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Capítulo 5 Él
ОглавлениеJim me arrastra a su oficina antes de que pueda escapar hacia los ascensores. Mis guardaespaldas, Big D y Tyrese, se quedan fuera, pero nos ven a la perfección porque su oficina es un gran cubo de cristal. No sé cómo puede trabajar con toda la planta viéndolo en todo momento.
Toda mi vida es un gran cubo de cristal. Ni siquiera soy capaz de recordar algún momento en el que haya tenido privacidad.
—No la ahuyentes. —Es lo primero que Jim me espeta.
—¿A quién?
—A Vaughn Bennett. Es la candidata perfecta para hacer de tu novia falsa. La necesitamos.
—Sí, igual que yo a un enema. ¿Has visto qué boca tiene esa chica?
—Oakley, te lo advierto.
—¿Qué? —Pongo los ojos en blanco y me dejo caer en la gran silla de piel que hay tras su majestuoso escritorio.
No comenta nada respecto a que me haya sentado en su silla. No puede, porque soy el puto Oakley Ford.
—Uno —empieza Jim—. No tontees con ella…
—¿No tenemos que hacer precisamente eso? Se supone que vamos a salir juntos.
—El objetivo es rehabilitar tu imagen. Vaughn jugará un papel crucial en ello, lo que me lleva al punto número dos: nada de antagonismo.
Estoy a punto de decir «ha empezado ella», pero con ello sonaría como un niño de cinco años. Aunque es cierto. Vaughn Bennett ha sido la que se ha comportado de forma borde y contestona. Yo solo he comentado que su novio parece un idiota pretencioso. No es culpa mía que la gente no soporte las verdades.
—¿No podías haber contratado a alguien menos… quejica? —gruño.
—¿Te refieres a una chica más devota? —responde Jim, y su sonrisa cómplice me saca de quicio.
Vale, puede que me enfade la completa falta de… ¿respeto, supongo? No espero que todas las chicas que conozca se postren a mis pies y me declaren su amor incondicional, pero venga, al menos debería haber dicho que le gustaba mi música o algo. O felicitarme por mi último Grammy.
¿Qué se cree esta chica, comportándose como si me hiciera un favor por sentarse en la misma sala de reuniones que yo? Soy Oakley Ford.
—¿Entonces has cambiado de opinión sobre lo de trabajar con King? —inquiere Jim.
Le fulmino con la mirada.
—Tiene que haber otra forma. Volvamos a llamarle.
—Claro. —Jim saca su móvil y lo desliza hasta el centro del escritorio entre nosotros—. Llámalo. Es el décimo de mis números favoritos.
Parece un desafio. Cojo el teléfono y empiezo a marcar, pero me doy cuenta de que estoy en el registro de llamadas de Jim. Un quinto de las llamadas son a King. Alzo la mirada para encontrar la de Jim y lo que veo no me da buena espina. Es una mezcla de culpa y resignación.
Él agacha la cabeza.
—He intentado llamarlo. No coge mis llamadas para hablar de ti. No le interesa, no hasta que le demuestres que no eres un pequeño capullo consentido que prefiere estar de fiesta en discotecas antes que hacer buena música. Así que si tienes una idea mejor, soy todo oídos, pero como no lo secuestres, lo lleves a una cabina y te montes un «Misery», no creo que vaya a trabajar contigo.
No puedo seguir manteniendo el contacto visual porque no tengo ninguna otra idea. Me froto la garganta y me pregunto cómo he podido perder la chispa.
Si fingir que salgo con una chica que no conozco, a la que no le caigo bien, le trae de vuelta, entonces seré el mejor novio que haya tenido esta chica.
Lo cual no puede ser muy difícil si consideramos que el actual se llama W.
***
Llego a casa una hora después y veo a una pareja medio desnuda liándose en mi cama.
Permanezco en el umbral durante un segundo, intentando descubrir lo que sucede, pero la rubia delgada tumbada sobre mi colchón extra grande me ve y suelta un chillido ensordecedor.
—¡Oh! ¡Dios! ¡Mío! ¡Eres Oakley Ford!
A continuación, vestida con tan solo una minifalda y un sujetador provocativo, salta de la cama y se me lanza encima.
Tyrese aparece de la nada y le corta el paso.
La ira y la molestia se remueven en mi interior cuando miro al tío que está en la cama. Apenas lo reconozco, creo que es uno de los amigos de Luke. Pero, ¿por qué está en mi habitación?
Se pone los pantalones y sale de la cama. Está drogado, o borracho, o ambos cuando murmura:
—Oak, hermano. Has vuelto pronto. Luke dijo que no regresarías hasta dentro de un par de horas.
Como si eso le diese derecho a hacer todo tipo de cosas en mi cama.
Me siento tan asqueado que no puedo ni contestar. Simplemente muevo la cabeza hacia Tyrese, el cual agarra con una mano el brazo de la chica y con la otra el hombro del tipo.
—Hora de irse —anuncia mi guardaespaldas con su voz de barítono.
—¡No, espera! —gimotea la rubia—. ¡Quiero una foto con Oakley! ¡Oakley, soy tu mayor fan! ¡Te quiero! ¿Puedo…?
Sus ruegos se desvanecen al tiempo que Tyrese arrastra a la pareja escaleras abajo.
Escucho el sonido de una puerta y me giro para ver a una empleada del servicio salir de una de las habitaciones de invitados.
—¿Todo bien, señor Ford? —pregunta de forma tímida.
—Todo correcto —señalo mi habitación con el pulgar—. Quema esas sábanas —ordeno bruscamente y después paso por su lado hacia el ala este, donde Luke ha estado quedándose estos últimos días.
Abro su puerta sin llamar.
—Fuera —espeto.
Luke se hallaba despatarrado en la cama viendo la televisión, pero se pone de pie y su mirada nerviosa se fija en mí.
—Oak —dice con voz débil—. Has vuelto pronto.
—Sí —contesto—. Y ya es hora de que te vayas.
—Pero… —Traga saliva—. Venga, tío, ya te lo he dicho, no tengo otro sitio en el que quedarme mientras fumigan mi casa.
—Ya no es problema mío.
—Oak…
—¿Por qué cojones hay desconocidos en mi habitación, Luke? Teníamos un acuerdo. Yo te dejaba quedarte y tú no invitabas a la gente sin consultarme primero.
—Lo sé, lo siento. Ha sido una idiotez, hermano. Pero la chica de Charlie está obsesionada contigo y es su cumpleaños, y Charlie quería enseñarle tu habitación. Ya sabes —continúa con tono débil—, como regalo de cumpleaños.
Lo miro con la boca abierta. ¿Espera que me lo crea?
—¿Cuánto y cuántas veces? —inquiero en tono monótono.
Luke vuelve a tragar saliva.
—¿Q-qué?
—¿Cuánto les cobras por la experiencia de tener sexo en la habitación de Oakley Ford, y cuántas veces lo has hecho?
Cuando las puntas de sus orejas enrojecen, sé que tengo razón. Y ahora todo el asco que siento está dirigido a mí mismo. Debería haber sabido que Luke me la jugaría antes o después. Siempre lo hacen.
Lo conocí hace un par de años en el estudio. Yo estaba ensayando con la banda de allí, él tocaba el bajo y nos caímos bien instantáneamente. Nos gustaba la misma música, los mismos videojuegos, todo. Durante un tiempo nos desatamos en las discotecas de Los Ángeles. Le invité a unirse a mi tour. Pero estos últimos meses, Luke se ha convertido en una sanguijuela. Pidiéndome dinero prestado, haciendo que firme cosas para venderlas por internet.
¿Y ahora esto? Sí. Creo que esta «amistad» se ha acabado.
—Olvídalo, no me contestes —murmuro—. Coge tus cosas y márchate.
—No seas así, tío.
No tengo paciencia.
—D —grito por encima del hombro.
Big D aparece detrás de mí. Cruza los enormes brazos que tiene sobre su gran pecho y empieza a fulminar con la mirada a Luke hasta que el bajista suspira derrotado y empieza a recoger sus cosas.
Mientras mi guardaespaldas se hace cargo de la situación, yo me voy y bajo las escaleras de dos en dos. Este día va de mal en peor, empezando por la reunión con mi nueva novia falsa, una chica con labia y resentida; y terminando con otra persona a la que consideraba un amigo y que acaba de mostrar cómo es en realidad.
Echo chispas al entrar en la sala de entretenimiento del piso principal y cojo una cerveza del frigorífico. Sí, tengo menos de veintiún años, pero he tomado alcohol y drogas, y he tenido chicas a mi disposición desde que tengo uso de razón.
Abro el botellín y me tiro al sofá de cuero. Solo son las cinco y ya tengo ganas de que se acabe el día.
Tyrese asoma su cabeza afeitada por la puerta y gruñe:
—Ya nos hemos encargado de todo, Oak.
—Gracias, Ty. —Le doy un trago a la cerveza y pulso el mando.
—D se va —me dice.
Asiento. Los dos se pegan a mí como lapas durante el día, pero cuando hay gente en casa o salgo de noche solo se queda Ty. Big D tiene mujer e hijos. Ty está soltero.
—Avísame si necesitas cualquier cosa.
—Gracias.
Después de que se marche, subo el volumen y voy pasando los canales, pero nada me interesa. Veo diez minutos de un documental sobre los dragones de Komodo. Cinco de una comedia mala. Unos minutos de los titulares de deportes. Unos segundos de las noticias de las cinco, que son más que suficientes para cansarme, así que vuelvo a cambiar de canal.
Estoy a punto de apagar la televisión cuando veo una cara familiar. Están echando TMI, un programa estúpido donde dos imbéciles observan vídeos de reporteros y los comentan de forma controvertida. La pantalla muestra a una mujer alta y esbelta ataviada con unos vaqueros ceñidos y un top azul holgado saliendo del aeropuerto de Los Ángeles.
La rubia es mi madre.
—… Y no parece muy preocupada por el último escándalo de su hijo —dice el presentador.
Espera, ¿hay un último escándalo mío? Me estrujo el cerebro para pensar en lo que he hecho últimamente, pero no recuerdo nada.
Una risilla se oye a través de los altavoces. La conozco bastante bien.
—Oh, ¡bah! Mi hijo tiene diecinueve años y mucha sangre en las venas. Si es un delito que quiera morrearse con una joven guapísima, y mayor de edad, fuera de una discoteca…
Ah. Ese escándalo.
—… Entonces adelante y que encierren a la mitad de los adolescentes de la ciudad —acaba mi madre. Después se pone sus grandes gafas de sol y se mete en la limusina que la espera en la zona de recogida del aeropuerto.
—Quizá Oakley solo siga los pasos de su querida madre
—comenta la presentadora con el pelo rosa y de punta—. Porque es obvio que a Katrina Ford no le importa besuquearse fuera de las discotecas. La siguiente foto se tomó anoche en Londres.
Una foto de mi madre besándose con un tío de pelo cano aparece en la pantalla. Apago la televisión antes de que empiecen con los comentarios. Me preocupan menos los líos londinenses de mi madre que el hecho de que esté de vuelta en Los Ángeles.
Y ni siquiera se haya preocupado de llamarme.
Mierda, igual lo ha hecho, pienso un segundo despúes cuando miro el móvil y veo una llamada perdida del número de móvil de mi madre de Los Ángeles. Olvidé que había puesto el teléfono en silencio en la sala de reuniones de Diamond.
Pulso el botón de rellamada y espero al menos diez tonos antes de que la voz de mi madre me grite en el oído.
—¡Hola, cariño!
—Hola, mamá. ¿Cuándo has vuelto?
—Esta mañana. —Hay algo de ruido de fondo, como martillazos y el zumbido de un taladro—. Espera un segundo, cielo. Voy a subir porque apenas te oigo. Estoy renovando la planta baja.
¿Otra vez? Juro que esa mujer renueva su casa de la playa en Malibú cada dos meses.
—Vale, ya te oigo. Bueno, te había llamado para confirmar que vas a la gala benéfica que celebra el estudio este fin de semana.
Tenso la mandíbula. Supongo que es mucho pedir que llamase para hablar con su único hijo.
—¿Para qué es la gala? —inquiero sin emoción.
—Pues no me acuerdo. ¿Quizá para la lucha contra la crueldad animal? No, creo que es para la investigación contra el cáncer. —Mamá se detiene—. No, eso tampoco. Tiene que ver con los animales, seguro.
No voy a mentir, mi madre es una cabeza hueca.
No es tonta ni nada por el estilo. Es capaz de memorizar un guion de cien páginas en un día. Y cuando le apasiona algo, se entrega en cuerpo y alma a ello. Pero… le apasionan chorradas. Zapatos. Redecorar la casa multimillonaria que consiguió en el divorcio. La dieta de moda.
Katrina Ford fue la reina de las comedias románticas, una mujer vivaracha y hermosa, pero la verdad es que no tiene mucha sustancia. Tampoco va a ganar ningún premio a la mejor madre del año, pero ya estoy acostumbrado a vivir en un segundo plano para ella.
Aunque tampoco es que mi padre sea mucho mejor. Al menos mi madre se acuerda de llamarme. A veces. Dustin Ford está tan ocupado siendo un gran actor de renombre que ni se acuerda de que tiene un hijo.
—Y cielo, no traigas a nadie —dice mamá—. Si apareces con alguna chica colgada del brazo, toda la atención recaerá en eso y no en la obra benéfica para la que tratamos de recaudar dinero.
La obra benéfica cuyo nombre y objetivo ni siquiera recuerda.
—Le diré a Bitsy que te mande un mensaje con los detalles. Espero que le dediques como mínimo una hora de tu tiempo.
—Claro, lo que quieras, mamá.
—Ese es mi chico. —Vuelve a detenerse—. ¿Has hablado con tu padre últimamente?
—No desde hace meses —admito—. Lo último que sé es que estaba en Hawái con Chloe.
—¿Cuál de ellas es Chloe? ¿La de la operación de pecho o la del bótox estropeado?
—La verdad es que no me acuerdo.
Desde el divorcio de mis padres hace dos años, la vida sentimental de mi padre ha sido un hervidero de mujeres operadas. Qué demonios, su vida también era así antes del divorcio.
De ahí el divorcio.
—Bueno, cuando hables con él, dile que hay una caja con sus cosas que lleva en el armario de la entrada casi un año, y que si él o alguien de su gente no la recoge pronto la quemaré en el brasero de la parte de atrás.
—¿Por qué no se lo dices tú misma? —gruño.
—Oh, cariño, sabes que tú padre y yo solo nos hablamos a través de los abogados, y el mío se encuentra ahora mismo fuera de la ciudad. Así que sé un buen chico, Oak, y dale el mensaje a Dusty. —Su voz suena amortiguada durante un momento—. ¡Claro que no! —Le dice a alguien que no soy yo—. ¡Los paneles se quedan! —La voz de mamá vuelve a oírse bien—. Oakley, cariño, tengo que dejarte. ¡Estos contratistas intentan destruirme la casa! Te veré este fin de semana.
Cuelga sin decir adiós.
El silencio en la casa hace que me pique la piel. Sin Luke y su banda de sanguijuelas, este sitio parece un museo. Vuelvo a encender la televisión y subo el volumen.
Genial. Ahora finjo no estar solo subiéndole el volumen a la televisión. Sin prestar atención realmente, veo un montón de programas de tunear coches hasta que soy incapaz de soportar lo falsos que son. Supongo que me resulta demasiado familiar. Cojo mi móvil y mis dedos vacilan sobre la pantalla. Podría pedirle a Tyrese que llamase a una de esas chicas que solo quieren tocar a Oakley Ford. Con eso bastaría para una hora o dos. Podría hacerme un porro. Beber hasta perder la consciencia. O simplemente irme a la cama. Porque si voy a cambiar, como le he prometido a Jim, ninguna de esas opciones son válidas.
Apago la televisión. En el salón, Tyrese se encuentra sentado en el sillón enorme mirando algo en su móvil.
—Me voy a la cama.
—¿Sí? —Alza la mirada, sorprendido. Apenas son las diez—. ¿Solo?
—Sí. Se supone que ahora soy un buen chico. No puedo traer a chicas cuando estoy a punto de enamorar a una, ¿sabes?
Tyrese se encoge de hombros.
—Supongo que no. Pero el padre de familia es Big D, no yo.
Y ambos sabemos dónde está Big D ahora mismo. No en una discoteca eligiendo una tía al azar precisamente.
—Te veo mañana.
—Hasta mañana, hermano.
—Buenas noches.