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VI

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Kino estaba más que aburrido de ver imágenes de gente haciéndose fotos en el espejo del baño. Su búsqueda estaba siendo muy infructuosa y, presa del aburrimiento, estaba fumando más de lo que acostumbraba. Cosa que también provocaba que su mente estuviese algo embotada.

Toda la tarde del sábado y el domingo desde que se despertó se los pasó delante del ordenador, buscando por las redes sociales algo que pudiese saciar su curiosidad. No se esperaba que le fuesen a salir tantos resultados de búsqueda después de poner «Cristina Teijeiro» en cada una de las redes sociales que él conocía. La mayoría de esos perfiles ni siquiera coincidían con el nombre y apellido al mismo tiempo, pero él seguía buscando y escudriñando fotos.

No descartaba los perfiles que no viviesen en el distrito de Betanzos (que con la metropolización del litoral español fue como pasó a llamarse la zona donde antiguamente se encontraba el pueblo de Miño), pues era plenamente consciente de que la gente cambia de vivienda y de que también viaja.

Por otra parte, también hubiese deseado que no fuera la persona tal y como se la había descrito Jaime. Si Jaime la hubiese tenido agregada en sus contactos habría resultado fácil. Pero como no la tenía, Kino optó por buscar también los perfiles de los antiguos amigos de la infancia de su padre, y de ahí extender la búsqueda. Aunque hubo los mismos resultados: poquísimos perfiles que coincidieran, y los pocos que coincidían eran de gente mucho más joven de lo que debía tener la tal Cristina o los viejos conocidos de su padre.

En un principio se había pensado que no tardaría tanto en encontrar a aquella mujer, ya que Jaime le había dicho que había intentado acceder a la fama por medio de los programas de prensa rosa. Mas Kino no encontró nada, quizá por la poca relevancia que aquella fuente poco fiable había tenido, o quizá porque él no conocía ninguno de los programas de la época, y de los pocos programas de los que se conservaba contenido en las bases de datos online no había nada que hablase sobre Ricardo.

Lo cierto era que Kino no hubiese podido decir si seguía buscando porque de verdad tenía la esperanza de encontrar algo útil para resolver el misterio de la doble vida de su padre, o si lo hacía por distraerse del otro asunto que poblaba sus pensamientos las veinticuatro horas del día: Marcelino Sampere.

Le había gustado ver cómo su padre despreciaba a aquel ambicioso individuo, le había llenado de orgullo incluso. Pero lo descolocó el hecho de que le diese ideas sobre cómo influir en el mensaje de los medios de comunicación, y más aún que lo hiciera para quitárselo de encima, sin ganar él nada a cambio. ¿Significaba aquello que habrían llegado a trabajar juntos? Kino esperaba que no, aunque tampoco era que se le ocurriera una manera de comprobarlo más allá de preguntarle al propio Sampere. Y seguro que aquel capullo arrogante decía que sí o, más probablemente, que era Ricardo el que trabajaba para él.

Hacía casi un mes que había conocido al Jefazo en su casa, y no había vuelto a tener noticias de él. Era poco probable que Sampere arrojase la toalla para descubrir de qué iba aquel proyecto del que había estado detrás durante tanto tiempo. De manera que Kino intuyó que le debía de estar dando un amplio margen para pensar en su oferta, pues se podía permitir tener un poco más de paciencia si había estado esperando casi cuarenta años.

Parecía que Ricardo, el día que conoció a Sampere, había confirmado que este no sabía nada de sus intenciones, pero ¿habría podido cambiar esto con los años? Kino intentaba no pensar en eso ya que, al fin y al cabo, él tampoco tenía ni idea de cuáles habían sido las verdaderas intenciones de su padre. Eso habría facilitado mucho las cosas.

Ricardo había sido capaz de guardar un secreto que, aparentemente, había sido de máximo interés para mucha gente durante muchos años. Y no solo eso, sino que también se lo había guardado en secreto a su familia. Kino se preguntaba qué posibles ramificaciones podría tener el proyecto AF01, pero también se preguntaba cuánto de sus recuerdos habría sido su padre capaz de ocultarle.

Flotando ante él iban pasando los perfiles de multitud de gente que se llamaba «Mario». A esas alturas ya era el único nombre que le faltaba por rastrear. Y no lo hacía con demasiado entusiasmo, sino que llevaba a cabo tal actividad de una manera automatizada y repetitiva. Pero aun buscando, la imagen de Sampere estrechándole la mano a su padre no se le iba de la mente.

«—Señor Lázaro, estaba esperando tener una oportunidad para hablar con usted».

Y en aquel momento, recorriendo con la vista la página del buscador repleta de gente que se llamaba Mario, algo hizo clic en su mente.

«O como a él le gustaba que le llamasen, señor Silva».

Aquella frase no tenía sentido para él, pero le parecía que la recordaba de algo. Como de un sueño lejano. Sin embargo, desde aquel momento le invadió la certeza de que aquel era el apellido unido al nombre de la némesis infantil de Ricardo. Sí, estaba seguro de aquello. Aunque le era imposible el recordar por qué. El embotamiento de su mente desapareció al instante, y estaba igual de despierto como si en vez de haberse fumado tres porros se hubiese bebido tres cafés. No obstante, introdujo con mucha tranquilidad el nombre completo en el buscador: «Mario Iglesias».

Nuevamente volvieron a aparecer multitud de perfiles de gente mucho más joven. De manera que esa vez sí que decidió acotar algo más la búsqueda, al menos al principio, y la redujo solamente a personas que viviesen en el distrito de Betanzos. Pero algo en su cabeza le decía que acababa de recordar algo importante y se sintió confiado, por lo que también introdujo un nuevo parámetro de búsqueda: la edad. Limitó la búsqueda a personas que hubiesen nacido antes de la década de los sesenta, llamados Mario Iglesias y que viviesen en la zona de Ortegal, como se llamaba la antigua comarca. Pero esta vez no solo buscó en redes sociales, sino que amplió su búsqueda a toda la red. Y, curiosamente, en menos de diez minutos encontró, por fin, lo que llevaba tanto tiempo buscando.

La búsqueda le llevó a descubrir que, a mediados de la primera década del s. XXI, un tal Mario Iglesias se había unido a un recién creado partido político. Dicho partido se había erigido en su momento como alternativa al bipartidismo que se repartía el Gobierno del país, pero las excentricidades de su variopinto grupo de miembros no tardaron mucho en hacer mella en sus resultados electorales, y una década después de su fundación aquel partido que prometía ser un faro hacia el futuro quedó relegado a una simple broma como resultado del continuo ridículo que hacían sus representantes cada vez que les ponían un micrófono delante.

En las imágenes de archivo correspondientes a las elecciones municipales de 2007, fue donde Kino encontró por fin una cara que se le hacía muy familiar. No la veía desde que era un niño cabrón que disfrutaba tirándole piedras a las vacas, pero no había duda: era él. Mario Iglesias se había presentado a las elecciones de Betanzos en el 2007, y había sufrido una humillante derrota. Y no solo eso.

Parece que en las noticias de la época había muchos artículos de opinión que hablaban en tono de sátira y cachondeo de las inoportunas y continuas declaraciones públicas de la mujer del candidato. Unas declaraciones que siempre estaban fuera de lugar, y que usaba solamente para difundir rumores falsos e infundados de los adversarios de su marido.

Cuando por fin encontró un vídeo de aquella mujer, a Kino por poco se le sale el corazón por la boca. Allí, acusando de ser narcotraficantes a los otros candidatos a la alcaldía, despotricando a diestro y siniestro aparecía una mujer rubia y de ojos verdes. Una mujer que habría resultado guapa y distinguida de no ser por la expresión de perro de pelea que había en su rostro. Y Kino la reconoció al instante. Aquella no era otra que Cristina Teijeiro, la misma que según Jaime había intentado vivir de los paparazis y la misma con la que Ricardo parecía que había tenido una hija.

Pero aquel no fue el motivo del sobresalto de Kino. Al menos enteramente. Él estaba acostumbrado a verla en los recuerdos de Ricardo cuando aún no llegaba a la veintena, pero en aquellas imágenes había pasado ya de los cuarenta. Y por extraño que parezca, esto hizo que la reconociese por partida doble. Ya que aquella señora malhumorada, no solo le recordó al instante a la joven de los recuerdos de su padre, sino que también a otra señora de los recuerdos del propio Kino.

La última vez que había ido a Galicia a visitar a su madre, se la había cruzado por la calle antes de cruzarse con Santi. Una señora que iba vestida con sus mejores galas para ir a por el pan y con tanta laca en el pelo que parecía que llevaba un casco. Una anciana mujer que, a pesar de la edad, hubiese podido ser considerada como guapa de no ser por la expresión malhumorada que adornaba su rostro. La misma señora que le puso mala cara cuando Kino se la quedó mirando hasta que apartó la vista, incómodo.

Sin saberlo, ya se había cruzado con la amante de su padre.

Los irreductibles III

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