Читать книгу Oso - Marian Engel - Страница 8
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ОглавлениеLou entró y se sentó aturdida a la mesa de la
cocina. Oyó el ruido de la motora alejándose; después, nada. Abrió dos puertas para ver crepitar el fuego del dormitorio. Así que este era su reino: una casa octogonal, una sala llena de libros y un oso.
No lograba asimilarlo. Estaba perpleja. Tenía que haber una palabra para aquel maravilloso hallazgo: alegría, golpe de suerte, cualquier cosa que llegaba de casualidad… ¡Ah, sí, buena fortuna! Sin abandonar su trabajo, que le encantaba, la habían depositado en una gran mansión de la provincia, a principios de verano y en una de las mejores zonas de vacaciones. Estaba algo aislada, pero siempre había disfrutado de la soledad. Y la idea del oso resultaba maravillosamente isabelina y exótica.
Encendió la lámpara de gas de la cocina sin excesivos problemas: acercó una cerilla, abrió la llave y oyó que prendía con una suave crepitación. Alumbrada por el cálido resplandor, puso a hervir el agua que había sacado con un cucharón del cubo de granito que había junto al fregadero. El agua estaba fría y olía a azufre. Ahora también hacía frío dentro de la casa.
Se preparó una taza de té que llevó al dormitorio en penumbra, donde se sentó en un largo sofá curvo a contemplar el fuego. Nunca sabría qué absurdo azar la había llevado hasta allí. Seré feliz, murmuró para sí.
Uno de sus tíos del campo, para decir que había tenido buena suerte, utilizaba la expresión: «He metido los pies en una tina de mantequilla».
Lou tenía los pies fríos. Se quitó las botas y calentó los calcetines en el fuego. Al inclinarse, notó el cansancio que la invadía: la alegría era agotadora. Buscó el saco de dormir entre el equipaje y lo extendió sobre el sofá. Detrás, la inmensa cama del coronel parecía formidable y también muy húmeda. Ordenó la cocina, apagó la luz, se desabrochó el sujetador y se metió vestida en el saco. Se durmió escuchando el crepitar del fuego.
Despertó temprano. Tenía frío. Mucho frío. Se bajó el jersey, subió el saco de dormir y se revolvió hasta encontrar una postura cómoda. Entretanto, olfateó el aire puro y frío, y recordó dónde estaba. La casa olía a humo de leña y a hierba nueva.
Se levantó a las siete y se calzó las botas antes de salir a inspeccionar su reino.
Era majestuoso. Cien metros de ribera se habían transformado en amplios prados que empezaban a reverdecer. Una hilera uniforme de magníficos arces en flor bordeaba la orilla. Más allá corría la plata del río, que serpenteaba en los bajíos y desaparecía de nuevo entre los raquíticos abedules y la maleza. No se veía ninguna otra casa.
Permaneció muy quieta en la orilla, consciente de que cada movimiento, hasta el roce de sus manos en los bolsillos, producía un sonido foráneo. Saboreó la novedad que la rodeaba, las varas amarillas de los sauces jóvenes en la linde del bosque, la escorada caseta de las barcas, los verdes retoños de los árboles, y luego se volvió hacia la increíble casa.
La blanca mole poliédrica resplandecía bajo el sol temprano. El porche de techo negro colgaba como un delantal de la planta baja y las ventanas de la primera eran amplias y resplandecientes. En el tejado, dos chimeneas y un lucernario se alzaban como la copa de un sombrero. Lou apenas podía creerse aquella perfección.
Entonces se acordó del oso. No había sido un sueño. Ese hombre, ese Homer, le había dicho que detrás de la casa había un oso. Al principio le había resultado una idea maravillosamente extravagante, pero al parecer allí había un oso de verdad. Que ahora ya sería un oso hambriento. Debía ir a echar un vistazo. De nada servía aplazar el momento.
Se preguntó si el oso sería buena compañía.