Читать книгу La culebra sigue viva: miedo y política. El ascenso de Álvaro Uribe al poder presidencial en Colombia (2002-2010) - Luz Margarita Cardona Zuleta - Страница 15
1.6. MÁS ESFUERZOS POR EXPLICAR LOS RESULTADOS DE LAS ENCUESTAS
ОглавлениеPara Alfredo Molano, Uribe “con la carta de la guerra puede resultar elegido” (en referencia al despunte en las encuestas del candidato sobre sus otros contendores), igual que en 1998 Andrés Pastrana fue elegido “con la carta de la paz”; y prosiguió: “A un sector de la opinión pública lo ha convencido [Uribe] de que todas las desgracias del país, y particularmente las de la clase media, se deben a la existencia del Caguán, como si del Caguán dependieran la miseria, la corrupción, la exclusión, que desde siempre padecemos […]”.58
El columnista describió los intentos de acabar con las FARC, en sus cuatro décadas de existencia, como una historia de fracasos que se ha repetido y que dejó como resultado el desplazamiento de la guerrilla hacia nuevos territorios y, por tanto, nuevos escenarios de confrontación. “Con la invasión que nos propone [Uribe] saldrán más Caguanes, todos regados con la sangre de la gente que nada puede ganar con esa guerra, que no defiende nada en esa guerra. Uribe Vélez quiere acabar con un dolor de cabeza a martillazos”.59
Alfredo Molano y otros analistas con posiciones similares (como Fernando Garavito) se inscriben en una tradición de desconfianza hacia el Estado y sus políticas. Se muestran críticos y recelosos respecto a sus acciones y omisiones en materia de seguridad, ven en cualquier iniciativa estatal en este terreno el comienzo de una “guerra total”, cuyo significado es difícil de precisar. Sin embargo, sus análisis carecen de una mirada crítica frente a tantos años de violencia guerrillera sin resultados políticos a la vista, y omiten reconocer las consecuencias adversas que el conflicto armado, su prolongación y degradación han producido en la población civil, en términos de muertes, desplazamiento forzado y pérdidas económicas. O más precisamente, atribuyen todos estos problemas al Estado y a un abstracto modelo “neoliberal” que se convierte en la clave de su reflexión. Este tipo de análisis no logra conectar el presente con el fracaso de una guerrilla, marxista en sus inicios, que fue perdiendo su norte político y su capacidad para interpretar las nuevas realidades geopolíticas y hacer inteligible para el público el significado político de sus acciones militares.
Mientras Alfredo Molano y analistas con opiniones afines, atribuyeron el ascenso de Uribe en las encuestas a su intención de llevar a cabo una guerra total, en otro polo opuesto (y con una visión profundamente optimista, incapaces de señalar los errores de las políticas estatales o de identificar cualquier responsabilidad del Estado en el conflicto armado y su duración) columnistas como Plinio Apuleyo Mendoza pensaron, por el contrario, que las FARC adelantaban de tiempo atrás esa guerra. En consecuencia, con su representación, Mendoza celebró el acenso de Uribe en las encuestas, como prueba de que por fin el país salía de tres años y medio de aturdimiento (el proceso de paz):
Es el fin de tres años y medio de boba palabrería: del Gobierno, de los diplomáticos, de los medios de comunicación, de dirigentes empresariales y de otros cuantos ilusos que les hicieron coro a las letanías de Pastrana sin atreverse a mirarle la cara a la realidad. A todos ellos la guerrilla les puso cuernos. Nunca buscó ella la paz. Nunca la quiso. Su guerra es total y está dirigida contra todo el país, pobres y ricos, campesinos y citadinos. ¿Quién quiere continuar con un Estado débil y cobarde? ¿No es preferible un Estado digno y fuerte?60
Pero otras voces se expresaron en el debate público. Los editorialistas hablaron en tono normativo sobre el riesgo de la polarización política en torno a los temas de la guerra y la paz, y llamaron a mantener la altura en el debate. Algunos analistas hablaron del carácter, la firmeza y el liderazgo de Uribe, de sus logros en materia de seguridad cuando fue gobernador de Antioquia. Otros, en cambio, recordaron que había sido el promotor de las Cooperativas de Vigilancia y Seguridad Privada (CONVIVIR), cuestionadas por sus vínculos con los grupos paramilitares; vieron en el discurso de autoridad de Uribe la “apelación al miedo”, típica de la derecha: “Álvaro Uribe, por ejemplo, propone acabar la guerra que vivimos, y que todos rechazamos, profundizándola y haciéndola más sucia”.61 Resaltaron un supuesto lado oscuro de Uribe: “Candidato, cualquiera lo sabe, es una palabra que tiene su origen en la antigua Roma, donde los señalados para ocupar un cargo público debían cubrirse con una túnica blanca para significar que no tenían en su vida una sola mancha de qué avergonzarse. Ese debería ser el proceder de Uribe”.62
Horacio Serpa Uribe denunció que los paramilitares tenían candidato propio. Sobre el tono en la confrontación verbal entre los candidatos hablaron Edulfo Peña y Pablo Molano: “Horacio Serpa y Álvaro Uribe llegaron a los ataques. Uribe, quien había rehusado la confrontación personal, le recordó a Serpa sus vinculaciones con el proceso 8000, con las Farc y su amistad con los Mauss”.63 Serpa dice que Uribe es apoyado por “paras”.64 Jorge Humberto Botero (futuro ministro de Comercio Exterior de Uribe) hizo eco de este enfrentamiento: “Puede leerse en la prensa (El Tiempo, marzo 22, página 1-5) que el candidato Serpa afirma que sectores paramilitares tienen candidato presidencial”.65 Para Botero, las acusaciones de Serpa eran graves y le hacían daño al país, en la medida en que se empañaba la imagen del posible próximo presidente.
Desde distintos ángulos se advirtió sobre la connivencia de la sociedad colombiana con el fenómeno paramilitar. En algunos casos, se interpretó la simpatía de los paramilitares con Uribe como natural. En este sentido, Armando Benedetti afirmó: “Tal vez llegó el momento de preguntarse en público: ¿Es Uribe afecto a lo paramilitar? O al revés: ¿Es Uribe preferido por los paramilitares? Digámoslo claramente: Uribe no es paramilitar. Al menos yo no lo creo, como tampoco creo que tenga ninguna clase de vínculos con esas organizaciones […]”.66 En la visión del columnista citado, era explicable que los grupos al margen de la ley, guerrillas, paramilitares y narcotraficantes, fueran afectos a uno u otro candidato, y en esa dirección concluye: “De hecho, es comprensible que el discurso de autoridad de Uribe les resulte particularmente seductor a las organizaciones contrainsurgentes. Eso no descalifica a Uribe ni lo estigmatiza […]”.67
Desde otras posiciones, se abogó por el reconocimiento del carácter político de las Autodefensas (y se comenzaba a crear un ambiente favorable a futuras negociaciones con éstas). El columnista Ernesto Yamhure hizo eco de las palabras del vocero político de los grupos paramilitares:
[…] las Autodefensas, ablandando su lenguaje bélico, invitaron a las Farc a un cese de hostilidades. El jefe político de la organización, Carlos Castaño, ha manifestado su intención de dialogar con el próximo presidente de la república y esas son muestras suficientes de que las AUC [Autodefensas Unidas de Córdoba] estarían dispuestas a buscar un camino político para dejar las armas […] Es imperante que el próximo presidente, como ya lo he dicho en este periódico, le reconozca a las AUC su carácter político, como antesala de una negociación […].68
Las FARC también terciaron en el debate. Su vocero y negociador durante el proceso de paz, Raúl Reyes, al preguntársele sobre si esa organización creía en las encuestas, manifestó:
Nos tienen sin cuidado. Son encuestas armadas desde los medios de comunicación, son estrategias para acomodar con mayor ventaja a quien más les interesa. Y tienen otro mensaje: la amenaza contra el pueblo. Las encuestas son un chantaje, son una forma de decirle a la gente que lo que quieren es la guerra y no es cierto. La gente no quiere la guerra, la gente lo que quiere es resolver su desayuno, su almuerzo, el estudio de sus hijos y el empleo para poder sostener a su familia.69
El discurso del líder guerrillero ratifica lo que ha sido una constante en el comportamiento político de esa organización: la desconfianza en las instituciones de la democracia liberal y, por tanto, el desconocimiento del papel de la opinión pública en una democracia. La opinión pública está para ellos formada, o más bien manipulada, por los medios de comunicación. Lo dicho por Reyes corrobora lo que autores como Daniel Pécaut han sostenido, que durante el proceso de paz del Caguán las FARC no mostraron ningún interés por captar para su causa algún sector de la opinión pública, lo que puso al descubierto, una vez más, la incapacidad política de esa organización.70
El discurso de Reyes permite ver, así mismo, el juego de esa guerrilla: pretender representar al pueblo, aunque actuaba de espaldas a él; no reconocer ninguna responsabilidad en el conflicto armado que libra por más de cuatro décadas, mientras responsabilizaba al Estado por la guerra, al tiempo que enarbolaba la bandera de la paz y presentaba a Uribe como un candidato guerrerista, orquestado por los medios de comunicación.