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El Individualismo de los Derechos

La corrosiva filosofía de los derechos ha calado tan profundo en la mente individualista de los occidentales que la mayoría de las personas parece estar convencida de que el reconocimiento de la dimensión social de la vida y, más aún, cualquier sugerencia acerca de la legitimidad, y hasta la necesidad de identidad y autoridad colectivas, sólo pueden existir a expensas de la libertad e identidad individuales. Los derechos y la libertad de los individuos se establecen contra las pretensiones e incluso la existencia de una sociedad o del orden social.

No hay ningún reconocimiento ni de las responsabilidades ni las obligaciones hacia la sociedad, el Estado y, ciertamente tampoco hay lugar para ninguna autoridad colectiva, salvo las que dan por adelantado los intereses personales. Por ejemplo, la evasión de impuestos, tanto personales como corporativos, está ampliamente asumida y generalmente no se considera como antisocial y criminal. Naturalmente, cualquier idea de lo público o del bien público desaparece por este camino.

Sin embargo, al mismo tiempo, en todas partes los defensores de los derechos casi invariablemente suponen al Estado como la agencia que debe tomar responsabilidad de asegurar que los derechos humanos sean respetados y cumplidos. Más aún, parecen asumir que el Estado está de su lado, o al menos podría estarlo, si pueden reunir el enfoque e idioma apropiados. Por debajo de esto yace una persistente fe en la democracia liberal, incluso al punto de ser considerada la única forma legítima de Gobierno.

Por ejemplo, el Centro Internacional para Derechos Humanos y Desarrollo Democrático (Derechos y Democracia) ha denunciado el hambre crónico en Haití como una violación de los derechos humanos, pero no un delito, al decir que “las políticas existentes no están cumpliendo con aliviar el hambre crónica en Haití… Mientras que la carga de responsabilidad para hacer frente a estas cuestiones recae en el gobierno de Haití y sus instituciones… Los donantes internacionales de Haití, incluyendo Canadá, deben adoptar también medidas inmediatas para enfrentar una escasez de alimentos en el país… Sólo las políticas basadas en el derecho humano a la alimentación pueden ofrecer las soluciones sostenibles para la inseguridad alimentaria crónica que enfrentan los haitianos hoy”5. Por desgracia, Derechos y Democracia, como muchos otros, no parecen explicar concretamente qué acciones políticas, leyes o cambios traducirán, en realidad, este derecho a la alimentación en nutrición real para el pueblo. Tampoco explican por qué “los donantes internacionales… también deben adoptar medidas inmediatas… ni tienen por costumbre identificar, por lo menos públicamente, las intervenciones políticas y militares que pueden haber sido factores que contribuyeron a la tragedia de los haitianos”6 7.

La triste declinación de las cooperativas en América del Norte y su conversión en empresas capitalistas apelando a beneficios individuales en lugar del bien común, en parte, puede atribuirse al individualismo de la cultura occidental. Este “rudo individualismo”, sin embargo, no explica la contradicción entre filosofía libertaria8 y el respeto por el ejército y la participación en el mismo, una institución de régimen autoritario que fomenta deliberadamente una mentalidad de equipo y la acción colectiva combinada con un llamamiento a la gloria del “sacrificio” individual en el servicio del Estado9.

El individualismo de los argumentos de los derechos encuentra su expresión extrema en la noción absurda de los derechos del feto: la afirmación de que un feto, al que se le asigna el status de una persona, tiene derechos por sobre los de su madre, que es su contexto social de sustento, tanto físico como vital. Las imágenes de ultrasonido contribuyen a esta noción del feto como persona autónoma aislando la imagen de su contexto, haciendo que aparezca como si no fuera totalmente dependiente de su madre. Una profunda alienación del bebé de la madre puede resultar muy fácilmente. Las mujeres han sido llevadas a tribunales y encarceladas por “abusar” del bebé que estaban gestando, e incluso se han dado casos de progenitores demandados por sus propios hijos discapacitados por ‘nacimiento injusto’. Esta extrema alienación, o desconexión, también encuentra expresión en una alienación ampliamente difundida de la Creación ó Madre Tierra.

Este pensamiento libertario ve la libertad sólo en la autonomía del individuo, una especie de excepcionalismo en el que se considera la vida de una persona, junto con sus necesidades y deseos, en forma bastante independiente de la sociedad en que vive, en lugar de ser contingente a ella. Los deseos y las demandas del individuo tienen prioridad sobre el bienestar de la comunidad o lo omiten.

Un buen ejemplo de esta mentalidad quedó expresado por el dentista de Ottawa que quería poner un cobertizo temporario de plástico para su automóvil al final de su camino de entrada, en la parte delantera de su casa, así no tendría que palear la nieve desde allí. Su argumento contra el estatuto de la ciudad que limita tales elementos de mal gusto en los barrios, fue que el cobertizo plástico reduciría la posibilidad de que sufriera un ataque cardíaco, por tener que palear nieve. Tenía la intención de demandar a la ciudad apelando a la Carta Canadiense de Derechos y Libertades “para defender lo que veo como un derecho a proteger mi salud y seguridad en mi hogar”10.

Una perspectiva similar fue proporcionada por un columnista de un periódico de Ottawa, al comentar un nuevo estatuto para la ciudad que restringe la tala de árboles adultos. “El ayuntamiento se ha apropiado de su derecho a hacer lo que usted considere oportuno con su árbol grande y antiguo... Tal vez porque hemos vivido en un Estado Niñera tanto tiempo, ni siquiera parpadeamos cuando la Niñera se va contra nuestras motosierras que nos dio Dios… O es mi apestoso árbol o no lo es”11. El hecho de que el árbol en “su propiedad” estuviera allí probablemente durante mucho tiempo antes de que él se convirtiera en dueño de la propiedad, que además estaría allí después de que él se haya ido, y que fue parte de un complejo sistema ecológico-social más grande que él mismo y su patio es al parecer irrelevante, o simplemente no se lo entiende.

Por desgracia, la medicina y bioética contemporáneas se han construido sobre el principio de la autonomía de la persona con poco —si hubo alguno— respeto por el contexto social y la salud de la sociedad como un todo12 13. Así los cuidados intensivos para el individuo que lo necesita tienen prioridad sobre la salud pública y la atención médica preventiva. Tampoco hay espacio apreciable en la práctica médica para que se consideren las causas medio ambientales y del lugar de trabajo con respecto a la enfermedad o dolencia. Es mucho más rentable para las empresas farmacéuticas promover las drogas para tratar individuos (siempre que el grupo de “pacientes” sea lo suficientemente grande como para proporcionar beneficios adecuados o pueda ampliarse por identificación y denominación de nuevas “enfermedades” para el tratamiento, una práctica que es denominada en inglés como disease mongering por sus críticos, que se podría traducir como ‘alarmismo por supuestas enfermedades’) que explorar causas sociales y ambientales determinantes de enfermedad.

Cuando el líder liberal de Québec Jean Charest dijo que él quiere dar a “una pareja que desea niños… toda la ayuda posible” y que él planea asignar 35 millones de dólares anuales para cubrir los costos de fertilización in vitro, el epidemiólogo Abby Lippman expresó que si estuviera realmente preocupado por una baja tasa de natalidad, debería afrontar las razones sistémicas en lugar de intentar comprar votos “maternales” financiando tecnologías para las parejas individuales, que permanecen insuficientemente reguladas y supervisadas.

“Encarar determinantes sistémicos de una baja tasa de natalidad lo comprometería, por ejemplo, a eliminar riesgos ambientales para la fecundidad, garantizar las condiciones de trabajo y programas de guarderías de primera clase que permitieran a las mujeres equilibrar el trabajo remunerado y no remunerado, facilitando a las mujeres tener acceso precoz y completo a prestaciones médicas de atención primaria de salud y garantizar la renta básica y las condiciones de vivienda necesarias para la salud de los padres y sus niños.”14

Como debería quedar claro a esta altura, mi argumento es que designar algo como un derecho, lo acota a un reclamo individual, lo que reduce la solidaridad social, la identidad comunitaria y la apreciación del bien público. Se convierte en una cuestión del individuo, incluso en la forma de una Corporación, que presenta reclamos contra el Estado y pide o exige que el Estado reconozca esos reclamos. Así, mientras que una persona puede apelar desde los fundamentos de los derechos humanos para limitar el poder del Estado que detiene arbitrariamente a un ciudadano como una “amenaza a la seguridad”, el Estado puede negar el argumento de los derechos humanos en nombre de la seguridad pública, es decir, la seguridad del Estado, que puede significar, en la situación actual de los asuntos, seguridad corporativa. Al mismo tiempo, una Corporación o su organización de lobby va a exigir que el Estado le conceda, por medio de licencias, el derecho a contaminar (como es el caso de las papeleras, las operaciones mineras y las actividades en campos petroleros y en las arenas de alquitrán), mientras hace caso omiso de las actividades extralegales de la Corporación en relación con la oposición pública a su accionar. Todo es una cuestión de quién tiene el poder. Al reconocerse al Estado, ya sea nacional, provincial o gobierno local como la única expresión institucional de lo público, por lo tanto, se está apelando a que juegue roles bastante contradictorios15.

Las personas, entonces, no solo no son públicas, sino tampoco ciudadanas en el sentido de personas públicas socialmente conscientes. Lo público es, por consiguiente, reconstruido en la forma de grupos focales de individuos cuidadosamente seleccionados y de individuos que representan intereses especiales e identificados como “partes interesadas”. El culto del individuo también está descaradamente manifiesto en la prensa empresarial, dando la impresión de que el apogeo o caída de las empresas depende exclusivamente de la capacidades personales de su director ejecutivo, aunque es evidente que un ejecutivo sin personal auxiliar es disfuncional, ni qué decir de una fábrica sin obreros, a pesar del hecho de que los trabajadores reciben en pago sólo un porcentaje muy pequeño de lo que el ejecutivo reivindica como merecido, ¡o su derecho!

La promoción y búsqueda de los derechos individuales o corporativos, por lo tanto, están obligadas a fragmentar una sociedad en los conflictos de intereses (ecos de la lucha de clases), destruyendo cualquier sentido de solidaridad y, en última instancia, el tejido de la sociedad misma.

“Esto es, entonces, el quid de la cuestión. El discurso de los derechos humanos sirve como un instrumento para la expansión patológica del liberalismo moderno y postmoderno y lo que le acompaña: el mercado libre capitalista”16.

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5 Rights and Democracy, Comunicado de Prensa, 22/10/08.

6 En 1991 un golpe militar derrocó el primer presidente democráticamente elegido de Haití, Jean-Bertrand Aristide luego que el primer Presidente Bush hubiera dedicado esfuerzos sustanciales para socavarlo y preparar los motivos para el golpe militar. EEUU, a continuación, apoyó inmediatamente a la junta militar y sus ricos partidarios en beneficio de las empresas de Estados Unidos. En 1995, Washington opinó que la destrucción de Haití había durado lo suficiente y el Presidente Clinton envió los Marines para derrocar a la Junta y restaurar el gobierno elegido. El Gobierno restaurado, sin embargo, fue obligado a aceptar un duro programa neoliberal, sin barreras para la exportación e inversión, dominadas por los EEUU.

7 Ver Noam Chomsky, ‘Humanitarian Imperialism: The New Doctrine of Imperial Right (Imperialismo humanitario: la nueva doctrina de derecho imperial),’ Monthly Review, Septiembre, 2008.

8 Libertario: una filosofía política que deposita un valor supremo en la “libertad” individual por sobre cualquier identidad o responsabilidad social o colectiva o cualquier reclamo hecho por el Estado. Hay expresiones libertarias de derecha e izquierda. La versión de derecha está expresada en el populismo norteamericano y en varias sectas religiosas fundamentalistas, mientras en la izquierda, las filosofías comunales y comunitarias, asociadas cercanamente al anarquismo, pueden exhibir tanto falta de confianza en la autoridad del Estado, así como un sentido fuerte de responsabilidad personal y comunitaria.

9 Cada vez que un soldado canadiense es asesinado en Afganistán hay un cúmulo de elogios por su heroísmo, sobre todo de la prensa corporativa, dejando de lado las dudas sobre el propósito o la legitimidad de la presencia canadiense en Afganistán.

10 “Dentist grits teeth...” Ottawa Citizen, 19/11/08.

11 Kelly Eagan, Ottawa Citizen, 26/6/09.

12 The Neocons’ Ownership Society,’ Le Monde Diplomatique, edición en inglés, Junio 2005.

13 La campaña presentada por el ex-Presidente de Estados Unidos George W. Bush para transformar el sistema de seguridad social en un programa de inversión individual (finalmente abortada) fue un ataque directo al concepto de solidaridad social y su sustitución individualista mediante-propiedad. “Basada en principios de solidaridad general y el riesgo compartido públicamente, la seguridad social es la parte más importante de lo que resta del sistema de protección social de EEUU.” Objeciones (al Programa de Bush) y contrapropuestas suponen que la administración Bush se ocupa de hacer más viable la seguridad social. Pero el objetivo principal es diferente: es el de socavar el compromiso de la lógica de la solidaridad de los ciudadanos y la gestión del riesgo público. En palabras de Bush: “Si alguien posee algo, tiene un interés vital en el futuro de nuestro país. Al haber mayor propiedad en América, mayor es la vitalidad en América y mayor cantidad de gente apostará virtualmente al futuro de este país.”

14 Abby Lippman, Globe&Mail, 24/11/08.

15 Ver Derechos y Estado, pág. 31

16 Ziauddin Sardar, Postmodernism and the Other – The New Imperialism of Western Culture, Pluto, 1998, pp.74-5.

La tiranía de los Derechos

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