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III

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El jueves por la noche fue la segunda vez que Rebe se quedó a dormir en casa de Kino aquella semana. Cosa inaudita hasta entonces. Al principio, aún seguía usando la excusa de que quería cuidar a Kino, aunque en el momento en el que este la ató a la cama y le vendó los ojos, decidieron abandonar la farsa.

Kino no solo estaba recuperado del catarro, sino que también estaba muy preparado para tener a Rebe tan dispuesta. Esa noche se ayudó no solo de aceites aromáticos, fresas y nata para jugar con los sentidos de Rebe y excitarla a más no poder antes de abalanzarse sobre ella sin quitarle la venda de los ojos, sino que también la sorprendió mucho cuando sacó algún juguete que tenía guardado para alguna ocasión especial. Como aquella.

Era verdad que Kino ansiaba oportunidades de crear «ocasiones especiales», y se esforzó porque aquellas experiencias quedasen grabadas en la memoria de Rebe para siempre, y en que quisiera repetir. Pero algo diferente era el resto del tiempo que pasaban ocupados en cosas que no tenían nada que ver con el sexo.

El miércoles se había quedado todo el día con él, lo que resultó ser un auténtico e inesperado ejercicio de paciencia. A Kino le sorprendió ver que Rebe, aunque era una chica graciosa e inteligente, la mayor parte del tiempo era una persona aburrida que pasaba más tiempo mirando la pantalla de su HSB que lo que tenía delante de sus narices. Aquello preocupaba a Kino, pero no le llegaba a molestar.

Lo que a Kino sí le molestaba de Rebe eran sus incesantes quejas sobre la música que él ponía en su piso (aunque él nunca dijo nada de la música que ponía ella cuando estaban en su casa). No le gustaba ninguna canción de las que Kino tenía en sus listas de reproducción, y para ella todas eran «viejas», «sin ritmo» y, básicamente, «una puta mierda anticuada».

Y aquello sí que no. Kino hizo la prueba de dejarle a ella escoger la música el viernes por la tarde, experimento que duró poco cuando ella optó por el treggaetón, único género que poblaba sus gustos musicales y listas de reproducción. Algo que Kino desconocía hasta el momento y que le produjo un gran desasosiego.

El treggaetón había sido el siguiente e inevitable paso a la hora de crear música de consumo fácil para las masas. Una mezcla relativamente reciente de los dos géneros musicales más denostados por Kino: el trap y el reggaetón.

Rebe se burlaba de Kino diciendo que la música que escuchaba él no tenía nada de ritmo, a diferencia de «autores» como Lil’-Twat o Moonskank. Kino, por otra parte, intentó convencerla de que una canción, además de ritmo, se suponía que también debía tener melodía y armonía, por no hablar de que se agradecía una letra con más de cuatro estrofas. Pero cuando vio lo infructuosos que sus argumentos resultaban en Rebe, decidió arrojar la toalla. Pero, aun así, no fue capaz de callarse su opinión particular, y era que si el mismo ritmo base se repetía en todas las canciones había que ir hasta el culo de python para aguantar más de dos seguidas.

—Bueno, mejor python que esa mierda que fumas tú. Que no sé cómo puedes meterte eso en los pulmones.

—Claro, es infinitamente mejor echarse ácido en los ojos.

Y aquel fue el inicio de una nueva discusión. Porque si ya a Kino le molestaba que la gente le recriminase que siguiera fumando porros, le molestaba mucho más cuando lo hacía alguien que tomaba algo mucho más perjudicial para la salud que el cannabis. Como era el caso.

Por suerte, aquel día no tuvieron demasiado tiempo de discutir porque Kino tenía que empezar a prepararse para ir a Industrias Lázaro para la próxima sesión. Y aunque la perspectiva de volver a meterse en aquella endemoniada máquina no le hacía ninguna gracia después de sufrir un shock como el de la semana pasada, en ese momento en particular agradeció la coartada para poder echar a Rebe del piso.

Los irreductibles III

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