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VII

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—¿Tú te leíste El Viejo y el Mar? —preguntó Ricardo. Kino le asintió con la cabeza mientras sonreía de lado—. Entonces entiendes de qué va esto.

—Más o menos.

Kino y el fantasma de su padre observaban la presentación de El Viejo y el Mar 2: La Venganza en la Casa del Libro de Gran Vía. La primera novela de Ricardo Lázaro, a juzgar por la presencia de multitud de medios de prensa que allí se presentaron, fue un libro que causó mucha expectación. Y ya aquel primer día, el furor con el que la gente se agolpaba para comprarlo fue un fiable indicador de que no tardaría mucho antes de encontrarse en las listas de «Más vendidos». Como efectivamente sucedería.

—¿Por qué escogiste El Viejo y el Mar? —preguntó Kino.

—Yo no lo escogí. Lo escogió Cristian Lepanto —puntualizó Ricardo alzando un dedo—. El protagonista de la novela.

—Está bien… ¿Por qué escoge Cristian Lepanto El Viejo y el Mar para escribir él la secuela?

—Verás, aparte de ser una novela que siempre me gustó mucho, y del comentario superficial sobre la arrogancia de los escritores primerizos que se piensan que van a reinventar la rueda, el motivo por el que escogí esta novela son los diálogos del protagonista. En mi novela el protagonista hace un viaje personal con un montón de paralelismos con la obra original. Por ejemplo, de la misma manera que el viejo se pasa la mayor parte del libro manteniendo un diálogo imaginario con el pez que está intentando pescar, mi protagonista lo hace con su novela inconclusa. Suplicándole que se termine sola de la misma manera que el viejo le suplica al pez que deje de luchar.

—Entiendo —respondió Kino.

—Está luchando contra la naturaleza, a la manera en que luchaban los autodenominados intelectuales. Llorando y clamando que el Universo está en su contra.

—¿Autodenominados intelectuales?

—Ajá. Yo siempre he sido de la firme creencia que hay palabras que te las tienen que decir otros. Guapo, listo, intelectual… Si te lo llaman otros, pues está bien, pero si uno lo dice de sí mismo… —El fantasma de Ricardo negó con la cabeza mientras fruncía los labios.

—¿Y cómo fue que te dio por dedicarte a las novelas? Aunque fuese por una vez.

—Pues ya ves. Cuando tu madre se quedó embarazada de Raúl decidí tomarme un pequeño «descanso» de mi trabajo, en simpatía con Teresa. A ella sí que le jodió tener que dejar de trabajar, pero tenías que verla. Incluso la semana antes de dar a luz se quedaba hasta la madrugada revisando los casos que en esos momentos llevaba su compañera Elisa. Y contigo, igual.

—Normal que saliéramos como salimos —bromeó Kino.

—Bueno, algo de culpa también tenéis vosotros —contestó el fantasma de Ricardo—. A raíz de quedarme en casa pues empecé a dedicarle tiempo a esta historia, que era un borrador de una idea que había tenido hace años, y que andaba rodando entre mis notas. Y bueno, el libro se fue escribiendo solo, como quien dice.

—Vaya —replicó Kino con amargura—. Qué suerte…

Después de su novela, Ricardo solamente haría dos películas más, ya que desde que nació Raúl se empezó a dedicar más a proyectos televisivos. El motivo de esto era que, al ser proyectos más estables y continuados en el tiempo, se podía permitir una jornada más tranquila e incluso monótona, lo que le permitía tener unos horarios fijos y atender la casa y los niños. Además, la mayor parte de los días podía trabajar desde casa y, en el caso de tener que ir a los Estudios Lázaro, no tardaba más de quince minutos en coche.

A mediados del 2003 Jaime y él se encontraban trabajando conjuntamente en el guion de una serie que habían conseguido venderle a Canal+, al no conseguir ni el menor interés por parte de las cadenas nacionales. Y no importó cuánto se esforzó por convencer a los productores de televisión de que las series eran el futuro del entretenimiento y que el paradigma iba a cambiar en pocos años, esa serie la tuvo que financiar él solo. O, mejor dicho, su productora.

Ricardo era un fan declarado de Los Soprano, y devoraba semanalmente los capítulos a medida que se iba estrenando cada temporada. Esta era la serie que él utilizaba siempre como ejemplo para argumentar a favor de la evolución de las teleseries, pero solo consiguió que le prestasen atención los ejecutivos de la cadena gala. Que casualmente también era la cadena que, en aquella época, emitía la famosa serie.

La serie por la que Ricardo tanto tuvo que pelear por sacar adelante se llamaba La habitación 727, y aunque todos los expertos le habían desaconsejado la idea a Ricardo por considerarla demasiado arriesgada, el tiempo volvió a darle la razón. La serie se centraba en la habitación de un hotel, y cada episodio estaba ambientado en una época diferente. Pero no solo eso, sino que los géneros también cambiaban de episodio en episodio tocando géneros tan dispares como la comedia, el terror psicológico, género negro o drama romántico. El reparto también cambiaba de capítulo en capítulo, pues cada episodio narraba la historia del huésped del momento en la habitación homónima. Solo algunos personajes aparecían en más de un episodio, y solo eran algunos trabajadores del hotel sobre los que se aplicaba maquillaje para reflejar el paso del tiempo.

Esta serie contó con cuatro temporadas de seis capítulos cada una, y a partir de la segunda, Ricardo empezó a delegar más en Jaime las tareas de showrunner, ya que fue durante la emisión del tercer capítulo que Teresa volvió a romper aguas.

A Kino se le hizo muy extraño ser testigo de su propio nacimiento, y sintió náuseas y mareos fruto del vértigo cuando se vio de recién nacido en los brazos de su madre (Ricardo tuvo el detalle de pasar por alto toda la experiencia en el quirófano, algo que Kino agradecía enormemente). A expresa petición suya, Ricardo avanzó rápidamente por el recuerdo de su alumbramiento, y pasaron directamente a ver cómo era el día a día a partir de que estuvieron los cuatro en casa.

Kino se sintió dolido por la poca fiabilidad de sus propios recuerdos. Y es que él siempre había tenido el recuerdo de un padre ausente, pero lo que estaba viendo a través de los ojos de Ricardo era algo muy distinto. Desde el nacimiento de Raúl, Ricardo pasaría la mayor parte de los días trabajando desde casa, dándole a Teresa la ansiada oportunidad de reincorporarse a su trabajo. Y es que, a diferencia de Ricardo, su trabajo sí que le obligaba a hacer acto de presencia.

A pesar incluso de que Ricardo decidió abordar un nuevo proyecto cinematográfico al poco de nacer Kino, eso no hizo que se apartara de sus labores domésticas, y se encargaba de las tareas del hogar, así como de cuidar a sus dos pequeños. El año próximo, Raúl empezaría a ir al colegio, pero mientras tanto los tenía a los dos en casa. Y sorprendentemente, aquello nunca fue un impedimento para que Ricardo siguiera avanzando en el guion que se traía entre manos.

De todas maneras, aquella película no lo tenía particularmente enamorado, y a diferencia de la mayoría de sus producciones, esta la coescribió desde el principio con Jaime. Quien también aprovechó el tiempo que pasaba trabajando en casa de Ricardo para confraternizar con los hijos de su amigo. A Kino le hizo ilusión ver lo bien que se lo había pasado siendo todavía un enano jugando en los brazos de Jaime, a quien aparentemente se le daban muy bien los niños. Y lo cierto era que no sabía que conocía a Jaime desde tan pronto, pues la mayoría de los recuerdos que tenía de él habían sido en su adolescencia.

La historia que ambos se traían entre manos sería la penúltima película que Ricardo dirigiría en su vida y, por primera vez, estaría plenamente basada en hechos reales. La película se llamaría El rey del butrón, y era la biografía de Ángel Suárez, alias Casper: el mayor ladrón de la historia de España. Especialista en butrones y asaltos a escondites de mafias para robar alijos. La cinta ofrecía un recorrido desde sus inicios como ladrón de barrio, su meteórico ascenso y enriquecimiento con la consecuente vida de lujos y despilfarros y codeos con la jet set de la época, para terminar con su dramática caída en desgracia al haber sido identificado por la mafia colombiana a la que había robado previamente. En cierta manera, su estructura recordaba un poco a Saliendo del hoyo, pero se notaba que Ricardo había tenido tiempo de refinar su técnica a la hora tanto de escribir como de dirigir. Poco antes de terminar la película era cuando Casper lo perdía todo: su fortuna, sus amigos (a manos de los narcotraficantes, que no olvidaban las afrentas) e incluso su mujer-florero, quien lo abandonaba después de haberle prometido innumerables veces amor eterno. Se quedó solo y sin nada, y así fue cómo se vio obligado a llevar a cabo el golpe más arriesgado hasta la fecha.

—Él fue el del robo a las Koplowtiz —le dijo el fantasma de Ricardo a Kino, como quien hace una gran revelación. Aunque lo cierto era que a Kino aquel nombre no le decía absolutamente nada, por lo que se encogió de hombros y su padre continuó la historia—. Bueno, pues el caso es que ese fue su último golpe, en efecto. Pues gracias a ese robo, la policía fue capaz por fin de seguirle la pista hasta dar con él.

—Entonces, ¿a ti te parece buena idea lo de dejar caer que fue el propio Casper el que hizo un robo chapucero para que lo atraparan a propósito? —le preguntó Jaime a Ricardo mientras los dos repasaban las notas de su guion en el salón del segundo.

—Bueno, piénsalo, al tío no solo le perseguía la policía, sino que también la mafia colombiana. Se debió de figurar que, en la cárcel, aislado de todo, debería de estar más seguro. Aún le quedaba algo de dinero, no lo perdió todo. Tenía suficiente como para pagarse algo de protección ahí dentro. Además, también había pensado en que en la escena en la que por fin se conocen Cáceres1 y él en el interrogatorio, que le deje caer que él sabe cosas. Demasiadas cosas y de gente demasiado importante. Y que la única manera de convencer a esa gente de que no va a hablar es quedarse en la cárcel.

—Madre mía, Ricardo, ¿sigues emperrado en meter tus teorías conspiranoicas? —Jaime observó cómo Ricardo asentía con total seguridad—. En fin. Al menos esta es una historia con parte de realidad, no como la otra idea de guion que tenías sobre el comisario que prendía fuego al Windsor para librarse de documentos incriminadores de políticos —dijo mientras resoplaba, poniendo los ojos en blanco—. Pero ¿qué lógica tiene? El tío era un ladrón, ¿cómo consiguió documentos confidenciales de las cloacas del Estado? No le veo la lógica.

—Bueno, está el trabajo que hace para Rodríguez Menéndez.

—¡Anda! ¿Por eso fue por lo que insististe en meter esa secuencia? Se suponía que esto era una biografía, y tú estás yéndote casi a la ciencia ficción. Nos vamos a meter en problemas Ricardo, nos van a meter una de denuncias…

—¡Pues les cambiamos el nombre a los personajes! Es sabido que Casper y Rodríguez Menéndez se movían en los mismos círculos, hay pruebas de su amistad. Además, no es como si nos fuera a denunciar por calumnias que está desaparecido y en busca y captura. Solo faltaba.

Jaime se pasó una mano por la frente, frotándose los ojos como si quisiera despertar de aquello.

—Está bien —concedió abatido—. Tú verás…

—¿Tienes una faceta conspiranoica que desconozco? —le preguntó Kino al fantasma de Ricardo.

—En absoluto, hijo. Es solo que quería aprovechar esta película para hablar de ciertos temas.

—¿Por qué?

—Pues porque pretendía que el público atase los mismos cabos que yo con la información de la que disponía.

—¿Y sirvió para algo?

—Sirvió, sí. Pero no para lo que yo quería. Hablé de corrupción, y expuse tramas que más tarde la prensa confirmó como ciertas. Pero para aquel entonces el daño ya estaba hecho. ¿Oíste alguna vez lo de que la realidad supera siempre a la ficción? Cuando se empezó a descubrir que había tramas de corrupción como las que yo describía en mis películas, los medios se esforzaron por restar credibilidad a la prensa acusándoles de dejarse llevar por fantasías, y de copiar noticias de argumentos de películas.

—¿Pero había pruebas?

—Ya te digo que había. Discos duros enteros llenos de pruebas en las sedes de los partidos.

—¿Y no sirvió de nada?

—De nada en absoluto. A la gente la terminaron por convencer, por medio de un constante bombardeo mediático, de que no existían tales pruebas y de que los hechos no eran más que invenciones de la prensa amarillista. Y por supuesto, la Fiscalía nunca consideraba que había suficientes indicios para abrir una investigación, «me pregunto por qué». Y la rueda siguió girando.

—Madre mía… Pues sí que es viejo el invento de la posverdad.

Ricardo soltó un bufido malhumorado.

—Luchar contra la desinformación y la propaganda es como mear con el viento de cara.

—Pero hay una cosa que no entiendo —dijo Kino.

—¿El qué?

—¿Cómo era que tú estabas al tanto de todas esas tramas, conspiraciones y demás? ¿Cómo es que tú tenías esa información privilegiada?

—Yo no tenía información privilegiada, Kino —respondió Ricardo con una sonrisa misteriosa—. No hace falta tenerla para saber qué es lo que está pasando. Las pistas están ahí, solo hay que saber buscar. Atar cabos.

—Pues o tú atas cabos mejor que un marino, o la gente estaba muy dormida, ¿no?

—¿Qué te hace pensar que han despertado?

—Bueno… me parece obvio. Hoy en día tenemos al alcance de nuestras manos más información que nunca. Por lo tanto, es más fácil que nunca estar bien informado.

—No sabes cuánto tiempo llevo oyendo lo mismo —replicó Ricardo cansinamente.

Kino miró a su padre confundido, pero Ricardo no respondió. Dio un suspiro y pareció concentrarse, y de repente el entorno alrededor de ellos cambió, y Kino se encontró con una imagen lejanamente familiar.

Estaban una vez más en la Ribeira de Miño, y un joven Ricardo de catorce años leía sus historias para sus amigos, Jaime y Ramiro. En aquellos momentos, Jaime miraba al horizonte con mirada soñadora y aunque hablaba con vehemencia se preocupaba de no alzar la voz.

Joder —comenzó Jaime volviendo a bajar la voz para que solo le oyesen sus amigos—, qué ganas tengo de que se muera el enano de una puta vez y se acabe la dictadura.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué, Ramiro? ¿No nos ves hablando en voz baja por miedo a que alguien nos escuche? Si pasara por aquí un gris nos podría decir que «circulen» por ser un grupo de tres personas hablando. ¿No tienes ganas de vivir en un país donde puedas decir libremente lo que piensas?

—Pues… supongo que sí —dijo el que, de los tres que allí se encontraban, menos tiempo al día dedicaba a pensar en tales menesteres.

Pues eso, Ramiro. No puedo esperar a que la palme el enano para que se termine la dictadura y para que se acabe la censura. Imagínatelo. Imagínate vivir en un país donde no solo podamos expresar nuestro pensamiento libremente, sino que también tengamos libre acceso a la información. Que no haya nadie controlando lo que leemos o lo que vemos. Con acceso a la información a la que nosotros queramos acceder, podría haber por fin una educación de calidad, un sistema educativo que sirviese para algo, no como la mierda que tenemos ahora. Que nos enseñaran a pensar en vez de a memorizar. El fin de la censura significaría el fin del analfabetismo, y un pueblo culto y bien formado no puede ser controlado. Por eso hay tanto analfabeto funcional, porque al régimen no le conviene enseñar a la gente a pensar.

Cuando Jaime hubo terminado de hablar, el entorno cambió una vez más, y Kino y su padre volvieron a encontrarse en el salón de casa de sus padres. Jaime y Ricardo seguían debatiendo qué rumbo debía tomar cada escena, pero Kino no hacía caso.

—¿Por qué me has vuelto a enseñar eso ahora? —dijo pasándose una mano por la frente. Se sentía mareado, como si acabara de hacer un gran esfuerzo.

—Para que veas. Uno no es verdaderamente consciente del poder manipulador de los medios hasta que ve sus efectos a lo largo del tiempo. ¿Acaso te crees que Jaime era de los que sí creían que el Gobierno era corrupto? —Ricardo hizo una pausa y negó con la cabeza con gesto severo—. Él votó siempre al mismo partido, sin importar a cuantos cargos pillasen con las manos en la masa en cualquiera de sus múltiples chanchullos.

Kino volvió a mirar la estampa del salón, asimilando poco a poco las palabras de su padre y dejando que calaran lentamente. Aquel hombre tan despierto, que en esos momentos jugaba con Kino y con su hermano, aquella persona tan aguda y avispada, que tantas inquietudes había tenido de joven… ¿había terminado por convertirse?

Kino se preguntó también si Jaime se consideraría a sí mismo como una persona bien informada. Él sí lo hacía, pero porque Kino sí que sabía a ciencia cierta que él sí que era capaz de discernir noticias falsas de verdaderas. Al fin y al cabo, él había trabajado en el mundillo y conocía sus entresijos. Su ritual informativo consistía en analizar la misma noticia siempre desde los dos periódicos situados en cada extremo del espectro ideológico, y después contrastar información con algunos titulares más neutros de medios no tan radicales. Era un proceso largo y tedioso, pero a su juicio era la única manera de estar bien informado sobre las cosas que ocurrían en el mundo.

Pero también recordó la conversación que habían mantenido su padre y el Jefazo después de la Ceremonia de los Goya sobre las cadenas de televisión, y una nueva pregunta se coló en su ya atribulada mente: si al fin y al cabo siempre es la misma gente la que escribe los titulares, independientemente de la supuesta ideología a la que se adscriba cada medio, ¿hay acaso una posibilidad real de saber lo que pasa?

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1 Así era como se llamaba el sargento de policía en el que aglutinaron todas las cualidades de los auténticos oficiales que participaron en la investigación real.

Los irreductibles III

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