Читать книгу El faro de Dédalo - Gloria Candioti - Страница 6

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1. ¡Qué será esto!

En su habitación, Valentín Rov había terminado las clases virtuales y se disponía a abrir una caja que había encontrado escondida en los armarios de la habitación de su abuelo. ¡Lo extrañaba tanto! Hubiera querido volver a escuchar esas historias que le contaba sobre viajes extraordinarios. Le había mostrado imágenes de esos lugares en la red de información común, antes de que los gestores de contenidos las bloquearan por “innecesarias”, su abuelo siempre había sabido cómo buscar, burlar restricciones y recuperar documentos.

Valentín tenía 14 años y hacía siete que su abuelo había desaparecido misteriosamente después de que su esposa y su hija hubieran muerto de una rara enfermedad. Dijo que iba a caminar un rato y no lo volvieron a ver. La Central de Seguridad, después de unos días de búsqueda, abandonó la investigación.

Valentín recordaba a su abuelo decir que quería volver a viajar pero desde aquella epidemia, los controles sobre los viajes se hicieron más estrictos porque, según los Regentes, alguien había traído la enfermedad y la situación en el exterior representaba un serio peligro.

La ciudad en que vivían, se había construido para proteger a sus habitantes cuando comenzaron a ocurrir los desastres ecológicos y la desertización avanzaba. Científicos y millonarios la habían edificado y perfeccionado para que sus habitantes vivieran felices. Se podía tener un hijo o a lo sumo dos, esa cantidad era suficiente para formar una familia y no tener problemas de superpoblación. Todos los puestos de trabajo estaban perfectamente estudiados para que siempre hubiera para todos. Todo lo necesario para vivir se proveía.

Víctor, el padre de Valentín, era uno de los ingenieros de la Central de Suministro de Agua y Energía. El agua llegaba a las zonas por cañerías subterráneas desde cisternas ubicadas en la zona 10. El aire circulaba a través de un sistema de ventilación y acondicionamiento climático.

Valentín pasaba casi todo el día solo, cumplía con sus tareas rápido y después se conectaba con sus amigos Oracio y Luciana.

Oracio era de su misma edad y Luciana un poco menor. Con Oracio se habían conocido en los entrenamientos de deporte y Luciana era hija de una amiga de su padre. Todos vivían en la misma zona y eran de los pocos jóvenes que se veían “físicamente”. Por las tardes se sentaban a charlar en los jardines holográficos de las viviendas.

Una tarde, Valentín había descubierto una lupa en el Museo Virtual y le pareció genial para Luciana. Había aprendido a construir objetos con lo poco que tenía a disposición. En la ciudad era complicado conseguir elementos de descarte. La basura casi no existía, todo se volvía a procesar o se convertía en insumos para energía.

Entró a la habitación de su abuelo buscando algo que le sirviera para armarla. Víctor había cerrado ese cuarto después de la desaparición de su padre, pero Valentín había encontrado la llave y lo había convertido en su lugar favorito mientras su papá trabajaba. Había estantes con frascos llenos de clavos, telas, maderas, tornillos. Valentín recordaba que la abuela se quejaba de las “porquerías inútiles” que juntaba su marido. Él contestaba que alguna vez las necesitaría.

Dos días atrás había encontrado una caja de madera vieja cerrada. Era muy antigua.

Esa mañana, esperó que su padre se fuera al trabajo. Hizo la clase de la escuela virtual. Sacó la caja del cuarto del abuelo. Se sentó en el piso del pequeño jardín artificial que tenían las unidades habitacionales. Valentín no sabía, todavía, que ese descubrimiento le cambiaría la vida para siempre.

Con cuidado y con una herramienta pequeña parecida a un destornillador (había visto una foto de algo parecido en el Museo Virtual) rompió la cerradura. ¿Qué guardaría su abuelo en esa caja? y ¿por qué estaba tan escondida? ¿Víctor sabría?

En una bolsa transparente, había un libro de hojas amarillentas. La tapa tenía una foto: “Torre Eiffel, París”, logró leer las letras. Había un título más grande: Guía turística. Sacó el libro cuidadosamente de la bolsa y lo abrió.

—¡Hola chicos! ¿Están por ahí? –la voz de Oracio los llamaba por la red social.

El faro de Dédalo

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