Читать книгу El legado de Cristo Figueroa - María Piedad Quevedo Alvarado - Страница 20
Roberto Burgos Cantor
ОглавлениеUno de los escritores a quien Cristo Figueroa se ha aproximado con mayor asiduidad es Roberto Burgos Cantor, con quien ha sostenido innumerables conversaciones en público en torno a su obra, a la que ha abordado desde 1985, y cuyos libros ha ido presentando, uno tras otro, en diversos escenarios nacionales. Es una lástima que muchas de esas presentaciones, siempre luminosas, no hayan sido publicadas.
Uno de los mejores trabajos de Cristo es, sin duda, su ensayo inicial acerca de la narrativa de Burgos, “El vuelo de la paloma en el universo narrativo de Roberto Burgos Cantor”, seleccionado por Luz Mary Giraldo (1995) para su compilación de estudios sobre la novela colombiana del siglo XX. Allí, Figueroa postula una acertada hipótesis que la narrativa de Burgos ha ido corroborando con cada nueva entrega: el eje de esta producción gira alrededor del proceso de modernización de Cartagena de Indias, a mediados del siglo XX,5 y sus efectos traumáticos en la comunidad –crisis, tensiones, desconciertos, soledades, desestabilización de las relaciones humanas y debilitamiento de los afectos–, que han traído consigo la pérdida del sentido de pertenencia y la imposibilidad de establecer la identidad misma. A esta pérdida, según Figueroa, Burgos contrapone la recuperación memoriosa, mediante el poder fundacional de la escritura, de una Cartagena idealizada con sabor de paraíso, armoniosa, donde conviven la provincia tradicional y la urbe novedosa: la palabra salva del olvido un modo de vida que se desdibuja, un entorno que desaparece, una identidad que se borra.
En el estudio, Figueroa destaca, por una parte, la singularidad de Burgos en la narrativa colombiana, sus diferencias con narradores urbanos como R. H. Moreno Durán, Luis Fayad y Antonio Caballero y sus afinidades con Carlos Perozzo y Manuel Mejía Vallejo; por otra parte, examina la construcción del universo verbal de Burgos en sus libros de cuentos Lo amador (1980), De gozos y desvelos (1987) y en la novela El patio de los vientos perdidos (1984).
La recreación verbal de Cartagena se da en Burgos no solo a través de la descripción minuciosa de la vida cotidiana y de ciertos lugares reiterados –calles, barrios, sitios de trabajo, patios, prostíbulos, casas, mercados, buses–, sino que también intenta encarnarla mediante la inserción de jergas populares, letras de canciones, conversaciones callejeras y referencias a propagandas de los años cincuenta.
En El vuelo de la paloma (1992), el paso de la Cartagena primordial y paradisíaca a la moderna, el salto de la ilusión al desencanto, está representado por la irrupción de la provinciana Gracia Polo, nativa de Puerto Escondido, en la vida urbana de Ramón Caparroso. En su estudio “Pavana del ángel de Roberto Burgos Cantor: la posibilidad de retener el paraíso”. Acerca de esa novela, publicada en 1995, Figueroa retoma los temas anteriores y llama la atención sobre la reescritura de motivos bíblicos como la caída y la expulsión del paraíso.
En su estudio sobre La ceiba de la memoria (2007), “La ceiba de la memoria de Roberto Burgos Cantor: perspectivismo neobarroco, acceso a la memoria histórica e incertidumbres de la escritura”, Figueroa identifica los referentes narrativos predilectos de Burgos, aunando la ampliación de los límites temporales de la historia de la ciudad al abordar el motivo de la esclavitud y la infame trata negrera. Figueroa destaca de la novela el abordaje de temas y procesos silenciados y la incertidumbre resultante de la contraposición de voces, discursos e ideologías europeos y africanos. Por su apelación recurrente a recursos técnicos, como la polifonía y la proliferación, Figueroa inscribe también a esta novela en la tradición del neobarroco latinoamericano. La ceiba de la memoria, sobra decirlo, es quizá el monumento más portentoso y complejo que ha conseguido Burgos en su persistente pelea contra el olvido de la Cartagena esencial, con sus dolores, sus sabores, sus calores y colores, sus goces y desvelos.
Por último, en su estudio “El hacer cotidiano del país silenciado”, acerca del libro de cuentos Una siempre es la misma (2009), Figueroa resalta el carácter experimental de la escritura de Burgos y la vocación incluyente del autor, quien no solo se preocupa por introducir voces anónimas y memorias silenciadas, sino la presencia de la cultura popular en la elaboración de los textos, hasta incorporar “hablas, dichos, diálogos de grupos, refranes, transcripciones de programas radiales, noticieros de televisión, conversaciones telefónicas, avisos de prensa, informaciones de Internet, letras de canciones o imaginarios locales sobre sueños y premoniciones” (165). Tal parece como si la narrativa de Burgos se reorientara de una poética del espacio hacia una poética de la palabra oral y espontánea, la cual se apropia de manera diferenciada del archivo culto.
Así como no se recomienda abordar el estudio de la obra de Álvaro Mutis sin los aportes de Juan Gustavo Cobo Borda o la de García Márquez sin Jacques Gilard o la de Héctor Rojas Herazo sin los aportes de Jorge García Usta, es inconcebible la aproximación crítica a los cuentos, pero, sobre todo, a las novelas de Burgos, sin el conocimiento previo de los ensayos de Cristo Figueroa.