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Capítulo 1

El enfoque de género

Para ordenar el análisis en torno al enfoque de género, me voy a referir a los estudios de mujeres, a los queer y a los estudios sobre varones y masculinidades, tres corrientes presentes al interior del campo de los estudios de género, que presentan una gran porosidad que, en ocasiones, permite el diálogo, mientras que en otras da lugar a asperezas y debates. Este será el contexto marco para el análisis de los aspectos sociales y subjetivos de la masculinidad.

De los estudios de la mujer a los estudios de género

Los estudios de género se encuentran íntimamente ligados en sus orígenes con el movimiento feminista de los años 60 y 70 del siglo XX (fundamentalmente, en Estados Unidos e Inglaterra) que objetó la apropiación masculina de la humanidad y la pretensión de los varones de trascender sus experiencias inmediatas a través de la razón, tratando a las mujeres como la encarnación de una alteridad misteriosa y complementaria. Así, este movimiento cuestionó asuntos que, hasta el momento, se mantenían velados (los roles, la organización familiar, el cuerpo, la sexualidad y las tareas domésticas) centrándolos en las experiencias de las mujeres. A partir de ello, los estudios de la mujer generaron materiales teóricos que explicitaron las desigualdades entre los sexos y develaron el androcentrismo científico. Esto dio lugar, a su vez, a una matriz consolidada de conocimientos críticos que disputaban el saber establecido y buscaban reivindicar y conquistar espacios en cuanto a la igualdad de derechos.

Ello significó una revalorización de los aportes de Simone de Beauvoir, quien sostenía que ser mujer es un proceso que se desarrolla en el ámbito de la cultura, en contraste con la idea de que la biología determina el devenir genérico de los cuerpos. Escribía así “No se nace mujer, se llega a serlo” (De Beauvoir, 1989/1949, p. 240), haciendo referencia a que era la civilización patriarcal la que definía a las mujeres en su posición de objeto.

Este saber se vinculó con una politización e historización del espacio privado, mostrando cómo la división sexual del trabajo, la socialización de los cuerpos y la interiorización de las jerarquías de género se valían de la diferencia sexual anatómica para naturalizar las prerrogativas sociales y culturales que se desprendían de ella. En todo este proceso, jugó un papel básico la distinción de los conceptos de sexo y género (1). Las feministas se encargaron de separarlos para dejar en claro que las características y los roles definidos como femeninos no eran fruto de la naturaleza, sino que se trataba de un proceso de construcción sociocultural aprendido, que se valía de la diferencia biológica para explicar tanto los papeles sociales distintos para hombres y mujeres, como la subordinación femenina bajo el dominio masculino. Sin embargo, el concepto de género no se originó en esta teoría: se tomó desde las ciencias de la salud, específicamente desde los desarrollos de Money y Stoller.

En el año 1952, el psicólogo y sexólogo John Money utilizó por primera vez el término género en sus estudios sobre hermafroditismo. En el hospital de la Universidad John Hopkins, de Estados Unidos, atendía a niños que tenían una “ambigüedad sexual” de nacimiento, es decir, en quienes no había una identidad sexual claramente identificable como “macho” o “hembra”, casos que hoy se denominan intersexuales. Money hablaba del poder modelador que la experiencia humana postnatal tiene sobre los montantes biológicos, y en sus investigaciones denominó “asignación de género” al factor que determina de forma prioritaria el sentido de masculinidad o de feminidad de cada sujeto, a partir de la creencia que los padres tenían acerca del sexo que correspondía a ese cuerpo que criaban. Ahora bien, más allá de todo lo cuestionable que tienen las intervenciones de Money (pues el tratamiento por él propuesto era la reasignación de género), lo que llamó la atención de algunas académicas fue el hecho de que los factores adquiridos socialmente predominaban por sobre las determinaciones innatas.

A ello se suman los aportes del psicoanalista norteamericano Robert Stoller, quien contrastó explícitamente sexo y género. Su tesis fundamental es que no existe dependencia biunívoca e inevitable entre géneros y sexos, y que, por el contrario, su desarrollo puede tomar vías independientes. Junto con Ralph Greenson creó el concepto de core gender identity (traducido al castellano como “núcleo de identidad de género”) para dar cuenta del sentimiento íntimo de saberse varón o mujer, que no es determinado por el sexo biológico sino por el hecho de haber vivido desde el nacimiento las experiencias, ritos y costumbres atribuidos a los hombres o a las mujeres, lo que resulta más importante que la carga genética, hormonal y biológica.

A partir de esta elaboración desde las ciencias de la salud, el uso de la categoría “gender” fue impulsado por el feminismo académico para mostrar que las características humanas consideradas como “femeninas” eran adquiridas por las mujeres mediante un complejo proceso individual y social, en lugar de derivarse “naturalmente” de su sexo. Esto rompía la supuesta relación de causalidad existente entre el orden “natural” o biológico y las desiguales relaciones sociales entre hombres y mujeres.

Aportes de los estudios queer

A mediados de los años setenta, se iniciaron los movimientos de reivindicación centrados en criticar las teorizaciones de género que tendían a pensar en términos de homogeneidad. Así, el feminismo radical norteamericano rechazó la naturalización patriarcal de la heterosexualidad y el empleo del poder como forma de dominación androcéntrica, mientras que la corriente materialista francesa, de la mano de Monique Wittig (1976) abogaba por una desnaturalización radical de las categorías sexuales, al criticar la heterosexualidad en tanto régimen político. Podemos utilizar los aportes de Wittig para hacer una primera variación a la pionera obra de Beauvoir: ni se nace mujer, ni hay por qué llegar a serlo.

Las llamadas feministas de color (como Patricia Williams, Michelle Wallace y Angela Davis, entre otras) cuestionaron que el género fuera empleado como una categoría universalista, cuando, en realidad, se trata de un factor en íntima vinculación con la raza, la clase y la sexualidad. Y el feminismo postcolonial criticó el universalismo etnocéntrico feminista, mediante el cual se ha tendido a juzgar las estructuras económicas, legales, familiares y religiosas de los países no occidentales, basándose en parámetros occidentales, que han dado lugar a que estas estructuras sean definidas como subdesarrolladas o “en vías de desarrollo”, como si el único desarrollo posible fuera el del Primer Mundo y como si todas las experiencias de resistencia no fueran sino marginales (Mohanty, 2008).

A partir de estos enfoques, el género ya no es pensado como el “contenido” cambiante de un “continente” inmutable (el sexo), sino como un concepto crítico, una categoría de análisis en una continua interrelación con la etnia, la clase, la orientación sexual. Lo sociocultural, lo económico, lo político y lo social son variables que inciden tanto en el modo específico de experimentar las relaciones intersubjetivas, como en la manera de interpretar, simbolizar y organizar las diferencias sexuales, alejadas de las esencias genéricas.

En los años 90, el debate se centró en el cuestionamiento de la oposición binaria hombres-mujeres y homosexuales-heterosexuales, lo que supuso la aparición de teorías y feminismos más explícitamente queer (2), que mostraron cómo las diferencias sexogenéricas son naturalizadas y convertidas en dos esencias que organizan posiciones binarias dentro de la matriz heterosexual, con importantes efectos de regulación, subordinación y exclusión sobre los sujetxs.

Inspirada en algunos desarrollos posmodernos y posestructuralistas, Judith Butler cuestiona esta idea de “sexo natural” organizado en dos posiciones opuestas y complementarias, y piensa al género como una estilizada repetición de actos, “como la forma rutinaria en que los gestos corporales, movimientos y estilos de diverso tipo constituyen la ilusión de un ser perdurable con un género” (Butler, 1990, p. 179). La autora considera que sostener la identidad como inamovible es solo un ideal normativo más y la entiende como algo mucho más maleable, que incorpora y expulsa aspectos de sí en función de los ideales que cada sujeto mantiene, en un proceso constante de construcción personal, dentro de los lineamientos vigentes en una cultura.

Butler (2012) también aclara que el género es performativo como efecto de un régimen que regula y jerarquiza las diferencias de género de forma coercitiva, mediante reglas sociales, tabúes, prohibiciones y amenazas punitivas que se apoyan en la ficción reguladora de la heterosexualidad y en las representaciones sobre las mujeres y los hombres como realidades coherentes y antagónicas. Este régimen regulatorio actúa a través de la repetición ritualizada de las normas. Las categorías identitarias, entonces, son performativas: no describen la realidad de los sujetos que designan, sino que producen su subjetividad, con un doble efecto de restricción (proceso de sujeción por el cual nos convertimos en sujetos al someternos al poder) y de producción de posibilidades. Así, la necesidad de pertenecer a la sociedad implica tratar de reconocerse y de ser reconocido en sus categorías, que son resultado de los arreglos de poder que entreteje el campo social. Allí, mediante artilugios ideológicos, se supone la existencia de una continuidad, una conformidad y una coherencia entre sexo, género y deseo donde necesariamente no la hay. Al enfatizar la mutabilidad, la fluidez y la inconsistencia del género, Butler muestra la flexibilidad y variabilidad de las identidades de género y de los deseos y preferencias sexuales, lo que constituye su mayor contribución. Esto marca, incluso, que el género es construido en un proceso colectivo e histórico, lo que permitiría, en tanto construcción, la posibilidad de transformación.

Los estudios de varones y masculinidades

A partir de los años 90 surgieron los estudios de varones y masculinidades, cuyo objetivo principal era mostrar cómo la construcción cultural del género había impactado también en los varones. Este interés se asociaba con los cambios económico-sociales que afectaban la vida de grupos específicos de varones, así como con las transformaciones de los roles de género y los desajustes que estas produjeron. El análisis de la masculinidad incorporó dos cuestiones planteadas por los movimientos de mujeres y los lésbicos/queer: por una parte, el entender al género como un sistema de clasificación que gira en torno del poder y la desigualdad. Por otra, tomar el concepto de diversidad; esto dio lugar a entender que la masculinidad, en tanto se articula con la raza, la edad y la elección sexual, entre otras variables, no es una categoría homogénea, aunque existen elementos comunes a las diversas masculinidades, más allá de esas diferencias.

En numerosos lugares del globo (3) empezaron a interrogarse por la “condición social masculina” y a considerarla como una construcción social que genera un modelo hegemónico de masculinidad (norma y medida de la hombría), por el que quien nace con órganos sexuales masculinos debe someterse al proceso de “hacerse hombre”. En su marco referencial incorporaron la categoría de género y dieron lugar a numerosas investigaciones que abordaron lo masculino en un entramado con las temáticas del poder, la sexualidad, la paternidad, la violencia y la socialización masculina, entre otros tópicos.

Estos estudios reconocen la responsabilidad del hombre en el mantenimiento de la subordinación social de las mujeres y coinciden en considerar la masculinidad como una construcción social que opera a partir de procesos de diferenciación, exclusión y negación. Ser hombre es, ante todo, no ser bebé, mujer ni homosexual (Badinter, 1993), por lo que múltiples prácticas, ritos y escenarios sociales están previstos para que la construcción del varón se “descontamine” de esas posiciones sociales desvalorizadas.

El modelo hegemónico masculino impone mandatos que señalan lo que se espera de los varones, y se constituye como el referente con el que se comparan los sujetos. Se define por conductas que toman distancia de lo emocional y de lo afectivo, que suponen control y ejercicio del poder, así como una demostración pública de hombría que incluye el relato del desempeño sexual, que se vive como una prueba de virilidad, conquista y rendimiento.

La corriente latinoamericana orientada a entender a los hombres desde su propia situación y condición de género se valió de las contribuciones académicas del feminismo para analizar qué significa ser hombre y qué consecuencias acarrea serlo en este contexto. La obsesión de los varones por el dominio y la virilidad, la posesividad respecto de la mujer, la agresión y la jactancia ante otros hombres son elementos machistas presentes en los latinos (Fuller, 2012), lo que implica consecuencias negativas tanto para las relaciones padre-hijo como para los vínculos con “sus” mujeres. También se apela a la asimilación entre homosexualidad y feminidad, con el propósito de promover conductas dominantes por parte de los varones, amedrentados por la amenaza de la pérdida de la virilidad. Toda versión de masculinidad que no corresponda al ideal dominante sería equivalente a una manera precaria de ser varón e implicaría una posición subordinada frente a quienes ostentan la calidad de hombres plenos. Lo hegemónico y lo subordinado se constituyen mutuamente, pues para poder definirse como un varón “logrado” es necesario contrastarse contra quien no lo es. El acatamiento al modelo hegemónico produce tensiones, frustraciones y dolor en los hombres, porque en muchas ocasiones no corresponde a su realidad cotidiana ni a sus inquietudes e intereses.

En Argentina, la interrelación de los estudios de género con el psicoanálisis ha sido muy fructífera, tanto en la indagación de la complejidad de la problemática de la feminidad como en la comprensión de las vicisitudes de la masculinidad. Diversos autores (Burin y Meler, 1998, 2000; Meler y Tajer, 2000; Meler, 2012; Tajer, 2009; Volnovich, 2010) coinciden en que las masculinidades están social e históricamente construidas y destacan la existencia de una masculinidad hegemónica, relacionada con la heterosexualidad normativizada, la hipervaloración del órgano genital masculino, actitudes de autosuficiencia, una represión de deseos pasivos y un posicionamiento social y subjetivo caracterizado por el dominio y el control.

Las prescripciones sociales de género tienen una alta efectividad sobre los varones, pues promueven prácticas que deterioran su salud y comprometen su vida, en tanto las conductas temerarias, la violencia, la audacia y la represión del miedo son características que se consideran viriles. Si el varón se ajusta al ideal de masculinidad social, ello resulta egosintónico con su yo y no le genera preocupación, en tanto se trata de características que considera deseable poseer. Sin embargo, el costo puede ser la propia vida.

Lo masculino aún se vincula a la autoridad, la razón y el poder dentro del universo simbólico y persiste como un aspecto básico y transversal de la cultura, lo que impide el ejercicio necesario de deconstrucción que todo fenómeno requiere para su mejor comprensión, entendiéndola al modo de Derrida (1997), esto es, como un proceso que implica crítica, análisis y revisión de los postulados disciplinares, a fin de detectar tanto sus lógicas como sus omisiones e invisibilidades.

El género como categoría de análisis

A partir de este recorrido, podemos sostener que los estudios de género, hoy, son interdisciplinarios y pretenden entender las subjetividades y sus interrelaciones como productos de un orden social (temporal y espacialmente determinado) en el que el género se articula en cada contexto con otras posiciones sociales como etnia, clase, edad, orientación sexual, etcétera.

Al introducir un enfoque relacional (que supone que para la comprensión de los hombres es necesario analizar la experiencia de las mujeres y viceversa), es posible establecer nexos entre las posibilidades de vida y los tipos de sociedad, cultura, momentos históricos, diversidad cultural y modelos de desarrollo en que viven los sujetos, lo que posibilitaría, en un trabajo conjunto, el logro de transformaciones en las funciones, responsabilidades, perspectivas y posibilidades de varones y mujeres.

La idea no es buscar una gran teoría explicativa, sino ofrecer novedosas composiciones de sentido frente a prácticas sociales que han mutado a mayor velocidad que las teorías. Ello implica poder construir e implementar categorías conceptuales y metodológicas que puedan captar las lógicas de la diversidad en las que se despliegan los modos de subjetivación contemporáneos, que han desacoplado sexo biológico, deseos, prácticas amatorias y género (Fernández, 2013). Todo ello abre la posibilidad de colocarse frente a la “cuestión de género” desde una posición que impulsa a detectar y a explicar cómo los sujetos se en-generan en y a través de una red compleja de discursos, prácticas e institucionalidades históricamente situadas, que le otorgan sentido y valor a la definición de sí mismos y de su realidad. Se habla de géneros, en plural, en tanto colectivos sociales con una gama infinita de identidades genéricas posibles, formadas alrededor del género, la clase sociocultural, la edad, la preferencia erótica, la escolaridad y la filiación política y religiosa, entre muchas otras variables posibles.

Esto implica develar “lo invisible” en el discurso social y analizar las prácticas cotidianas como puertas de entrada a la configuración subjetiva, teniendo como marco el paradigma de la complejidad, que implica trabajar con nociones de pluralidad, diversidad y heterogeneidad. Ello involucra interrogar cómo opera este entramado sociocultural en la constitución subjetiva, pesquisando cómo y por qué se invisten y negocian posiciones y sentidos singulares que combinan lo novedoso con lo tradicional.

El género puede ser comprendido como un proceso socioregulador que ordena el espacio, y a la vez, como una categoría social que se impone sobre un cuerpo sexuado en el que se plasma, más allá de la diferencia anatómica, una identidad subjetiva masculina o femenina. En este sentido, las representaciones sociales de lo femenino y lo masculino conforman un conjunto objetivo de referencias, una trama de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, valores, conductas y actividades mediante las cuales se diferencian hombres y mujeres (Burin y Meler, 1998).

Las elaboraciones ideológicas culturales, es decir, las representaciones sociales genéricas de atribución de significado, potencian las diferencias sexuadas y originan características psicológicas y posiciones sociales asociadas a ella, donde se inscriben las asimetrías de género y se explicitan las diferentes posiciones de poder. Entonces, la categoría de género resulta útil para el análisis (Scott, 1988), cuando adopta la forma de una pregunta abierta sobre cómo se establecen estos significados genéricos, qué implican y en qué contextos surgen.

Desde la perspectiva de Burin y Meler (2000), el género constituye una noción constructivista, lo que implica que es un devenir que se construye a lo largo de la vida de modo relacional, que es internalizado en el psiquismo de los sujetos, en una red que incluye otros aspectos determinantes de la subjetividad humana, tales como vínculos de dominación, raza, religión, grupo etario, clase social, etcétera.

Joan Scott (2011) agrega que el género, como categoría, comprende cuatro elementos interrelacionados que operan en conjunto: símbolos culturales, conceptos normativos, construcción parental y social e identidad subjetiva.

El primero de esos elementos hace referencia a los símbolos culturalmente disponibles que evocan representaciones –múltiples y a menudo contradictorias– y mitos. Los conceptos normativos, en un intento de limitar los significados de los símbolos y contener sus posibilidades metafóricas, constituyen los segundos elementos en juego, se expresan en doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales y políticas, y afirman categórica y unívocamente el significado de varón y mujer, masculino y femenino. El tercer elemento hace referencia a que el género se construye a través del parentesco, y también mediante la economía y la política que, en nuestra sociedad, actúan de modo ampliamente independiente del parentesco. El cuarto aspecto es la identidad subjetiva, que la autora –siguiendo a Gayle Rubin– considera como una transformación de la sexualidad biológica de los individuos a medida que son aculturados, pues “se trata de la significación subjetiva y colectiva que una sociedad da a lo masculino y lo femenino y cómo, al hacerlo, confiere a las mujeres y a los hombres sus respectivas identidades” (Scott, 1996, p. 6). Esto implica una teoría de la construcción social de las identidades sexuadas y una teoría de las relaciones entre los sexos donde el poder y la aculturación originan identidades subjetivas con sus particulares significados asignados.

El género como constructo psicoanalítico

El concepto de género tuvo una enorme resonancia, sobre todo en el pensamiento feminista. La sociología, la antropología y las ciencias sociales en general lo incorporaron e hicieron de él un constructo central en sus obras. Sin embargo, dentro del psicoanálisis ha tendido a ser rechazado por considerarlo propio del campo social y, por ende, ajeno a lo psicológico (Rosenberg, 2000; Tubert, 2003; Bleichmar, 2009).

Dio Bleichmar defiende el empleo del término género y su incorporación y articulación con la teoría psicoanalítica, en tanto sostiene que Freud “sí consideró el par feminidad /masculinidad de forma equivalente al concepto actual de género (…) aunque no tenía las herramientas conceptuales para poder concebirlo y formularlo” (1996, pp. 100-101) y hacerlo trabajar, así, dentro de la teoría psicoanalítica.

Esta autora (2010) identifica que, en el psicoanálisis, una de las dificultades que impiden entender plenamente y aplicar el constructo contemporáneo de género tiene que ver con la teoría implícita en gran parte de la comunidad psi, que considera que el “significado social del género” es algo totalmente ajeno al psicoanálisis, pues este se ha constituido alrededor de la hegemonía de la sexualidad y del valor de la diferencia sexual como condición determinante para la constitución del sujeto psíquico. Así, desde el relato freudiano, el aparato psíquico debe adueñarse de la diferencia sexual por tener una función estructurante en el Edipo, para dar paso a nuevos ordenamientos y a la construcción de una mayor complejidad subjetiva; mientras que en la escuela lacaniana se considera la diferencia sexual como una categoría simbólica fundamental, apoyada en estructuras lingüísticas. En ambos casos, predomina un pensamiento dicotómico: el rígido código binario de la castración o la lógica fálica de tener/no tener, lo que es importante superar para evitar miradas sesgadas. En un agudo análisis, Meler (2008) da cuenta de la tendencia psicoanalítica a establecer leyes con pretensión de universalidad, que en realidad solo responden a un sector social determinado, y propio de otra época. La perspectiva de género viene en auxilio para dar cuenta de la enorme variabilidad de la subjetividad humana, a la vez que abre una multiplicidad de enfoques al mostrar la trama en la que los sujetos se mueven y circulan. De este modo, “se resignan las pretensiones de universalidad y los elevados niveles de abstracción, para aceptar el carácter local y acotado, pero no por eso menos significativo, de muchos hallazgos de investigación” (Meler, 2008, p. 7).

¿Por qué poner en debate los discursos psicoanalíticos con los estudios de género? Para realizar una revisión crítica de las teorías que sustentaron y aún sustentan las prácticas de promoción y atención de la salud mental, con el propósito de evitar que los dispositivos terapéuticos se transformen también en espacios de reproducción social del orden androcéntrico. En este sentido, Michel Tort (2017) sostiene que la teoría psicoanalítica considera a las relaciones entre los sexos como estructuras ahistóricas, lo que acarrea una confusión entre la universalidad de las fantasías de base y la historicidad construida de los dispositivos en la relación entre los sexos y los géneros. Así, aparecen certezas dogmáticas acerca de cuál debería ser la norma respecto de las relaciones entre los sexos y los géneros, coincidentes con las sostenidas tradicionalmente por el orden social androcéntrico, que organiza las relaciones de género con una perspectiva heterosexista y cisgénero.

La teoría psicoanalítica es, también, producto de una época, por lo que resulta conveniente despojarla de su pretensión atemporal. Y en tanto los instrumentos psicoanalíticos son solidarios de los contextos históricos, es muy importante reconocer que, si los contextos se transforman, ponen en cuestión a las construcciones teóricas y obligan a los psicoanalistas a su revisión.

La articulación sistemática del concepto de género en la teoría psicoanalítica permitiría dar cuenta de un nuevo fundamento de la subjetividad, ya que, de la mano de un escenario social convulsionado, los cuerpos biológicos no marcan ya una identidad para toda la vida, los itinerarios del deseo siguen caminos que se apartan de las normas sociales establecidas, las identificaciones pueden no coincidir con el cuerpo anatómicamente sexuad, y la elección de objeto se desacopla de la identidad.

Pensar en clave de géneros significa reconocer y aceptar la paradoja. Para Winnicott (1972), “la paradoja es una figura de pensamiento cuya expresión encierra una contradicción, en tanto confronta dos elementos opuestos cuya tensión debe ser aceptada, mas no resuelta”. Este modelo paradójico cuestiona la existencia de una verdad racional única, absoluta e indiscutible, y propone un arco de tensión donde se soportan los contrarios, lo diferente, sin dogmatismos ni exclusiones. Cuando se tolera y respeta la paradoja, es decir, cuando se logra trastocar la lógica binaria que opone pares antagónicos para someterlos a su contradicción, sin intentar resolverla, el pensamiento logra un carácter dialéctico, dinámico, un movimiento que origina riqueza psíquica y permite entender la construcción de modos de subjetivación enmarcados en una realidad social e histórica.

1. En 1972, la socióloga británica feminista Ann Oakley publica una obra llamada Sexo, género y sociedad donde distingue sexo de género, con lo que surge el concepto de género en la teoría feminista.

2. Queer significa bizarro. El término era inicialmente utilizado como un adjetivo insultante para referirse a los homosexuales. Posteriormente fue reivindicado para afirmar y reunir todos los comportamientos distintos de los promulgados por la heterosexualidad normativa.

3. Australia (Connell; Tomsen y Donaldson); Francia (Badinter); Inglaterra (Seidler y Barrett), Estados Unidos (Kimmel), Japón (Roberson y Suzuki), España (Marqués; Bonino Méndez) y Latinoamérica (Viveros Vigoya, Olavarría, Valdés, Gutmann, Fuller, De Keijzer, Aguayo, Arilha, Ramírez, Figueroa Perea, Burin, Meler, Volnovich, Amorín, Ibarra Casals, Nascimento, entre otros).

Ser varón en tiempos feministas

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