Читать книгу El legado de Cristo Figueroa - María Piedad Quevedo Alvarado - Страница 25
Redes de la narrativa
ОглавлениеTerry Eagleton ha planteado que la crítica literaria es un área del humanismo y que, por esta razón, no se puede disociar de las reflexiones éticas y culturales (18-19). Por otra parte, Foucault, en las Tecnologías del yo, ha estudiado cómo la subjetividad es construida a través de los procesos ideológicos que modelan instituciones, tradiciones y prácticas sociales, mediante las cuales un individuo le da sentido a su vida. De acuerdo con esta perspectiva, la narrativa es, a partir del siglo XIX, un laboratorio en el que podemos observar estos procesos y, además, un espacio donde se pueden empezar a generar formas de resistencia; Eagleton lo explica de la siguiente manera: la literatura es –¿era?– “Un nexo vital o mediación entre la familia nuclear y la esfera política pública; esto proveyó a las formas simbólicas de recursos para construir nuevas formas de subjetividad” (116). Por otra parte, Judith Butler, en Cuerpos que importan, ha señalado que el cuerpo sexuado es también un espacio ideológico donde intervienen los actores de poder, quienes definen nuestra identidad de género (19). Escritoras como Elisa Mújica, Albalucía Ángel y Marvel Moreno, entre otras mujeres colombianas que escribieron durante el siglo XX, han abierto este espacio privado a un debate público. Desde otra perspectiva, las relaciones de género en el entorno familiar tienen que ver, en gran medida, con la esfera de la reproducción, indisolublemente ligada a la experiencia erótica y sexual. Hay un punto clave para entender los procesos de resistencia de estas mujeres que eligen someter la intimidad familiar al escrutinio público: la capacidad del tema de género para suspender o parcialmente eliminar las barreras étnicas y de clase, lo cual puede indicar que estos temas tienen un componente subversivo muy fuerte. Este complejo espacio que imbrica la esfera de la subjetividad con la esfera del poder, al ser transvasado a un ejercicio de ficcionalización, exige del lector –y especialmente del crítico literario– una sensibilidad muy fina, para sintonizar los matices del drama cotidiano vivido por las mujeres durante diferentes momentos de sus vidas.
Dentro del ámbito anterior, Figueroa Sánchez establece cartografías y genealogías críticas para definir la manera como una escritora o un escritor determinado es ubicado en la historia de la literatura colombiana. Hacer mapas de este tipo implica un conocimiento extenso y profundo, que vuelva visibles las redes intelectuales que orientan y guían un proceso creativo; en su intervención durante el homenaje a la escritora pereirana Albalucía Ángel, Figueroa afirma lo siguiente: “la función principal de la lectura crítica es multiplicar sentidos” (“Ecos y resonancias” 41). En 1986, cuando Cristo Rafael se iniciaba en el ejercicio crítico, publica su primer artículo sobre la novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975) de Albalucía Ángel Marulanda. Posteriormente, en el artículo “Ecos y resonancias del canto de la pájara: historia de una recepción/relocalizaciones en la historia de la literatura nacional”, comenta el impacto de la lectura de la obra de Ángel Marulanda: “El encuentro con la pájara […] se constituye en una suerte de revelación para mi trabajo académico de estudioso de la literatura, pues me obligó a ensanchar los horizontes críticos” (40). El artículo explora cómo esta novela en particular –aunque podría aplicarse a toda la producción de Ángel Marulanda– está inserta claramente en los procesos de reivindicación y afirmación del sujeto femenino. Una temática de este corte inserta al crítico literario en los debates teóricos contemporáneos ya mencionados, como lo muestra la siguiente cita:
Sobresalen los esfuerzos por conectar la novela con la tradición literaria colombiana, usualmente desconocedora de la voz femenina; son también notables las miradas renovadas sobre la narrativa de Ángel en relación con debates contemporáneos sobre deconstrucción de saberes y poderes y sobre reformulaciones de modernidades culturales y estéticas, con cuestionamiento de códigos sexistas y patriarcales, con resistencias ocultas o evidentes de estéticas marginales, y con valoraciones de estrategias retóricas que debilitan, relativizan o diseminan la autoridad oficial y el discurso histórico institucional. (41)
En la cita anterior, un lector académico reconoce rápidamente que la agenda teórica contemporánea más importante subyace al proceso de interpretación de esta narrativa. Entre ellos se destaca el papel protagónico de los estudios de género, que han replanteado los paradigmas usados por las ciencias sociales y humanas para producir conocimiento. Figueroa está totalmente de acuerdo con el papel desestabilizador y subversivo de la narrativa de Ángel Marulanda.
De este modo, Cristo Rafael Figueroa está participando en la construcción de un discurso interpretativo sobre la obra de Ángel Marulanda. Entre los campos teóricos aludidos sobresalen sus referencias múltiples a estudios críticos apoyados en teorías de corte feminista. Por ejemplo, se le da relevancia al trabajo crítico de Elena Araújo, una pionera de los estudios sobre escritoras colombianas, famosa por el libro La Scherezada criolla: ensayos sobre escritura femenina latinoamericana (1989) y un artículo, muy audaz para su momento, titulado “Siete novelistas colombianas”, publicado en el Manual de literatura colombiana (1988), en el que comenta a autoras como Albalucía Ángel, Marvel Moreno y Elisa Mújica. Figueroa dialoga con Araújo y destaca la importancia de su labor crítica, que traslada al campo crítico de la novela colombiana preguntas bastante novedosas: “Ahora bien, la lectura de Helena Araújo sitúa la escritura de La pájara… dentro de la línea de rebeldía femenina que explora la cultura de lo reprimido, mientras se sufren los rigores del discurso autoritario” (“Ecos y resonancias” 42). Otro comentario, que hace eco al anterior, es la alusión al análisis que María Mercedes Jaramillo hace de esta novela de Ángel Marulanda. Según Figueroa, Jaramillo se preocupa por relacionar tradiciones literarias “y miradas femeninas”; este enfoque, prosigue Figueroa, le permite al lector, “captar la historia colectiva como vivencia autobiográfica y viceversa” (42).
Finalmente, es posible proponer que este estudio de Figueroa Sánchez se inserta dentro de los debates de género de una manera doble: primero, por la elección del corpus y, segundo, por las referencias a trabajos críticos como el de Elena Araújo y de otras académicas que han intervenido en este tipo de reflexión nacional e internacional. Estos comentarios prueban que el investigador ha hecho visible una red de afinidades, las cuales son en realidad debates teóricos feministas. Más adelante vuelve a afirmar que las ficciones de Albalucía Ángel se construyen a partir de memorias vividas y que incluso las prolongadas ausencias del país se convierten en presencias en sus ficciones. Sobre Ana, la protagonista de la novela, señala que la niña y luego la muchacha experimenta un proceso de búsqueda y autoafirmación (“Ecos y resonancias” 48). La anterior cita se está refiriendo al bildungsroman o novela de aprendizaje, un tipo de clasificación poco usado por los críticos colombianos de finales de los ochenta. Esto revela cómo Figueroa Sánchez comprende muy bien los temas de género usados para un proceso de interpretación sensible a la discriminación experimentada por las mujeres colombianas y su lucha por convertirse en sujetos autónomos y productivos. Así, la crítica feminista no se convierte en un conjunto de prácticas académicas, sino en un lugar de debate político, donde la lucha por los significados y los sentidos tiene lugar; en palabras de Figueroa, “el texto se construye como tejido de voces que al establecer múltiples redes de interpretación desestabiliza significados; la novela no sólo instaura mitos, también puede deconstruirlos en aras de desvelar los conflictos de subjetividades personales y de sujetos colectivos” (40-41). Por ello, las estrategias narrativas de Ángel Marulanda responden a un proceso de toma de consciencia (50).
En otro artículo, titulado “Tres espacios narrativos más allá de Macondo (Ángel, Fayad, Espinosa)”, publicado en 1994 y republicado en el 2007, Cristo Rafael comienza un ejercicio de apertura de la narrativa colombiana del siglo XX. Este ensayo incluye la narrativa de Albalucía Ángel en red con los narradores mencionados; de esta manera, se construye una cartografía sobre la narrativa colombiana posterior al boom. En este artículo, Figueroa señala muy acertadamente que la novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975) se nutre de las experiencias vividas, uno de los rasgos recurrentes de la escritura femenina. Por ello, destaca el papel de Ana, una niña de siete años que vive los acontecimientos desencadenados por la muerte de Gaitán; según el crítico,
De igual manera, la experiencia de búsqueda y el proceso de autoafirmación de Ana constituyen un tortuoso camino que supone el cuestionamiento de las imágenes estereotipadas de la mujer en relación con una sociedad que constantemente la viola en su humanidad esencial y la abandona a un destino impuesto, reprimiéndole los deseos de ser y de actuar. (185)
Este comentario indica que las experiencias infantiles y privadas también forman parte de la vida histórica y afectan decididamente los procesos históricos. En la novela, la violación de Ana se contrasta con los enriquecedores encuentros eróticos vividos con Lorenzo, su novio guerrillero. La exploración de estos espacios íntimos es otra de las claves de la narrativa escrita por mujeres. Por ello, el crítico Figueroa Sánchez insiste en que esta novela de Ángel es un ejemplo de las nuevas posturas estéticas más allá de Macondo.
Con ocasión del homenaje a Marvel Moreno, organizado por la Secretaría para la Equidad de la Mujer, en marzo del 2004, Cristo Rafael Figueroa escribió un artículo titulado “Incursiones en el universo literario de Marvel Moreno: saberes y revelaciones de la crítica”. Establecer un campo de recepción es una práctica democrática, pues el autor debe respetar las diferentes perspectivas usadas por los estudiosos para interpretar la narrativa de la barranquillera. El propósito de este quehacer crítico es explicado a continuación por Figueroa Sánchez: “con el objeto de resituar el circuito Marvel Moreno-textos-contextos-lector” (90). Construir un entramado crítico que indique los variados procesos de interpretación suscitados tanto por la novela En diciembre llegaban las brisas (1987) como por dos antologías de cuentos y algunas publicaciones póstumas es una labor de mucho cuidado, y para realizarlo se necesita apertura mental. En efecto, se debe tener en cuenta que en esta época las teorías feministas eran vistas con recelo por la academia colombiana de literatura; por lo tanto, algunas aproximaciones reseñadas tratan de eludirlas con poco éxito, ya que la novela confronta al lector con la vida privada de las esposas de las clases emergentes barranquilleras de mediados del siglo XX. Lo primero que identifica Figueroa Sánchez son las lecturas de Moreno; ella poseía un conocimiento elaborado de la cultura europea, sobresalen las escritoras Simone de Beauvoir y Virginia Woolf, quienes exploraron el mundo subjetivo de las mujeres (“Incursiones” 91-92). Del trabajo de Ariel Castillo destaca un dato muy significativo para la historia literaria colombiana: la cercanía de Moreno con las escritoras barranquilleras Amira de la Rosa y Olga Salcedo, cuyas obras de ficción eran muy poco difundidas en aquel momento (93). En el artículo, Figueroa Sánchez también destaca la relación de Marvel Moreno con el Grupo de Barranquilla, cuyos integrantes dominaron por décadas el escenario intelectual de la costa Caribe colombiana. Para confirmar este dato, añade un círculo más a su red textual: ahora dialoga con Sarah González de Mojica, de quien afirma lo siguiente: “Ahora bien, existe un matiz diferencial de Marvel Moreno con relación al ‘Grupo de Barranquilla’, pues ella sí se atreve a cuestionar la autoridad masculina del canon revisitado por los integrantes del mismo” (93).
Sarah González de Mojica ha sido colega de Cristo Rafael en el Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana (sede Bogotá) y compañera frecuente en proyectos de investigación, congresos y conferencias. De nuevo se cruzan inevitablemente las redes académicas con la vida personal, pero con un sentido más amplio, que apunta a una actividad intelectual en la que los límites entre la actividad académica y el flujo de la vida cotidiana son abiertos y, por ello, más productivos. La referencia hecha al estudio presentado por Luz Mary Giraldo muestra la afinidad del pensamiento de Figueroa Sánchez con ambas profesoras. Una vez más, Cristo Rafael Figueroa acentúa y comenta aquellos estudios en los que se afirma el carácter liberador de la obra de Marvel Moreno. Una mayoría significativa de los artículos con tema de género son reseñados en el apartado titulado “Escritura y feminidad; feminismo y fronteras” (“Incursiones” 97-102). Figueroa Sánchez revela el sistema de alianzas entre mujeres, lo que es equivalente a descifrar las redes que les han permitido a las escritoras subvertir el sistema opresor ejercido por la institución matrimonial. Los estudios de las siguientes críticas insisten en esta temática: María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio, Ludmila Danjanova, Ligia Aldana y, por supuesto, Luz Mary Giraldo. La red interpretativa anterior estaría indicando, en primer lugar, la aparición de una escritura femenina en Colombia: las autoras tienen un repertorio amplio y sus búsquedas exploran y denuncian en diferentes contextos. La presentación hecha por Figueroa Sánchez indica la aparición de un discurso crítico de corte feminista, del cual él mismo se convierte en miembro destacado, tanto durante el homenaje y en las actas de este encuentro como en numerosas intervenciones públicas y, por supuesto, desde su cátedra.
Finalmente, el mapa establecido por Cristo Rafael Figueroa condensa los debates que las teorías feministas han propuesto como una agenda que libere tanto a hombres como a mujeres del confinamiento destructivo impuesto por la autoridad del régimen patriarcal. Cristo Rafael ha leído con atención la obra de Marvel Moreno y ha logrado sintonizarla con los discursos críticos de más avanzada para su momento.
La actividad crítica de Cristo Rafael Figueroa es prueba de su compromiso como un académico que mantiene un diálogo respetuoso y profundo con otros académicos, motivados por el novedoso y urgente llamado hecho por estas mujeres escritoras y luego estudiado por un número importante de académicos que utilizan postulados de la teoría literaria femenina. Lo anterior constituye una red de sujetos –predominantemente mujeres, pero también algunos críticos hombres– que han pensado al sujeto femenino y participan con su actividad académica de los proyectos de transformación indispensables para construir una sociedad más justa. Cristo Rafael Figueroa se inserta en la red, la recorre y con una mente a prueba de prejuicios limitantes, invita a nuevos lectores, investigadores y estudiantes a transitar por el territorio emergente del feminismo internacional y de la academia colombiana de literatura. Por ello, se puede afirmar que su trabajo crítico, su actividad docente y sus redes culturales y de amistad lo convierten en un intelectual capaz de jalonar y de transformar el entorno cultural de la academia colombiana, pero lo hace con afecto y respeto, evitando el discurso sarcástico y destructivo usado por ciertos sectores de la actividad profesoral y literaria.