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PIERDO MI VIRGINIDAD
Durante los tres años siguientes, después de mi primer viaje interrail y mi estancia en Londres, seguí viajando fuera de España cada año cuando acababa mis exámenes de junio y elegía Londres, donde pasaba algo más de dos meses. Ian, el supervisor de mi primer trabajo, continuó en contacto conmigo y no solo cuando iba a Londres. Nos llamábamos y nos escribíamos durante el resto del tiempo que no nos veíamos. Incluso hizo un viaje a Burgos para verme dos años después de conocernos, durante la Semana Santa de 1989, donde pasó diez días. Se hospedó en un hotelito que elegí cerca de la casa de mis padres.
Una tarde le dije que viniera a nuestra casa. Quería conocer a mi familia y le presenté a mis padres. Ni corto ni perezoso sacó un colgante con un brillante que me regaló y con su pobre español dijo: «yo querer casar con su hija». Al principio me quedé blanca, pero luego, al ver la cara descompuesta de mi padre, me eché a reír. ¡Cómo alguien podía pedir mi mano sin antes habérmelo propuesto a mí! Mi reacción relajó a mis padres, aunque molestó a Ian. No volvimos a mencionar ni a hablar del desencuentro. Ian ya sabía por mi reacción que fue una clara negativa.
No era la primera vez que me habían pedido matrimonio, pero lo que estaba claro es que no habían sido personas que me interesaran lo suficiente como para plantearme dar ese paso. Además, había decidido que iba a hacer muchas cosas y conocer mucho mundo viajando antes de que llegara ese momento. Ian era un irlandés seis años mayor que yo, muy frío y calculador, y aunque sabía que le gustaba, nunca hasta entonces me había dicho nada. Acordamos que ese mismo verano nos volveríamos a ver en Londres y me invitó a que en esa ocasión me hospedara en su casa.
Llegué al aeropuerto de Heathrow y para mi sorpresa no había nadie. Ya el año anterior decidí que no me daba la paliza de pasar un día entero en autobús para llegar a Londres y determiné empezar a viajar por este medio. Compraba los billetes con antelación o a última hora, así me salían muy bien de precio.
Me dirigí a la boca de metro para ir a Victoria Station, pero cuando llegué tampoco estaba. Llamé al teléfono que tenía de Ian. Nadie me contestó, así que busqué un lugar donde pasar la noche. Ya eran casi las diez y no quería pasearme con mi maleta. En el hotel me dieron una habitación en un basement —de nuevo otro sótano—, una habitación grande sin ventana en la que había dos camas de matrimonio. El recepcionista que me atendió era un corpulento hombre negro, sin pelo, parecido a Cuba Gooding Jr., que me acompañó a la habitación.
Dejé mi maleta y decidí ir a comer algo antes de irme a dormir. De regreso, me encontré de nuevo al recepcionista, que me saludó muy animosamente. Me sorprendió su pícara sonrisa, y me despedí también sonriéndole y con un breve «good night». Iba a cambiarme y a darme una ducha. Bueno, en Londres no hay apenas duchas, solo hay bañeras —muy incómodo, si no te quieres relajar tomando un baño—. Como decía, había abierto ya mi maleta, que había puesto encima de la otra cama, cuando llamaron a la puerta. Fui a abrir cuando, de repente, el recepcionista me abordó de forma violenta, entrando en la habitación sin permiso y sujetándome con sus dos grandes manos los brazos impidiendo que me pudiera mover de medio cuerpo hacia arriba. Sin mediar palabra alguna, comenzó a besarme de manera violenta y mientras lo hacía, entré en pánico pensando que me iba a violar.
Unos segundos más tarde me tranquilicé y decidí fríamente barajar todas las posibilidades que tenía. Si chillaba, nadie me oiría —estaba en un basement—; si me ponía a defenderme con fuerza, tenía las de perder, dado su enorme cuerpo, así que le seguí el juego unos minutos y en el momento en que empezó a empujarme hacia la cama, conseguí pararle, y agarrándole de la cara, logrando que captara mi atención y me escuchara, le dije que estaba agotada del viaje y le propuse que cuando descansara seguiríamos.
No sé ni cómo lo hice, pero logré zafarme de él y acompañarle hasta la puerta. Cuando estuvo fuera del sótano, cerré por dentro de todas las formas que me fue posible, con la llave y los pestillos que había. Me pasé media noche temblando mirando a la puerta por si volvía. Al día siguiente salí con sigilo del hotel. No me despedí, tan solo dejé las llaves encima del mostrador, aprovechando que no había nadie en ese momento.
Salí y busqué una cabina para llamar de nuevo a Ian, pero una vez más nadie me contestó. Me dirigí a unos policías a los que les pregunté cómo ir a Crossford Street. Al verme, no dudaron en pedirme que subiera a su coche. Me dijeron que me llevaban, que era muy complicado llegar. ¡Qué amables! Tuve tentaciones de contarles lo que había vivido en el hotel la noche anterior, pero no lo hice por miedo a que no me creyeran.
Llegué a la calle donde vivía Ian, todo un lugar lleno de grafitis y pintadas nada agradables, ni a la vista, ni por el contenido que presentaban. Nunca antes había estado en esa zona de Londres y, la verdad, me pareció algo peligrosa. Me dirigí a su apartamento y llamé. Una vez allí, Ian me recibió con una gran sonrisa. «Wellcome», me dijo, y me dio un fuerte abrazo. Por fin, conocí su hogar nada lujoso: una cocina sin apenas electrodomésticos, ni muebles; un cuarto de baño con una gran bañera; un salón con un bajo sofá de dos plazas y un mueble bajo con una televisión, y dos habitaciones, cada una equipada con una cama matrimonial y un armario.
Me indicó cuál sería mi dormitorio y dejé allí mis cosas. Ian me dijo que había dejado de trabajar en Casey Jones hacía meses y que había empezado a trabajar en el metro de Londres. Por mi parte, le comenté que había decidido no trabajar tampoco en la hamburguesería, que prefería trabajar en un restaurante o en un pub.
Dos días después me contrataron en un pub-restaurante situado en un barco a orillas del Támesis en Victoria Embankment, llamado Tattershall Castle. Hice nuevos amigos y me lo pasaba muy bien. El ambiente de trabajo era muy bueno, especialmente, cuando trabaja con Lisa y Jhonny. Lisa era una chica negra absolutamente preciosa. Tenía una piel fina aterciopelada de una belleza y sensualidad inigualables, unos ojos color canela, una preciosa melena rizada y unas largas y musculosas piernas. Se parecía mucho a Halle Berry. Estoy segura de que sea cual sea tu condición sexual estarías encantada de estar a su lado. Nos reíamos muchísimo de todo, en especial de muchos clientes, de lo que nos decían, de los flirteos que practicaban con nosotras… Si no estaba atendiendo y me encontraba en la barra, a menudo me quedaba con la boca abierta mirándola cómo se movía y contorneaba de forma natural, para dirigirse a los clientes que entraban en el bar.
Un día me pidió saliéramos por la noche y me quedara a dormir en su casa. Yo accedí. Salimos por la zona de Marble Arch y Notting Hill, una de las zonas más divertidas y a la que va gente joven. Hay muchos pubs. Cenamos en uno y luego fuimos a varios bares para tomar unas copas, más bien unas cervezas, porque el alcohol en Londres es muy caro y te ponen unas copas muy poco cargadas y de mala calidad.
A la una y treinta horas de la noche cerraron todo, así que decidimos ir a su casa. Vivía en Chepstow Road, por lo que fuimos andando. Llegamos a su casa, la cual compartía con un antiguo novio, Rock, con el que se llevaba a las mil maravillas. Estábamos rotas, así que nos fuimos a dormir. Su cuarto tenía una gran cama, un tocador y un armario. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me di cuenta de que compartiríamos la cama. Estaría a su lado, compartiendo ese íntimo espacio con semejante monumento. Me imaginé siendo la envidia de cualquiera.
Me lanzó una camiseta larga para que me la pusiera a modo de pijama y ella comenzó a desnudarse sin ningún tipo de inhibición. Me coloqué de espaldas y me cambié todo lo rápido que pude; de hecho, cuando deposité mi ropa sobre una de las sillas, ella todavía se estaba quitando los pantalones.
—¿Qué estás esperando? —me dijo—. Métete en la cama.
La obedecí sin rechistar y me hice un ovillo, pues la cama estaba muy fría. Cuando ella acabó, hizo lo mismo y para mi sorpresa se puso detrás de mí y me rodeó con sus piernas y sus brazos. Sentí que se me paraba la respiración y que me iba a dar un ataque al corazón, que me mataría en ese mismo instante. De tener escalofríos pasé a tener unos sofocos como si estuviera en una sauna.
—Estoy helada, María. ¿Te importa abrazarme tú y pasarme tus manos por la espalda?
La verdad era que lo que me hubiera pedido en ese momento lo hubiera hecho. Nos giramos y ahora era yo la que suavemente pasaba por su espalda mi mano derecha, dibujando círculos y ochos. Ella agarró mi brazo izquierdo y me lo pasó por su cintura sujetando mi mano. Pegó completamente su cuerpo al mío, pareciendo una prolongación la una de la otra. Yo me sentía en el cielo y no quería que aquello acabara. La piel de Lisa era justo como me la había imaginado, con un tacto sedoso exquisito y su olor, a pesar de la noche que habíamos pasado, era una mezcla de vainilla y canela con algunas notas de madera de roble, que me llevaba a sentir una atracción física como hasta ahora no había experimentado.
De repente, Rock entró en la habitación. Le maldije por estropear el momento mágico que estaba viviendo. Se puso a hablar de temas sobre su casero. Se quejó del frío. Llevaba una camiseta de manga corta y un pantalón corto. «Normal que tenga frío», pensé, y se terminó metiendo en la cama de Lisa. Ahora la situación había cambiado y me empecé a sentir muy incómoda. Me encontraba entre Lisa y Rock. Ella se quejó, pero tampoco lo echó de forma tajante y yo no sabía qué hacer, así que fingí que estaba dormida. Al rato Rock empezó a tocarme explorando mi pecho. Después iba a meter su mano en mis bragas, cuando di tal salto en la cama que casi salí disparada. Sin decir nada, me vestí lo antes que pude.
—What’s going on? (¿Qué pasa?) —gritó Lisa.
Yo ni contesté. Allí los dejé enfadados, chillándose el uno al otro. Me di cuenta de que eran poco más de las tres de la mañana y que hasta las cinco no abriría el metro. Caminé sin rumbo hasta que pude apreciar por el movimiento de gente que el metro ya se había abierto. Me monté y me fui muy triste a casa de Ian. Cuando volvimos a coincidir en el turno, le conté a Lisa lo que había pasado. Se disculpó por el comportamiento de Rock. Yo no quise seguir hablando sobre el incidente, así que cambiamos pronto de tema.
Recuerdo que durante esa estancia en Londres visité la calle Oxford Street, como tantas otras veces había hecho en mis anteriores viajes, pero en esa ocasión quise ir a comprarme un traje de caballero adaptado para mí. Quise recrear lo que Kim Basinger y Mickey Rourke hicieron en una secuencia de la película Nueve semanas y media —una película estadounidense de 1986, dirigida por Adrian Lyne, escrita por Sarah Kernochan y Zalman King, que a mí me gustó mucho y, cómo no, me encantó su protagonista Kim Basinger, a la que hoy sigo considerando la mujer más sexy—.
El traje decidí que me lo pondría cuando volviera a Burgos, para así dar oportunidad a que alguna chica pudiera acercarse a mí. Recuerdo que la primera vez que me lo puse y me presenté en una de las zonas de moda de marcha «pija», repleta de gente, un chico me dijo:
—Mira, vestida como un hombre, una marimacho.
Y cuando me vio un buen amigo mío mayor que yo, me agarró de la mano y me dijo:
—Ven, te invito a una copa por los huevos que has tenido de presentarte aquí vestida de esta manera.
También me había hecho doble agujero en las orejas. Decían que podía ser un símbolo de ser gay. Pero volviendo a lo que iba a contar, yo seguía siendo virgen y me atormentaba no saber mi condición sexual, así que decidí probar y mantener relaciones sexuales con un chico: Ian. Él me quería y tenía mucha experiencia, lo que significaba que no tendría por qué salir mal.
Un día cuando regresamos del trabajo, comimos algo y nos pusimos a ver la televisión. Ian me preguntó cómo estaban mis padres y qué tal me había ido el día. Me empezó a dar consejos y recomendaciones, a lo que le recordé que no era ni mi padre, ni mi madre y que de él esperaba otro tipo de comportamiento.
Sin mediar palabra, me cogió en brazos y me llevó hasta su cama. Comenzó a besarme y yo le respondí activamente. Estaba muerta de miedo por lo que iba a pasar, pero también deseaba empezar a resolver mis dudas con ese premeditado encuentro sexual. Si hasta entonces no había hecho el amor era porque me hubiera gustado llegar virgen al matrimonio. Era uno de mis valores y estaba a punto de perderlo por mi necesidad de saber y descubrir más sobre mí.
Ian no paraba de besarme. Primero en los labios, luego por el cuello, llegando hasta el principio de mi canalillo. Acto seguido introdujo su mano derecha por mi camisa y hábilmente supo desabrocharme el sujetador. Mientras yo le daba suaves besos por la piel, él comenzó a soltar los botones de mi camisa.
—You are so beautiful! (¡Eres tan hermosa!) —exclamó.
—Gracias —le contesté tímidamente.
Ian se apresuró a seguir desnudándome. Soltó mi cinturón y luego se dirigió al botón de mi pantalón, esperando mi confirmación. Continué guiando su mano y le ayudé a desprenderme de la ropa, quedándome solo con mis braguitas.
Me separé de él, le miré con dulzura y le ayudé a quitarse la ropa. Apenas veíamos nuestras siluetas por la poca luz de una farola que entraba a través de la ventana. Cuando Ian ya estaba totalmente desnudo sobre la cama, vino hacia mí y continuó acariciándome la espalda, los brazos… mientras me besaba como no lo había hecho hasta el momento. Me invitó a que me quitara las braguitas y suavemente tocó el interior de mis muslos y llegó a mis labios, que masajeó con mucha delicadeza, haciendo que empezara a sentirme húmeda. Se puso sobre mí y pude notar su miembro erecto, lo que me excitó aún más. Le ayudé a ponerse un condón (en una ocasión, Lola nos había explicado a la pandilla cómo lo hacía). Al instante, introdujo un dedo en mi interior, como comprobando si estaba lista. Entonces se arqueó y me introdujo suave y lentamente su miembro viril. Acercándose a mi oído, me susurró:
—¿Te duele? ¿Quieres que me detenga? —Sabía que era mi primera vez.
Le contesté que no, que siguiera.
Apenas me estaba molestando. «Como soy tan deportista», pensé, «será lo normal».
Ian despedía un aroma agradable, dulce y balsámico, como a ropa recién lavada. Ese olor provocó en mí una sensación de tranquilidad y de estar en casa. Entonces, Ian empezó a moverse, mientras acariciaba mis pechos, lo que aumentó algo mi sensación de placer. Seguimos moviéndonos y oía gemir suavemente a mi amante. De pronto, incrementó el ritmo, gimió más fuerte («yes!, yes!, yes!», repitió) e imaginé que tuvo un orgasmo.
Noté que sacó su pene de mi vagina Mientras seguía algo erecto. Con la mano derecha agarró con firmeza la base del condón y lo enrolló para sacarlo con cuidado. Luego hizo un nudo en la abertura, evitando que el semen se derramara y lo dejó caer suavemente en el suelo, por su lateral de la cama. El olor de su semen no me resultó desagradable, ni fuerte. Me recordó a una mezcla de cloro y limón. Cuando acabó, me abrazó y se quedó dormido.
¡Qué pena y qué rabia sentía! Había dejado de ser virgen a mis veintitrés años con Ian Kierans. Por un lado, me entristeció hacer el amor por primera vez con Ian, en lugar de con alguna de las chicas que me habían gustado hasta el momento o con Álvaro. A este al menos le quise mucho. Por otro lado, hacerlo no me liberó de todas las dudas que tenía, sino que me generó más.
Es cierto que no me encantó, ni me llevó a sentir un orgasmo, pero no sentí asco, ni me disgustó. «Como no tengo experiencia, ni me conozco lo suficiente, quizás por eso no me ha gustado tanto», pensé. «Será algo parecido a cuando Álvaro y yo empezamos a besarnos sin experiencia. ¡Menudo desastre! Y luego, con el tiempo y la práctica, ¡vaya besos más placenteros!».
Lo que hoy puedo confesarte es que, si volviera atrás en el tiempo, no volvería a repetir lo que hice con Ian, pues mi primera vez resultó poco mágica y menos romántica de lo que yo esperaba. Creo que la primera vez tiene que ser con mucho amor por ambas partes, y no algo tan pensado y programado como lo hice yo y, sobre todo, sin nada de amor por mi parte.
Una profunda tristeza con trazos de rabia contenida recorría todo mi cuerpo, mientras podía oler una mezcla, hasta entonces, desconocida para mí. Una mezcla de la transpiración corporal masculina surgida a raíz del gasto de energía que habíamos producido en el acto sexual y la descarga de fluidos genitales. Una combinación muy ácida que para nada despertaba mi apetito sexual y que agudizaba y enturbiaba mis emociones encontradas.