Читать книгу Sobre hielo - Peter Kurzeck - Страница 9
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ОглавлениеEl nuevo cómputo del tiempo. ¿Es el mismo diciembre? ¡Como si me hubiera excluido de mi vida! La puerta cerrada, la llave perdida, la llave rota. He olvidado el nombre. Camino de vuelta inencontrable. Se nota en cuanto es demasiado tarde: ¡En ese mismo instante! La llave equivocada. ¿Quién soy? El siglo equivocado. En una ocasión en la Bockenheimer Landstraβe, a mediodía. De camino a la guardería. He estado escribiendo, y no me he puesto en camino hasta el último momento. Frío y como si me hubiera quedado en la calle. Puede ser que hablara conmigo y no pudiera dejar de temblar. ¿Quién es ese que va por ahí? ¿Alguien a quien conoces? ¿O sólo se le parece? ¿Una confusión, un abrigo de invierno, un error? ¿Pasado? ¿Una vida anterior? ¿Ninguna similitud? ¿El pasado en un libro? En diagonal detrás de mí. Un transeúnte, o al menos esa es la impresión que da. En la misma dirección. Me alcanza. Ya iba a concentrar toda la extrañeza como expresión en mi rostro (sombrío y ajeno, un rostro de mongol) cuando me di cuenta de que hacía dos años había leído seis poemas suyos. Mientras trabajaba en la tienda de antigüedades. Neue Rundschau, nº 2. Por aquel entonces aún tenía mi trabajo. ¡Se llama Harry, enseguida recordaré su apellido! Siempre estaba en las fiestas de cumpleaños de mi editor. Cuanto más avanzada la velada, tanto más digno y silencioso. Prosecco, Frascati, Whisky. Whisky y Grappa. También traducía para la editorial. Entretanto lo he saludado. Como alguien que siempre todo el mundo enseguida reconoce y sabe cómo es la vida. Y también quién es él. En todo momento. Por supuesto. Hemos caminado un trecho en la misma dirección. En una ocasión incluso nos prestó una tienda de campaña. Hace dos años, la semana antes de Pentecostés. Acababa de terminar mi segundo libro. Terminado en contra de mis expectativas. Mi amigo Jürgen me había dado ochenta marcos y dos sacos de dormir. A finales de mayo, el miércoles antes de Pentecostés. La genista empezaba a florecer al borde de todos los caminos. Y queríamos ir al bosque con Carina, Sibylle y yo. Aparte de mí, nadie sabe que en el último momento tengo que añadir un ultimísimo capítulo al libro ya terminado. Sibylle se va a recoger la tienda de campaña, porque por aquel entonces era la que, de nosotros, se encargaba del sueño. Del sueño, de la casa, de los días festivos, del mundo y del trato con él y del estado del mundo. Camino junto a él, ahora se me ocurren cada vez más detalles (una sombra de mí se ha detenido a clasificar esos detalles, aquí, ahora, en la acera; otra sombra camina delante, para el caso de que los niños ya estén esperando). Incluso he ido dos veces con él en coche. Un cenicero repleto en el coche. Tan lleno que ya no cierra. Un rápido Golf, naranja o naranja rally. Desde entonces saludo enseguida al pasar cualquier Golf, aunque no sea de ese color. Pero también a cualquier coche naranja, aunque no sea un Golf. Camino junto a él y apenas puedo seguirle el paso, tantos detalles ahora. También aún tengo en la cabeza las últimas frases de mi mañana a la máquina de escribir. Un capítulo sobre los paseos dominicales que nunca tuvieron lugar, y sobre los inútiles domingos en el campo. El pueblo de mi infancia. Antes de la separación, en otoño, ya había empezado ese capítulo. Sólo había querido escribir tres frases, y ahora no había manera de terminarlo. El manuscrito en casa, encima de la mesa. La casa ya no es mi casa. Y el tiempo tampoco es mi tiempo. ¿De quién es el tiempo? La separación, Carina, diciembre y una tiniebla en mi interior. Con esa tiniebla camino junto a él, y en mí reina un silencio de muerte. Trabajoso el camino, paso a paso. La Bockenheimer Landstraβe se arrastra delante de nosotros. El día es de hierro y rechina con todos sus eslabones y bisagras. No ha habido bastante tiempo desde la mañana. De la mañana siempre se llega un poco demasiado tarde. Desde hace días, desde hace años ya. He escrito hasta el último momento, y ahora camino junto a él con la fuerza de la gravedad (se llama Harry, ¡enseguida me acordaré de su apellido!). Junto a él, junto a mí y con lo perdido que estoy no he oído mi voz. Tan sólo sus respuestas. En cambio, él conoce mi segundo libro, o al menos lo ha tenido ya en sus manos.
Lecturas, dice, una lectura. ¿Has estado en Vau-Es? Periódicos, redacciones de periódico, la radio de Hesse. Recensiones, una radionovela, un Feature. ¡Un Feature es más fácil! ¡Pagan un adelanto por él! Y, al ver la interrogación escrita en mi rostro: lo que es un Feature lo decide el que lo escribe. O el que lo emite. Quizá también puedas, dice, Wolfgang Utschick y yo estamos ahora en el teatro. Como acomodadores de palcos. En la Schauspielhaus. Trabajo fácil. Mucho tiempo. Sólo hay que poner a la gente en su sitio. Ni siquiera eso. Te pones a la puerta, saludas con la cabeza y haces un gesto con el brazo. Se aprende fácil. Y tampoco hay que decirles algo. De traje oscuro. La mayoría de las veces no se dice una sola palabra. En cuanto la obra empieza puedes hacer lo que quieras. Sólo tienes que quedarte hasta el final de la representación, hasta que todos se han ido. Por si hay un fuego, para asegurarse de que nadie se haya quedado dormido. O ves la obra o te quedas, en tu calidad de acomodador, en la sala de espera. Hay una sala de espera propia. Hemos escrito una obra en el teatro. Wolfgang y yo, durante nuestra jornada de trabajo. El encargado es tal y tal. Inspector o inspector superior de la casa. O hay una plaza libre, o va a quedar libre enseguida. ¡Creo que aún están buscando a alguien! Y, si quieres, te puedes pasar el día entero escribiendo. O adentrarte en la noche después de la representación. Como quieras. La noche te pertenece. Y, dice, luego está el estudio de literatura de la radio de Hesse. La doctora Altenhofer. Llegamos al cruce. El número, dice, no llevo encima la agenda de teléfonos. El teléfono directo te lo dicen en la centralita. Llama y ve, o envíale un manuscrito. ¡Y mucha suerte! En el cruce: él sigue y yo me detengo. El libro va a ser mi tercer libro. Un domingo, dije a su espalda, o murmuré sólo para mí. ¡Anotar un domingo! Ahora ya desde octubre, desde finales de septiembre ya. Un domingo del año siguiente a la reforma monetaria. Y las mujeres con el trabajo diario en la casa, con el tiempo, con sus nombres, pensamientos y expresiones. En el pueblo las mujeres, de casa en casa. En cada momento vuelven a arrastrar su vida entera, una carta, una pesada carga. Durante toda su vida. Por aquel entonces, en el pueblo, los domingos eran tan cortos. Especialmente en invierno. Especialmente hacia el final del invierno. Si el invierno vuelve a darse la vuelta y quiere encontrar la salida. Mi próximo libro. Ahora este domingo, una y otra vez. Cuanto más escribo, más adentro de mí escribo. ¿Sigo siendo yo? ¿Sigue siendo el mismo diciembre? ¿Aún tienes aquella tienda de campaña? Como si, con la separación, mi vida estuviera ida y acabada. Quizá nunca llegue a ser un libro. Ahora mi sombra ha vuelto a mí. La misma que se había detenido a ordenar para mí los detalles. Se llama Harry Oberländer, me dice mi sombra. Seis poemas. Quizá él sea de pueblo. Lo veo irse a lo lejos. ¡Impertérrito! ¡Impertérrito! Un abrigo de invierno. ¿A dónde va? ¿Te han robado el coche? ¿Cómo escribiste una obra de teatro a dúo? ¿Cómo se titula la obra? ¿Tienes linternas de bolsillo en el trabajo? Ah, no, esos son los acomodadores del cine. ¿Cuánto paga el teatro? Hace dos años, la semana anterior a Pentecostés, en una ocasión una tienda de campaña tuya, ¡tienes que acordarte! Y ahora podría por fin empezar a explicárselo todo con calma. Una y otra vez, y cada vez mejor. En diagonal al otro lado de la calle. Mi sombra junto a mí. Otra sombra ya me estaba esperando al final del camino. Entre altos árboles, la puerta del patio abierta (¡siempre debe estar cerrada, para que los niños no salgan corriendo por descuido a la calle!). La casa ocupada de la Siesmayerstraβe. La entrada a la guardería. En diciembre, un día laborable, frío húmedo, un día turbio. Quizá los niños aún estén comiendo. El tiempo avanza hacia la una y media, o se ha detenido. Quizá haga ya mucho que avanza hacia la una y media.
Al teatro. Tal y tal, inspector. Por desgracia anoté enseguida el nombre y llamé ese mismo día. A mi propia costa (una llamada local). ¡Ya sabía que iba a quedar en nada! ¡Estaba convencido, pero sencillamente no quería creerlo! ¡Estoy impotente frente a mí! Poseído por la idea de que con este trabajo y unos ingresos regulares tendré enseguida un abrigo de invierno y una casa para mí y dinero para Sibylle y Carina. Un abrigo nuevo también para Sibylle. A Carina ya se lo compramos en otoño. Seguir vivo y tener un papel protagonista como acomodador de palcos. ¿Quizá incluso con linterna de bolsillo? Sostener la puerta a los visitantes o como sea (¡ya aprenderás!) y escribir día y noche. Llamé y dijeron que podía ir cuando quisiera y presentarme. A ser posible por las mañanas. Como mucho esperar unos minutos. Tiempo de espera, dijeron, agitadas voces al teléfono. ¡Así que mañana a las once! El teatro está en la Theaterplatz. Sin ese trabajo apenas podía resistir. Se me ocurrió que con ese trabajo, cuando lo tuviera, aún tendría más tiempo para escribir y para Carina que sin él. ¡Todo arreglado! ¡Y sin preocupaciones! ¿Quizá nunca más dormiría? ¡No dormir por lo menos durante unos años! ¡La noche pasada tampoco! Las nueve. El cielo cubierto. Es hora de ponerse en camino. Antes, dos o tres expresos. La cafeterita mediana. Aún no son las nueve. Sibylle con Carina a la guardería y de allí directamente a la editorial. Aún tengo sus voces en el oído. ¡Se han ido, se han marchado! Un anillo de hierro como suplemento al hornillo de gas, para que la cafeterita de expreso no se vuelque (¡les gusta volcarse!). Lo mejor es poner la llama muy baja y tener paciencia pero ¿cómo se consigue la paciencia? Entretanto, conmigo y con mi manuscrito y mi bloc de notas. Buscar rápidamente un par de pasajes en el manuscrito... ¿siguen ahí? ¿Cómo son? ¿Están siquiera ahí, dónde están, y qué me dicen? ¿Con qué palabras? ¿Y ver lo que quieren del autor? ¡Cuanto más busco, tantos más son los que aún quieren ser buscados! ¡Algunos se apiñan! ¡Buscar cada vez más deprisa! ¡Me abraso! ¡El papel empieza a susurrar! Entretanto voy rápido a la cocina. El expreso se ha pasado automáticamente de cocción. ¡Se ha consumido! ¡La cafeterita está casi vacía, y al rojo vivo! Oscuro el día, parecía que iba a ser más oscuro que claro. La torre de la televisión un dibujo en sepia. ¿Queda tiempo? Refrescar la cafeterita con agua fría. Desenroscarla, sacar el colador. Puede ocurrir. Y enseguida otra vez. Ahora la llama más fuerte. Por lo menos al principio (para compensar la pérdida de tiempo). ¡Y no olvidar bajar la llama a tiempo o el café se saldrá! ¡Pero me olvido! ¡Otros importantes detalles! ¡Puede ocurrir! ¡Es irritante, pero puede ocurrir! ¡Así que, con paciencia, otra vez! Tres veces. Exactamente igual que en los cuentos. ¡Menos mal que nadie se entera! Pero me he quemado un poquito los dedos. Y me he dado un golpe en la rodilla. Un día angosto. La cocina sigue siendo una cocina americana. A menudo se me ha fundido el mango de la cafetera (¡se funden en lentas lágrimas negras de baquelita, que gotean, tóxicas, grandes y pesadas en la llama, perdidas, inconsolables, y tiñen el fuego de azul manganeso, lila tormenta, verde semáforo!) Made in Italy. Italia está llena de historias de cafeteritas de expreso que explotan. Ahora por tercera vez. Sibylle compró en Peikert el anillo de hierro para suplementar la hornilla. Es una tienda especializada en menaje del hogar, en la Leipziger Straβe. Va a Peikert para sentirse unida a su abuela, tan capacitada para la vida. Allí ve el mundo con sus ojos (¿o es que el mundo no pertenece incluso a su capaz abuela?). Muy práctico el anillo de hierro, mientras uno no se quema con él. Sigo enseguida con el manuscrito. El domingo, el capítulo del domingo. En noviembre, acababa de empezarlo con total inocencia, y tenía que hablar de él todos los días, en cuanto Sibylle entraba por la puerta. Pero no hacía más que darle vueltas, de manera que al final ya no sabía lo que realmente le había dicho y cuántas veces, y lo que sólo estaba en mis conversaciones conmigo. En las conversaciones con uno mismo todo queda enseguida mucho más claro. No podía parar. Como en un solo y largo día. Luego la separación, y con la separación el nuevo cómputo del tiempo y ahora ya no puedo encontrar la salida del capítulo. El año siguiente a la reforma monetaria o el año después. Staufenberg, en el distrito de Giessen. Intento una y otra vez calmar a las amas de casa en mi cabeza. ¡Ya pensaba que iba a conseguirlo cuando empiezan a calmarme ellas! ¡No debo tener reparos, no debo preocuparme de nada! Sólo debo seguir, regirme completamente por ellas y meterlas así en el capítulo, escribirlo todo. En cuanto me quedo solo vienen y se secan las manos en el delantal, en sus delantales de pueblo de 1949. Delantales de pueblo en día laborable, delantales de cocina. También están los mandiles de establo y, naturalmente, los buenos, los delantales de los domingos. Vienen y hablan y no dejan de hablar. El esfuerzo, el trabajo, ¡que mire su vida, que mire sus manos! Me traen sus preocupaciones. Las oigo pensar (¡piensan cada vez más alto!). Tampoco ahora lo dejan, son así, y, en la cocina, el expreso se ha vuelto a quemar. ¡Por suerte no tengo testigos! Solamente la torre de la televisión me espía. Parece estar más cerca por la ventana. Primero parecía que iba a llover, y ahora las nubes parecen de nieve. ¿El tiempo? ¡Alcanzará, el tiempo! Vuelvo a poner la cafetera y miro el reloj. El único reloj que toleraba en la casa era un viejo despertador eléctrico, con un cordón, que estaba en el suelo del dormitorio detrás de un arcón y se arrastraba y retrasaba un poco. Polvoriento. De cara a la pared, le gusta esconderse. A veces también en el pasillo, en el armarito de los zapatos. Pone cara de dolor de estómago y da una carrera perdida al tiempo. En el zapatero no va, por el cordón, y además a los zapatos les da miedo. Así que miro el reloj, me miro y miro al tiempo y a la cafeterita. Y al cielo, si es que va a empezar a llover (a nevar). Y entretanto saco la bolsa de basura al patio, para no tener que ir al teatro con las manos sucias, o peor, que se rompa en el último momento (en el penúltimo rellano de la escalera). En la escalera, no dejo de pensar en Carina: una única y larga conversación, desde que llegó al mundo, pero ¿qué hacer ahora con la separación? La tercera semana según el nuevo cómputo del tiempo. La Navidad está a las puertas. Tiro la basura, no hay correo (el golpe en la rodilla me duele, ¡mi rodilla izquierda!) y, cuando vuelvo a subir, la cafetera se ha caído. ¿La habré puesto un poco inclinada, con las prisas, o se ha caído ella sola del susto? La torre de la televisión se inclina hacia la ventana. Es la segunda vez que me quemo los dedos. Limpiar el fogón, las diez y cinco (hace un momento aún era las diez menos diez). El práctico anillo de hierro para suplementar la hornilla parece un símbolo, pero ¿de qué? ¿Qué quiere decirnos? ¿No hay testigos? ¡Una última vez! La torre de la televisión cada vez más cerca. El cielo se asoma para mirarme por todas las ventanas. ¡A recoger rápidamente el manuscrito, para que pueda dejarlo solo! Preferiría llevármelo, pero entonces se mezclará con todo y me echará a perder la candidatura al puesto. Desde hace tres semanas, todas las noches sostengo conversaciones conmigo, una cama en la gran habitación. Sigue habiendo almohadas y mantas y cojines en esa habitación. Para jugar, para los desparrames irrenunciables en pleno día y, si hay visita, para las visitas. Ahora, una cama cada noche. Para mí solo una cama, en el avanzado silencio que sigue a la medianoche (¿es ese el tiempo que me queda?), y sigo perplejo. Esta vez llego a tiempo a la cocina. ¡Así que funciona! Sólo que, como se demuestra, esta vez por desgracia he olvidado poner el café. Sólo he hervido agua con el agua. Y he vuelto a quemarme los dedos. Los pulgares también (el pulgar derecho). Casi estoy dispuesto a quedarme sin expreso, pero no soy capaz de rendirme nunca. ¡Y menos en la desgracia! A enfriar con agua la cafetera y a volver a ponerle café. ¡Y a no perderme de vista, ni a mí ni a la cafetera!
Delante de la ventana, el día. Se oye cuando hierve. Como una pequeña y celosa locomotora, así es como se oye la cafetera. Y empieza a bufar, hierve, bufa y vibra. Y empieza a oler a café. Pero esta vez tarda. Esperas y el tiempo se te hace largo, siempre es así. Quedarse de pie y esperar. Normalmente las cosas salen por sí solas. Se ha pasado tantas veces de cocción que ya huele a quemado. Cada vez con mayor claridad. Pero, antes de tener alucinaciones olfativas y pensar en mi padre, lo hace aún con más transparencia (¡porque mi padre tiene el mejor olfato del mundo!). Paciencia, te dices, pero ¿de verdad puede tardar tanto? Otra vez a mirar el reloj, el día es tan oscuro y silencioso como si tuviera un mensaje para mí. Diciembre. Y cuando regreso a la cocina la cafetera ya empieza a estar al rojo. ¡He olvidado el agua! (¡Raras veces ocurre!) ¡Esta vez la cafetera ha estado a punto de explotar! Aún yace siseando en el fregadero, un shock, pánico, y se revuelve de calor y de miedo. Ya me había quemado antes dos o tres veces, pero esta vez me quemo de verdad, y además me golpeo la rodilla. ¡Sin agua! ¡Olvidarse del agua! Después de que ya haya salido mal mil veces, puede comprenderse. El café cocido hecho una bola, la junta de la cafetera quemada, goma, y apesta. Me quemo los dedos una y otra vez. La cabeza como hinchada. Me arde la cara. ¡Quizá tenga fiebre! Apenas es posible desenroscar la cafetera. Quizá se haya atascado para siempre. ¿Qué hacer ahora? A punto de llamar a Sibylle, cuando me acuerdo de la separación. ¡Hace mucho que es demasiado tarde, pero no sé estar sin ella! Ahora ¿la derrota como derrota y enseguida a un sanatorio (¡hay que mirar en la guía telefónica! ¿Dónde está nuestro plano de la ciudad?), o la segunda cafetera, la pequeña, y empezar otra vez desde el principio? ¡Justo una taza! Ahora la realidad regresa a mí. Ahora volvemos a empezar. Con cuidado ahora, para que el tiempo también se ponga en razón. Agua, exactamente la cantidad justa. El café. No demasiado flojo ni demasiado apretado. Presente. El cielo es mi testigo. La cafetera enroscada y lista, pero aún no puesta al fuego. ¡Primero la historia, hay que librarse de ella! Al menos por teléfono (¡de otro modo tendré que llevarla conmigo al teatro, y se colará en la entrevista de trabajo!). Mi amigo Jürgen en Portugal. Edelgard también está de viaje. Sibylle está en la editorial. Christa, en Nueva Orleáns. Jana, en España o en Suecia, casi no hay diferencia. Se me ha perdido Praga entera. Hundida. Bohemia está ahora en el fondo del mar. Wolfram en un adosado, ni siquiera sabía la dirección. Eckart desaparecido. Horst un monumento. Manfred en Giessen y sin teléfono. También hace mucho que no vuelve en sí de la embriaguez. No hay nadie aquí. No sólo he perdido mi trabajo con el preaviso legal, sino que después de la separación no me ha quedado ni un solo amigo. O al menos eso me parece ahora. ¡Llamar enseguida a Anne! Por suerte ya está despierta. La mayoría de las veces, lee toda la noche todas las noches. Siete veces, dije, normalmente sale solo. Un día angosto. Me he dado un sensible golpe en la rodilla izquierda, y ahora la rodilla está ofendida. Las rodillas son complicadas. ¡Siete veces mal, y me he quemado los dedos una y otra vez! ¡Y ahora ya es demasiado tarde! ¡Tanto expreso! ¡Y es una injusticia! ¡Ya es demasiado tarde, y aún así no puedo irme! Ahora por última vez, dije, ¡de lo contrario me volveré loco! ¿Quizá no fuera tan malo? ¡Una nueva experiencia! ¡De qué manera tan penetrante me ha mirado el cielo! El día lleno de vileza, silencioso. ¡Cada objeto es igual que un reproche! ¡Ahora es demasiado tarde, y aún así quiero mi expreso! ¡Quiero verlo y olerlo y probarlo y gozar de ese momento único de silencio y tiempo y paz conmigo! Y apurarlo y luego, deprisa: el día de hoy, quién soy y adónde... ¡no olvidar nada! Decírmelo todo de antemano y al tranvía, ¡deprisa! Apagar el gas, cerrar la puerta, memoria, agarrar la llave, ¡y desde ese momento todo bien! ¡Como siempre, siempre se consigue! Mientras se está en el mundo, se entiende, ¡mientras se sigue vivo y en uno mismo! Todo se consigue siempre en el último momento, ¡hasta ahora! ¡Precisamente en eso se diferencian los vivos de los muertos! También puede ocurrir que uno quiera tomar, deprisa, un expreso: que haya puesto al fuego la cafetera, ¡todo en orden! Pero que haya olvidado encender el gas, me dije, ¡también eso puede pasarle a uno! Los mangos de baquelita pueden fundirse, ¡y entonces hay que describir los colores de las llamas! El filtro atascado. Se te ha quemado ligeramente una juntura. Pero, por lo demás, cuando no se dispone de mayores recursos tecnológicos, una cafetera italiana es casi indestructible para un profano que tiene prisa. Ahora puedes volver a recoger la guía telefónica y el plano de la ciudad. ¡Hay que dividir el plano! El pasado también. Nueve años. Precisamente esta oscura mañana de diciembre casi me he rendido para siempre, pero luego no, ¡en el último momento, no! ¡Al menos sin derramamiento de sangre y explosión! ¿He quitado el gas? Con el horno eléctrico, las placas eléctricas y el calentador por inmersión he sufrido otras derrotas y reveses, pero también he salido victorioso. Pasado, azares, revelaciones. ¡Apagar el gas! ¡Apagar la luz! ¡Casi nunca he sufrido un gran siniestro por agua! ¡Experiencia! ¿Otro expreso rapidito? Es hora de ponerse en camino.