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Capítulo 3. Hermanos de sangre

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Nahuel Huapi, enero de 1880. Todo era tensión en el campamento. A Utrac y Gavino los habían atado, los trataban peor por ser indios, los consideraban traidores. El capitanejo a cargo le entregó una carta a Moreno, cosa que lo sorprendió mucho, jamás había visto que los indios escribieran cartas porque, si bien algunos hablaban castellano, ninguno sabía escribir.

Moreno tomó el papel y leyó. Era un largo mensaje de Sayhueque que, en resumen, le daba la bienvenida a sus tierras. Lo “invitaba” a visitar su toldería y, por su seguridad, le enviaba una guardia que los guiara y acompañara hasta su campamento. “Cuanta amabilidad”, pensó Moreno. “No se hubiera molestado”. Inmediatamente, con fingida autoridad, le indicó al capitanejo que desatara a Utrac y Gavino.

—Prisioneros —dijo enérgicamente el mapuche.

—¡No, no! Nadie es prisionero. La carta de Sayhueque dice que todos somos sus invitados y que debemos ser bien tratados.

Como el capitanejo no sabía leer no sabía qué decía la carta, entonces, por temor a contrariar las órdenes de su cacique, los desató de mala gana. De cualquier manera todos fueron obligados a marchar hacia los toldos de Sayhueque en el valle de Caleufú.

En el camino, a Moreno se le ocurrió que la carta, si bien supuestamente estaba firmada por “El gobernador Balentín Sayhueque5”, debía de haber sido escrita por el indio que le habían dicho que se llamaba Loncochino. Su influencia negativa sobre Sayhueque era lo único que explicaba este cambio de actitud tan grande de su amigo. Intentó hacer memoria sobre lo que Utrac le había dicho acerca de Loncochino: que había nacido del otro lado de los Andes, que su madre había sido una huinca cautiva chilena, y que hablaba muy bien el castellano. Bueno… Ahora estaba claro que también lo escribía aceptablemente; seguramente su madre se había esmerado en darle una educación cristiana aún en los toldos indios. “Cabeza de huinca y corazón de indio”, le había definido Utrac, lo que se traducía como alguien muy peligroso. Su influencia sobre el pueblo mapuche iba mucho más allá de la pequeña tribu que él controlaba, porque los guerreros lo veían como el único con habilidades para sacar al pueblo mapuche del terrible peligro que enfrentaba: la exterminación por la guerra permanente contra los huincas. Hasta hace poco Loncochino aconsejaba a Namuncurá y a Sayhueque, los dos principales caciques de este lado de los Andes, pero con el tiempo había adquirido tal ascendente sobre las tribus que ahora los dos grandes caciques debían negociar con él si no querían perder a su indiada.

* * *

Después de tres días llegaron a la toldería. El espectáculo fue aterrador. Luego del famoso llanto de las chinas, en el que éstas supuestamente se lamentaban por los sufrimientos de los viajeros, los indios festejaron por tener a Moreno prisionero. Los guerreros degollaban caballos para beber su sangre caliente y luego comían sus entrañas crudas. Corrió el aguardiente de boca en boca y los indios enardecidos por la borrachera amenazaban con matar a Moreno y su gente. Después de un par de horas fueron tantos los que cayeron por el efecto del alcohol que todo se tranquilizó bastante.

Moreno y sus hombres fueron llevados a uno de los costados de la toldería y les dejaron armar sus carpas huincas. Por la mañana fueron a buscar a Moreno. y Loncochino lo esperaban en el toldo más importante. El ambiente era muy tenso. Moreno se apuró a hablar antes que ellos

—¿Por qué me trata Sayhueque de esta manera? ¿No soy más su Peñi Huinca Moreno6? Yo sólo vine porque usted me invitó, sino no venía —dijo Moreno altanero—. Además, ¿dónde está la hospitalidad mapuche? A todos se les ofrece comida antes de parlamentar y a mí no me dieron nada desde que llegué.

La estrategia de mostrarse altanero le resultó. Sayhueque, visiblemente avergonzado, pidió que le dieran algo para comer. Los indios valoraban mucho la valentía y no demostrarles miedo era muy efectivo si los indios estaban sobrios. En su primer viaje por estas tierras Moreno había impactado a Sayhueque por tener el coraje de ser un huinca solitario que se adentra en tierra de indios.

Enseguida una china le trajo carne de yegua cruda, todo un desafío para cualquiera que no fuera indio, pero Moreno ya lo había hecho antes; se tomó su tiempo y comió todo lo que le habían llevado. Cuando hubo terminado retomó la palabra:

—Me alegra que me haya invitado a su toldería, hermano cacique. Yo estaba viniendo para saludar a mi hermano y hacerle algunos regalos.

—¿Regalos? Gracias Peñi Huinca, pero yo lo invité para que le haga gran favor a su Peñi Mapuche —dijo Sayhueque en su mal castellano mientras Loncochino observaba.

—Dígame qué puedo hacer por usted y su pueblo.

—Hace días soldados de Villegas tomaron prisioneros a seis indios de Sayhueque. Los acusan de robar cuatro carretas del Ejército y matar a todos. Pero es mentira, los indios ladrones son de otro cacique, no de Sayhueque.

Lo que preocupó a Moreno sobre lo que escuchaba es que se hablara tanto de carretas del Ejército. Él mismo había visto varias en Guardia Mitre. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué tantos preparativos militares?

—¿Qué puedo hacer yo?

—Escriba una carta a Villegas diciendo que los indios de Sayhueque no robaron. Que suelte a los prisioneros. Peñi Huinca será nuestro invitado hasta que nuestros indios vuelvan.

Villegas nunca soltaría a esos indios, de nada serviría la carta. Cuando los indios entendieran que los prisioneros no volverían jamás querrían matar a Moreno y a sus compañeros de viaje. Había que pensar en algo, pero al joven no se le ocurrían alternativas. Para hacer tiempo, la carta había que escribirla, pero además debía pensar en alguna estrategia para, por lo menos, salvar la vida de quienes lo acompañaban.

—Villegas no soltará a los indios por mi carta, yo no soy importante para el Gobierno, no me creerán.

—¡Mentira! —intervino Loncochino—. Usted es importante. Usted es espía. Viene a ver dónde están los toldos indios para que después venga su Ejército a matar a todos los mapuches.

—¿Cómo voy a ser yo importante? Si yo fuera importante hubiera venido con cien o doscientos hombres con rifles.

—El Ejército argentino está preparando una gran campaña, por eso llegan tantos soldados y tantas carretas con rifles.

Si eso era cierto, Moreno estaba en grandes problemas ya que se encontraría en territorio indio cuando los soldados atacaran. Los mapuches matarían a todos los blancos que pudieran.

—¿Qué dice? —respondió Moreno con una fingida seguridad—. ¿Le parece que yo vendría a visitar a mis amigos indios si el Ejército fuera a atacar? —y luego dirigiéndose directamente a Sayhueque—. Peñi Mapuche, tengo buena voluntad y quiero ayudar. Escribiré la carta a Villegas o al mismo Roca si quiere, pero no deje que Loncochino insulte a su hermano frente a usted. Es una falta de respeto de Loncochino frente a un cacique más importante que él.

Eso funcionó. Sayhueque lo miró a Loncochino con una mirada que significó algo así como “aquí mando yo”, y ordenó:

—Escriba la carta y será invitado hasta que los indios vuelvan.

Su cara indicaba que la conversación había terminado pero Moreno siguió.

—Le pido Peñi Mapuche que me deje mandar a mi amigo Utrac a su toldo para buscar las piedras y huesos que dejé allá. Así cuando vuelvan sus seis guerreros podré volver a Buenos Aires.

El gesto de Sayhueque significó “que así sea”. Loncochino no quedó muy conforme. Moreno sí, porque de esa manera por lo menos lograba salvar a Utrac. ¿Pero qué sería de él?

* * *

Utrac se marchó hacia el Sur pensando que todo se solucionaría. Llevaba algunas pertenencias de Moreno entre las que se encontraba una carta para el ingeniero Bovio escrita en francés por si caía en manos de los mapuches. En ella le describía escuetamente su precaria condición de prisionero, que volviera cuanto antes a Buenos Aires y que le hiciera saber a Zorrilla el resultado del relevamiento de los ríos.

Luego escribió la carta a Villegas pidiendo la libertad de los indios prisioneros en un estilo tan rocambolesco que el general se daría cuenta que algo andaba muy mal. Entre otras cosas se refería a Sayhueque como el gobernador de la Región de las Manzanas Don Balentín Sayhueque; Villegas entendería la situación.

—Peñi Mapuche —le dijo a Sayhueque— aquí está la carta. Pero Villegas está en el fortín de Guardia Mitre, y para llegar allá sus chasquis deben pasar cerca de otros dos fortines de frontera. ¿Tienen sus indios algún permiso para que los soldados dejen pasar?

—No —respondió Sayhueque, que se daba cuenta de que no había pensado en eso.

—Entonces le propongo que los acompañe mi ayudante Van Tritter. Él les explicará a los soldados la importante misión que están cumpliendo, y así podrán llegar a ver al general Villegas.

—¿Cómo sabemos que su hombre no nos va a traicionar? —preguntó el desconfiado Loncochino.

—Yo quedo acá. Soy invitado de mi Peñi Mapuche, y si algo malo pasa yo sufriré las consecuencias.

Sayhueque estuvo de acuerdo y así Moreno logró poner a salvo a otro de sus hombres.

Por la noche se haría una especie de despedida de los chasquis que llevarían la nota a Villegas. Moreno quería estar presente para reforzar la imagen de invitado, y no la de prisionero. Antes, en su carpa, sacó la pólvora de tres balas de la pistola que había guardado; desde que llegó, nadie le había revisado su equipaje. Los indios sabían que por más armas que tuviera, nunca podría escapar de la toldería con vida. A la hora de la reunión tomó su caballo y se acercó montado al gran círculo alrededor del fuego. Las voces se acallaron, desde arriba de su montura miró a todos con semblante altivo, el brillo de sus anteojos ayudaba a darle un aspecto fiero que los indios creían reconocer como sobrenatural. Lentamente se bajó del caballo y caminó hacia el fuego, y diciendo “¡Chus!” estiró el brazo arrojando la pólvora al fogón. Inmediatamente una enorme nube de chispas acompañada de aturdidores chasquidos dominó la reunión. El respeto y el miedo a ese huinca se adueñó de los indígenas. Moreno con expresión grave caminó para sentarse al lado de Sayhueque. La cara del cacique le decía que había logrado un impacto tremendo.

Sayhueque se levantó y dijo algunas palabras que Moreno no entendió, pero sí se dio cuenta de que todos lo aprobaron, porque golpearon el piso con sus manos varias veces en señal de alegría. Sayhueque se volvió a sentar a su lado con gran satisfacción:

—Les dije que mi hermano, el brujo huinca Moreno, es amigo mío y que él haría que nuestros compañeros presos en el fortín vuelvan a la toldería.


Cacique Shaihueque.

* * *

Moreno se rompía los sesos pensando cómo zafar de esa situación. Tenía claro que Villegas no soltaría a los indios prisioneros, y ahora se daba cuenta que el panorama era más negro que lo que se había imaginado. El Ejército estaba planeando una ofensiva, lo que haría que los indígenas fueran mucho más agresivos con él. ¿Por qué Avellaneda y Roca no le habían advertido sobre esta ofensiva? Eso lo vería con ellos a su vuelta, si es que habría una. Pero ahora él precisaba encontrar una solución. Sin duda, ésta debía consistir en un escape de la toldería, pero no se imaginaba cómo podría hacerlo en medio de un territorio hostil. Además el fortín más cercano estaba a varios días de cabalgata. No le encontraba solución, sólo se le ocurría ganar tiempo y esperar un milagro. Para mejorar sus posibilidades de escape, empezó a fingir estar enfermo, de esa manera lo tendrían menos controlado. El joven no saldría de su carpa.

* * *

El paño de entrada de la carpa se abrió y vio el perfil del cacique.

—Adelante —dijo el joven con voz de moribundo.

—¿Peñi Moreno está mal? —preguntó Sayhueque.

—Sí, mal. Pero ya voy a estar peor —dijo, intentando sonreír.

—Peñi Moreno es muy valiente. Sayhueque está muy contento de que Peñi Moreno sea su hermano.

—Gracias. Lo mismo digo.

—Recuerdo hace años, cuando Peñi Moreno vino solo a la tierra de mapuches. No tenía amigos.

—Tampoco tenía enemigos. Por eso no tenía miedo.

—Namuncurá quería que Sayhueque hiciera un malón con él pero Sayhueque dijo “no”. Si Namuncurá encontraba a Peñi Moreno era huinca muerto. Mucho peligro… Y todo porque Peñi Moreno quería llegar a la laguna Grande7.

—Los huincas son siempre gente rara —acotó el cacique, que luego se puso más serio—. Peñi, vine para que hablemos con el corazón.

—Claro, yo siempre digo la verdad.

—Entonces responda. ¿Peñi Moreno es espía como dice Loncochino?

La respuesta era difícil. Decir la verdad lo ponía en peligro, pero por otro lado si Sayhueque pensaba que mentía perdería su única posibilidad de salvación.

—No soy espía, pero trabajo para el Gobierno argentino.

Le miró la cara tratando de adivinar la reacción de Sayhueque pero las expresiones de los indios le eran siempre inescrutables. Y siguió:

—Trabajo para que esta tierra sea de Argentina y no de Chile.

—¿Peñi no quiere que esta tierra sea de mapuches?

—Me gustaría que sea mapuche para siempre, pero Chile quiere tenerla y Argentina no lo va a dejar. Quizá esta tierra pueda ser mapuche pero dentro de Argentina.

—Entonces es espía —dijo Sayhueque concluyendo.

—Si soy espía es contra Chile, no contra los mapuches como dijo Loncochino —y, tratando de mejorar su posición, agregó—. Loncochino también es espía, pero de Chile en contra de Argentina. Por eso él quiere que Sayhueque luche con Namuncurá contra Roca y Villegas. Pero eso no es bueno para Sayhueque y su gente.

—Huincas matarían a todos los indios. Mala cosa.

—Eso es lo que quiere Loncochino —dijo Moreno metiendo cizaña.

—Mis indios escuchan más a Loncochino que a Sayhueque. Si Sayhueque dice “no guerra”, guerreros piensan que es un cobarde y se van con Loncochino, entonces Sayhueque prefiere decir “quizás guerra” — se quedó pensativo.

—La guerra no les conviene —Moreno trató de sonar convincente.

—Mala cosa para los mapuches estar entre Argentina y Chile… Muy mala cosa —dijo pensativo antes de levantarse para irse.

—Peñi, una pregunta —le dijo Moreno antes de que se fuera—. El lago Lácar… ¿El agua del lago Lácar se va para el lado de Argentina o de Chile?

Sayhueque lo miró a los ojos como leyendo su alma.

—Peñi Moreno quiere el peligro.

—Es para saber si en la chillcá8 que firmarán Argentina y Chile el lago sería de Chile o de Argentina.

Sayhueque lo volvió a mirar y dijo:

—Sayhueque prefiere Argentina que Chile, pero el agua de Lácar va para el lado de Chile.

—Eso es malo —le dijo Moreno.

* * *

—Entonces, ¿soltará a los indios? —preguntó el belga muy preocupado.

El general Villegas miraba por la ventana buscando inspiración.

—No, eso está fuera de toda cuestión —le dijo a Van Tritter con tono decidido; y luego de pensar unos segundos más, pregunto— ¿Está seguro de que no es posible que él se escape de la toldería?

—Totalmente imposible. Hay más de doscientos guerreros y todos, menos el cacique, lo odian. Si intenta escapar lo matarán antes de hacer media milla.

Otra vez el silencio.

—Pero si no suelta a los prisioneros, ¿tratará de rescatarlo? —presionaba el belga.

—Si tratamos de ir a buscarlo, cruzarán a Chile y seguramente lo matarán.

—¿Y si no hacemos nada?

—Cuando empiece la ofensiva lo matarán —respondió el militar—. La verdad es que Moreno está librado a su propia suerte. Espero que Roca tenga razón.

—¿Qué dice Roca? —preguntó Van Tritter.

—Que Moreno tiene siete vidas.

* * *

Un gran griterío avisaba que algo malo pasaba en la toldería. Uno de los chasquis que había llevado la carta de Moreno había vuelto. Cayó del caballo apenas lo rodearon sus compañeros, estaba casi muerto de hambre, sed y cansancio. Había cabalgado sin parar más de tres días. Sayhueque y Loncochino corrieron al lugar para escuchar qué había pasado. El chasque, que casi no podía hablar, les contó que cuando se acercaron al fortín de Confluencia salieron soldados a encararlos. Ellos estaban tranquilos porque el huinca les iba a decir que llevaban una chillcá importante y los dejarían pasar. Pero cuando los soldados estuvieron cerca, el huinca les dijo algo que ellos no entendieron y sacaron sus armas. Los indios dieron la vuelta y trataron de escapar al galope tendido, pero los caballos estaban cansados y los soldados alcanzaron a todos menos a él. “¡Muerte a los huincas!” gritó Loncochino en su lengua. Sayhueque lo hizo callar, todos miraron a Sayhueque, ¿era él un cobarde amigo de los huincas? Por unos segundos la autoridad del cacique estuvo en jaque, pero él miró a Loncochino y a todos sus guerreros y dijo:

—Esta noche haremos Parlamento. Hablaremos sobre la vida del Huinca Moreno.

Una ensordecedora algarabía de aprobación siguió a sus palabras.

Gavino escuchó lo que había ocurrido y se lo contó a Moreno. —El final se acerca —dijo el joven.

* * *

Muy entrada la noche, Moreno escuchó pasos que se acercaban. Tanteó en la oscuridad y verificó que su pistola estaba a su lado, luego corrió el paño y lo vio parado frente a su carpa. Era Sayhueque.

—Peñi, hablemos —dijo tan bajo que apenas se escuchó. Moreno lo hizo entrar en su carpa.

—Peñi, es muy malo lo que tengo que decir.

Moreno lo miró a los ojos. Sabía lo que iba a escuchar, pero todavía le costaba creerlo.

—Peñi, el Parlamento decidió su muerte.

Sayhueque siguió hablando, pero la mente de Moreno se fue en otra dirección. Pensó en su padre. Si tenía algo que reprocharse era el sufrimiento que le causaría a su padre. No es que no le importara morir pero esas eran las reglas del juego y él así las había aceptado. Otras veces había estado cerca de la muerte, como cuando lo atacó la leona o cuando cayó a las aguas heladas o tantas otras. Era razonable que alguna vez la taba cayera en su contra. Pero ahora se daba cuenta que no se trataba sólo de su vida; su muerte causaría dolor a otros que él nunca había querido herir. Desde la muerte de su madre, su padre había tomado mucha más responsabilidad sobre la crianza de sus hijos. A diferencia de otros padres que eran distantes, el suyo era su amigo, confidente, socio, compañero. ¿Quién lo había ayudado a crear su museíto? ¿Quién lo acompañó en su primera campaña de recolección de fósiles? ¿Quién lo ayudó a desenterrar su primer caparazón gliptodón? ¿Quién le presentó al sabio alemán Burmeister? ¿Quién pagó los gastos de su primera expedición? ¿Y quién explotó de orgullo cuando un artículo suyo fue publicado en la famosa revista de Broca en París? La respuesta a todas esas preguntas era: su padre. ¿Y cómo le devolvía él todo ese amor paternal? Con un telegrama diciendo que su hijo había muerto como un perro en una lejana toldería india. Moreno sentía rabia contra sí mismo por estar haciéndole eso a su padre. No sabía si él lo soportaría. Más que por su propia vida, las lágrimas que bajaban por las mejillas de Moreno eran por la vida de su padre.

—¿Me entendió Peñi? —le decía el cacique.

—Sí, que me matarán —respondió secándose la cara.

—Pero no mañana. En dos días.

—Me quedo más tranquilo —dijo sarcástico, sin importarle si el indio lo entendía o no.

—Peñi es mi hermano, pero Parlamento no soy sólo yo. El Parlamento es mapuche y manda la tribu; la decisión es de la tribu. Sayhueque no quiere matar a Peñi pero el Parlamento sí. Sayhueque no quiere guerra con huincas pero el Parlamento sí. Pero ¿sabe qué prometió Sayhueque a su padre?

—No lo sé. Yo a mi padre le fallé.

—Prometí a mi padre que nunca mataría a un huinca que hable con el corazón. ¿Sabe por qué?

—No —dijo Moreno sin mucho interés.

—Antes de nacer Sayhueque un jesuita huinca estaba en el toldo de mi padre. Un cura de buen corazón trataba de ayudar a mi madre que moría enferma y yo dentro de ella. Cuando mi madre gritó que moría el huinca tomó el facón de mi padre. Mi padre casi lo mata pero él dijo “Fe” y mi padre le tuvo fe. El huinca cortó la barriga de mi madre, ella murió pero él sacó de su barriga a un bebé, Sayhueque. Sayhueque vive por un huinca de buen corazón que quería ayudar a los indios. Sayhueque cree que el Peñi Huinca Moreno es un huinca de buen corazón y quiere ayudar a los indios, por eso Sayhueque lo va a ayudar.

Moreno no sabía adónde lo llevaba esta conversación, pero prestaba mucha atención.

—Escuche bien Peñi. Mañana de noche habrá gran fiesta india. Muchos gritos, mucha sangre de caballo y mucho aguardiente. Todos los indios se emborracharán y no habrá guardias que vigilen a huincas.

—Pero aunque nos escapemos nos seguirán el rastro, nos alcanzarán al día siguiente y nos matarán en el medio del desierto.

—Escuche Peñi. En la noche, huincas caminarán hasta el río y encontrarán una balsa. Balsa no deja rastro en el río, los indios no sabrán por dónde escaparon. Sayhueque mandará guerreros a buscar Moreno al Sur, camino a toldería de Inacayal. Pero el río lo llevará al Este, al fortín Confluencia.

Ahora Moreno entendía el plan de Sayhueque. Estaba lleno de peligros, podrían encontrarlos o morir de hambre, pero podía funcionar. Ese plan era lo mejor que tenía.

—Sayhueque tenía deuda con huincas. Ahora Peñi Moreno tiene deuda con mapuches. Quiero que me dé su palabra para hacer una cosa.

—Sí, claro.

—En poco tiempo habrá guerra entre mapuches y huincas. Mapuches van a perder. Quizás muera Sayhueque. Muchos mapuches van a morir, pero no todos. Peñi Moreno prometa que protegerá a los mapuches que vivan después de la guerra, prometa que no dejará que huincas maten a todos los mapuches. Prometa que no dejará que el pueblo mapuche desaparezca.

—Se lo prometo de lo más profundo de mi corazón.

Y a pesar de que los indios no abrazan, el condenado a muerte y el que lo condenó se dieron un abrazo que era una despedida. Quizás jamás volverían a verse. Quizás alguno moriría.

* * *

Una orgía de sangre y alcohol sacudía a la toldería mapuche. Decenas de yeguarizos habían sido degollados para que los indios bebieran su sangre aún caliente. El aguardiente, con el que los pobladores del otro lado de la Cordillera compraban la paz, corría de boca en boca y liberaba la agresividad que estos hombres llevaban dentro. Gritos cada vez más salvajes se escuchaban desde la carpa donde Moreno y sus dos compañeros se refugiaban. Un grupo de jóvenes guerreros se acercó a la carpa huinca, quizás con la intención de terminar de una vez con lo que se haría al día siguiente. “Nos van a matar”, dijo Melgarejo. Moreno, que había aprendido que a los indios había que enfrentarlos sin mostrar ningún signo de temor, salió de la carpa. Uno de los mapuches le gritó algo que él no entendió, sacó un facón y se le abalanzó. Moreno dio un paso hacia atrás y, para ganar tiempo, le tiró el poncho en la cara. El indio estaba tan borracho que cuando trató de esquivarlo se cayó aparatosamente. Los demás pensaron que el huinca brujo lo había hechizado como cuando había hecho magia en el fogón. Levantaron a su compañero y se fueron. Moreno volvió a entrar en su carpa: —Ya falta menos —le dijo a los otros dos.

* * *

Luego de algunas horas, los gritos fueron perdiendo intensidad hasta que de a poco el silencio invadió al campamento. Moreno salió de la carpa y verificó que no hubiera ningún indio despierto, luego mandó a Gavino al río; al ser indio su presencia allí no generaría alarma. Como él no volvía supusieron que el camino estaba despejado. En la carpa dejaron unos bultos tapados con mantas con forma de personas durmiendo; por un tiempo engañarían a los mapuches. Caminaron hacia el río tratando de no dejar huellas. En la orilla encontraron a Gavino; Moreno lo mandó a que volviera y borrara todo lo que pudiera de los rastros, mientras tanto ellos buscarían la balsa.

Primero buscaron ordenadamente pero a medida que el tiempo pasaba y no la hallaban se empezaron a desesperar. El agua fría había entumecido sus pies, y Moreno ya casi no sentía el lecho del río mientras apartaba ramas en su búsqueda. De repente pisó mal una piedra, esta se movió y él cayó al agua torciéndose un tobillo. “Era lo que faltaba”, pensó él mientras se agarraba con dolor. —Ahí —dijo Melgarejo; del agua sobresalía la punta de una rústica embarcación hecha de troncos atados. Sayhueque había escondido la balsa debajo del agua y le había agregado piedras pesadas para que no flotara. Sin querer Moreno acababa de mover una de estas y la balsa salió a la superficie. Estaban salvados, ahora sólo faltaba que volviera Gavino para iniciar el viaje.

Gavino no aparecía y los dos se empezaron a poner nerviosos. Esperaron. Melgarejo quería irse. Esperaron. Pensaban en que podría haberle pasado algo. Esperaron. Prestaron atención para escuchar si algún ruido les daba una pista de lo que pasaba. Esperaron. Estaban muy preocupados. Moreno decidió esperar un poco más, pero no mucho. Gavino no aparecía.

—Nos vamos —dijo Moreno. Llevaron la balsa hasta donde el agua les llegaba a la cintura. Primero se subió Melgarejo, Moreno la acomodó y se subió él. Cuando el agua les empezó a dar velocidad miró para atrás una vez más y entonces lo vio. Gavino venía corriendo.

—¡Lo persiguen! —dijo Melgarejo—. Sigamos que nos agarran.

Pero Moreno no veía a nadie más que a Gavino que corría sin esperanza de alcanzarlos. “¿Cómo frenar una balsa?”, pensó Moreno. Entonces se tiró al agua helada, con los dos brazos sujetó fuertemente la balsa, y trató de hacer pie en el fondo del río. Gavino se metió en el agua y los alcanzó. —Subí —le dijo Moreno. Cuando los tres estuvieron arriba, la balsa apenas sobresalía del agua.

—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Moreno.

—Borré todo. No quedó ningún rastro.

—Casi quedás vos de rastro.

La corriente ya los llevaba a buena velocidad. Moreno se preguntaba cómo doblaría la balsa la curva que se acercaba. A la luz de la luna se veían varias piedras envueltas en espuma amenazadora. El río empezó a doblar y la balsa también, pero no acompañaba a la corriente, se iba hacia el exterior de la curva, donde estaban las piedras. Primero sintió un golpe por debajo, y de repente la balsa se detuvo en seco al chocar con una roca semihundida; sus ocupantes salieron despedidos hacia adelante. Moreno pudo hacer pie en el fondo, a pesar de que la correntada le hacía perder el equilibrio, y sacó la cabeza para respirar justo a tiempo de ver que la balsa, ahora alivianada y con mejor flotación, estaba siendo arrastrada por la corriente. Si el río se la llevaba estaban perdidos. Con un esfuerzo supremo se impulsó para adelante y estiro el brazo con lo que consiguió alcanzar un borde de la balsa. Ya la tenía. —¡Auxilio! ¡Me ahogo! —Era Melgarejo que gritaba con toda la fuerza de sus pulmones.

Gavino lo sujetó y pudo hacer pie.

—Gracias, no se nadar.

Moreno volvió hacia ellos arrastrando la balsa.

—Melgarejo… —dijo bajito— La puta madre, qué gritos. Te deben de haber escuchado hasta los indios calchaquíes.

Los tres se quedaron en silencio tratando de detectar algún ruido. Pero no. Parecía que nadie los había escuchado en la toldería.

Gavino consiguió tres cañas y les dio una a cada uno. —Para doblar en las curvas —les dijo.

Como el río no era profundo, las cañas llegaban hasta el fondo; ideales para dirigir su rumbo. Se subieron a la balsa y siguieron su camino.

Todavía no habían recorrido mucho cuando empezó a clarear en el horizonte. Moreno eligió un recodo bien arbolado para detenerse.

—¿Por qué paramos? —preguntó Melgarejo.

—Hay tribus que viven cerca del río. Saben que somos prisioneros. Si nos ven nos matan. Por eso sólo podemos viajar de noche, y ni hablar de hacer fuego —respondió Moreno.

—¿Pero entonces cuánto tiempo nos llevará llegar a Confluencia?

Moreno hizo memoria para recordar los mapas que tantas veces había estudiado. Estaban bajando el río Collón Curá y debían aún recorrer un larguísimo tramo hasta llegar a donde éste desembocaba en el río Limay. Recién entonces estarían navegando en la dirección correcta. Debían seguir por este último hasta su confluencia con el río Neuquén. Allí estaba el fortín.

—Calculo que seis días —dijo Moreno más por pálpito que por cálculo.

—¿Y qué vamos a comer mientras tanto?

Moreno no tenía respuesta a esa pregunta. La única solución que él veía era seguir para adelante y tratar de llegar como fuera. En su bolso tenía la pistola con cuatro balas. Llegado el caso podía usarlas contra los indios. O para terminar con todo.

—Dios proveerá —respondió Moreno, fingiendo gran confianza.

—Pero a Dios hay que ayudarlo —acotó Gavino, dudando de esa fe ciega.

El límite de las mentiras

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