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Adoración en Bet-el (Génesis 28,10-22)

La religiosidad de Jacob provenía básicamente de su familia, en la que se creía en Dios y se lo adoraba. Era hijo de Isaac y Rebeca, nieto de Sara y Abraham, por lo que cargaba con una larga herencia de fe y devoción. Durante la gestación de los gemelos Esaú y Jacob, Dios indicó a su madre que quien naciera primero serviría al segundo, y Esaú nació en primer lugar. El segundo niño fue llamado Jacob, “el que suplanta”. Con todo, es posible que la adoración de Jacob no incluyera un compromiso personal.

Con el paso del tiempo, surgieron dificultades (Gn 25,27-34), en especial en lo tocante a los privilegios de la primogenitura que Jacob obtuvo en forma ilegítima. Cuando Isaac envejeció, se propuso dar la bendición a su hijo predilecto, Esaú. Por su parte, Rebeca impulsó a su hijo preferido, Jacob, a engañar a Isaac haciéndose pasar por Esaú, para recibir la bendición paterna. Jacob engañó y mintió; obtuvo primero la primogenitura y luego la bendición, por caminos errados. Lo cierto es que Jacob se ganó el odio de su hermano (Gn 27,41), tuvo que escapar de su tierra y alejarse definitivamente del hogar. Jacob salió de Beerseba camino a Harán, a casa de su abuelo materno Betuel y de su tío Labán. Se encontraba solo, probablemente triste, temeroso, y se sabía culpable. He aquí el relato:

“Y llegó a un cierto lugar, y durmió allí, porque ya el sol se había puesto; y tomó de las piedras de aquel paraje y puso a su cabecera, y se acostó en aquel lugar. Y soñó: y he aquí una escalera que estaba apoyada en tierra, y su extremo tocaba en el cielo; y he aquí ángeles de Dios que subían y descendían por ella. Y he aquí, Jehová estaba en lo alto de ella, el cual dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente. He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho. Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella. Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el, aunque Luz era el nombre de la ciudad primero. E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti” (Gn 28,11-22).

Este texto describe la primera teofanía importante de la vida de Jacob.1 El encuentro del fugitivo Jacob con Dios en Bet-el contiene los elementos estructurales de la adoración. Warren W. Wiersbe dijo sobre esta estructura teológica: “La adoración cristiana debe basarse sólidamente en la verdad objetiva, pero esto debe incluir la experiencia subjetiva [...]”.2 La reacción de Jacob a la teofanía es una buena exhibición de dicha comprensión.

Una estructura dialógica

Así lo expuso Alfred Küen: “En la experiencia de Betel (= casa de Dios), encontramos los tres elementos principales de todo culto: ‘Dios se revela’, seguidamente a esta revelación de Dios, el hombre responde, completando de esta manera el ‘gran diálogo’”.3 La vivencia de Jacob muestra que la adoración es básicamente una respuesta positiva a la iniciativa de Dios.

Donald P. Hustad describió: “Adoración es conversación entre Dios y los seres humanos, un diálogo que debe seguir continuamente en la vida del adorador”.4 “En la adoración, como en el todo de la vida, Dios siempre dice la primera palabra, siempre inicia la conversación”.5 Claramente, no es un diálogo entre iguales: más bien en esta revelación se muestra la omnipotencia y la trascendencia de Dios.6 Fernando Canale dice: “Mientras que Dios es la causa de la adoración, la respuesta humana es la condición necesaria de su existencia”.7

La liturgia cristiana haría bien en considerar el culto como un diálogo entre Dios y su pueblo, reconocer con gratitud la iniciativa de Dios en buscar al hombre, en salir a su encuentro para incitar una respuesta digna de su gloria. En un adecuado equilibrio y en una distribución ecuánime del tiempo litúrgico, deben presentarse los medios por los cuales Dios puede hablar con su pueblo y los medios por los cuales la comunidad de los fieles puede ofrecer al cielo su respuesta de reconocimiento y adoración. La voz divina no ha de ocupar todo el tiempo, como si de un monólogo se tratase (lo que ocurrió con frecuencia en las liturgias del Medioevo), ni la respuesta humana ha de ser tan manifiesta, como para tornarse antropocéntrica y subjetiva (lo que tiende a ocurrir en tiempos más recientes).

Esta estructura dialógica sirve también como criterio de evaluación de todo lo que se introduce en el tiempo litúrgico. Cada elemento debe estar al servicio de este diálogo; ha de favorecerlo intencionalmente, de lo contrario debiera ser excluido. Cada parte del culto ha de servir para que Dios hable a la iglesia o para que la iglesia responda al Señor. Por tanto, la preponderancia y la exhibición humanas quedan inmediatamente desterradas.

Una respuesta de fe a la iniciativa salvadora de Dios

La escalera mística del sueño de Jacob comunicaba a Dios “en lo alto” con el patriarca tendido en la tierra (Gn 28,12-13). Dicha escalera tipificaba al Salvador, como bien lo describió Elena G. de White:

Cuando Jacob huyó de la casa de su padre, después de haber pecado engañando a Esaú, estaba abrumado por el peso de su culpa. Se sentía solo, abandonado y separado de todo lo que le hacía preciosa la vida. El pensamiento que sobre todo oprimía su alma era el temor de que su pecado le hubiese apartado de Dios y dejado desamparado del cielo. Embargado por la tristeza, se recostó para descansar sobre la tierra desnuda. Rodeábanle las solitarias montañas y cubríale la bóveda celeste con su manto de estrellas. Habiéndose dormido, una luz extraña embargó su visión; y he aquí, de la llanura donde estaba acostado, una amplia escalera etérea parecía conducir a lo alto, hasta las mismas puertas del cielo, y los ángeles de Dios subían y descendían por ella, mientras que desde la gloria de las alturas se oía que la voz divina pronunciaba un mensaje de consuelo y esperanza. Así fue revelado a Jacob lo que satisfacía la necesidad y ansia de su alma: un Salvador. Con gozo y gratitud vio que se le mostraba un camino por el cual él, aunque pecador, podía ser devuelto a la comunión con Dios. La mística escalera de su sueño representaba al Señor Jesús, el único medio de comunicación entre Dios y el hombre.8

Del mismo modo, la adoración es una respuesta de fe a la oferta redentora del cielo. No es que el culto sea meritorio, o el ámbito exclusivo de la gracia, sino que responde a la salvación. Es aquí donde la doctrina de la salvación (soteriología) y la teología de la adoración se encuentran. Norval F. Pease solía repetir: “La adoración es la respuesta del hombre redimido a su Redentor”.9

Esa lejanía de la comunión con Dios es siempre el fruto del pecado y el mayor impedimento para la vivencia de adoración. Por eso, fue necesaria la teofanía que mostraba la manera como el cielo cubre la separación del hombre con Dios. La aceptación del sacrificio de Cristo elimina la distancia y vuelve al creyente a la presencia de Dios.

De nuevo ha de pensarse en una experiencia litúrgica en la cual el antropocentrismo contemporáneo dé lugar al cristocentrismo de la espiritualidad bíblica. El foco del culto ha de ser necesariamente cristológico y soteriológico. Ha de presentarse la redención en Cristo de tal manera que se haga posible la expresión de la fe y la adoración espiritual.

Una respuesta reverente ante la presencia de Dios

Dijo el patriarca: “Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo” (Gn 28,16-17). La respuesta de Jacob se caracterizó por el temor (aparece el verbo hebreo yârê’, temer, reverenciar): “Y tuvo miedo”. Se registra también en el texto original el participio nifal (Gn 28,17): “¡Cuán terrible es este lugar!”. Es evidente que la adoración se caracteriza por una actitud de reverencia ante la presencia prometida de Dios. Así lo reconoció Elena G. de White:

“La verdadera reverencia hacia Dios nos es inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un reconocimiento de su presencia”.10

La noción de proximidad divina en contraste con la idea de separación es otro tópico de interés para la doctrina cristiana. En su libro sobre teología cristiana, Millard J. Erickson hace una buena descripción de la inmanencia y de la trascendencia de Dios, bajo el título “Cercanía y lejanía de Dios: Inmanencia y Trascendencia” en el libro Christian Theology.11 Allí dice, con toda propiedad: “Estas dos ideas bíblicas deben ser mantenidas en equilibrio”.12 C. Raymond Holmes, trata el tema de la trascendencia y la inmanencia de Dios en los escritos de Elena G. de White. Esta es su propuesta:

Hay dos focos teológicos básicos en el concepto de Elena G. de White sobre la adoración. El primero es la trascendencia y soberanía de Dios, como se describe en Testimonios para la iglesia, vol. 5, pp. 463-472 [Testimonies, Vol. 5, pp. 491-505]. El reconocimiento de la trascendencia de Dios resulta en un cierto tipo de comportamiento en la casa de Dios - comportamiento caracterizado por santidad, solemnidad, dignidad, quietud, y un espíritu de devoción. El énfasis está en los aspectos formales de la adoración. El segundo foco en el concepto de adoración en Elena G. de White es la inmanencia de Dios, expresado en El camino a Cristo, 101-104 [Steps to Christ, pp. 101-104]. El conocimiento de la inmanencia de Dios anima a un comportamiento de adoración caracterizado por el compañerismo con El y con otros creyentes, ánimo mutuo, naturalidad, alegría, y una conciencia profunda del amor y el cuidado de Dios. El énfasis está en los aspectos informales de la adoración.13

Holmes señala en conclusión la necesidad de “mantener estos dos focos en balanza y proveer espacio para cada uno”.14 El temor reverencial es entonces una reacción que suele acompañar las teofanías en el relato bíblico.

Las iglesias han insistido con frecuencia en la necesidad de reverencia en el culto público. Ese énfasis es correcto, siempre que se comprenda el sentido profundo de la reverencia y no se la limite al silencio o a la sujeción externa de ciertas conductas consideradas adecuadas. En verdad, la reverencia bíblica tiene más que ver con la comprensión del carácter y del accionar de Dios, unido a una respuesta de respeto íntimo por el Señor, por las cosas sagradas y por su voluntad en la práctica cotidiana.

Un sencillo estudio de la idea de reverencia en los escritos de Elena G. de White muestra que la autora se refirió a objetos concretos de reverencia, como (a) la Palabra de Dios, (b) el nombre de Dios, (c) la ley de Dios, (d) la casa de Dios, (e) el culto y los ritos de la iglesia, y (f) los representantes de Dios. Asimismo, la autora destaca la necesidad de enseñar la reverencia en el hogar.15

La adoración como compromiso con Dios

Dios formuló promesas y Jacob también se comprometió con Dios. El patriarca hizo una súplica, un voto y una promesa condicional.16 Eligió a Dios y prometió los diezmos de lo que el Señor le daría. “Para Jacob, éste fue su primer encuentro personal con Dios […] por lo que de inmediato comienza a adorar de acuerdo a las costumbres de la época”.17 Su reacción ilustra la idea de que la adoración es una respuesta comprometida ante la fidelidad de Dios. En el mismo sentido se encuentra la hipótesis del buen trabajo de David Peterson cuando escribió que la adoración es esencialmente un compromiso con él en los términos que él propone y en la forma en que solo él hace posible.18

Los actuales conductores del culto harán bien en recordar que la adoración incluye un compromiso con Dios. Al mismo tiempo que la vivencia litúrgica puede otorgar momentos de inspiración, regocijo y apoyo, también tendrá desafíos que requieren un compromiso de entrega y dedicación al dador de todas las cosas. Los recursos materiales, como ofrendas y diezmos, forman parte de esa consagración, además de los afectos y la vida misma. Vale recordar la fidelidad de Dios en el cumplimiento de sus promesas, como la necesidad de un compromiso total y definitivo al Señor que crea, sustenta y redime.

Una síntesis del capítulo “La conducta en la casa de Dios”, de Elena G. de White.19

En este importante capítulo, ya citado en relación con la reverencia, la autora va a referirse a la casa de Dios y al culto como ámbitos sagrados y trascendentes de encuentro con Dios. Aquí algunos de sus conceptos:

“Debiera haber reglas respecto al tiempo, el lugar, y la manera de adorar. Nada de lo que es sagrado, nada de lo que pertenece al culto de Dios, debe ser tratado con descuido e indiferencia”.20

La autora recomienda ingresar al santuario con decoro y devoción, evitando “la conversación común, los cuchicheos y las risas”.21 Para los momentos previos, nada mejor que la meditación, la reflexión y la oración silenciosa. El ministro entrará con solemnidad y dignidad, y se inclinará para orar. La congregación se le unirá en oración.

Se lee textualmente: “La melodía del canto, exhalada de muchos corazones en forma clara y distinta, es uno de los instrumentos de Dios en la obra de salvar almas”.22 La Palabra predicada debe escucharse con atención, como la voz de Dios, y se evitará dormitar o comunicarse con otros.

Aconseja luego retirarse en quietud, orden, silencio y reverencia, sin introducir cosas comunes. Para el logro de un culto reverente, se insiste en el papel educativo de la familia. “Casi todos necesitan que se les enseñe a conducirse en la casa de Dios”.23 Finalmente, se consideran importantes el comportamiento, el aseo, la indumentaria pulcra y la ausencia de ostentación.

Una síntesis del capítulo “¿Puede el hombre comunicarse con la divinidad?”, de Elena G. de White.24

La misma autora aquí destaca el aspecto más intimista de la adoración, en consonancia con la convicción de la presencia de Dios. Se habla de relaciones claras y plenas entre Dios y sus hijos, de la importancia de orar en el nombre de Jesús. Se comenta que el creyente no necesita estar en soledad y retiro, sino fortalecerse y edificarse en comunidad. Recomienda entonces asociarse con otros para edificación mutua, hablar del amor y de las promesas de Dios, y alabar su nombre.

Dice la autora: “Debe ser un placer adorar al Señor y participar en su obra”.25 El concepto de Dios es aquí importante. “Él es nuestro mejor amigo; y cuando le adoramos quiere estar con nosotros, para bendecirnos y confortarnos llenando nuestro corazón de alegría y amor”.26

El foco cristocéntrico es destacado con claridad. “Debemos reunirnos en torno a la cruz. Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción”.27

La sección termina destacando la alabanza, los cánticos, la gratitud y el gozo en la adoración.

1 William R. Farmer, dir. Comentario bíblico internacional: Comentario católico y ecuménico para el siglo xxi, 3.ª ed. (Estella, Navarra: Editorial Verbo Divino, 2003), 352. Otra teofanía ocurrió 20 años después, en Peniel (Gn 32,22-30), en su regreso a Canaán. Otra vez Jacob estaba solo con Dios y temeroso por el peligro. La medianoche lo encontró orando angustiosamente, cuando de repente alguien lo tomó. Jacob se defendió y ambos lucharon hasta el amanecer. Y ese fue su encuentro definitivo con Dios. Allí comprendió nuevas facetas de la adoración. Podrían mencionarse tres: (a) adorar significa aferrarse de Dios hasta obtener su bendición (Gn 32,24-29); (b) la adoración es finalmente una entrega completa de la vida al Señor; y (c) la adoración es ver a Dios cara a cara (Gn 32,30). Es volver a estar en paz con Dios y con los hombres. Jacob se reconcilió enteramente con Dios, y luego también con su hermano (Gn 33,3-5). Ahora era un hombre convertido, creyente, en amistad con Dios.

2 Traducción del autor. Warren W. Wiersbe, Real Worship (Nashville, Tennessee: Oliver-Nelson Books, 1986), 27.

3 Küen, El culto en la Biblia…, 85.

4 Hustad, ¡Regocijaos!: la música…, 123.

5 Ibíd., 124.

6 Profesores de Salamanca, Biblia comentada, Vols. 1, 2, 3, 5 (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1960), 1:266, 267.

7 Traducción del autor. Canale, “Principles of Worship and Liturgy”, 98.

8 Elena G. de White, El camino a Cristo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1985), 19.

9 Pease, “La adoración: una doctrina bíblica”, 47.

10 Elena G. de White, Profetas y Reyes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1957), 34.

11 Traducción del autor. Millard J. Erickson, Christian Theology (Grand Rapids, Michigan: Baker Book House, 1994), 301-319.

12 Ibíd., 301.

13 Traducción del autor. Se cita aquí a otro de los primeros autores adventistas sobre la adoración: C. Raymond Holmes, Sing a New Song!: Worship Renewal for Adventists Today (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 1984), 163,164. Acerca de los conceptos de trascendencia e inmanencia, véase: Wolfgang Hans Martin Stefani, “The Concept of God and Sacred Music Style: An Intercultural Exploration of Divine Transcendence/Immanence as a Stylistic Determinant for Worship Music With Paradigmatic Implications for the Contemporary Christian Context”, Tesis de Doctorado en Teología, Andrews University School of Education, Berrien Springs, Michigan, 1993.

14 Traducción del autor. Holmes, Sing a New…, 164.

15 Daniel Oscar Plenc, “El sentido de la reverencia – 1”, Revista adventista, febrero 2005, 21; Plenc, “El sentido de la reverencia – 2”, Revista adventista, marzo 2005, 25.

16 Profesores de Salamanca, Biblia comentada, 1:266, 267.

17 Traducción del autor. Wenham, Word Biblical…, 2:226.

18 Peterson, Engaging with God…, 19.

19 Elena G. de White, Testimonios para la iglesia. Miami, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 1998, 5:463-472.

20 Ibíd., 5:464.

21 Ibíd.

22 Ibíd., 465.

23 Ibíd., 468.

24 White, El camino a Cristo, 101-104.

25 Ibíd., 103.

26 Ibíd.

27 Ibíd., 104.

Adoración

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