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Capítulo 3 Ella

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He dicho que sí.

Porque: 1) es mucho dinero y 2) es mucho dinero.

Supongo que eso me convierte en una especie de cazafortunas, ¿verdad? No estoy segura de que mi situación encaje con la definición exacta, pero no puedo negar sentirme como una mientras sigo a Paisley y entro en el ascensor a la mañana siguiente.

Diamond Talent Management es un edificio entero. No un par de plantas sin más, sino un edificio acristalado, con ascensor y todo un equipo de seguridad. Los guardias de seguridad, guapos pero serios y con pendientes en la oreja, me ponen los pelos de punta, pero Paisley pasa a su lado y los saluda con la mano. La imito. Ojalá no me hubiese tomado un segundo café esta mañana porque está el estómago me da vueltas como un tsunami.

Los ascensores son de brillante latón, y hay un tipo vestido de traje cuyo único trabajo parecer ser echarle productos de limpieza y secarlos con un trapito. Tiene una mandíbula que no desentonaría junto a la ladera de una montaña y un trasero lo bastante firme como para rivalizar con el de un jugador de fútbol americano.

Paisley se baja en la sexta planta, que está adornada con las letras de división musical en grande y en oro sobre un fondo de madera oscura. La recepcionista es más guapa que la mitad de actrices que aparecen en las portadas de las revistas. Intento no mirar boquiabierta sus labios perfectamente perfilados y el largo rabillo de kohl que lleva pintado en los ojos.

—Deja de mirarla así —murmura Paisley en voz baja mientras pasamos junto al mostrador de recepción.

—No puedo evitarlo. ¿Diamond solo contrata a gente que pueda actuar en sus propias películas?

—Las apariencias no lo son todo —dice con ligereza, pero yo no la creo, porque está claro que Diamond exige que los currículos incluyan foto. Hay que ser guapa para trabajar en el mundo del entretenimiento, supongo, aunque estés detrás de las cámaras.

Nos indican que entremos a una enorme sala de reuniones, donde me detengo en seco. Está llena de gente. Hay por lo menos diez personas.

Escruto rápidamente la mesa, pero no reconozco a nadie, y la única persona a la que sí podría reconocer —y el motivo de esta reunión— ni siquiera está ahí.

Un hombre alto con el pelo negro y la piel de plástico se pone en pie en el extremo de la mesa.

—Buenos días, Vaughn. Soy Jim Tolson, el representante de Oakley. Es un placer conocerte.

Estrecho la mano que me tiende con incomodidad.

—Encantada de conocerlo, señor Tolson.

—Por favor, llámame Jim. Toma asiento. Tú también, Paisley.

Al mismo tiempo que mi hermana y yo nos acomodamos en las sillas más cercanas a la suya, él rodea la mesa y empieza a hacer un montón de presentaciones de las que apenas me entero.

—Esta es Claudia Hamilton, la publicista de Oakley, y su equipo. —Señala a la pelirroja de tetas grandes y, luego, a otras tres personas, dos hombres y una mujer, a su lado. Después, mueve la mano hacia tres hombres de semblante serio al otro lado de la mesa—. Nigel Bahri y sus socios. Los abogados de Oakley.

¿Abogados? Lanzo una mirada de pánico a Paisley, que me da un apretón en la mano por debajo de la mesa.

—Y, por último, mi asistente, Nina. —Asiente a la rubia menuda a su derecha—-. Y sus asistentes: Greg… —añade mientras señala al tipo afroamericano a su izquierda—… y Max. —Ahora asiente casi imperceptiblemente al hombre con sobrepeso junto a Greg.

Joder. ¿Su asistente tiene asistentes?

En cuanto las presentaciones terminan, Jim no pierde el tiempo y va directo al grano.

—Bueno, tu hermana ya te ha contado algunos detalles del trabajo, pero antes de compartirlos todos contigo, tengo unas cuantas preguntas para ti.

—Eh, vale. ¿Cuáles? —Mi voz suena extrañamente alta en esta enorme sala de reuniones. El eco parece interminable.

—¿Por qué no empiezas hablándonos un poco sobre ti?

—sugiere.

No estoy segura de saber qué quiere que diga. ¿Espera que recite la historia de mi vida? Bueno, nací en California. Vivo en El Segundo y mis padres murieron en un accidente de coche cuando tenía quince años.

¿O quizá espera que diga cosas triviales? Mi color favorito es el verde. Me dan miedo las mariposas y odio a los gatos.

La confusión debe de ser muy evidente en mi rostro, porque Jim me ofrece un poco de ayuda.

—¿Qué te gusta? ¿Qué quieres hacer cuando termines el instituto?

—Eh, ya he terminado el instituto —admito.

—¿Estás en la universidad? —Claudia, la publicista, se gira y frunce el ceño a Paisley—. Puede que tenga que perderse algunas clases. ¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete.

—La edad de consentimiento sexual en California son los dieciocho. —Ese recordatorio proviene del final de la mesa, donde los abogados, en plural, están sentados.

Claudia le resta importancia con la mano.

—Solo van a salir. Nada más. Además, el público de Oakley está formado, en su mayoría, por chicas jóvenes. Alguien mayor no tendría el mismo impacto. —Se gira hacia mí—. ¿Qué haces ahora mismo?

—Trabajo. Me he tomado un año sabático para trabajar y ayudar a mi familia.

Ya lo he dicho muchísimas veces, pero la sola mención de la muerte de mis padres todavía hace que se me encoja el corazón.

—Los padres de Paisley y Vaughn murieron hace un par de años —explica Jim.

Paisley y yo nos encogemos de dolor cuando toda la mesa nos mira con pena, menos Claudia, que sonríe de oreja a oreja.

—Maravilloso. Una huérfana inteligente e intrépida —dice, y su voz es tan chillona que hace que me chirríen los oídos—. Esta historia se pone cada vez mejor. Es justo lo que estamos buscando.

¿Estamos? Estoy todavía más confusa si cabe. Creía que esto iba de fingir ser la novia de Oakley Ford, así que ¿por qué estoy en una sala de reuniones junto a un montón de extraños? ¿No debería estar aquí también mi futuro novio falso?

—¿Tienes pensado ir a la universidad? —pregunta Jim.

Asiento.

—Me admitieron en la Universidad del Sur de California y en la Universidad Estatal de California, pero lo he aplazado hasta el próximo año académico.

Me seco las manos sudorosas en los vaqueros mientras repito mi discurso preparado sobre experimentar lo que es la vida de verdad antes de ir a la universidad y convertirme en una profesora.

Por el rabillo del ojo, veo al «equipo» de Claudia tomar notas con empeño. La confesión de que me gusta dibujar me gana unas cuantas miradas de interés por parte de los relaciones públicas.

—¿Se te da bien? —pregunta Claudia de pronto.

Me encojo de hombros.

—No se me da mal, supongo. Principalmente hago bocetos a lápiz. Sobre todo de rostros.

—Está siendo modesta —habla Paisley con voz firme—. Los dibujos de Vaughn son increíbles.

Los ojos azules de Claudia brillan de emoción mientras se gira hacia su equipo y, luego, cuatro voces gritan al unísono:

¡Fan art!

—Perdona… ¿qué? —digo, patidifusa.

—Así provocaremos el primer contacto. Llevamos pensando en varios encuentros monos por ordenador, pero todos nos parecían demasiado forzados. Pero este tiene potencial. Imagínatelo: tú tuiteas un precioso boceto que has dibujado de Oakley, y él queda tan impresionado ¡que te retuitea! —La publicista de voz fuerte de Oakley empieza a hacer gestos rápidos con las manos al tiempo que se emociona cada vez más por la imagen que está pintando—. Y sus seguidores se darán cuenta, porque apenas responde a sus tuits. Oakley te dice lo mucho que tu dibujo lo ha conmovido. Que le ha hecho llorar. Os contestáis unas cuantas veces y, luego… —Hace una pausa para darle más efecto—.Te sigue.

Eso provoca varios jadeos simultáneos de sus tres asistentes.

—Sí —dice uno de ellos, asintiendo vigorosamente.

—Pero… —añade otro con vacilación—… tenemos que hablar del problema de la hermana.

—Cierto —conviene Claudia—. Mmm. Sí.

Paisley y yo intercambiamos una mirada de estupefacción. Es como si esta gente hablara en un idioma diferente.

Jim nos ve la cara y lo aclara al instante.

—El hecho de que Paisley trabaja para la agencia saldrá a la luz, sin duda. En cuanto los medios publiquen ese dato, empezarán a sacar teorías locas y dirán que su relación es una farsa planeada de antemano por el representante de Oakley…

No puedo evitar reír.

A Jim no parece hacerle tanta gracia como a mí.

—…, que resulta que está emparentado con el director de la agencia. Así que tenemos que ofrecer una razón creíble de por qué la hermana de nuestra empleada, de repente, está liada con uno de los clientes de la agencia.

—Podemos decir que es casualidad —comenta Claudia con total confianza—. Uno de los tuits de Vaughn para Oakley será el siguiente —dice, y mueve los dedos en el aire como si estuviese verbalizando un titular—: «¡Ay, Dios! ¡Acabo de darme cuenta de que mi hermana mayor trabaja en la misma agencia que te representa! ¡Cómo mola!».

Intento no poner los ojos en blanco.

—Eso podría funcionar —musita Jim, pensativo—. Y luego podemos hacer que Paisley —añade, y mira a mi hermana— dé una pequeña entrevista sobre su rol en la relación.

—¿Mi rol? —Paisley suena insegura.

Está claro que es capaz de leer la mente a Jim, porque empieza a asentir otra vez. Me sorprende que todavía tenga la cabeza unida al cuello a estas alturas.

—Sí, dirás que no te lo podías creer cuando el agente de Oakley te llamó a la oficina de su hermano y te dijo que Oakley quería el número de teléfono de tu hermana.

Paisley también empieza a asentir y yo estoy a punto de darle una colleja. ¿Por qué está alimentando la locura de toda esta gente?

—Tengo unas cuantas preguntas más para Vaughn —añade Jim—. Tu hermana dijo que sales con alguien.

No pierdo detalle de cómo Paisley frunce los labios ligeramente al recordar a W. Puf. Algún día de estos tendrá que aguantarse y aceptar que estoy enamorada de él.

—Sí. Tengo novio —respondo, incómoda—. Y, de hecho, mi Twitter e Instagram están llenos de fotos nuestras.

Jim se gira hacia Claudia, que se queda callada. Veo los engranajes de su cabeza vivaz girar y girar.

—Anunciarás tu ruptura en las redes —decide—. Nos centraremos dos, no, tres semanas en la ruptura. Primero vendrá tu post desanimado anunciando el final de tu relación, luego documentaremos tu duelo, lo molesta y…

—Diremos que se pone los discos de Oakley Ford una y otra vez —termina una de las asistentes, animada.

Los ojos de Claudia se iluminan.

—¡Sí! —Da una palmada—. La música de Oakley te saca del oscuro abismo del desamor.

Aquello casi me provoca una arcada.

—Y eso es lo que te inspira a dibujar su rostro, que finalmente hace que entréis en contacto en redes. ¡Qué monos!

—Mira a Jim—. Todavía puede funciona.

Él parece complacido.

—Vale. ¿Y qué tal el aspecto de Vaughn? ¿Cómo lo veis?

Todos giran la cabeza en mi dirección. Sus miradas me atraviesan, me estudian como si fuese un espécimen bajo un microscopio. Se me encienden las mejillas y Paisley vuelve a apretarme la mano.

De repente, empieza la lluvia de críticas.

—Tiene el flequillo muy largo —trina Claudia—. Lo cortaremos.

—Bueno, en general necesita un buen corte. Y ese tono castaño parece demasiado falso.

—¡Es mi color natural! —protesto, pero nadie me escucha.

—Los ojos marrón miel son bonitos. Me gustan los reflejos dorados. No harán falta lentillas.

—La camiseta le queda un poco demasiado ancha. ¿Tus camisetas son siempre así de anchas, Vaughn?

—¿No nos interesaba una chica normal? —disiente alguien—. Si la ponemos guapa, entonces las fans no serán capaces de sentirse identificadas.

En mi vida me había sentido tan humillada.

—Ah, una última cosa —dice Claudia—. ¿Eres virgen?

Tacha lo último que he dicho: sí es posible pasar más vergüenza. Se oyen unas cuantas toses de otras personas sentadas a la mesa. Jim hace como que el tráfico de personas en el pasillo es fascinante, mientras que los abogados miran con una expresión firme la mesa.

—¿Tengo que responder a eso?

Lanzo una mirada lúgubre a mi hermana, que niega con la cabeza.

—Eso no importa —rebate Paisley al hombre que es más o menos su jefe.

Jim la ignora. Está claro que también quiere la respuesta a esa pregunta.

Quiero abrazarla por defenderme. Estoy bastante segura de que tengo las mejillas más rojas que el pelo de Claudia.

—Si te preocupa que algún escándalo sexual del pasado de Vaughn salga a la luz, no ocurrirá —asegura mi hermana a todos los asistentes—. Vaughn es la «chica buena» por excelencia.

No sé por qué, pero que Paisley piense eso sobre mí me duele. Es decir, sé que no soy una tía súper dura, pero tampoco soy una santa.

Claudia se encoge de hombros.

—De todos modos, lo comprobaremos.

¿Que lo comprobarán? ¿Mi estatus sexual aparecerá en el informe de alguien? Estoy a punto de estallar de la rabia cuando Jim intercede.

—Vale. Creo que todos estamos de acuerdo en que este plan promete. —Da una palmada y centra su atención en el lado de la mesa de los abogados.

—Nigel, ¿por qué no redactáis tus chicos y tú el borrador de un contrato y anotas cualquier tema que preveas que haya que negociar? Oakley llegará aquí dentro de una hora, así que podremos entrar más en detalle entonces.

Frunzo el ceño. ¿Tenemos que esperar una hora hasta que Su Majestad llegue? Y, ahora que lo pienso, ¿necesito yo un abogado? Se lo pregunto en voz baja a Paisley, que se lo pregunta a su jefe directamente.

—El contrato será muy sencillo —nos asegura Jim—. Básicamente, expondrá que has accedido a firmar un contrato de servicio que, en caso de no poder llevar a cabo tus tareas, podrás anular en cualquier momento. Todos los bienes o la cantidad de dinero recibida hasta ese momento serán tuyos.

Me muerdo el labio. Esto empieza a resultarme de lo más complicado. Pero supongo que en un trabajo donde se ganan veinte mil dólares —¡al mes!—, bien podría haber anticipado complejidad.

—¿Qué te parece esto? —sugiere Jim—. ¿Por qué no nos sentamos con Oakley y discutimos todos los puntos del contrato? Luego podrás leer el consentimiento que el bufete de Nigel redactará y, después, ya decidiremos cómo proceder a partir de ahí.

—Vale —respondo, porque suena muy razonable a pesar de lo ridículo de la situación.

A mi lado, Paisley me guiña un ojo y me enseña el pulgar hacia arriba de un modo muy poco sutil para darme ánimos. Yo respondo con una leve sonrisa.

Tengo que recordarme por qué hago esto: para que mis hermanos vayan a la universidad, para que Paisley deje de preocuparse por cómo pagar las facturas… Si soy capaz de centrarme únicamente en todo eso, entonces a lo mejor dejaré de sentirme como si estuviese a punto de vomitar.

Cuando es real

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