Читать книгу Capitalismo Natural y Economía Circular - Alejandro Pagés Tuñón - Страница 16
Dilapidando nuestra existencia
ОглавлениеContamos con múltiples indicios y evidencias de que, en los dos últimos siglos, el ser humano como especie ha modificado el entorno con una velocidad inusitada. En doscientos años hemos alcanzado una era de prosperidad, bienestar y riqueza sin precedentes en la historia de la humanidad, pues hemos transformado la economía de subsistencia y el modo de vida del hombre desde el surgimiento de la historia e incluso antes. No obstante, hemos desbordado los límites planetarios, que hemos definido como aquellos procesos que regulan la estabilidad y la resiliencia del sistema de la Tierra, los que incluso hemos cuantificado.2
El planeta en que vivimos, la Tierra, es nuestro hogar. Compartimos los reinos: animal, plantae y funghi con millones de especies de mamíferos, aves, anfibios, invertebrados, moluscos, árboles, flores y pastos, entre otros, además de organismos unicelulares virales y bacterianos. En la actualidad, hemos logrado una taxonomía de la vida en la tierra que nos muestra su amplitud y complejidad; no obstante, no hemos podido identificar y conocer la totalidad de las especies. Aún en este siglo, seguimos encontrando nuevos especímenes, incluso de mamíferos terrestres de gran tamaño; no se diga en el océano, que sigue siendo una de las fronteras inexploradas para el hombre.
En este entorno, el hombre moderno ha logrado un “éxito” evolutivo sin parangón: en primer lugar, al transitar de presa a depredador y escalar en la cadena alimentaria natural, y, en segundo lugar, al pasar de ser un organismo adaptado para sobrevivir a uno adaptado para transformar todo lo que lo rodea, aprovechando las fuentes de energía que la naturaleza provee. Pero la característica que nos hace únicos en la escala evolutiva es el desarrollo y la evolución encefálica, así como la capacidad de descifrarnos a nosotros mismos a través de la conciencia. El poder de conocernos a nosotros mismos, ser capaces de observar los fenómenos naturales, buscar explicaciones, encontrar soluciones para contrarrestar nuestras debilidades físicas y biológicas, así como modificar nuestros ecosistemas, son las cosas que nos hacen conscientes. Este rasgo se fue fortaleciendo a lo largo de la evolución humana, acompañado de la facultad para aprovechar la energía de formas cada vez más eficientes. Pero este éxito relativo no siempre fue tan claro para el ser humano en la escala evolutiva.
Por el momento, la mayor parte de la evidencia anatómica, paleontológica, arqueológica y genética da credibilidad a la perspectiva de que los humanos completamente modernos son un fenómeno evolutivo relativamente reciente. Así, la paleontología apunta a que el surgimiento de la especie homo sapiens u hombre moderno se remonta a unos doscientos mil años atrás, y sitúa la cuna de la humanidad en la región del sur de Etiopía, desde donde más tarde se dispersó por el mundo. A esta hipótesis se le denomina migración de África, y ha sido ampliamente aceptada. No obstante, otros consideran que el hombre moderno evolucionó en una gran región más vasta de Eurasia y África; esta es la llamada hipótesis multirregional.
Desde el punto de vista de la genética, los estudios más recientes señalan la posibilidad de que nuestro linaje provenga de una sola Eva mitocondrial que vivió hace unos ciento cuarenta o doscientos mil años. Sin embargo, estos estudios contrastan con aquellos que señalan la riqueza de nuestra diversidad genética y que, en los últimos millones de años, los antepasados de la especie humana mantuvieron poblaciones más o menos estables, de unos cien mil individuos. En tal caso, la teoría del cuello de botella o la Eva primigenia no se sostendría.
Aunque los paleo antropólogos siguen debatiendo sobre dónde evolucionó el hombre moderno y cómo se dispersó por el mundo, aún hay interrogantes respecto de si las poblaciones humanas modernas procedentes de África desplazaron a todas las poblaciones humanas allí existentes hasta producir en último término su extinción. Esta consideración es muy relevante puesto que el éxito relativo de la especie humana moderna parece haber tenido un punto de inflexión en algún momento de la historia.
Por otra parte, la teoría de la catástrofe de Toba establece que hace unos setenta mil o setenta y cinco mil años un cataclismo de proporciones épicas azotó al planeta. Fue la erupción de un mega volcán en la isla de Sumatra, en Indonesia, tan devastadora que llevó al ser humano al borde de la extinción. Según Stanley H. Ambrose:
[...] esto provocó una caída de la temperatura media de entre 3 y 3.5 °C, con un invierno volcánico global que pudo durar entre 6 y 7 años. En las regiones templadas generó una disminución drástica de las temperaturas globales de 15 °C en promedio, que debió producir múltiples cuellos de botella en las poblaciones de varias de las especies humanas que existían en la época: Homo sapiens en África, Oriente Medio y Asia, Homo erectus y Homo floresiensis en Indonesia y Homo neanderthalensis en Europa. Este cambio aceleró la diferenciación de las poblaciones humanas aisladas, conduciendo a la extinción de prácticamente todas las especies humanas, con excepción de los ancestros de los humanos actuales.3
El impacto estimado de este cataclismo redujo la población humana a un puñado de mil parejas reproductivas o alrededor de unos diez mil individuos. Esta situación precaria empujó al ser humano a migrar por todo el planeta, expandiéndose y poblando todos los continentes. A partir de entonces, comenzó en realidad la carrera humana por la vida y la conquista del planeta.
El dominio del fuego, la primera tecnología y fuente de energía disponible para el ser humano moderno, representó una de las principales estrategias para su subsistencia. Su relevancia trasciende a su poder calórico, pues impactó en la rápida evolución de nuestra especie, al permitir la encefalización, i. e., un mayor y más acelerado crecimiento del cerebro. Además, el manejo del fuego facilitó la preparación de los alimentos, la deglución de las proteínas animales y el ahorro de energías en la digestión. Por otra parte, fue factor de hominización4 al alargar las horas de luz, atemperar los cambios bruscos de clima y ahuyentar a los depredadores, lo cual contribuyó al desarrollo del lenguaje articulado. El uso del fuego también representa un momento clave de la evolución y adaptación, puesto que, por primera vez, un ser vivo fue capaz de aprovechar una fuente de energía distinta a las fuentes naturales como el sol o el calor geotérmico, que dan sustento a todas las formas de vida. Fue así que marcó, para siempre, el rumbo del ser humano en el planeta.
Otra de las razones por las cuales pudimos adaptarnos a los más diversos climas y espacios de la Tierra fue nuestra increíble capacidad de no discriminar en nuestra alimentación. Consumimos la mayoría de las especies de los distintos reinos: animal, Plantae y Fungi.5 Así, nos ha sido posible absorber energía para sobrevivir y lograr la colonización de los más diversos y extremos ecosistemas, en las regiones africana, europea, centroasiática, ártica, de Oceanía y todo el continente americano. Estas innovaciones culturales y neurológicas, de grandes proporciones para los humanos completamente modernos, resultaron ser particularmente exitosas, pues culminaron con nuestro dominio del planeta, a costa de todas las poblaciones de los homínidos que compartieron nuestra línea de tiempo.
¿Qué tan representativo ha sido el ser humano en la historia de la Tierra desde su formación? Si ponemos en perspectiva nuestro paso por el planeta, compactándolo en un año calendario, diríamos que estamos tan solo en el último segundo del último minuto del último día del doceavo mes del primer año. De los más de cuatro mil quinientos millones de años de su existencia, la humanidad apareció hace apenas unos doscientos mil.
¿Qué tan impactante ha sido el paso del ser humano en el medio ambiente de la Tierra? La respuesta es algo más compleja, pues su impacto transformador puede ya calificarse de cataclismo. El ser humano necesitó doscientos mil años para llegar a sus primeros mil millones de habitantes, pero solo ha precisado de doscientos años para alcanzar los siete mil millones; una cifra que se seguirá incrementando hasta los once mil millones de habitantes en 2100. Este crecimiento y multiplicación de la especie ha sido notable y sorprendente. Esto nos obliga ya a tratar con inteligencia los recursos naturales que son escasos, además de los que empiezan a encontrarse en situación precaria.6