Читать книгу Los chicos siguen bailando - Jake Shears - Страница 13
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ОглавлениеThe Edge era una línea telefónica para la gente solitaria y aburrida de todo Phoenix, y el número me lo pasó Atticus, que supuestamente iba a mi instituto, pero a quien nunca había visto por allí. Se identificaba como bisexual y yo no lo conocía demasiado, pero él, Josh y yo nos montamos un trío patoso una noche en el sótano de la casa de Josh, que resultó ser dulce y abúlico. Atticus siempre estaba hablando de The Edge. «Creo que te gustará», me dijo mientras garabateaba el número memorizado en un trozo de papel.
Era una especie de sala de chat prehistórica, donde todo tipo de personas se dejaban mensajes las unas a las otras. La opción del menú principal era una zona de discusión general donde podías preguntarle a la gente acerca de su opinión, tener discusiones, insultar a las demás personas que llamaban o simplemente divagar. Todos los días escuchabas los mensajes almacenados el día anterior, y entonces tenías la posibilidad de responder a lo que acababas de escuchar o empezar una nueva conversación.
A veces los mensajes sonaban más o menos así:
«Hey, soy Mama Ho. Y solo quiero saludar a todas mis putas esta noche. Especialmente al Dr. Lou, que quería saber por qué los hombres tenían pezones. Bueno, no soy un hombre, pero ¿aún no te han chupado los pezones?».
BEEP.
«¿Qué pasa, tíos? Soy Pay Phone Goddess y solo quiero decirle a Shy Girl que se calle la jodida boca. ¿Qué coño tienes que decir tú, zorra? Atrévete conmigo, ven y dímelo a la cara. De lo contrario, cierra ese maldito agujero, puta estúpida».
BEEP.
«Hey, soy Deja. Simplemente me estoy relajando después de un largo día, viendo a Sally Jessy Raphael. Necesito hablar sobre su pelo, aunque sea solo un momento ¿No se ha fijado nadie en que no se ha movido desde 1985? Además, ¿es cosa mía o de repente Jessy Jones se está intentando parecer a Björk? ¿Qué opináis?»
Mi nombre en The Edge era Barbie’s Nightmare, y después de inscribirme obtuve mi propio buzón de voz, donde podía recibir mensajes privados de los otros tipos que llamaban allí. Esperaba impaciente las actualizaciones de cada tarde, antes de que el sistema se cayera. Normalmente tenía que volver a marcar repetidamente el número antes de poder acceder a él, ya que solo podía haber tres personas utilizando la línea al mismo tiempo. Cada noche escuchaba las riñas de la gente, sus fantasías sexuales y sus discursos ex cátedra.
Cada uno de los usuarios de The Edge tenía su propio timbre de voz y sintaxis; me imaginaba cómo debían de ser a partir de cómo hablaban. Imaginé que Kashka sería una joven y jovial oficinista de los setenta con los cabellos vaporosos y un traje de chaqueta de poliéster. Nightshade relataba fantasías sexuales soft-core y tenía una voz muy profunda que te llegaba a intoxicar. Más tarde descubrí que era parapléjico. Alguien que se hacía llamar Deja —de quien ya he hablado— llamó mi atención. No era tan negativa como los demás usuarios, y me hacía reír. Un día le dejé un poema en su buzón de voz. «Desearía poder encogerte y dejarte sobre una de las estanterías de mi dormitorio», me respondió. Intercambiamos los números de teléfono y empezamos a llamarnos. Su nombre real era Mary Hanlon.
Mary y yo empezamos a hablar todos los días. Le contaba qué tal me había ido en el instituto y ella me entretenía con sus indiferentes aventuras con sus amigos del instituto, con los que todavía salía por ahí. Sus historias podían ser mundanas, pero las contaba con un lacónico y seco sentido del humor. Tenía veintiún años y no había ido a la universidad, sino que trabajaba en un empleo de nueve a cinco, que solía mantener en secreto. Después de algunas semanas hablando, decidimos conocernos en persona. Ella vivía a una hora de distancia, más o menos, pero arreglamos una especie de cita en un restaurante italiano llamado Fuzi.
—Hay algo que no te he dicho sobre mí —dijo el día antes de que quedáramos. Parecía nerviosa. —Y, de verdad, si no quieres que quedemos, lo entenderé perfectamente.
—¿Acabas de salir de la cárcel? —No podía siquiera imaginar de qué me estaba hablando.
—No. —Dejó de hablar por un instante—. Soy muy, muy grande. Más bien obesa. No dije nada porque no tenía ni idea de que íbamos a hablar tanto o de que acabaríamos quedando en persona. Pero sí. —Su risa estaba llena de dolor—. Soy una gorda.
Me sorprendió que pensara que me iba a importar. La diferencia de edad entre nosotros era tan grande que yo sencillamente me sentía halagado de poder estar hablando con ella. Era una mujer adulta e inteligente que había querido quedar conmigo. Mi favorita.
Íbamos al cine y de restaurantes cada fin de semana, conducíamos por los descampados de las afueras y escuchábamos música alternativa en su coche. A veces, le ponía nerviosa el hecho de salir de casa y de que se burlaran de ella. En las tiendas, en el centro comercial, podía percibir lo incómoda que se sentía en público. Todo el mundo se la quedaba mirando. Las camareras eran maleducadas, los dependientes en las tiendas no nos tomaban en serio —siempre que no nos ignoraran por completo—. Presencié en primera persona lo horrible que podía llegar a ser la gente, y no la culpé por no querer abandonar la seguridad de su hogar.
Empezamos a asistir a las quedadas donde la gente de The Edge se solía reunir y conocer en persona, en un parque o en la casa de Randy, el que operaba el sistema. Mary y yo sabíamos que éramos tan raros como cualquier otro, pero estábamos asombrados de la extraña combinación de gente que The Edge atraía. Había mujeres sexis, introvertidos antihigiénicos, amas de casa aburridas, maricas adolescentes, fumetas, prostitutas y músicos.
Randy, que lo llevaba todo desde una sobria habitación, tenía una especie de trabajo diurno y vivía en el centro de Phoenix. Era un chico gay atractivo con una personalidad relajada, y le encantaba que sus “habitantes” se quedaran en su casa toda la noche. Unos cuantos de nosotros nos quedábamos durmiendo en el sofá o en el suelo. Le mentía a Jennifer y le decía que me estaba quedando en casa de un amigo del colegio. Ella quería hablar con la madre de mi “amigo”, así que convencía a alguna de las señoritas que vivían en el garaje de Randy para que llamara a Jennifer y se hiciera pasar por la madre. Siempre funcionaba, pero me ponía nervioso la posibilidad de que me descubriera. Me mantenía alejado de la bebida y de las drogas; sabía que complicarían mucho más el asunto si me pillaran.
Había algo paternal en Randy. Siempre que necesitaba un poco de atención extra, o algún consejo al final de un mal día, él siempre se mostraba dispuesto a hablar. Me sentía seguro a su alrededor, y él no me trataba como a un crío de quince años, sino como a alguien con opiniones e ideas formadas. Me contaba si se había encaprichado de algún tipo o cotilleaba conmigo sobre el drama que se formaba en The Edge. Un par de años más tarde, cuando intenté dar con él para saludarle, descubrí que estaba en prisión. Parece ser que lo habían pillado teniendo sexo con menores. No me enteré de los detalles de la historia, pero me hizo sentir dolido y traicionado. Me había parecido un buen tío y un buen amigo. El regusto ácido vino acompañado con alivio. Hubo tantísimas situaciones y tantísimas noches en las que podría haberse aprovechado de mí…
* * *
Finalmente entré a Preston’s, el bar gay en Phoenix del que Atticus había estado hablando entusiasmadamente durante meses. Era horrible y delicioso a la vez, un affaire de cobre y cristal con una pista de baile kitsch sobre la que moverse. Mary conducía hasta allí, pero a veces se sentía tan cansada que se quedaba durmiendo en el coche mientras yo bailaba. Después quedábamos en el aparcamiento y escuchábamos los radiocasetes tuneados de los coches. Descubrí un montón de música nueva gracias a los chavales fiesteros que había allí, con sus peinados engominados y sus elaborados zapatos.
Es un milagro que nunca me metiera en líos. Los tipos mayores se me acercaban, me gritaban por mis cinturones bondage y me preguntaban: «¿Qué es esto? ¿De qué va todo este rollo?». Yo me llevaba unos mechones de mi flequillo verde por detrás de la oreja y sonreía. Siempre de forma educada, conseguía dirigirme hacia un lugar más seguro. Algunas mañanas de domingo abría los ojos y descubría a algunos conocidos fumando en pipas de agua, intentando mantenerse lo suficientemente despiertos como para poder llevarme a casa. Nunca probé ninguna de esas drogas, nunca abusaron de mí. Pero, aparte de Mary, este no era el tipo de gente que a ninguna madre le gustaría para su hijo.
* * *
Compensaba mis fines de semana secretos en Phoenix con mis reuniones con el grupo cristiano Young Life, que tenían lugar los miércoles. Las reuniones se celebraban en unas salas de estar de ambiente familiar, donde cantábamos canciones sobre Jesús mientras Desi, el pastor, tocaba la guitarra. No me vestía de forma tan extravagante en Young Life. Era un lugar donde, aunque solo por un par de horas, me gustaba sentirme integrado. A las reuniones acudían unos treinta chavales de diferentes institutos. Irónicamente, me sentía aceptado allí. Una noche, salí del armario con unos de los ayudantes del pastor en un Taco Bell mientras bebíamos unos refrescos. Él parecía confuso y no dijo mucho. En los meses siguientes, la calidez que sentía antaño se convirtió en distancia, y nunca volvimos a hablar del tema el uno con el otro. Me dolió.
Pensaba que había tenido éxito en controlar todos los aspectos de mi vida que se tambaleaban. Pero era el descuido, principalmente, la mayor amenaza para que todo se descubriera. La independencia me había convertido en alguien arrogante. Mi madre vino a visitarnos un fin de semana. La llevé a Mill Avenue a dar un paseo con Randy y con otros de The Edge: ese chico adolescente, Fro-baby, el extraño compañero de habitación de Randy, que parecía Buffalo Bill, y una chica, que no dejó de decir que se sentía mareada y que pensaba que podría estar embarazada. Cuando llegamos a casa, mi madre estaba realmente conmocionada.
—Jason, ¿quién es toda esa gente? —Se pasó las manos por su pelo rubio, algo que solía hacer cuando estaba nerviosa—. ¿De qué los conoces?
—Solo son amigos que he conocido por ahí.
—Son simpáticos, pero… —Me mostró una mueca dolida—. ¿Por qué sales con ellos? Hay algo… —“Gay” era la palabra que no conseguía decir.
—Son gente amable, mamá. Salgo con todo tipo de gente.
—Que salgas con todo tipo de gente está bien. —Se puso la mano sobre la frente—. Jennifer ha encontrado un paquete de cigarrillos en tu… bolso. —Pronunció “cigarrillos” escupiendo cada una de las consonantes. Se miró las rodillas por un momento, después levantó un dedo y con él dio un golpe en el aire—. Si crees por un instante que vas a salirte con la tuya de la misma forma que tus hermanas lo hicieron, ya te puedes ir preparando, amigo. —Ella podía sentir que yo me había deslizado ya fuera de su alcance—. ¡Tienes quince años! Y eres mi hijo. ¿Y estás fumando?
Se cruzó de brazos y movió la cabeza; me miró como si fuera alguien a quien no reconocía. Me hizo odiarme a mí mismo. La última cosa que quería era hacerle daño a mi madre. Sí, había empezado a fumar, pero ¿de verdad había hecho algo tan malo? Hasta donde yo creía, había sido muy responsable. Ella se mostró tranquila cuando se marchó a Washington al día siguiente. Ahora no la culpo por haberse preocupado por mí. Debió hacerlo.
* * *
Mientras tanto, el instituto empeoró. A mi amiga Courtney la pillaron con metanfetamina en el táper donde guardaba la comida y la llevaron inmediatamente a rehabilitación. Su alegre personalidad había conseguido mantenerme a flote en la escuela, y había sido una de mis únicas amigas allí. Ahora, me abandonaba con los lobos. Muchos de mis profesores, conocedores del peligro que me acechaba y de la probabilidad de violencia a la que me enfrentaba, me dejaron acabar antes mis exámenes y saltarme así los dos últimos días de colegio. Grité: «¡Que os jodan!» a todos los críos mientras me marchaba, sacando la cabeza por la ventanilla del coche de un amigo, mientras les hacía la peineta con los dedos y me alejaba de aquel aparcamiento por última vez.
* * *
La semana posterior a que acabara el colegio asistí a un retiro de Young Life de una semana de duración, al cual nos habían estado intentando convencer para que fuéramos durante todo el año en mi grupo de jóvenes cristianos. El campamento era muy cursi, lleno de alegría y charlas sobre Dios. Desi, el joven pastor, supervisaba nuestra cabaña y lideraba las charlas con mi grupo cada noche. Mi sexualidad era puesta en entredicho bastante a menudo; eso sí, siempre entre líneas. Había muchas charlas sobre “querer cambiar”. Los líderes de los grupos me cogían en apartes para que tuviéramos pequeñas conversaciones, y me decían: «Siempre puedes hacer algo, si quieres hacerlo». Me sentía halagado por su consideración. Todo el mundo podía ver cómo de triste y abatido me había estado sintiendo y querían ayudarme. Todavía sigo pensando que solo estaban intentando ser amables.
* * *
Daba paseos en soledad y contemplaba cómo mi sexualidad no solo había sido una carga, sino que había convertido mi vida en un jodido coñazo. Ser gay me había metido en todo este lío, sin saber quién se suponía que era o dónde se suponía que debía estar. El cansancio estaba llegando hasta mis huesos. Estaba harto de tener que defenderme, harto de luchar. No tenía demasiado que perder. Durante el último día de campamento, recé con Desi, le pedí a Cristo que me salvara de mis pecados y me comprometí a caminar tras sus huellas.
* * *
Mi tiempo en Arizona concluyó en las profundidades de un río en pleno desierto. Vestía una túnica blanca. Courtney, que ya estaba sobria, me observaba desde la ribera a través de sus gafas de sol con forma de ojo de gato. Fue testigo del espectáculo, mirándome con perplejidad.
—Este es Jason Sellards —dijo Desi en voz alta para nuestro público de una persona—, y viene hoy para ser bautizado en Cristo. Ahora, repite conmigo: creo que Jesús es Cristo.
—Creo que Jesús es Cristo.
—El hijo del Padre viviente, y mi Señor y mi Salvador.
—El hijo del Padre viviente, y mi Señor y mi Salvador.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. —Desi empujó mi cabeza en el agua e inmediatamente la sacó de ella—. Has renacido. —Rio, encantado.