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4. Nota sobre el texto y la traducción

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Esta traducción de la Física se ha hecho sobre el texto griego establecido por Sir David Ross (Oxford, 1936), al igual que todas las que se han hecho en Europa desde entonces. Con esto queremos decir que el trabajo que ofrecemos es sólo una traducción, no una edición crítica. Hablamos de edición crítica cuando se establece el texto griego en base a todos los manuscritos conocidos y todas las fuentes indirectas. Después de la célebre edición de Bekker (Berlín 1831), las únicas ediciones críticas que se han hecho son la muy meritoria de K. Prantl (Leipzig, 1854) y la ya citada de D. Ross. En cuanto a H. Carteron (París, 1926-1931), hoy sabemos que no colacionó los manuscritos que cita, sino que el texto y las variantes que introdujo los tomó de la edición de Bekker. Por nuestra parte, sólo en unos pocos casos nos hemos apartado de Ross 48 , tomando las variantes de su propia edición. Pero esta «lectura crítica», llamémosla así, la puede hacer cualquier lector que tenga en sus manos el texto griego y consulte su aparato de variantes.

Immanuel Bekker representó una etapa capital en la historia del texto. Los manuscritos conservados de la Física era más de ochenta (algunos completos, otros parciales), y Bekker los redujo a seis principales: el Parisinus 1853 (E), los tres Laurentiani (F, G, K) y los dos Vaticani (H, I). Posteriormente se encontró en la Biblioteca de Viena un manuscrito bizantino que era tan antiguo como el Parisinus (siglo X ) y que hoy conocemos como Vindobonensis 100 (J). El primero que colacionó las lecciones de este texto fue Ross, el cual tuvo también en cuenta los comentarios antiguos y las traducciones latinas medievales de las versiones árabes, y para el libro VII otros cuatro códices más 49 .

Hecha esta presentación, la pregunta que se impone es: ¿qué garantía de autenticidad ofrece esta obra? Porque se trata de un texto establecido por un editor moderno, primero por Bekker, mejorado por Prantl y luego por Ross, en base a los manuscritos conservados y la tradición indirecta, los cuales son copias de copias de copias, con la modificaciones que, voluntaria o involuntariamente, se introducen en estos casos: omisiones, correcciones, conjeturas, adiciones, notas explicativas, glosas interpoladas (téngase en cuenta que se copiaban para uso escolar). Hay que suponer tales copias descienden de un manuscrito bizantino que sería el arquetipo de todas ellas, pero nada sabemos. Hay que suponer también que ese supuesto «arquetipo» descendería, a su vez, a través de copias, de los que utilizaron los comentaristas alejandrinos (también las copias que ellos tenían ofrecían variantes), y hay que suponer asimismo que estos manuscritos descendían, a su vez, a través de copias, de los que Andrónico de Rodas editara en Roma en el siglo I a. C., y aquí tendríamos que hacer un nuevo acto de fe al suponer que su edición fue fiel al original, suponiendo que tuviera en sus manos el original y no una copia. En definitiva, no tenemos plena seguridad de que el texto de nuestros manuscritos sea el mismo que el de los rollos que tuviera en sus manos Eudemo tras la muerte de su maestro.

¿En qué consistió el trabajo de Andrónico como editor? Porfirio, en su Vida de Plotino (cap. 24), nos dice que, cuando recopiló los escritos de su maestro, no lo hizo según un orden cronológico, como era costumbre en su tiempo, sino que los agrupó por temas, «siguiendo el ejemplo de Andrónico el peripatético, que dividió los escritos de Aristóteles en ‘pragmatías’ (discursos sobre un mismo tema, tratados), reuniéndolos por afinidades temáticas». Pero esta ordenación por temas, que es válida referida a las partes, puede tener mayor alcance cuando se trata de un todo. Así, en el caso de la Metafísica es hoy opinión generalizada que la intervención de Andrónico fue decisiva, ya que no sólo unificó libros muy distintos como si fueran partes de una obra que antes no existía, sino que hasta el propio título se debió a él. Pero el caso de la Física era distinto, pues el antiguo título Perì phýseōs podía tomarse como un principio ordenador. Aunque hay división de opiniones entre los eruditos, pues algunos, apoyándose en Simplicio, piensan que la Física como obra unitaria se debe también a Andrónico, en el sentido de que unificó bajo ese título dos grupos de libros distintos (I-IV y V-VIII); otros suponen que la obra ya llegó unificada a manos de Andrónico. Sea como fuera, nuestra obra presenta una unidad «natural» que no tiene la Metafísica . En cuanto al libro VII, todos admiten que no se encontraba entre los rollos que Eudemo se llevó consigo a Rodas, y que su inclusión en la Física se debe a Andrónico 50 .

En cuanto a la cronología, a diferencia de lo que ocurrió con la Metafísica , el método genético propugnado por Jaeger ha modificado muy poco la idea que se tenía sobre el orden y la unidad de esta obra. El libro VIII parece el más tardío (para Ross 51 , su redacción habría que situarla en la segunda estancia de Aristóteles en Atenas (334-323); para Jaeger 52 , este libro no perteneció inicialmente a la Física ). En cuanto a la redacción de los restantes libro, la mayor parte de los eruditos 53 piensa que hay que situarla en una época relativamente temprana de la producción intelectual de Aristóteles, acaso en Atenas en los años inmediatamente anteriores a la muerte de Platón (348), acaso en los años inmediatamente posteriores, durante su estancia en Asia Menor (348-345). Del libro VII se piensa que fue redactado cuando todavía su autor pertenecía a la Academia, aunque los especialistas no se ponen de acuerdo sobre su relación cronológica con los demás libros. No vamos a entrar en los detalles de estas discusiones. Aquí sólo nos interesa la consecuencia que se sigue de ellas, a saber: que las diferencias cronológicas entre los ocho libros de la Física nos ponen de manifiesto que lo que al comienzo de esta Introducción llamamos, para entendernos, «Curso de Física», en realidad nunca fue dado como un todo unitario, sino que hay que tomarlo más bien como un conjunto de cursos dados en distintas épocas, y que algunos de ellos, según los datos que poseemos, es probable que se repitieran en más de una ocasión. ¿Qué tienen en común todos ellos? Al comienzo de los Meteorológicos nos da Aristóteles una lista de los cursos que ha profesado sobre la phýsis , y refiriéndose a los que corresponden a nuestra obra nos dice: «Hemos hablado antes sobre las primeras causas de la naturaleza y sobre el movimiento en general» (338a20). Pues bien, es en estos dos grandes temas, que en el fondo son uno, donde podemos ver la unidad de la Física aristotélica.

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Ésta es la primera traducción española de la célebre obra de Aristóteles. Trasladar su lenguaje al nuestro es una tarea que presenta no pocas dificultades, porque a la concisión característica de la lengua griega se añade aquí esa braquilogía típicamente aristotélica que hace que su manera de expresarse sea en ocasiones oscura y se preste a más de una interpretación. Por otra parte, el vocabulario explicativo de las lenguas europeas actuales sólo parcialmente traduce el que usaba Aristóteles, como dejamos consignado en múltiples ocasiones. Además, el aparato conceptual que aquí encontramos se formula mediante un lenguaje muy concreto, lo que constituye un nuevo desafío para el intérprete que se empeñe en no recaer en las terminologías abstractas de las versiones tradicionales. Además, se trata de unas lecciones que fueron escritas para los oyentes de su tiempo, llenas de supuestos y sobreentendidos que serían claros para ellos, pero que no lo son inmediatamente para nosotros, por lo que el traductor tiene que agregar palabras a fin de que el texto sea compresible para el lector actual: el desafío está en este caso en llegar a un equilibrio, en el que no falten ni sobren palabras.

En estas dificultosa tarea hemos contado con la ayuda de muchos estudios e interpretaciones de esta obra hechos en las principales lenguas europeas. Pero una cosa es comprender un texto, otra bien distinta traducirlo según las posibilidades y limitaciones de la lengua en que se lo vierte. Veamos dos características del español que parecen especialmente relevantes para el caso.

Una de las peculiaridades de nuestra lengua es la distinción entre ser y estar , la cual nos otorga unas posibilidades expresivas que otras lenguas no tienen. Ahora bien, es cuando menos dudoso que esta dualidad verbal sea una ventaja a la hora de traducir el lenguaje ontológico de Aristóteles. Porque es muy distinto hablar de «ser» en movimiento, en reposo, en otra cosa, en un lugar, en el tiempo, en el mundo, etc., con el sentido existencial y categorial que tienen esas expresiones en Aristóteles, que emplear el lenguaje del «estar», como es usual y natural en nuestra lengua. A juicio de este traductor, expresiones como «estar en movimiento» o «estar en reposo» sugieren en español la idea de un «estado» del móvil, es decir, de un «estar en el estado de movimiento o de reposo», con un sentido muy en consonancia con la idea de status en la física moderna; pero ya hemos indicado más arriba (vid . pág. 21) que para Aristóteles el movimiento no es propiamente un estado, sino un proceso , en el sentido de un llegar a ser, de un cambio en el ser. El movimiento no es un cambio de estado. Lo mismo se puede decir de la expresión «estar siendo», si con ella se quiere traducir el ón griego. Además, el sentido activo que tenía «ser» (eînai ) en el lenguaje filosófico griego indefectiblemente se pierde en el «estar». Violentando nuestra lengua, en los últimos capítulos del libro IV hemos intentado mantener el lenguaje del ser en las citadas expresiones a fin de que el lector repare en lo que Aristóteles quiere decir; pero como seguir con tal lenguaje a lo largo de toda la obra hubiera sido en extremo chocante, hemos recurrido al «estar» por ser más idiomático y natural en los usos de nuestra lengua. Queda advertido el lector.

Otra de las peculiaridades de nuestra lengua es el uso preferente de la voz media en ciertos verbos para expresar la misma idea que el griego o el latín lo harían en voz pasiva 54 . En Aristóteles todo el lenguaje sobre el movimiento es expresado con verbos en pasiva, incluso en el caso de los semovientes («movimiento» significa siempre para él «ser movido»). Aquí tenemos que decir de nuevo que una cosa es traducir un determinado pasaje por la correspondiente voz pasiva en español, otra bien distinta mantener tal traducción a lo largo de toda la obra, por lo que lo hemos hecho mediante las formas que son más naturales a nuestra lengua. Queda advertido el lector que cuantas veces se encuentre con «moverse» o «estar en movimiento» tales formas corresponden a verbos en pasiva.

No tenemos en español un vocablo que traduzca el participio presente griego ón . «Ente» sólo traduce por convención cierto aspecto del vocablo griego, pero no sugiere inmediata y naturalmente un sentido verbal activo de participio de presente —en realidad nuestra lengua ha perdido tales participios—, por lo que hemos tratado de evitar en lo posible tal vocablo; cuantas veces lo usamos es por una concesión al lenguaje tradicional.

El vocablo ousía , cuando Aristóteles lo usa técnicamente, lo traducimos por «substancia» siguiendo la versión tradicional, a pesar de que esta palabra no sea una traducción sino más bien una paráfrasis; en otros usos lo traducimos por «ser» o, en ocasiones, por «esencia». Como ya mostró V. García Yebra 55 , el vocablo «entidad», propuesto por ciertos acólitos de Heidegger para ousía , es una traducción imposible en los casos en que Aristóteles usa técnicamente esta palabra para significar el òn kath’ hautó , el ón propiamente autárquico, «sujeto» de su propia realidad, porque también lo accidental es ente.

Biarritz, mayo de 1994


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