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La captura de Boabdil
ОглавлениеTras la conquista de la ciudad por el Infante don Fernando y futuro rey de Aragón, Antequera y su tierra se convierten en una zona de frontera, durante ochenta años.
Las escaramuzas con el reino de Granada son constantes a lo largo de este periodo, quedando constancia de ellas en las crónicas locales y en los numerosos privilegios obtenidos por la ciudad por su lealtad a la corona y por sus constantes servicios en la lucha contra el Islam.
Romances y leyendas surgen a la sombra de la guerra, que se reviste de caballeresca. Así surge la leyenda de la Peña de los Enamorados, y los numerosos relatos de heroicas acciones militares, como la victoria de la Torre de la Matanza en mayo de 1424. En esta batalla, librada por el alcaide de Estepa y don Rodrigo de Narváez, se consigue una importante victoria. Gracias al ingenio, por primera vez se hace uso de la química como arma estratégica. Efectivamente, Antequera se vio acosada por numerosas incursiones de los musulmanes contra la vega, que saqueaban constantemente. Rodrigo de Narváez decide poner fin a ello, saliendo al encuentro del enemigo con 150 caballeros y 300 peones, llegando a un chaparral que se encontraba en las proximidades de la Peña de los Enamorados. Ocultándose entre la arboleda, por la cercanía del enemigo, una parte de sus fuerzas las manda desplazar a los pies de la Peña, ordenándoles que hicieran grandes fogatas y arrojando a las mismas pieles y cueros y astas de ganados y otras cosas que pudieran causar mal olor. El humo de estas candelas se desplazó hacia los musulmanes, quienes no pudiendo resistir el tufo, rompieron sus filas y comenzaron a retirarse de manera desordenada. Esta circunstancia fue aprovechada por Rodrigo de Narváez, quien consiguió una sonada victoria, sobre la que un participante en ella, Juan Galindo, vecino de Antequera y soldado de caballería, escribió en versos su relato, que recoge Manuel Solana en la Historia de Antequera.
Pero los enfrentamientos no solo se producen con los musulmanes. Las tensiones lógicas del constante estado bélico produjeron enfrentamientos también entre los propios cristianos. Tal vez, el más importante fue la lucha por el control político de Antequera que mantienen la casa de Narváez y la casa de Aguilar. En 1469, el rey Enrique IV, con objeto de sosegar las inquietudes y enemistades que había a lo largo de toda la frontera castellana, en un tiempo de paréntesis y de relativa paz, salió de Córdoba, donde se encontraba, primero a Ecija y de aquí vino a Antequera, con animo de entrevistarse en nuestra ciudad con el emir de Málaga. Llegado ante los muros de Antequera, quiso lógicamente entrar en ella con toda su tropa y comitiva, pero el alcaide Hernando de Narváez, hijo de ya fallecido Rodrigo de Narváez, receloso de que el rey entregase la fortaleza a don Alonso de Aguilar, que lo acompañaba en la comitiva, como parece ser que lo había intentado en otras ocasiones, no quiso abrir las puertas de la ciudad, sino tan solo al monarca y a quince caballeros que lo acompañasen como su guardia personal. El rey accede y, una vez en el interior, es conducido a la iglesia de San Salvador, encontrándose en él a todas las mujeres de la ciudad arrodilladas llorando al pensar que iban a sustituir a su alcaide. Así, también habían sacado el embalsamado cadáver de Rodrigo de Narváez y lo expusieron al rey en el altar mayor con las llaves de la fortaleza en la mano. Él se dirigió al féretro y, tomando las llaves, se las entrego a Hernando, confirmándolo como alcaide de la ciudad.
Alonso de Aguilar, que se encontraba acampado a las afueras, en las cercanías de la ermita de Santa Catalina, se consideró ofendido y retó a Narváez y a los habitantes de Antequera, ocurriendo una escaramuza de armas en la que salió vencedor Hernando.
Tal vez sea menos conocido otro hecho de armas en el que se vieron involucradas gentes de nuestra ciudad. Se trata de la que se conoce como la batalla del arroyo de Martín González, en las proximidades de Lucena en el año de 1483, en la que Boabdil El Chico, último Rey Nazarí de Granada, cae prisionero.
Tras la toma de Alhama, un grupo de nobles andaluces, entre los que se encontraban Rodrigo Ponce de León, Pedro Enríquez, don Alonso de Córdoba, maestre de Santiago, don Juan de Silva, conde de Fuentes y Adelantado de Andalucía y el entonces ya alcaide de Antequera, don Alonso de Aguilar, que había logrado la renuncia de Hernando de Narváez, organizan una cabalgada en enero de 1482, introduciéndose en territorio enemigo, haciendo cautivos, apoderándose del ganado, talando y quemando los árboles, sin apenas encontrar resistencia, adentrándose hasta la misma Axarquía, cometiendo un grave error. Las tropas cristianas se introdujeron en una zona desconocida y muy abrupta, donde la caballería no podía operar y los peones apenas moverse, siendo atacados y sufriendo una grave derrota, lo que les obligó a replegarse. El resultado fue nefasto: 1.500 muertos, 800 caballos sacrificados y una gran pérdida de armas y pertrechos.
Además, el rey Chico de Granada, Boabdil, contraataca y pone cerco a Lucena. Los cristianos ven en este hecho la oportunidad de tomarse la revancha, y tropas procedentes de Antequera participan en lo que se conoce como la batalla de Martín González, donde fue hecho prisionero el rey de Granada, según la tradición, por Alonso Conejo, natural de Antequera, y según otros, por Martín Hurtado.
El caso es que este hecho es recogido en las diversas historias manuscristas locales, como la del padre Cabrera, Solana o la Barrero Baquerizo, en las que se indica que el hecho quedó acreditado “[...] como consta de la cedula firmada de don Luis Fernández de Córdoba, duque de Sesa y Baena, su fecha en 2 de septiembre de 1525 [...]”****15.
A Alonso Conejo le fue concedida una capilla de entierro en el Convento de San Francisco, para él y sus descendientes. Es la conocida como capilla de la Virgen de los Ángeles. Alonso Conejo participa posteriormente en la tercera fase de la guerra de Granada, falleciendo en 1492. En pago de sus servicios, entre los que se incluyen el haber hecho prisionero a Boabdil, los Reyes Católicos, por medio de una Real Cédula, firmada el 20 de febrero de 1492 en la Villa de Santa Fe, conceden a su mujer tres caballerías, es decir, unas 180 fanegas de tierra, lo que ratifica este curioso hecho, que además queda inmortalizado en el propio escudo de armas de Alonso y sus descendientes, en el que aparece un rey moro encadenado. Además, se conserva un delicado dibujo, junto a la ejecutoria de hidalguía, donde se reproduce la escena. Vemos ambos en esta página.
Real Ejecutoria de Hidalguía de Ruy Conejo. Siglo XVI.
****15 Solana, M. Historia de Antequera. Ms. Antequera, 1814.