Читать книгу La organización social del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Colombia - Martha Lucía Gutiérrez Bonilla - Страница 7

Introducción

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Yolanda Puyana Villamizar

El cuidado debe ser visto como una actividad de la especie humana que incluye todo lo que hacemos para mantener, continuar o reparar nuestro mundo, de modo que podamos vivir en él de la mejor manera posible. Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestras individualidades y nuestro entorno, que buscamos entretejer en una red compleja que sostiene la vida.

CITADO POR TRONTO, 2018, P. 25

El cuidado, como esa red que sostiene a todos, es un interrogante cada vez más vigente en nuestros tiempos. En esta época de catástrofe ambiental, ¿quién no es proclive a mantener la vida? Cuidarnos y cuidar a las y los demás es fundamental desde que despertamos hasta el anochecer. A su vez, forma parte del engranaje cultural, pues en medio del cuidado se dan las relaciones afectivas que nos hacen personas, aprehendemos el lenguaje, el universo simbólico, los espacios y tiempos con que nos movemos e incorporamos. En pocas palabras, las formas de vivir en sociedad. Como nos sugiere Tronto (1993), vamos a ser cuidados, pues ninguna persona podría declarar con seguridad su independencia de los y las demás, en especial al final y al principio de la vida.

Somos seres particulares y corporales, pero a la vez compartimos una meta colectiva que implica entretejer redes, porque es el único camino para conservar la vida y mejorar el entorno. Lo anterior está inexorablemente ligado a la política. Lo menciona Aristóteles a propósito de la polis: un espacio de ejercicio de la ciudadanía en el que se involucra el cuidado (Tronto, 2018). No es suficiente la construcción de un Estado capaz de fortalecer la democracia. Cada persona va incorporando el cuidado mediante la consolidación de una ética ciudadana en la acción misma de cuidar, una ética que debe ser interiorizada por cada uno y una en calidad de ciudadanos/as. A partir de esta concepción del cuidado como una red en que todos y todas estamos inmersos, realizamos la investigación sobre la organización social del cuidado (OSC) de niños, niñas y adolescentes en cinco ciudades colombianas.1

Uno de los conceptos fundamentales que atravesó la investigación fue la concepción social del cuidado como un trabajo, entendido este como una acción transformadora de la naturaleza dirigida a personas cuya vida y bienestar dependen de una atención particularizada, continua y cotidiana de quien cuida, y en medio de una interacción social entre quien realiza esta acción y quien recibe la protección en los momentos vitales en los que se es dependiente.2 Con el cuidado no solo se contribuye a mantener o preservar la vida de uno mismo y de los demás, sino que también se construye la riqueza de la sociedad (Arango y Molinier, 2011; Carrasco, Borderías y Torns, 2011; Esquivel, Faur y Jelin, 2012).

En este orden de ideas, cuidar implica un abordaje desde dimensiones éticas, emocionales y materiales que le confieren sentido al cuidado insertándose en la misma acción (Martín, 2011). La ética corresponde al deber ser de cuidar, al para qué y a la justificación axiológica de su acción, asociada con el contexto cultural. Así: “la vida moral no es un dominio distinto y autónomo de la actividad humana: resulta de las prácticas corrientes de los grupos de personas. La moral es siempre contextual y condicionada por la historia, incluso cuando reivindica la universalidad” (Tronto, 2009, p. 98).

Además del contexto, la ética también se integra a la acción misma de cuidar. Al respecto, Arango y Molinier (2011) nos ilustran sobre la distinción entre una ética femenina y una feminista: la primera legitima la acción de cuidar como respuesta a una ancestral división sexual del trabajo que la subsume sin reconocimiento social; la segunda conlleva una democracia liberada del patriarcado y de otras formas de exclusión, como el racismo, el sexismo y la homofobia. A su vez, el cuidado contiene una dimensión emocional en cuya interacción se genera una relación cara a cara, manteniendo un vínculo afectivo inevitable. Es posible expresar el amor, que con frecuencia implica contradicciones, y genera rabias y hostilidades, dadas las múltiples situaciones enmarcadas en esta interacción. Las emociones en el acto de cuidar están sujetas a un diccionario cultural con preconcepciones que regulan su expresión o su inhibición y el deber ser del comportamiento de quien cuida (Hochschild, 2008;3 Martín, 2011).

Por último, la dimensión material ha sido la más señalada por los estudios feministas, porque implícito en el concepto del cuidado se encuentra el trabajo doméstico necesario para que las personas a cargo obtengan bienestar. En su interior están los oficios directos, la provisión de las precondiciones en que se realizan tareas como la preparación y compra de alimentos y la limpieza de la casa. También conlleva la gestión del cuidado: coordinación de horarios, traslados a centros educativos y a otras instituciones, supervisión del trabajo de cuidadoras remuneradas, entre otros. Si bien este tipo de actividades son las más contabilizadas como trabajo no remunerado, se realizan al mismo tiempo y buena parte de ellas no son mercantilizables, en especial, el cuidado directo (Rodríguez, 2015).

A su vez, la OSC constituye otra categoría central de esta investigación, derivada del diamante del bienestar propuesto por Razavi (2007). Como enuncia Arriagada (2010): “se trata de la forma de distribuir, entender y gestionar la necesidad de cuidados que sustentan el funcionamiento del sistema económico y de la política social” (p. 29). En este sentido, organizar la OSC requiere considerar tanto la demanda de cuidados existentes, las personas que proveen los servicios, así como el régimen de bienestar en que se desenvuelven. Además, incluye las acciones del Estado, las políticas públicas, las instituciones sociales articuladas al apoyo del mismo, y el papel de las organizaciones de la sociedad civil.

Asimismo, en el curso del estudio reconocemos como categorías transversales el enfoque de género y de clase social, porque marcan diferencias significativas en la perspectiva ya planteada.4 Sobre este tema compartimos la conceptualización hecha por Gabriela Castellanos (2003) que, previa a una crítica a la manera polarizada como nuestra cultura observa las diferencias sexuales entre el sexo y el género, afirma:

[…] sistema de saberes, discursos, prácticas sociales y relaciones de poder que dan contenido específico al cuerpo sexuado, a la sexualidad y a las diferencias físicas, socioeconómicas, culturales y políticas entre los sexos en una época y en un contexto determinado. (p. 48)

El cuidado ha sido visto a través de los lentes de género, en la medida en que se fueron desarrollando los estudios feministas, por la forma como las distintas culturas interpretan la maternidad y la división sexual de las funciones en la familia y en la sociedad (Arango y Molinier, 2011). Respecto a las clases sociales, retomamos a quienes, desde los estudios latinoamericanos, enuncian cómo el cuidado está permeado por las inequidades sociales de la región (Martínez, 2008; Del Valle, 2013). Lo anterior, porque los recursos, el acceso al mercado y al Estado van a incidir en las formas de cuidar. El mercado de trabajo que provee el salario por medio del cual se adquieren bienes y servicios; el trabajo doméstico, que transforma para el consumo los bienes que se adquieren vía el mercado y brinda diversos servicios que no encuentran sustituto o que son poco accesibles por esa vía; y, finalmente, los servicios ofrecidos por el Estado (Del Valle, 2013).

Al iniciar esta investigación, problemáticas del contexto colombianos nos indujeron la necesidad de estudiar el cuidado, como ilustraremos en el curso de este libro, al abordar los contextos, las nociones y prácticas del mismo en las ciudades señaladas. Por ahora, solo cabe anotar problemas sociales que nos generaron preguntas de investigación asociadas con acontecimientos que, a continuación, describiremos a grandes rasgos:

• La migración abrupta hacia las ciudades ha redundado en un proceso de urbanización caótico, negativo para la población, que incide en que estos centros urbanos no sean “cuidadores”, en el sentido propuesto por Rico (2017), quien tuvo como base varios casos latinoamericanos.

• Durante el curso de los siglos XX y XXI en las ciudades colombianas ha persistido una estratificación y una inequidad social que, sumada al bajo acceso a bienes y servicios, influye en el cuidado y en los altos niveles de pobreza. Esta situación, obliga a quienes ejercen la labor del cuidado a vincularse al mercado laboral para alcanzar un nivel de vida apenas aceptable (Profamilia, 2015; Puyana y Valencia, 2013).

• Desde la segunda parte del siglo XX persisten cambios en las relaciones de género, manifestadas en el incremento de las tasas de participación femenina en el mercado laboral, en especial, por parte de mujeres jóvenes y en edad reproductiva. No obstante, como muestran los estudios gestados a partir de la Ley 1413 del 2010, aún la mayoría de los hombres colombianos permanecen ajenos al cuidado y no ha ocurrido una transformación de la división sexual del trabajo en los hogares (ver la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo, DANE, 2013).

• Advertimos que buena parte de la población cuidadora a la vez ha trabajado en condiciones adversas y cubren extensas jornadas laborales, en las que prevalece la vinculación al sector informal con bajo acceso a la seguridad social y, en el caso de las grandes ciudades, son obligados a transportarse desde lugares lejanos al sitio de vivienda.

• Crecen reconfiguraciones familiares distintas a la conformada por padres, madres e hijos/as. En especial, han aumentado los hogares monoparentales femeninos y masculinos. Aunque persisten los hogares extensos, en los anteriores se hace más difícil el cuidado (Profamilia, 2015).

• La orientación neoliberal de las políticas estatales incide en un Estado débil, con cobertura y calidad insuficiente, lo que genera una amplia brecha entre lo formulado en tales políticas y la realidad de su implementación. Además, consideramos que persisten en Colombia bajas coberturas y la calidad de los servicios es deficiente (Giraldo, 2013).

• Las inquietudes acerca de que la familiarización del cuidado de NNA es prioritariamente una responsabilidad de las familias, fenómeno común en América Latina, además de las mínimas prácticas de conciliación en las empresas debido, entre otras, a la precariedad de los empleos (Del Valle, 2013; Martínez y Camacho, 2007; Esquivel et al., 2011).

En síntesis, como se abordará en el curso de este libro, en Colombia persiste un déficit del cuidado de la población menor de 18 años. Consideramos que aún no se ha gestado un cambio cultural en la familia dirigido a democratizar su ejercicio, ni se ha construido una ética del cuidado en el sentido propuesto por Joan Tronto (2018). Como en el país se carecía de estudios que recogieran las vivencias sobre el cuidado de NNA en varias ciudades, abordamos un enfoque cualitativo, ya que les damos prioridad a las conversaciones con quienes cuidan. Quienes cuidan y son cuidados transmiten sus vivencias y un saber que solo es percibido por quienes escuchan. La disposición fue generar un diálogo entre investigadoras y las personas que cuidan, diálogo que no es ajeno a la autorreflexión sobre nuestras mismas prácticas de cuidado en calidad de abuelas, madres, hijas e incluso hermanos/as y amigos/as. Al mismo tiempo, otros estudios se fundamentaron en talleres que combinaron el diálogo en grupo con la investigación.

Con la perspectiva teórica citada, y ante las inquietudes someramente expuestas, nos preguntamos sobre la conservación de la vida de las nuevas generaciones para el caso de la Colombia urbana. Con un grupo de profesoras nos propusimos contestar, en cinco ciudades colombianas —Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga y Cartagena—, las siguientes preguntas: ¿cómo se cuidan a niños, niñas y adolescentes desde los grupos familiares? Y, ¿cómo estos hogares se articulan con la organización social del cuidado? La investigación se centra en dos temáticas articuladas desde los relatos de quienes cuidan y, en algunos casos, de niños y niñas que son cuidados.

La primera se inscribe en la dinámica interna de los grupos familiares, pues se aborda el cuidado y se profundiza en sus nociones, estrategias, prácticas, emociones y en la división sexual del trabajo. La segunda se refiere a la articulación de estos con el Estado, esto es, los servicios y leyes para el cuidado de población menor de 18 años. Además, se indagan las nociones y el uso que hacen los grupos familiares de los bienes y servicios que ofrece el mercado para este cuidado, la conexión entre el tiempo laboral y el tiempo del cuidado familiar, entre otras, y se analizan desde la categoría de género y posición socioeconómica de los hogares (ver la figura 1).

La organización social del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Colombia

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