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ОглавлениеCapítulo 2
La construcción social y subjetiva de la identidad de género
La cosmovisión moderna armó un modelo civilizatorio presentado como universal, donde la construcción de conocimiento se apoyó y sustentó en una dicotomía. Así, las particiones modernas operadas por la filosofía, la religión, las ciencias, la economía y la política entre sujeto/objeto, humanidad/naturaleza, cuerpo/mente, razón/mundo o teoría/práctica, dieron lugar a un pensamiento binario, constituido por dos categorías exclusivas y excluyentes, por pares antagónicos, una tipología intelectual de lo semejante y lo diferente, oposición primordial base de nuestro pensamiento: no se puede pensar nada sin pensar en su opuesto (Heritier-Augé, 1996; Bourdieu, 2000). Esto aparece como una modalidad constitutiva de sentido, ya que es gracias a la percepción de esas diferencias que el mundo “adquiere forma” ante nosotros y para nosotros. El género no escapó a esta construcción conceptual dicotómica, aunque sí puso de relieve las diferencias y especificidades socioculturales de los procesos implicados en la organización de “categorías sexuadas” que estructuraron la existencia social de los sujetos según relaciones desiguales de poder.
El sistema sexo/género
El mundo social está regulado por diversos sistemas, entre los que se destaca el “sistema sexo-género”, definido por Gayle Rubin como “conjunto de disposiciones por las cuales el material biológico bruto del sexo y la procreación es moldeado por la intervención humana y social, y satisfecho según convenciones sociales” (1975, p.14). Este constructo teórico contribuyó a que se pudiese inteligir el modo en que las regulaciones culturales construyen modos de vincularidad y de subjetivación, en tanto intervienen en las relaciones significantes de poder, en la división sexual del trabajo, en el funcionamiento de las estructuras de parentesco y en el establecimiento de una ordenación jerárquica de los géneros, que perdura en el tiempo. (1)
El sistema sexo-género se constituye como un modo esencial en que la realidad social se organiza, se divide simbólicamente y se vive experimentalmente, en tanto “red mediante la cual el self desarrolla una identidad incardinada, una determinada forma de estar en el propio cuerpo y de vivir el cuerpo” (Benhabib, 1992, p. 39). El self, el sí mismo, desarrolla una identidad vinculada de manera permanente a algo que ya está organizado previamente, y “deviene Yo al tomar de la comunidad humana de la que es parte, un modo de experimentar la identidad corporal, psíquica, social y simbólicamente” (Benhabib, 1992, p. 45). Lo organizado previamente tiene que ver con lo sociohistórico-cultural: la cultura ha acuñado representaciones, mandatos, normas y símbolos que, al ser internalizados por los sujetos, troquelan definiciones simbólicas acerca del ser y del deber ser, respecto a la adecuación al género, a la raza, y a la clase. Todo ello se da en el marco de una relación dialéctica entre sujeto y sociedad.
La construcción social de la realidad
La sociedad debe ser considerada desde una perspectiva dual, en donde hay una facticidad objetiva que actúa sobre el individuo, pero a la vez existe una realidad subjetiva que se externaliza, modificando lo social (Berger y Luckmann, 1966). El proceso dialéctico existente entre la sociedad y el hombre permite entender a la sociedad como una realidad objetiva (2), es decir, exteriorizada –emancipada de los actores que la producen, experimentada como algo distinto a un producto humano– y objetivada; pero a la vez es también una realidad subjetiva: la sociedad es internalizada por el hombre. Por ello, el ser humano atraviesa un proceso de desarrollo, donde se interrelaciona con un orden sociocultural específico y deviene “ser social” al hacer propias las experiencias externalizadas por otros y objetivadas mediante el lenguaje a través de su pasaje por diversas instituciones. En consecuencia, el niño debe internalizar y asumir el mundo en el que ya viven otros, lo que se realiza mediante el proceso de socialización, que supone una socialización primaria (que es la primera por la que el individuo atraviesa en la niñez y mediante la cual se convierte en miembro de la sociedad) y una socialización secundaria (que se refiere a cualquier proceso posterior que induce al individuo ya socializado a nuevos sectores de su sociedad).
La socialización primaria supone algo más que un aprendizaje puramente cognoscitivo, ya que se efectúa en circunstancias de enorme carga emocional. Todo individuo nace en una estructura social objetiva donde encuentra a los otros significantes, personas encargadas de su socialización, y que generalmente son los padres. Estas figuras le son impuestas: el niño no interviene en su elección y se identifica con ellos sin deliberación alguna. Estos otros significantes son los encargados de presentar la sociedad como una realidad objetiva, pero a la que “filtran” según la particular posición que ocupan dentro de la estructura social y también en virtud de su idiosincrasia, o sea, del particular carácter y de las particulares creencias de cada uno. El niño internaliza el mundo que le muestran sus otros significantes como el único que existe y que se puede concebir.
Asimismo, se produce en su conciencia una progresiva abstracción que implica generalizar las actitudes individuales de los miembros de la sociedad e internalizarlas, para conformar así un otro generalizado en su conciencia. Esto estructura una identidad con nueva coherencia; el individuo se encuentra en posesión subjetiva de un yo o un sí mismo (self) e incorpora diversos roles y actitudes reinantes en su cultura, dando lugar a que esos aspectos internos persistan en permanente y simultánea comunicación con la realidad objetiva y con los otros. Por lo tanto, el “sí mismo” es una organización subjetiva que se configura en relación con los demás, en interacción. Lo individual como propio, pero siempre en referencia a la estructura común del grupo social.
Cuando un individuo ingresa a nuevos sectores del mundo objetivo de su sociedad, debe aprender los papeles específicos que allí se juegan, con sus particulares códigos lingüísticos y comportamientos de rutina. Las instituciones poseen tanto un cuerpo de conocimientos de receta (que define los roles específicos que se han de desempeñar allí) como pautas específicas de comportamiento apropiadas, que orientan las conductas de las personas en tanto se refieren a lo que hay que saber para llevar a cabo los propósitos pragmáticos del presente y del futuro (Berger y Luckmann, 1966). De este modo, los sujetos aprenden los ordenamientos sociales propios del colectivo social que conforman e internalizan esquemas motivacionales e interpretativos de la realidad, útiles para el desempeño cotidiano, para comprender a sus semejantes y para aprehender al mundo en cuanto realidad significativa y social. Y es en ese interjuego yo-otros que el lenguaje, en tanto sistema capaz de simbolizar y representar la realidad, transmite los conocimientos necesarios para que se produzca un entendimiento mutuo.
La producción colectiva de las representaciones sociales
Emile Durkheim desarrolló el concepto de representaciones colectivas al afirmar que existe todo un sistema representacional, constituido por formas de conocimiento o ideación construidas socialmente, que permite que “los hombres se comprendan y las inteligencias penetren las unas en las otras” (Durkheim, 1984/1912, p. 405).
Y aunque las representaciones colectivas se producen gracias a acciones de intercambio de conciencias individuales, las sobrepasan, volviéndose autónomas y circulando a través del lenguaje. Permiten así comprender y pensar mediante categorías que se imponen a la experiencia individual, y que constituyen un sistema organizado de conceptos compartidos, transmisibles y reproducibles en la sociedad, dotados de una fuerza constreñidora que, al imponerse a las personas, dan la sensación de poseer la misma objetividad que las cosas naturales. De ello se puede deducir que la presión que el grupo social ejerce por sobre sus miembros les impide la posibilidad de juzgar en libertad las representaciones colectivas elaboradas, lo que da lugar a un conformismo lógico omnipresente, a la vez que dota a los individuos de un saber social que les sería imposible de alcanzar por sus propios medios.
En el siglo XX, el concepto de representación colectiva es retomado por una de las líneas de la Psicología Social europea, para restituir la dimensión social en la investigación psicológica, enfocándose en el sujeto y sus interacciones. Serge Moscovici realizó una reformulación teórica que sistematizó como teoría de las representaciones sociales, considerándolas constructos cognitivos generados en la interacción cotidiana que posibilitan que los individuos signifiquen todas las circunstancias que acontecen en el mundo simbólico donde viven, tornando como familiar lo desconocido y perceptible lo imperceptible (Moscovici, 2003), al proveer a los miembros de un código compartido que les permite nombrar y clasificar sin ambigüedades los aspectos de su mundo y de su historia individual y grupal.
Las proposiciones teóricas de Moscovici sobre representaciones sociales fueron la base de elaboraciones posteriores, entre las que se destacan la corriente desarrollada en París por Denise Jodelet y la liderada por Jean-Claude Abric, en Francia.
En las producciones de Jodelet, la representación social aparece como un conocimiento socialmente elaborado y compartido, constituido a partir de las experiencias, las informaciones y los modelos de pensamiento que se reciben y transmiten a través de la tradición, la educación y la comunicación social. Se constituyen como sistemas de referencia que permiten interpretar lo que sucede y dar sentido a lo inesperado; son “categorías que sirven para clasificar las circunstancias, los fenómenos y a los individuos con quienes tenemos algo que ver” (Jodelet, 1985, p. 472), constituyendo de este modo un mundo del sentido común, que se da por supuesto y no se cuestiona. Los sujetos pueden interpretar los sucesos y acontecimientos del mundo social valiéndose de las representaciones sociales, que les permiten categorizar y significar las múltiples circunstancias que acontecen, y gracias a ello el mundo social se naturaliza y adquiere sentido.
Abric (1994) desarrolla distintas funciones de las representaciones sociales, entre las que se destacan las funciones de conocimiento, de orientación, justificatoria e identitaria.
Las representaciones permiten a los actores adquirir nuevos conocimientos y asimilarlos a sus esquemas cognitivos, por lo que la función de conocimiento faculta comprender y explicar la realidad. Además, al delimitar las referencias comunes, las representaciones permiten el intercambio y la comunicación social, la transmisión y la difusión del conocimiento. Como las representaciones guían los comportamientos y las prácticas al definir tanto un sistema de anticipaciones y expectativas como la finalidad de una situación, cumplen con la función de orientación del sujeto, a la vez que permiten justificar un comportamiento o toma de posición, explicar una acción o una conducta asumida. Asimismo, las representaciones tienen una función identitaria: participan en la definición de una identidad personal y social acorde al sistema de normas y valores del colectivo social al que pertenecen, que se encuentra históricamente determinado.
En otras palabras, las representaciones sociales son producidas colectivamente, resultantes del proceso de interacción de individuos que comparten un mismo espacio social expresando, a través de ellas, las normas, los estereotipos y los prejuicios de la colectividad de la cual son producto. De este modo, operan como marco de interpretación del entorno, regulan las vinculaciones con el mundo y los otros, orientan las conductas y las comunicaciones, y tienen un importante rol en la definición de las identidades personales y sociales, en un interjuego de interpretación del objeto y expresión del sujeto.
Pero es importante aclarar que la representación social involucra un proceso generativo y constituyente: las personas no solo reproducen mecánicamente las representaciones naturalizadas, sino que producen y transforman los conocimientos que poseen sobre la realidad, a la vez que integran esos significados a su cuerpo de creencias y conocimientos preexistentes. Por lo tanto, a pesar de que el pensamiento de sentido común adopta actualmente un carácter plural, diverso y heterogéneo, no significa que la novedad sustituya la tradición, eliminándola. Lo que se produce es una convivencia de saberes culturales más tradicionales con conocimientos recientemente generados. Ante esta coexistencia de saberes, Moscovici propone tres tipos de representaciones sociales: las “hegemónicas”, de carácter amplio, uniforme y restrictivo, “que prevalecen implícitamente en toda práctica simbólica o afectiva” (Moscovici,1985, p. 221); las “emancipadas” de índole más independiente, parcial, específica de subgrupos; y otras llamadas “polémicas”, esencialmente opuestas y discordantes, que no son compartidas por el conjunto social.
Jodelet (2015) considera que, mediante procesos cognitivos y emocionales, los individuos se apropian de las representaciones sociales, a la vez que participan en su configuración. Aquí resulta necesario distinguir entre las representaciones que el sujeto elabora activamente respecto de las que integra pasivamente, en el marco de las rutinas o presionado por la tradición o la influencia social. Los sujetos, según su grado de adhesión y de afiliación a los espacios sociales en los que se mueven, se apropiarán de las representaciones en mayor o menor grado, alejándose, adhiriéndose o sometiéndose a ellas. Según las pertenencias sociales, los compromisos ideológicos o los sistemas de valores referenciales, un mismo acontecimiento puede movilizar representaciones diferentes, que generarán en los sujetos interpretaciones que pueden ser objeto de debate y desembocar en situaciones de consenso o de disenso.
Cuando las personas internalizan representaciones en su subjetividad, incorporan también los ideales propuestos para el yo desde la cultura, que originan prescripciones explícitas e implícitas que se pondrán luego en juego, naturalizadas, al momento de interactuar con otros en la vida cotidiana y de llevar adelante sus prácticas.
Las representaciones como interfaz entre lo social y lo subjetivo
Las representaciones, en tanto portadoras de significados sociales, se constituyen como el material significante básico para conformar la subjetividad, al permitir la elaboración de una identidad acorde al sistema de normas y valores del colectivo social al que el sujeto pertenece, en un proceso continuo de interiorización de lo exterior y de exteriorización de lo interior, que constituye y reconstituye a los sujetos a lo largo de la vida.
Las representaciones sociales respaldan órdenes raciales, sociales, étnicos y sexuales (entre otros) por medio de los cuales los sujetos son construidos y posicionados dentro de distintas relaciones de poder que tienen lugar en lo sociocultural. La posición de las representaciones sociales, entonces, no es ni de dominio social, ni de dominio individual: se trata de una posición de interfaz o pasarela entre ambos. De este modo, esta noción permite un desplazamiento del plano social al individual, y desde el individuo al entendimiento del colectivo que forma parte.
En tanto las representaciones configuran un conjunto de convenciones y consensos acerca del significado colectivamente aceptado del mundo social –que determina lo que es o no es posible entre quienes habitan este mundo–, participan en los diferentes procesos de socialización e interacción al configurar sentidos subjetivos a la representación: se trata de marcos de referencia que permiten entender el mundo y conducirse en él, que se organizarán de forma diferenciada en cada subjetividad.
Como parte del marco representacional y mediante acuerdos sociales establecidos y sentidos subjetivos determinados, las representaciones sociales se organizan en un sistema de diferencias sexuadas: el sistema sexo/género que, constituido por dos categorías exclusivas, antagónicas y excluyentes, construye socialmente la masculinidad y la feminidad con una eficacia contundente. La diferencia anatómica entre machos y hembras actúa como referente de las ideas, representaciones y prescripciones sociales que se atribuirán a varones y mujeres, que aparecen como una modalidad constitutiva de sentido que “le da forma” al mundo ante los sujetos.
Las representaciones de la diferencia sexual se erigieron a lo largo de un proceso histórico de construcción social que comenzó en la modernidad. El desarrollo industrial capitalista supuso una división de roles y de espacios, a partir de los que surgieron representaciones sociales binarias: las mujeres fueron presentadas como las encargadas de las funciones nutricias, de cuidado y sostén emocional, mientras que los hombres fueron representados como los encargados de llevar el sustento al hogar y de detentar el poder.
Por lo tanto, el modelo socialmente compartido de masculinidad y de feminidad que crean las representaciones sociales de género asigna a hombres y mujeres una serie de atributos, prácticas, ideas y discursos que van más allá de lo biológico/reproductivo. Allí se encuentran implícitos un conjunto dicotómico de rasgos de personalidad, roles, características físicas y ocupaciones que ocasionaron la conformación de estereotipos con un gran poder regulatorio de los géneros y sus manifestaciones en todas las áreas de la vida, reprimiendo y sancionando cualquier expresión que se aparte de “lo reglamentado” y dando lugar a “expectativas de género”, es decir, a referentes culturales que se ponen en juego en la socialización de niñas y de varones, y que tienen múltiples efectos sobre la subjetividad y la salud de cada uno de ellos.
¿Qué suponen e incluyen los modelos tradicionales de género? Para lo femenino, las representaciones sociales se estructuran en relación con los valores de la maternidad y la conyugalidad, en una posición de marcada asimetría con los varones. Así, se espera que las mujeres inhiban “las conductas agresivas y el despliegue de sus deseos sexuales, [sean] pasivas con los hombres, nutrientes y receptivas” (Burin, 2002, p. 197), que fomenten su atractivo físico y mantengan una respuesta emocional cálida y amistosa, gracias al “poder de los afectos” que se despliega en el ámbito privado.
En el caso de los hombres, los mandatos culturales los representan en el espacio público, encargados de la manutención económica y de la protección. Por eso, “los varones han de ser agresivos sexualmente, de respuestas prontas al ataque de otros, independientes en las situaciones problemáticas; deberán suprimir sus emociones intensas, especialmente de dolor o ansiedad” (Burin, 2002, p. 197). Incluso, se espera un ejercicio de poder o dominio viril, avalado por el hecho de que el orden androcéntrico está tan profundamente arraigado en lo social que no requiere justificación.
Las representaciones sociales, en su coherencia y estabilidad, responden a la necesidad humana de ordenar y explicar el mundo y tienen una función expresiva, además de circular en el sistema sociocultural mediante normas, símbolos, usos de espacios sociales, organización productiva y división sexual del trabajo. Mediante procesos intersubjetivos que involucran lo subjetivo, lo cognitivo y lo emocional, los individuos se apropian del universo ya constituido de las representaciones genéricas para constituir su identidad, en un proceso mediatizado por las actitudes y por el discurso de los otros significativos, sus cuidadores primarios.
La internalización de las representaciones sociales de género
Los otros significativos, en tanto portadores de representaciones sociales que organizan la experiencia social y subjetiva, plasman, sobre el cuerpo de un recién nacido, un sentido de masculinidad o feminidad con enorme poder modelador. En otras palabras, la subjetividad se troquela o construye en un contexto sociocultural en el que la asignación de género que los cuidadores implantan en el infante inaugura proyectos diferenciados para varones y mujeres (Dio Bleichmar, 2012). Se trata de una determinación social binaria y excluyente de lo que uno debe ser, que es asignada desde la estructura asimétrica de la relación adulto-niño, donde los otros significativos establecen un género y proyectan representaciones de género, es decir, mensajes prescriptivos de cómo ser una niña femenina o un niño masculino.
El imaginario representacional que existe sobre la masculinidad y la feminidad posee una eficacia contundente y coacciona a los sujetos, dando lugar a que estos hiperdesarrollen habilidades y actitudes consideradas propias de su sexo, etnia y/o clase, y que disminuyan o atrofien muchas otras, a partir de modelos de comportamiento excluyentes, definidos por dualismos: masculino/femenino, actividad/pasividad, heterosexualidad/homosexualidad, asertividad/expresividad, igualdad/desigualdad, que enmascaran la heterogeneidad de las categorías y la interdependencia de los términos.
Las representaciones brindadas por parte de los adultos a través del discurso, la acción, los deseos, las expectativas y las fantasías –conscientes, preconscientes e inconscientes– van inscribiendo operaciones de diferenciación en los infantes que tienden a acentuar en cada uno de ellxs los signos sexuales exteriores –en conformidad con la definición social que se hace de ellos–, así como también a estimular prácticas adecuadas para su género, a la vez que se impiden o dificultan los comportamientos considerados inadecuados para el desempeño del rol genérico. Desde edades muy tempranas, la persona va aprendiendo cuál es la conducta apropiada asociada a su sexo, según las prescripciones culturales diferenciales de socialización. Así, su trayectoria social estará determinada por representaciones, normas y expectativas de género socialmente legitimadas y naturalizadas, que aportan un conjunto de elementos, tendencias y estilos conductuales asociados a la feminidad o a la masculinidad, de los que los sujetos se valen para expresar su género.
El self –el sí mismo– desarrolla así una identidad vinculada de manera permanente al modelo de tipificación –masculino o femenino– organizado desde lo social, pero con una singular forma de estar en su propio cuerpo. Esto significa que, aunque el sistema de representaciones sociales otorga o impone una serie de determinaciones de género, a posteriori estas deberán ser ratificadas o reformuladas singularmente por el sujeto, como efecto contingente de la conjunción de las representaciones sociales de la diferencia sexual y de la particular manera en que este las vuelve propias, en la interacción con los otros significativos de su historia. Se trata de un proceso que no será lineal ni único, que implica un modo de subjetivación, es decir, una relación entre las representaciones sociales que la sociedad instituye para la conformación de sujetos, y las maneras en las que cada sujeto constituirá su singularidad, lo que determinará luego en él la organización de su identidad, el tipo de elección de objeto y de sexualidad y deseo erótico.
Dio Bleichmar (2005) entiende al género como una categoría compleja y con múltiples articulaciones, que supone tres instancias básicas: la asignación de género, el rol de género y la identidad de género.
– La asignación de género se refiere a la atribución genérica que los adultos realizan ante el cuerpo del recién nacido. Se trataría de un proceso intersubjetivo complejo y multifocal de modelado parental, donde los adultos codifican ese cuerpo mediante la transmisión de representaciones conscientes e inconscientes dimórficas –es decir, masculinas y femeninas–, en las que se pondrán en juego significados ya existentes en la cultura, que se constituirán como materia prima para esa subjetividad incipiente: los colores celeste y rosa de la cuna y la ropa del bebé, el uso de pronombres y el universo de conductas diferentes que le serán transmitidas.
– El rol de género se forma con el conjunto de normas y prescripciones que la sociedad y la cultura dictan sobre el comportamiento en clave de género. Aunque hay variantes de acuerdo con la cultura, la clase social y el grupo étnico de las personas, se puede sostener una segmentación básica que corresponde a la división sexual del trabajo. La dicotomía masculino-femenino establece estereotipos que condicionan y limitan las potencialidades humanas, al estimular o reprimir los comportamientos en función de su adecuación al género. La socialización diferencial por género considera que niños y niñas son, por “naturaleza”, distintos, y están llamados a desempeñar papeles también diferentes en su vida adulta. Así, los agentes socializadores (el sistema educativo, la familia, los medios de comunicación, la religión, etc.) tienden a fomentar aprendizajes y habilidades diferenciados a partir de asociaciones tradicionales que vinculan la masculinidad con el poder, la racionalidad y la producción de la vida social pública, mientras que la feminidad es vinculada con la pasividad, la dependencia, la obediencia, el cuidado y la afectividad.
– La identidad de género supone un sentimiento íntimo que se instituye en el psiquismo, sentimiento “estructurado por identificación al igual y complementación con el diferente, proceso a su vez circular, del niño con sus padres y familiares, y de estos hacia el niño” (Dio Bleichmar, 2005, p. 286). Este se establece alrededor de los dos o tres primeros años de vida y es anterior al conocimiento infantil de la diferencia anatómica entre los sexos. Por ende, es previo al conflicto edípico, por lo que la identidad de género antecede a la sexualidad y se encuentra atravesada por lo social. Sin embargo, resulta importante aclarar que la identificación con el género asignado no es homogénea, debido tanto a los factores inconscientes transmitidos a través de los mensajes enigmáticos de padres o cuidadores, como a otros factores, propios de cada subjetividad. Sobre este proceso se ahondará en los próximos capítulos.
Ahora bien, si la subjetividad humana se construye en un proceso estrechamente ligado al sistema sexo-género, ¿qué resultado se obtendrá en relación con un sistema simbólico que no es neutro, ya que significantes, instituciones y representaciones perpetúan jerarquías androcéntricas y patriarcales? El sistema sexo-género continúa ofreciendo hoy categorías enraizadas en la tradición patriarcal, aunque aparecen como supuestamente objetivas. La visión androcéntrica se impone como neutra, y al hacerse carne en el cuerpo, logra que las jerarquías sociales se naturalicen y se perciban como inamovibles, organizando a la sociedad en su conjunto, la división de tareas y los papeles sociales, resignificando la diferencia sexual anatómica mediante una trama de interpretación cultural, histórica, política, económica y simbólica de esas diferencias en clave patriarcal.
1. Años más tarde, Rubin (1989), en su ensayo Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad, corrigió su supuesto inicial acerca de que existiría una sexualidad “cruda”, adhiriendo así a las posturas que consideran que existe una construcción cultural del sexo.
2. En el proceso de objetivación, los significados se condensan y permiten que el sujeto pueda acceder a los conocimientos de su entorno para su práctica cotidiana, fundamentalmente a través del lenguaje.