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VIII

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Los días iban pasando rutinariamente, y por primera vez en su vida Ricardo pasaba más tiempo en casa que preparando sus producciones. Después del estreno de El Rey del Butrón, Jaime y él comenzaron a trabajar en el guion de la última película que él dirigiría: Regreso al Hogar.

Esta sería una cinta de ciencia ficción que seguía la vida de un joven normal y corriente que vivía en Valencia. Un buen día, sin darse ninguna explicación en toda la película de por qué ocurre, dejan de funcionar todos los aparatos electrónicos. Se dejan caer varias explicaciones sobre este acontecimiento como descargas solares o pulsos electromagnéticos (provocados quizá por una explosión nuclear cercana), pero ninguna explicación resulta definitiva. Y en la primera media hora de película, se reflejaba una rápida decadencia de la sociedad al derrumbarse todos los organismos e instituciones oficiales, por no hablar de los efectos que tiene la ausencia de aparatos eléctricos en una sociedad completamente dependiente de la tecnología.

En poco tiempo, la sociedad se desmorona en el medio del caos y la anarquía, y el paisaje nacional se convierte en un páramo postapocalíptico plagado de escasos grupos de supervivientes y numerosas tribus de saqueadores y maleantes. En medio de toda esta decadencia, el protagonista de la historia, Luis, inicia una odisea personal por regresar con su familia, que se encuentra en Galicia, sin saber nada de ellos, pues las comunicaciones fue lo primero que se perdió cuando desapareció la tecnología. La mayor parte de la película contaba cómo se iba convirtiendo poco a poco en un superviviente de la carretera, y cómo hace frente a los innumerables peligros desencadenados por el colapso de la sociedad a lo largo de su viaje entre los dos extremos de la península.

Un año antes de que se estrenase la película, en el 2008, Ricardo se encontraba revisando una y otra vez el guion ya que la preproducción comenzaría en pocas semanas. Había conseguido mantener la rutina que había adoptado antes de que naciese Raúl, cuando empezó a escribir su primera y única novela. Y lo cierto era que a Kino le hacía mucha gracia verse a sí mismo pululando alrededor de Ricardo mientras este trabajaba, imitando lo que hacía su padre.

Ricardo solía pasar las tardes escribiendo en su portátil, y a sus pies era habitual que se colocase el pequeño Kino, de tan solo tres años, y hacía como si él también estuviese escribiendo. Aunque lo que en realidad hacía eran garabatos y dibujos, colocando de vez en cuando las hojas de papel apoyadas en vertical, y golpeando con los dedos una carpeta. Como si él también estuviese escribiendo en un ordenador.

Kino reía por la nariz, observando aquella estampa. Y de repente se dio cuenta de que el fantasma de su padre lo miraba a él con una sonrisa.

—¿Qué? —preguntó Kino sin dejar de sonreír.

—Nada —contestó Ricardo devolviéndole la sonrisa.

—No sabía que me venía de tan atrás la perra de querer ser escritor.

—Ya te digo que te venía de atrás —dijo Ricardo fingiendo exasperación, mas sin dejar de sonreír—. Pero antes de tu faceta de escritor apareció la de lector. Y eso sí que fue un suplicio.

—¿Por qué?

—¿Sabes cómo aprendiste a leer tú?

—No sé. ¿En el colegio?

—Ojalá. Tú llegaste al colegio sabiendo leer ya.

—¿Y cómo aprendí a leer? —preguntó intrigado Kino.

—Pues preguntando.

La imagen cambió, y aunque seguían estando en el salón de casa, Ricardo no estaba con el portátil, sino sentado en el sofá repasando hojas de notas y apuntes con un boli que a veces estaba en su oreja y otras colgando de la comisura de sus labios. De repente, apareció el pequeño Joaquín, caminando graciosamente a una velocidad mayor de la que le deberían permitir sus cortas y rechonchas piernecitas. En las manos traía sujeto con mucho cuidado el periódico del día.

—Papá. ¿Qué pone aquí? Pa… ¿qué más?

—¿Cómo? —dijo Ricardo confuso, sin apartar la vista de sus notas.

—Aquí. ¿Qué pone?

—A ver. «País». Esa palabra es país.

—¿Y aquí?

—«El».

—«País El».

—No, Joaquín —dijo Ricardo conteniendo la risa—. Se lee de izquierda a derecha, no al revés.

—¿Qué es izquierda?

Ricardo soltó un profundo suspiro, preguntándose por qué tendría que meterse en aquellos fregados. Dejó sus notas a un lado y se acercó a su hijo, cogiéndole de su manita.

—Izquierda es todo lo que te encuentres del mismo lado que esta mano. Y derecha —dijo cogiéndole la otra—, todo lo que te encuentres que esté del mismo lado que esta. ¿Entiendes?

—Sí —contestó el pequeño Joaquín muy convencido, volviendo a posar sus ojos en la portada del periódico—. «El País». «El pá…» ¿Qué pone aquí?

—«Pánico». Ahí pone pánico —dijo Ricardo echando un vistazo por encima de sus papeles.

—¿Y aquí?

—A ver. «Hunde», ahí pone hunde —dijo Ricardo repitiendo la operación.

¿Qué es «hunde»?

—Algo se hunde cuando se va para abajo, cuando se sumerge. Como cuando tú metes los juguetes en la bañera y se van al fondo, porque no flotan. Ahí se hunden. ¿Entiendes?

—Sí —respondió el pequeño Kino muy convencido una vez más, algo que hizo que a Ricardo le diese un poco la risa, divirtiéndole la confianza en sí mismo que demostraba su hijo pequeño. Ricardo volvió a centrar su atención en sus notas, pero no tardó mucho antes de volver a oír la voz de su pequeño—. «El pánico hunde las…». ¿Qué pone aquí?

—«Bolsas». Ahí pone bolsas.

—«El pánico hunde las bolsas» —leyó Kino en voz alta—. ¿Y por qué se hunden las bolsas? ¿El pánico pesa mucho?

Ricardo, a pesar de que intentó contenerla, terminó soltando una carcajada.

—Sí, hijo, sí. Pocas cosas hay que pesen más que el pánico.

—Cuánta paciencia, madre mía —comentó Kino observando la escena—. No sé cómo aguantabas.

—Bueno, tengo que admitir que también era divertido.

—¿Y aun a pesar de tenerme a mí por ahí molestando todo el día conseguiste terminar el guion de Regreso al hogar? —El fantasma de Ricardo asintió sonriendo con dulzura—. Enhorabuena.

—Gracias —dijo Ricardo sin darle ninguna importancia—. Pero no fue molestia ninguna. De hecho, al final demostró ser una inversión de futuro.

—¿Y eso?

—Pues que esa «molestia» como tú la llamas me terminó dando también muchas satisfacciones.

Kino no entendió lo que su padre quería decir, pero no tuvo tiempo de preguntarle ya que el entorno alrededor de ellos cambió una vez más. En aquel momento Ricardo se encontraba en la cocina, preparando la cena para todos ya que Teresa aún no había llegado a casa y sus hijos no dejaban de recordarle que tenían hambre. Aquel día había optado por preparar una cena sana, y había cocinado contramuslos de pollo cocido con perejil, patatas y aceite. Y para acompañar, mayonesa casera.

Como Ricardo se encontraba usando la batidora, no oyó a su hijo que lo llamaba desde debajo de su cintura, pero sí que notó cuando Kino le agarró del pantalón y empezó a tirar. El Kino adulto que se encontraba observando aquello al lado del fantasma de su padre dedujo que había avanzado el tiempo, ya que, aunque él seguía viéndose a sí mismo como un piojo, ahora parecía haber crecido algo más y le llegaba a su padre casi a la altura de la cintura.

—¡Un momento, Kino! —dijo Ricardo elevando la voz para que se le oyera por encima de la minipimer. Terminó de batir la mayonesa para que esta no se cortara, y cuando el aparato dejó de hacer ruido, Ricardo se limpió las manos y se acuclilló junto a su hijo—. Dime.

—Mira.

Ricardo cogió las hojas de papel que Kino traía en las manos, y con gran sorpresa pudo ver que estaban repletas de texto. Un texto escrito con una mano temblorosa, pero con una caligrafía sorprendentemente cuidada para un niño de cinco años. A Kino le dio la sensación de que su corazón se acababa de detener en seco, y abrió los ojos de par en par mientras los acontecimientos se sucedían ante él. ¿Acaso era aquello lo que él creía que era?

—¿Esto lo has escrito tú? —El pequeño asintió con la cabeza mientras lucía una sonrisa de oreja a oreja en la que faltaban algunos dientes de leche—. ¿Qué es?

—Un cuento.

—¿Para mí? ¿Quieres que lo lea?

—Sí. Bueno, y también me preguntaba si podrías corregírmelo. Los errores.

—No me lo puedo creer —dijo el Kino adulto.

—Claro, hijo. Faltaría más —contestó su padre riendo mientras cogía la primera historia escrita por su hijo con el pecho henchido de orgullo.

—¿Qué ocurre? —preguntó el fantasma de Ricardo a su hijo.

—Lo recuerdo. Recuerdo esto. Esta fue la primera historia que yo escribí. —Kino miró a su padre, que asentía lentamente con una sonrisa de puro orgullo en su rostro—. Buah, lo había olvidado. Era… era un cuento sobre un tiburón, ¿no?

—Sobre un tiburón al que tenían encerrado en la piscina de un hotel y al que soltaban de vez en cuando para que se alimentara con los huéspedes. Una historia de misterio y asesinatos. Me acuerdo perfectamente.

—Vaya. Ya de pequeño me gustaban las historias gore.

—Sí. —Rio Ricardo—. Estilo propio desde joven.

Kino hubiese jurado que ahora veía lo que ocurría delante de él mejor que antes, como si hubiese pasado de una imagen normal a una de más definición, más nítida. Sabía que aquello no tenía sentido, ya que no estaba mirando a ninguna pantalla, sino que todo lo que percibía era una interpretación de su mente de los datos guardados en la AF01. Pero mientras observaba a su padre repasar tildes y cambiar una b por una v de vez en cuando, le era imposible no pensar en que por primera vez desde que había entrado en la AF01 era como si realmente estuviese allí. O, mejor dicho, como si volviese a estar allí, reviviendo aquel momento tan feliz del cual se había olvidado a saber cuándo.

Y no hizo falta que su padre dijera nada más para saber qué era lo que él sentía en aquel recuerdo, pues era lo mismo que parecía sentir su fantasma: orgullo.

Los irreductibles III

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