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Juan Perea
ОглавлениеHace unos meses, el patrimonio municipal antequerano se vio enriquecido con la adquisición por parte del Ayuntamiento de nuestra ciudad, de una obra de arte realmente excepcional. Se trata de un retrato firmado y fechado por Antonio María de Esquivel.
Este pintor nació en Sevilla el 8 de marzo de 1806. Descendía de una noble familia andaluza. Hijo de militar, su padre murió en la batalla de Bailén, también lo fue Esquivel, hasta el punto de ser condecorado por sus servicios en el ejercicio de las armas. Antonio María dio muestras de su especial disposición para las artes plásticas en la Escuela de Dibujo de Sevilla, donde ingresó muy joven. Acabada su actividad castrense, se trasladó a Madrid, y a los 26 años ya fue designado académico de mérito en la Real Academia de San Fernando.
Esquivel pintó escenas andaluzas, retratos y una gran diversidad de asuntos, pues era un infatigable trabajador y realizó una obra considerable. Durante más de un año, en 1839, sufrió una enfermedad de la vista que le dejó prácticamente ciego, pero se repuso tras una operación y en 1840 pudo reanudar su tarea artística. Fue nombrado pintor de cámara en 1843, y cuatro años más tarde, académico de número de la de San Fernando. Pintó a las reinas María Cristina e Isabel II, a las infantas, a Espartero, a Prim, a Castelar. Falleció en Madrid, el 9 de abril de 1857.
La obra que ha venido a engrosar el patrimonio antequerano se encuentra depositada en el Archivo Histórico Municipal, y que reproducimos junto a estas líneas. Esta fechado al pie en 1839. El retrato representa a un personaje antequerano. En la parte superior derecha se inserta una cartela con el siguiente texto:
Juan Perea, natural y vecino de Antequera. Lo dedica a sus hijos exhortándoles a que sigan sus huellas de su constante laboriosidad y honradez.
¿Quién era este Juan Perea? Puestos a indagar, hemos podido llegar y reconstruir en parte la existencia de este personaje.
Su nombre completo era Juan Perea Vejar, nació en 1781, fue bautizado en la iglesia parroquial de San Pedro con los nombres de Juan Mateo José Isidoro y era hijo de Juan Perea y de Nicolaza de Bejar. Contrajo matrimonio dos veces, la primera con doña María Borrego en 1801. Tras el fallecimiento de esta, cinco años después, en 1806, contrae nuevas nupcias con Marina Romero en septiembre de 1808.
Del primer matrimonio tuvo tres hijos, de los que solo le sobrevivió uno, Maria Dolores, y del segundo, nueve. Juan Perea falleció en 1843.
Su actividad principal a lo largo de su vida fue la industrial. Era propietario de una tenería o fábrica de curtidos, ubicada en el cauce del Río Alto, que era conocida como Cauz Zimada. Se trataba de una industria que aparece clasificada en el Repartimiento del subsidio Industrial y del comercio, como de clase primera y sobre la que pagaba al año un impuesto de 700 reales. Los negocios le debieron marchar muy bien ya que adquiere otra tenería más, cuya dirección traspasa con el tiempo a su hijo José, aunque parece, por la documentación que hemos podido consultar, que la producción principal provenía de la primera. Además de estos establecimientos industriales, Juan Perea era poseedor de un huerto, que seguramente adquirió o mantuvo más como inversión que como forma de ingresos. Así mismo, tenía establecida una tienda o casa mercantil donde comercializaba sus productos, que a la vez le servía como vivienda principal. Hemos conseguido ubicar y localizar esta casa, que aún se conserva. Se trata de un edificio de grandes dimensiones en calle Encarnación, a la altura del Cozo Viejo, y que actualmente se encuentra cerrado. Entrar a describir las numerosas propiedades urbanas y rurales que llegó a acumular a lo largo de su vida sería un tanto tedioso.
En cuanto a su relación con el entorno y la sociedad de la época, sabemos que estuvo estrechamente relacionado con el denominado grupo de los franceses y al que nos referiremos en otra ocasión más ampliamente. Se trata de un grupo de comerciantes de origen francés que se instalan en nuestra ciudad a finales del siglo XVIII constituyendo una sociedad dedicada al comercio. Entre ellos estarían los Boudere, Laude, Serraller, etc. Juan Perea mantiene una especial relación comercial con uno de estos personajes, concretamente con Juan Auroux y Maibila, a quien incluso llega a designar en su testamento como albacea. Sin duda, Juan Perea fue un importante elemento dentro de la sociedad antequerana de la época, tanto desde el aspecto puramente económico, ya que mantuvo un saneado y rentable negocio y una importante producción industrial, como desde el aspecto cultural, la prueba más evidente es el hecho del cuadro que ha motivado este trabajo.
Esquivel no es un pintor cualquiera. El hecho de que Juan Perea le encargue su retrato tiene sus connotaciones. Implica un conocimiento de los círculos artísticos de la época y una serie de contactos sin duda con círculos de la oligarquía andaluza, lo que le permitía conocer perfectamente la trayectoria y la calidad del pintor, pero esto es un tema que los críticos del arte sabrán sin duda interpretar mejor.
Para concluir, reseñar que uno de sus nietos, Antonio Perea Muñoz, casó con doña Petra Arreses-Rojas Pareja-Obregón, marquesa de Cauche, hija de don Manuel Arreses-Rojas Yánez de Barnuevo. Vivió durante muchos años en Argentina, llegando incluso a fallecer en Córdoba, en 1909, y siendo enterrado en la iglesia del convento de la Encarnación de Antequera. Su mujer, doña Petra, tras su fallecimiento, queriendo honrar la memoria de su marido, adquirió unos terrenos en el lugar denominado el Campillo, a fin de edificar y dotar una guardería infantil. El dos de julio de 1919, la obra estaba ya prácticamente concluida, decidiendo ceder el edificio a las religiosas Terciarías Franciscanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que inmediatamente establecen en el edificio un colegio mixto con internado, continuando la comunidad la conclusión de las obras y la construcción de una iglesia aneja al edificio. Este centro se puso bajo la advocación de María Inmaculada.