Por otra parte, ¿cómo sería posible que las edificaciones que se hagan para el servicio de la obra de culturación se dediquen a ello fuera de nuestra órbita, cuando ya ahora, otros edificios se nos tienen secuestrados para servicios públicos como el correo y el telégrafo…? ¿Cómo se quiere desorganizar nuestra cultura de esa manera, ahora que es obvio el triunfo de la Ciencia, cuando por esa vía ocupa el hombre los espacios siderales y dispone a su arbitrio de la fuente inagotable de la energía atómica? Cuando todo tiende a buscar normas de dirección general para toda la humanidad, ¿cómo habíamos de permitir que aquí, donde conforme a la Ley, vamos cumpliendo nuestro deber con valentía, se nos venga a insertar una gangrena mortal? Y si es la Ciencia la que al entregarnos los más profundos secretos de la Naturaleza nos compromete a usarlos en aplicaciones pacíficas y útiles, favorables al desarrollo evolutivo de las sociedades humanas y no en la destrucción de la vida ni en fines aviesos, ¿cómo hemos de tolerar que la cizaña prenda en nuestro campo y nos haga retroceder? Estamos históricamente obligados a impedirlo. Así nos aproximaremos al ideal que allá en 1915, un estudiante juvenil, Enrique Díaz de León, que después fuera nuestro Primer Rector, dejó enunciado en el discurso que aquí, en estos mismos sitios pronunció, por encargo del entonces Gobernador del Estado General Manuel M. Diéguez. Oíd parte de él:

“Así, señores, el Gobierno Constitucionalista viene ahora a ofrecer en este lugar, como la mejor ofrenda votiva a los Padres de la Patria, la construcción de dos templos del saber en donde se enseñe a las generaciones futuras a venerar a los nombres esclarecidos de los héroes, a imitar las fuertes virtudes que exornaron sus vidas propincuas y en donde, como en el hondo pensar del inmenso Emilio Zolá, se lleva a la conciencia humana, no el enervante “BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS”; pues mientras haya pobres de espíritu, habrá rebaños serviles de parias dispuestos a doblegar la cerviz al yugo de todos los despotismos; sino esta máxima lapidaria: “BIENAVENTURADOS LOS HOMBRES SANOS DE CUERPO Y ALMA. FUERTES DE CORAZÓN Y DE INTELIGENCIA. PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LA TIERRA”. Este acto está pleno de un bello simbolismo: es una halagüeña promesa de un óptimo florecimiento futuro: es la cimiente que habrá de dar la fortaleza y la lozanía: es el mismo brazo poderoso de la Revolución que detuvo el avance de un fanatismo que nos asfixiaba ya, el que viene a colocar aquí, no la primera piedra material de un edificio; sino la piedra angular que será el sólido plinto de nuestra futura organización social”.

Y ya que recordé a Enrique Díaz de León, a quien tenemos aquí siempre presente, voy con ese fraternal signo, bajo la advocación de su nombre de intelectual y bohemio, a decir algunas palabras a los dos próceres ante quienes volcaremos el afecto de nuestros corazones y que están aquí honrándose con su presencia, acompañándonos en este glorioso aniversario: José Cornejo Franco y Agustín Basave. Universitarios los dos, de méritos inigualables, a quienes muchas generaciones guardan acendrado cariño, hondo respeto y admiración, unido todo a una gratitud sin límites; porque durante toda su vida, la dedicación magisterial ha sido su único apostolado. La Universidad tiene entre sus destacados fundadores, al señor arquitecto don Agustín Basave, Director en aquellos años de la Benemérita Escuela Preparatoria de Jalisco. El señor Profesor Basave fue activo y entusiasta participante de los continuos y arduos trabajos técnicos que se llevaron a cabo en numerosas juntas históricas, en unión de otros distinguidos intelectuales y educadores jaliscienses, desde en 1924, para llegar afortunadamente a coronar nuestros deseos con la fundación de nuestra Universidad en un día como éste, el año siguiente de 1925. José Cornejo Franco, participante a su vez, en los campos estudiantiles, intelectuales, literarios y artísticos desde entonces, ha puesto todo su interés y su valioso esfuerzo, para dar primero ser y luego prestigio y rico y humano contenido a nuestras aulas; pues continuó la obra del profesor Basave cuando éste fue a radicar a otros lugares y sigue siendo en nuestros días, decidido sostenedor de los ideales que habrán de llevarnos al cumplimiento íntegro de nuestro destino cultural, con su ejemplo de hidalguía, desinterés y valor civil para todos nosotros, maestros y alumnos. Muy lejos de nuestros deseos el de querer con estas palabras y con nuestro homenaje, cubrir la larga deuda, tan enorme e imposible de pagar; pero al menos, con nuestras palabras tan alejadas de la adulación, con esa naturalidad llana y franca, que es regla de conducta en nuestros círculos universitarios, que vean ellos dos, cuán espontáneo y sincero es este afecto que nos mueve a darles una mínima demostración de nuestro grande reconocimiento por su mucho más grande auxilio espiritual y cultural; demostración que les rendimos en el sagrado recinto de este Templo levantado a las Ciencias y a las Artes.

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