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Capítulo 3

La masculinidad hegemónica en el sistema social patriarcal

Orígenes de la estructura patriarcal

Según Gerda Lerner (1990), en tanto sistema histórico, el patriarcado se inicia en la Antigua Mesopotamia, donde los hombres se apropiaron de la capacidad sexual y reproductiva de las mujeres de la población, lo que se constituyó como modelo para instaurar la dominación y la jerarquía sobre otros pueblos. Asimismo, la cooperación de las mujeres con el sistema se aseguraba mediante la fuerza, a través de su dependencia económica del varón y de la división artificial entre mujeres respetables (bajo la tutela de un varón padre o marido) y no respetables, a disposición de toda la fratría.

Pero lo que finalmente consolida al patriarcado se relaciona con dos construcciones metafóricas que naturalizan la subordinación femenina. La primera de ellas tiene que ver con la devaluación simbólica de las mujeres en relación con lo divino, a partir del contrato entre Dios y Moisés, que las excluye de la alianza celestial y de la comunidad terrenal y establece que el único modo de acceder a Dios y a la comunidad santa es a través del rol materno. La filosofía aristotélica, a su vez, dará por sentado que las mujeres son seres humanos incompletos y defectuosos, de un orden totalmente distinto al de los hombres. Estas dos construcciones metafóricas se arraigan en los sistemas simbólicos de la sociedad con un peso tal, que institucionalizan el dominio masculino sobre las mujeres y niños/as, tornando invisible a lo femenino.

De este modo, el patriarcado se instituye como un sistema de organización social en el que los puestos clave de poder político, económico, religioso y militar se encuentran de modo exclusivo o mayoritariamente en manos de varones. Levi-Strauss (1949) sostiene que los hombres, a través de intercambios matrimoniales, utilizan a las mujeres como mediadoras simbólicas y objetos transaccionales de sus pactos. Meillassoux (1975) y Aaby (1977) agregan que la “confiscación” o apropiación del trabajo reproductor de las mujeres sería la primera propiedad privada, lo que marcaría el inicio de la subordinación de ellas y del dominio masculino como fenómeno histórico. Más allá de si la propiedad privada se constituyó con anterioridad o no al tráfico de mujeres, lo que resulta notorio es que el surgimiento del patriarcado (relacionado con una situación determinada por la biología) se haya convertido, con el paso del tiempo, en una estructura impuesta por la cultura.

El patriarcado como dispositivo de regulación social

El patriarcado es redefinido en la Modernidad por la necesidad de sostener la subordinación femenina, imposibilitada de seguir siendo legitimada mediante argumentos teológicos frente a los derechos de libertad, igualdad y fraternidad defendidos por la Revolución Francesa. Para impedir que las mujeres alcanzasen los mismos derechos que los varones, sin dejar de defender las ideas de la Ilustración, Rousseau desarrolló la teoría de la polaridad o la complementariedad sexual, que enfatizaba la creencia en una naturaleza o un “carácter sexual” masculino o femenino construido a partir de una combinación de características biológicas y psicológicas, y conformaba la esencia común de todos los varones por un lado y de todas las mujeres, por otro, mientras que anteriormente dichas definiciones habían estado asociadas al estamento social correspondiente, y no al género.

En una reconstrucción hipotética del origen de la especie, Rousseau (1762) presenta la división sexual del trabajo como un hecho espontáneo, naturalizándola y separándola del territorio de lo culturalmente construido. Y en tanto el contrato social exige una dedicación completa por parte de los ciudadanos varones al ámbito público, todas las demás funciones necesarias para la subsistencia deberán ser desempeñadas por las mujeres. Los derechos serán restringidos para ellas, a veces en nombre de la tradición o de la oportunidad política y otras veces valiéndose de lo ontológico: será “la naturaleza femenina” lo que colocará a las mujeres en una posición de subordinación en todas las relaciones sociales y en una esfera separada de la sociedad civil y el estado (Cobo, 1995). Esto saca a la luz el sesgo androcéntrico de la teoría de Rousseau.

Asimismo, de la mano de la Modernidad, la sexualidad se convierte en un dispositivo de regulación social. Y aunque anteriormente la sociedad mantenía una tolerante familiaridad con lo ilícito, con códigos muy laxos que daban lugar a gestos directos, discursos sin vergüenza, trasgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, la revolución burguesa de fines del siglo XVIII confisca y encierra a la sexualidad, absorbiéndola “en la seriedad de la función reproductora, dentro de las noches monótonas de la burguesía victoriana” (Foucault, 2003, p. 36).

Con la división sexual del trabajo, el sistema victoriano de normas morales instituye elementos diferenciales para hombres y mujeres: las reglas morales se caracterizan por ser extremadamente rígidas y coercitivas para las mujeres, sometiéndolas por entero al hombre, privándolas de toda libertad sexual y social, del disfrute del placer –en tanto son consideradas objetos de deseo, no sujetos– y restringiendo sus funciones al hogar. Por su parte, las pautas morales establecidas para el hombre son muy flexibles, permisivas, consecuentes con su nueva condición de rey del espacio público, vedado a partir de entonces al sexo femenino. El amor romántico y la fidelidad solo son esperables de las mujeres, mientras que los varones gozan de la posibilidad de tener dobles vínculos.

La pareja legítima y procreadora se impone como modelo para constituir una familia nuclear, formada por una pareja conyugal monogámica y heterosexual unida legalmente y sus hijos. Y en el corazón de cada hogar existirá un único lugar de sexualidad reconocida, utilitaria y fecunda: la alcoba de los padres. El resto no tiene más que esfumarse, pues si insiste y se muestra demasiado, vira a lo anormal: recibirá la condición de tal y deberá padecer las correspondientes sanciones.

Ahora bien, el sexo se reprime porque es incompatible con la nueva moral social: la ética del trabajo. Asimismo, el surgimiento de la propiedad privada moderna trae aparejados el control y la limitación de la sexualidad femenina fuera del matrimonio por parte del varón, con el fin de asegurarse la legitimidad de su progenie y legar así la herencia de sus bienes a sus descendientes por vía directa. Esta situación, desde el punto de vista de Engels (1884), condiciona el predominio masculino universal y la trasformación de la sociedad en una organización patriarcal. La propiedad privada operó como una especie de grieta por la que se filtró el dominio masculino, dando lugar a la patrilinealidad y aboliendo el derecho materno, cambio aceptado por las mujeres para beneficiar a sus hijos con la herencia.

La división sexual del trabajo y la existencia de una esfera productiva y masculina y otra reproductiva y femenina –que deriva en una disímil valoración cultural y simbólica– facilita la reproducción del sistema patriarcal, a la vez que dificulta aún su desactivación, al erigir un poder androcéntrico de largo alcance en la constitución de la subjetividad, tanto de varones como de mujeres.

Contribuciones de la teoría feminista y de los estudios de varones y masculinidades

El concepto de patriarcado es retomado en la década del 70 para desnaturalizar y deslegitimar la dominación masculina y mostrar el carácter jerárquico de los vínculos. En un principio, los análisis apuntaron a entender la opresión de las mujeres como efecto de la explotación económica y del déficit de derechos fundamentales, para luego dar paso a la sexualidad como otro de los núcleos de dominación patriarcal, en tanto existe un pacto entre varones para disponer del cuerpo de las mujeres (Millet, 1975; Pateman, 1988). La familia fue entendida como una de las instituciones cruciales en las que se desarrolla la dominación masculina (Firestone, 1976), ya que se inscriben allí todas las poderosas instancias de hegemonía de los varones sobre las mujeres.

Jónasdóttir (1993) afirma que, al apropiarse los varones de los poderes de cuidado y amor de las mujeres sin devolver equitativamente aquello que han recibido, están reproduciendo el patriarcado, ya que esa plusvalía extraída de las mujeres es utilizada por ellos para ejercer un control genérico: el poder masculino colectivo y estructurado como autoridad. Así, enfatiza el carácter asimétrico de las jerarquías sociales basadas en el sexo. Para ello, los varones se agrupan, constituyendo una fratría masculina, un grupo juramentado que se percibe a sí mismo como condición necesaria para ejercer el control y mantener la identidad, los intereses y los objetivos de sus miembros en tanto dominadores (Amorós, 1991). Es importante destacar que el dominio masculino no es ejercido por todos los varones con similar intensidad. Sin embargo, existe un rédito obtenido por el solo hecho de pertenecer a ese género, aunque el varón no logre desempeñarse al modo hegemónico dominante.

A partir de los años 80, algunos varones realizan ciertos aportes críticos acerca del sistema patriarcal. Marqués (1997) destaca que, a pesar de que el patriarcado es también dañino para los varones, estos no contribuyen a su erradicación por miedo a la disidencia, lo que llevaría a los hombres a aparentar que cumplen con el conjunto de atributos de la masculinidad tradicional, a pesar de no estar de acuerdo con ellos. Paradójicamente, esto contribuye al sostenimiento y a la validación del patriarcado.

Connell (2005) concibe a la masculinidad como un factor constitutivo de la inequidad social contemporánea, y considera que el colectivo masculino disfruta de un dividendo patriarcal que surge a partir de las remuneraciones más elevadas, la mayor participación en la fuerza de trabajo, la desigual tenencia de propiedades y el mayor acceso al poder institucional por parte de los varones, a lo que se agregan sus privilegios culturales y sexuales. Estas son condiciones que producen una masculinidad hegemónica en gran escala, es decir, una forma dominante de masculinidad que encarna, legitima y organiza la dominación masculina en el orden genérico global, con la contracara de la subordinación femenina.

Formatos posmodernos del patriarcado

La noción de patriarcado suscita aún profusos debates. Una parte del feminismo de la diferencia sostiene que el patriarcado murió porque las mujeres se desvincularon simbólicamente de él. Incluso considera que la estructura patriarcal ha cambiado tan profundamente que “hoy en día, los papeles tradicionales vinculados con la casa y sus habitantes ya no tienen el antiguo poder constrictivo sobre las vidas de las mujeres y ya no constituyen barreras frente al trabajo remunerado” (Sottosopra/Librería de Mujeres de Milán, 1996, p. 12). El problema de este planteo es la negación de un contexto social de imposición patriarcal, donde aún hoy las economías capitalistas neoliberales son patriarcales, con ocupaciones divididas entre varones y mujeres, con enormes diferencias: en trabajos similares, las mujeres reciben una paga menor.

Para Castells (1996) existe una crisis actual del patriarcado, inducida por la interacción entre el capitalismo y los movimientos sociales feministas y de identidad sexual, que se manifiesta en el decaimiento de la familia patriarcal y en la diversidad creciente de formas de asociación de la gente para compartir la vida y criar a sus hijos. Y considera que, sin la familia tradicional, este quedaría desenmascarado como una dominación arbitraria y acabaría siendo derrocado.

Si bien la familia nuclear que ha dado andamiaje al androcentrismo se encuentra en crisis, ello no es motivo suficiente para sostener la desaparición del patriarcado. En realidad, las profundas transformaciones sociales que menciona Castells han dado lugar a que este deba tomar formas más sutiles para mantener el ejercicio de su poder. Por ello, lo que se ha producido es una recomposición del sistema patriarcal, de la mano del capitalismo neoliberal, por lo que ha adquirido nuevas formas y se afianzó en su estructura social, política y económica mediante el dominio masculino.

La ideología patriarcal invisibiliza sus condiciones de producción y eso hace que no sea tan evidente su modus operandi. Puleo (2003) identifica dos formas de manifestación del patriarcado: de consenso y de coerción. Las mismas han existido a lo largo de la historia y coexisten en la actualidad de manera más o menos velada.

El patriarcado de coerción se hace visible por su recurso frecuente a la fuerza y a sus formas más o menos explícitas de imposición y subordinación. Mantiene unas normas muy rígidas en cuanto a los papeles de mujeres y hombres, y desobedecerlas puede acarrear incluso la muerte. El patriarcado de consenso, en cambio, se sostiene en el entramado sutil e invisible de los procesos de socialización diferencial por género, es decir, en los mecanismos cosustanciales a la producción misma de subjetividad. Aquí la coerción dejó su lugar central a la incitación, debido al dispositivo de la sexualidad y del poder moderno que aún persiste. Así, será el propio sujeto el que buscará cumplir el mandato, en este caso, a través de su adecuación a las imágenes de la feminidad o de la masculinidad normativa contemporánea. Incluso, desde la tríada del mundo de la creación, los medios de comunicación y el consumo de masas, la reproducción de los valores patriarcales continúa. La industria de la publicidad y la del fútbol, por citar solo un par de ejemplos, son espacios donde se visibiliza con mayor claridad la ideología patriarcal, en ocasiones de modo burdo y, en otras, de manera más “reciclada”, para disimular así su condición de representaciones hegemónicas patriarcales.

El patriarcado, entonces, no es una esencia, sino un sistema metaestable de dominación ejercido por individuos que, al mismo tiempo, son moldeados por este sistema. Su forma se adapta a los distintos tiempos históricos de organización económica y social, y preserva, en mayor o menor medida, su carácter de sistema de ejercicio del poder y de distribución del reconocimiento entre los pares varones (Amorós, 2005). Esto ha sido posible gracias a la justificación que la dominación masculina recibió desde los inicios de nuestra cultura, legitimados mediante una estructuración dual del pensamiento, de modo que cada componente de ese sistema bivalente tiene su opuesto, estableciéndose una jerarquización entre las partes.

La cultura patriarcal tiende a equiparar lo diferente (ya sea la diferencia de género, etnia, clase, ilustración, religión, opción sexual) con lo particular, lo periférico, lo deficiente, lo desviado (frente a la norma, lo universal y central), originando relaciones de poder. La lógica binaria y patriarcal aplicada al par hombre/mujer justifica una concepción asimétrica, donde los varones son considerados como jerárquicamente superiores, mientras que las mujeres son conceptualizadas como inferiores, como identidades subalternas. Ello da lugar a que el patriarcado sea identificado como una realidad donde los varones han usurpado lo universal sistemáticamente y de modo fraudulento, detentando de ese modo el poder. Si el patriarcado se erige en el campo simbólico como una estructura que fija los símbolos que subyacen a las múltiples organizaciones familiares y uniones conyugales, entonces resulta necesario investigar las representaciones, las ideologías, los discursos y las prácticas elaboradas social y culturalmente.

La dominación como soporte de la masculinidad hegemónica

El dominio masculino supone un poder patriarcal y jerárquico que todos los miembros de la sociedad aceptan por consenso, donde un grupo de personas (los varones) toma el control sobre otro (las mujeres). Kate Millett (1975) mostró cómo las relaciones entre los géneros tienen una dimensión política, estructurada de acuerdo con el poder androcéntrico, encubierto tras la mistificación de la sexualidad y el amor, que condiciona los roles y sus estatus bajo el consenso de la dominación masculina. Ahora bien, si este consenso no es aceptado, el apoyo de la fuerza viene en auxilio del poder patriarcal y, mediante la intimidación constante, se logra el control y la dominación. El poder masculino está institucionalizado y apela a la violencia cuando es necesario.

Bourdieu considera que la dominación masculina da lugar a la violencia simbólica, “que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales, apoyándose en unas expectativas colectivas, en unas creencias socialmente inculcadas” (Bourdieu y Passeron, 2001, p. 17). La violencia simbólica transmuta las relaciones de dominación y de sumisión en relaciones afectivas y camufla el poder en carisma, en tanto produce un consenso –por parte tanto de los dominadores como de los dominados– que legitima un “poder que construye mundo”, al imponer y naturalizar la “visión legítima del mundo social y de sus divisiones” (Bourdieu, 1988, p. 13). Así, en sus habitus (1), los agentes asimilan esquemas e instrumentos simbólicos de percepción, evaluación y conocimiento, codificados de acuerdo con la relación de dominación que se les impuso, de modo que no tienen más remedio que otorgar su consentimiento a dicha arbitrariedad. E incluso, cuando para evaluar a los dominantes los dominados solo disponen de esquemas de percepción internalizados del campo social (donde circulan como clasificaciones naturalizadas), se instituye una adhesión acrítica a estos.

Lo masculino emerge, así, como la instancia dominante que condensaría las cualidades asociadas a lo universal, al saber y al poder, mientras que lo femenino se convierte en ausente, oposición binaria donde descansan las identidades de género, profundamente entretejidas con los significados culturales y las exigencias contextuales.

En este sentido, Bonino Méndez considera que existe un conjunto de prácticas normativas en relación con lo que define como hombre a un sujeto. Se trataría de un “corpus construido socio-históricamente, de producción ideológica, resultante de los procesos de organización social de las relaciones mujer/hombre a partir de la cultura de la dominación y la jerarquización masculina” (Bonino Méndez, 2002, p. 9). El patriarcado constituyó una imagen masculina caracterizada por una virilidad fuerte, inflexiblemente segura, exclusivamente racional, con la que la debilidad, el miedo, la sensibilidad emocional y la empatía no son compatibles pues, en la masculinidad que este modelo fomenta, todos estos últimos rasgos se consideran implícitamente femeninos y, por lo tanto, degradantes. Para un varón, transgredir cualquiera de sus preceptos sociales puede suponer poner en duda su masculinidad y dar lugar a que sea tratado como afeminado, con la inferioridad que ello conlleva.

Esto implica la existencia de un modelo normativo y hegemónico de la masculinidad, con un enorme poder configurador, caracterizado por el dominio y el control (de sí y de lo otro) y la lógica dicotómica del todo/nada (Bonino Méndez, 1998). Este modelo se fundamenta en la provisión, la protección y la potencia sexual y reproductiva, e implica un conjunto de representaciones sociales preexistentes que exigen e imponen a los hombres ser personas importantes, activas, autónomas, fuertes, potentes, racionales, proveedoras, emocionalmente controladas y heterosexuales, que se constituyen como una especie de molde para la identificación genérica masculina, en tanto organizadores privilegiados de una subjetividad diferenciada.

La cultura androcéntrica y patriarcal construyó normativas que regulan y reglamentan rígidamente las manifestaciones genéricas del varón en todas las áreas de la vida, a la vez que reprimen y sancionan cualquier expresión que se aparte de ellas. Se trata de un modelo que provoca incomodidad y molestia a algunos varones y fuertes tensiones y conflictos a otros. Sin embargo, continúa vigente por el plus que les otorga a los hombres en cuanto al uso del poder, a la vez que les permite gozar de mejores posiciones en relación con las mujeres y otros hombres, considerados inferiores en la jerarquía social. De este modo, los varones establecen relaciones en las que se posicionan en el lugar de dominio y ejercen poder sobre aquellos a los que consideran sus subordinados: mujeres, niñxs, personas diversas y otros hombres devaluados.

A partir de lo antes dicho, es posible sostener que “hacerse hombre” no es una esencia, sino un proceso que acompaña a la dotación genética de un macho; ser hombre es algo que se debe lograr, conquistar y merecer. Se distingue, entonces, una masculinidad social construida, que opera, según Badinter (1993) a partir de procesos de diferenciación, exclusión y negación de lo femenino. Ante todo, ser hombre es no ser mujer, por lo que múltiples prácticas, ritos y escenarios sociales están previstos para que el varón se “descontamine” de lo femenino. La heterosexualidad, además, es la prueba definitiva de que se es un hombre de verdad, y la consigna implícita para un hombre es tener una mujer para no ser mujer. Esto, naturalizado en las representaciones sociales, invisibiliza el hecho de que los imperativos de la masculinidad son construidos cultural e históricamente.

Los preceptos viriles a cumplir por parte de un hombre suponen que no debe tener nada de mujer, debe ser importante, debe “ser un hombre duro (…) capaz de mandar a todos al demonio” (Badinter, 1993, p. 77). La hombría se asocia a la agresividad y a la audacia, y se expresa a través de la fuerza y el coraje al enfrentarse a riesgos, empleando la violencia si es necesario. Todo esto apunta a que un varón sea resistente, autosuficiente, y que no posea ninguna de las características que la cultura tradicionalmente atribuye a las mujeres, pues la frontera de la masculinidad se sitúa en la mujer y en lo femenino. Si el varón transgrede, si atraviesa esa frontera, corre el riesgo de ser considerado como “abyecto”, es decir, como no perteneciente al mundo de los varones, y sufrir un trato inferior.

Es importante destacar que, aunque existen distintas vías para llegar a ser un hombre, la que garantiza una posición viril dominante es la masculinidad hegemónica (Connell, 1995), que supone la existencia de experiencias sociales que, mediante la presión, obligan a los hombres a adoptar ciertos modos de ser y de comportarse asociados al dominio y al poder. Pero solo un número muy reducido de hombres se corresponde con las formas exaltadas culturalmente de masculinidad hegemónica, mientras que la mayoría (los llamados “cómplices” por Connell) se beneficia indirectamente del dividendo patriarcal por el sostenimiento de ese modelo. Así como privilegia a ciertos hombres, la masculinidad hegemónica desestructura y excluye a otros, dando lugar a masculinidades subordinadas, donde se ubican otras variedades de masculinidad, que por sus características, que no coinciden con las del varón considerado “ideal”, son devaluadas. Todo esto convierte a la sociedad en un espacio estratificado mediante el género.

En nuestro país, este modelo hegemónico de masculinidad presenta al varón como esencialmente dominante, con imperativos que actúan como prescripciones de desempeño de género. Conocer el esfuerzo, la frustración, el dolor, haber conquistado y penetrado mujeres, hacer uso de la fuerza cuando sea necesario, ser aceptados como “hombres” por los otros varones que “ya lo son” y ser reconocidos como “hombres” por las mujeres son dos partes del complejo proceso de “hacerse macho”. Si bien hay variantes regionales dentro del país, la socialización de los varones se apoya aún en este modelo, que sirve de referente incluso a las formas alternativas o marginales de socialización masculina, y que es utilizado para discriminar y subordinar a las mujeres y a otros hombres que no se adaptan al mismo, lo que termina produciendo desigualdades inscriptas en la estructura misma de la sociedad (Córdoba, 2011).

Lamentablemente, en la noción de masculinidad hegemónica que transmite el patriarcado, el deseo de poder y control constituye una parte fundamental del proyecto de “ser hombre”. Tradicionalmente, la capacidad de un sujeto para dominar, censurar, reprimir, controlar o subordinar los actos, deseos y espacios del otro son interpretados como poder. Ello implica que el poder demanda obediencia y presupone que el dominador puede sancionar a quienes se resisten a él o no acatan sus exigencias y mandatos. Por ello, aunque muchos hombres son poderosos o tratan de serlo, hay algunos que, en tanto se encuentran subordinados a otros hombres o a alguna mujer, se consideran como desprovistos de poder.

Según Scott (2011), todas las relaciones de poder se caracterizan por un guion (script) dual. El “guion oficial” articula y legitima, a la vez que constriñe, a la posición superior y refuerza los mecanismos de control de los subordinados. La centralidad otorgada al modelo de masculinidad de tipo patriarcal funcionaría como este guion oficial que se pone en juego en las interacciones cotidianas entre dominantes y subordinados. Sin embargo, todos los guiones oficiales tienen sus contrapartes, que Scott denomina “guiones ocultos” (hidden transcripts), que son creados “detrás de bastidores” y expresan el disentimiento con las normas dominantes. Aunque difícilmente estos guiones se vuelvan de dominio público.

El acceso diferencial de los varones al poder y al control implicaría reconocer que existe una multiplicidad de masculinidades. Sin embargo, el modelo de masculinidad hegemónica solo permite una visión de lo masculino: el estereotipo de varón que ocupa una posición hegemónica en el sistema de relaciones de género y que se incorpora a las subjetividades de hombres y mujeres, guiando las prácticas sociales que apoyan su reproducción. Esto convierte en casi imposible la posibilidad de “poder explorar la tensión entre el poder que los hombres detentan en la sociedad y las formas en que se experimentan a sí mismos como individuos sin poder” (Seidler, 1995, p. 88).

Las desigualdades sufridas por los varones, al ser sujetos de referencia del sistema patriarcal, no son nombradas ni reconocidas como tales y dan lugar a un proceso de enajenación, en el que se confunden y entremezclan privilegios y diferencias biológicas, que explicaría el ejercicio desigual de derechos y su naturalización (Figueroa Perea, 2015). Resulta necesario, entonces, un trabajo de concientización para hacer evidente que la desigualdad no es natural y que, en tanto construcción, puede ser objeto de una posible intervención social, individual o grupal.

1. El concepto de habitus hace referencia a aquellas disposiciones a actuar, percibir, valorar, sentir y pensar de una cierta manera más que de otra; formas que han sido incorporadas por el individuo desde lo social en el curso de su historia y que se han encarnado de manera particular y durable en el cuerpo (Gutiérrez, 2002). Esto permite al agente contar con un modo de interpretar la realidad según las categorías aprendidas socialmente y actuar conforme a esa interpretación, lo que posibilita vivir en sociedad, interactuar y relacionarse con otros.

Ser varón en tiempos feministas

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