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La historia del moro
Manuel José María****17

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En la segunda mitad del siglo XVIII, concretamente en 1756, Antequera se vio conmocionada por un trágico suceso. La aparición del cadáver de un joven, encontrado por unos pastores en las cercanías del actual Cortijo del Romeral, con claros signos de violencia, dio lugar a la incoación de unos autos y a una investigación por parte de la justicia de la ciudad.

El examen del cadáver por parte del cirujano confirmó que el joven había muerto de forma violenta, ahogado, y presentaba además evidencias de haber sido violado. Por tanto, se presentaban en este caso dos graves delitos, asesinato, en concreto infanticidio, y violación, este especialmente perseguido en el ámbito cristiano y ya condenado desde el Concilio de Elvira, que en su canon 71 propone la pena de excomunión para “aquellos que cometieran actos nefandos, privándoles de la comunión a la hora de la muerte”. Iniciada la investigación, todo parece señalar a un guineano al servicio del marqués de la Peña, llamado Vergel y conocido como Almanzor. Este es detenido y conducido a las dependencias de la cárcel real de la ciudad, donde es interrogado por la justicia, confesando haber cometido el crimen.

Además, se daba la circunstancia de que meses atrás había sido encontrado en la portería del convento de Nuestra Señora de la Victoria, en la calle Fresca, el cadáver de otro joven que presentaba similares señales de violencia que el ahora descubierto, sin que en su momento se hubiera podido encontrar ningun sospechoso.

Probablemente presionado por los funcionarios –la tortura en esta época era un elemento común en los interrogatorios y especialmente cruel la practicada por la autoridad civil–, el reo confiesa no solo ser también el autor de este otro crimen, sino además de la violación y muerte de tres niños más; aunque estos jamás llegaron a ser localizados, a pesar de que el guineano Vergel explicara el lugar donde había ocultado sus cadáveres.

Tras celebrarse un sumarísimo juicio, se dictó sentencia en los siguientes términos:

[...] debo condenarle y le condeno a que sea sacado de la cárcel real de esta ciudad donde se halla atado a la cola de un caballo, el cual lo arrastre por las calles públicas hasta llegar a la Plaza Alta de esta ciudad donde sea puesto en una horca de tres palos hasta que naturalmente muera y ejecutado así le sea cortada la cabeza y la mano derecha, y el resto de su cuerpo sea arrojado en una hoguera de llamas de fuego, que a este fin este prevenida y en donde permanezca hasta que del todo se consuma y reduzca a cenizas las cuales se distribuyan en el aire, para que no quede de él aun esta leve memoria y después la expresada su cabeza clavada en una alfajía y puesta en el camino que de esta ciudad va al cortijo de la Peña y sitio más inminente al que se encontró el cadáver de Juan de Dios (uno de los niños), y la expresada mano derecha sea clavada en otra alfajía y puesta en la calle Fresca y sitio donde se encontró el cuerpo muerto de Juan Muñoz, de donde nadie la quite ni dicha cabeza pena de la vida [...].

Tras la correspondiente notificación, se señaló el día para su ejecución: el 29 de julio de 1757. Previamente se había dado traslado a la Hermandad de la Caridad de tal señalamiento, ya que esta cofradía era la encargada de asistir a los condenados a muerte.

El día del suplicio, la hermandad en pleno organizó una procesión desde su capilla en calle Estepa hasta la cárcel real. La comitiva estaba encabezada por el hermano mayor de la hermandad, D. José de Tejada, D. Francisco de Tejada y D. Juan Matías del Viso, portando el estandarte de la cofradía. Tras ellos, seguían el resto de los hermanos, portando cirios verdes y a continuación una imagen de un Cristo crucificado, con dos faroles a los lados portados por sendos eclesiásticos. La procesión discurrió por calle Estepa, plaza de San Sebastián y cuesta de Zapateros hasta alcanzar la plaza Alta, donde se disponía el cadalso frente a las casas capitulares. El espacio se encontraba circundado por doscientos soldados de la milicia de la ciudad con el objetivo de mantener el orden entre la multitud de curiosos llegados desde muchos puntos de la comarca para presenciar la ejecución. Así mismo, otro grupo importante de soldados cubría el tramo entre la casa consistorial y la cárcel.

Una vez llegada la hermandad, solicita al corregidor autorización para poder bautizar al reo, ya que este era musulmán, siéndole permitido hacerlo al pie del suplicio.

El condenado es sacado de la cárcel, vistiendo una túnica blanca, y es introducido por el verdugo dentro de un capacho. Una vez atado este a la cola de un caballo, es arrastrado hasta el pie de la horca, donde finalmente y, tras ser bautizado con el nombre de Manuel José María, es ajusticiado públicamente.

Posteriormente, al atardecer, el verdugo, ayudado por la justicia, baja el cadáver de la horca y procede a decapitarlo y cortarle la mano derecha para su pública exhibición, como ordenaba la sentencia.

No obstante, los miembros de la hermandad comunicaron al corregidor que habían solicitado a la Real Chancillería autorización para que anulara esta última exigencia de la sentencia, al considerarla anacrónica e innecesaria. De hecho, algunos días después llegaría la ejecutoria del tribunal superior concediendo el permiso a la Cofradía de la Caridad para que pudiera retirar los restos y darles cristiana sepultura.

Para ello, de acuerdo con los usos de la época, se montó toda una parafernalia barroca, con altar público y solemne procesión, para proceder a enterrar la cabeza y mano del ajusticiado en la iglesia parroquial de Santa María la Mayor. El lugar elegido fue el muro maestro de la capilla, entonces conocida como la de Nuestra Señora de los Dolores y antigua capilla de la Cofradía de Ánimas, en el lateral izquierdo, entre los accesos a las sacristías menor y mayor. En ese lugar se colocó una lápida con la siguiente inscripción:

Aquí yace la cabeza y mano derecha de Manuel José María Cristiano nuevo. Año de 1757.

Actualmente, aún puede contemplarse esta lápida, ya que se conserva en óptimas condiciones.

Toda esta información, que a nosotros nos ha servido para conocer de primera mano todo el ritual asociado en la época a la ejecución pública, aparece con todo detalle en un interesante manuscrito conservado en el Archivo Histórico, en la sección de beneficencia. Se trata de un memorial donde se recogen estos hechos, considerados extraordinarios, para que quedara constancia de los mismos y, sobre todo, de la acción caritativa de la cofradía, aportando una minuciosa contabilidad de los gastos y del coste económico que acarreó tan piadoso comportamiento.


Ilustración recogida en el procedimiento judicial contra Manuel José María. Plumilla.

****17 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.

El puzle de la historia

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