Читать книгу Heredera por sorpresa - Diana Ma - Страница 9
Capítulo 4
ОглавлениеMi teléfono suena justo cuando salgo del edificio del casting. Es mi madre. Supongo que su sentido arácnido le ha indicado que era un buen momento para llamar. Suspiro y respondo.
—Hola, mamá.
—Gemma, soy mamá —dice mi madre. No es que no entienda cómo funciona el identificador de llamadas, sino que cree que es necesario anunciar quién es al principio de cada llamada.
—Lo sé, mamá.
Hablamos un rato y me lo cuenta todo sobre los hijos de sus amigas, que están en la universidad forjando un camino hacia el éxito y, al parecer, pasando el mejor momento de sus vidas. «Qué sutil».
—Mamá, se llama año sabático. Mucha gente se toma uno antes de ir a la universidad. ¡No es para tanto que quiera descansar un año antes de empezar la carrera!
—¿Recuerdas lo que ocurrió el verano pasado? Dijiste que ya no querías trabajar en el museo, que ibas a buscar otro trabajo, pero no lo hiciste.
—¡Trabajé durante dos veranos en tu museo y los fines de semana durante el curso! Necesitaba un descanso. —Paseo por la acera y tengo que obligarme a parar porque estoy llamando la atención de la gente que pasa—. Además, el verano pasado participé en una obra de teatro.
Resopla tan fuerte que puedo oírla.
—Los ensayos y las funciones eran por la noche. Así que podrías haber conseguido un trabajo, pero te pasabas todo el día en el sofá viendo esa serie.
Hay que reconocer que la miniserie La emperatriz de China, de noventa y seis episodios, requiere una gran cantidad de tiempo y dedicación.
—Esa serie era un drama chino, que a ti te encantan, y la protagonizaba Fan Bingbing, tu actriz favorita —le recuerdo con rigidez—. Pensé que querrías verla conmigo.
En realidad, había contado con ello porque mi chino es tan básico que tendría suerte de entender la mitad de lo que pasaba sin ella. Al final, mamá aceptó verla conmigo, pero solo para criticarla. Cuando era pequeña, mamá, papá y yo hacíamos maratones de dramas chinos, pero eso era antes de que decidiese que quería ser una actriz de verdad. Ahora, cualquier cosa que alimente ese sueño, de repente, supone una pérdida de tiempo.
—¡Esa serie no representa para nada la vida de la emperatriz Wu Zetian!
Mamá tiene más conocimientos de la historia de China que una persona común gracias a su licenciatura en Historia del Arte y a su interés por la cultura china, pero, como Wu Zetian vivió hace miles de años, ni mamá ni cualquier otra persona pueden saber de verdad cómo era la emperatriz de verdad. Además, la inexactitud histórica nunca le ha impedido disfrutar de los dramas chinos sobre monjes voladores y doncellas guerreras mágicas.
—¡Creo que la serie hizo un buen trabajo! Al menos no retrató a Wu Zetian como una ramera de la corte sin corazón que mató a su propia hija para inculpar a una rival.
La mujer que pasa junto a mí en la acera me mira alarmada. Le dedico una sonrisa que dice: «De verdad, soy una persona totalmente normal que solo está hablando de rameras de la corte y de infanticidios en una calle pública muy concurrida». La mujer se apresura sin mirarme a los ojos. Bajo la voz:
—Pensé que apreciarías una representación de Wu Zetian como una madre que llora el asesinato de su hija en lugar de una emperatriz sedienta de sangre.
—Por favor —responde mamá con desdén—. ¡Hicieron que Wu Zetian pareciera una inocente enamorada que dejaba que todos la pisotearan! Esa chica no podría haber dirigido una casa, ni mucho menos un país entero.
Coincido con ella. La emperatriz Wu no fue la única mujer gobernante de China por ser la damisela en apuros que La emperatriz de China muestra. Aun así, la experiencia me recuerda que no debo darle la razón en una discusión.
—Mira, solo digo que Fan Bingbing nos mostró a una Wu Zetian mejor que la que nos dieron los historiadores masculinos de la corte.
—La serie solo cambió un detalle incorrecto por otro que también lo era, lo cual no la hace mejor. —Así que ¿ahora mi madre pretende saber lo que sucedió en la época de la dinastía Tang? Eso solo demuestra, una vez más, lo cabezota que puede llegar a ser. Mi madre es la persona con más fuerza de voluntad y determinación que conozco. Por eso habla un inglés casi perfecto, a pesar de que llegó a Estados Unidos ya en la edad adulta—. Además, no me gustan las ideas que te ha dado esa serie.
—¡Lo que realmente quieres decir es que no apruebas nada que me inspire a ser actriz! ¡Quieres que sea doctora, abogada o algo similar!
De acuerdo, reconozco que es una acusación injusta. Mi madre nunca me ha presionado para que me matricule en una carrera concreta. Además, tampoco se podría decir que su propia formación en Historia del Arte sea un camino convencional hacia el éxito.
—¿Quieres ser actriz? ¡Muy bien, sé actriz! Pero ¡actúa con cabeza y ve a la universidad primero! ¿Crees que llegué a ser directora de un museo porque vi un cuadro y me «inspiré» de la nada? —Toma aire de forma audible—. Pero no se trata de que quieras ser actriz. Es que no me gusta esa serie. ¡Luan qi ba zao! Te llena la cabeza de tonterías. ¡Kai wan xiao!
Ahora sé que no está diciendo la verdad. Acaba de utilizar sus dos insultos más mordaces. Luan qi ba zao, que significa «desordenado y caótico», y lo emplea en ocasiones para referirse al estado de mi habitación. Kai wan xiao, que quiere decir «tienes que estar de broma», está reservado para los precios demasiado altos. Nunca ha utilizado ninguna de las dos frases para describir algo artístico. Uno pensaría que mamá, como directora de un museo, sería una esnob en lo que a arte se refiere, pero es todo lo contrario. No le gusta criticar ningún tipo de arte, y mucho menos a sus queridos dramas chinos. Por eso sé que el verdadero problema está en que yo quiera ser actriz.
—¡La serie no es una tontería, y lo sabes! ¡Y tampoco lo es que aspire a ser actriz!
Ella ignora mi arrebato:
—¿Ya tienes un trabajo?
Mi silencio responde a su pregunta, y añade con tono suave:
—Podemos darte qian para el alquiler.
«Dinero». En el fragor de nuestra peor pelea, mamá juró que no me apoyarían si no iba a la universidad este otoño, pero debería haber sabido que al final se retractaría de su amenaza. Estoy segura de que no le ha resultado fácil dejar atrás su orgullo de esa manera, pero yo también tengo el mío.
—No, gracias.
Ella suspira:
—Tu padre creció en la pobreza, ¿sabes?
Parpadeo sorprendida. Mis padres nunca hablan de su pasado.
—Está muy preocupado por ti —admite mamá—. Delun —eleva el tono de voz—, ¡ponte en la otra línea y dile a nuestra hija lo mucho que te preocupa!
Mis padres son las únicas personas que conozco que todavía tienen un teléfono fijo además de sus teléfonos móviles.
—Mamá —gimoteo. Lo último que quiero es tener una conversación con papá sobre su preocupación por mí. Hablar de sentimientos siempre le hace sentirse incómodo.
De fondo, escucho que dice:
—Lei, no es necesario.
Mamá lo ignora y añade:
—No quiere que tengas que preocuparte por si podrás comer o encontrar un lugar en el que vivir como le pasó a él. Ahora se pone al teléfono papá.
«Vale. Allá vamos».
Papá coge el teléfono:
—¿Cómo va tu economía, Gemma?
Así es papá, directo al grano. Pero, en su idioma, «¿cómo va tu economía?» significa, más o menos, «te quiero». Además, a diferencia de mamá, él nunca hace amenazas de manera impulsiva que después vaya a contradecir. A él tampoco le gustó que aplazara mi acceso a la universidad, pero no me amenazó con quitarme la ayuda económica.
—Bien —miento.
—Hao.
—Estoy bien —repito.
Se produce un silencio incómodo.
Mamá interviene y me rescata:
—¡No está bien! —Bueno, más o menos.
—Lo estoy, mamá, de verdad. Papá y tú no tenéis que preocuparos por mí. —Hago una pausa—. No sabía que papá había crecido en la pobreza. ¿Tú también?
Mi padre hace un ruido ahogado y oigo el clic del teléfono que indica que ha colgado.
—No —responde mamá—, pero no tenía nada comparado con todo lo que he conseguido hasta ahora. ¿Sabes por qué? —«Aquí viene: porque trabajé duro y porque fui a la universidad». Pero mi madre es demasiado inteligente para hacerlo tan obvio—. Porque tu padre y yo nos tenemos el uno al otro, y te tenemos a ti. Solo quiero lo mejor para nuestro bao bei.
Ahora ha sacado la artillería emocional pesada. Cuando era pequeña, mi madre me llamaba bao bei, que significa «tesoro». Y, en caso de que eso fuera demasiado sutil, mi padre se refería a mí como «Gem» para abreviar. Soy su gema, su tesoro; lo entiendo. No me siento presionada en absoluto.
—Crees que irás a la universidad después de este año «sabático» —asegura—, pero sé lo que es ser joven e impulsiva. Es muy fácil distraerse de lo importante y, créeme, te arrepentirás durante el resto de tu vida si pierdes de vista lo que merece la pena de verdad.
Esta mujer está desaprovechada como directora de museo; podría impartir lecciones de teatro.
Alzo la voz para que se me escuche por encima del estruendo de los coches que circulan a toda velocidad a mi lado y digo:
—Sé lo que es importante para mí, y es actuar. No es una decisión impulsiva ni una distracción. ¡Es mi vocación!
—No te pido que dejes de actuar. ¡Solo digo que primero vayas a la universidad para que tengas otras opciones! ¿Cuánta gente se gana de verdad la vida con la interpretación?
«Es hora de cambiar de táctica».
—Sara Li se tomó un año sabático, y su madre no se lo echó en cara.
Esa pobre chica necesitaba un año sabático tras haber soportado interminables bromas sobre su nombre desde la escuela primaria. Hasta el día de hoy, Sara Li no puede mirar un postre helado sin estremecerse.
Por una vez, mamá permanece impasible ante la mención de la hija de su mejor amiga.
—No tienes que ser como Sara Li.
«¿De verdad?». Toda mi vida he oído a mamá hablar de la perfecta Sara Li, ¿y ahora me dice que no necesito ser como ella? (Si Sara no fuera mi amiga, la odiaría).
Luego, cae en su costumbre de adorar a Sara Li y añade:
—Además, Sara Li se matriculó en Harvard. —Es como si mamá no pudiera contenerse.
Aprovecho lo que acaba de decir:
—E iré a la universidad el próximo otoño, como hizo Sara después de su año sabático. ¿Estarías más contenta si hiciera lo mismo que Sara durante su año sabático? —«Oh, no, no vayas por ahí, Gemma», pero mi estúpida boca es más rápida que mi cerebro—. ¿Ir a Pekín?
Se hace un silencio glacial al otro lado de la línea y se me seca la garganta.
A lo largo de los años, he elaborado un montón de teorías descabelladas sobre por qué mi madre no quiere que vaya a Pekín. Un pretendiente a quien rechazó convertido en acosador. Un pasado criminal. La mafia china (si es que existe tal cosa) le ha puesto precio a su cabeza. O, tal vez, solo piensa que el aire no es saludable. De vez en cuando, dejo caer una teoría con la esperanza de sorprenderla para que se le escape algún detalle, pero nada ha funcionado hasta ahora. Con el tiempo, aprendí a dejar de insistir. Para ser una mujer a la que le encanta hablar, a mi madre se le da increíblemente bien el «trato silencioso». Aunque no suele usarlo conmigo. Solo cuando le pregunto sobre Pekín o sobre su familia.
Sara Li tiene una hermana, abuelos por ambas partes y un montón de primos, tíos y tías. Algunos viven en Estados Unidos, otros en Taiwán y otros en China, pero lo importante es que los tiene. Lo cierto es que nunca he sentido envidia de sus notas ni de sus premios, pero sí que estoy celosa de su familia, llena de hermanos y parientes. Yo no tengo a nadie más que a papá y mamá, por eso sospecho que la razón por la que no puedo ir a Pekín no tiene nada que ver con acosadores, delincuentes, la mafia o la contaminación del aire.
Tiene relación con la familia de mamá.
Papá, al menos, habla de la suya… o de la ausencia de ella. Es huérfano. He intentado preguntarle a él por qué no puedo ir a Pekín, pero eso tampoco funciona. Papá no permanece en silencio como mamá, pero sí que me mira con los ojos muy abiertos, con pánico, y me otorga un confuso «habla con tu madre» mientras huye de mí.
Por fin, mi madre habla:
—Haz lo que quieras con tu vida —añade con frialdad—. Pero no pongas un pie en Pekín. No tienes ni idea de lo que pasará si lo haces.
Repite lo mismo en un chino lento y preciso. Luego cuelga.
Se me forma un nudo en el estómago. Aquí estoy, de pie, sola en medio del boulevard Washington después de haber fracasado en un casting.
Y ahora me siento aún peor tras haber hablado con mi madre. La ira se apodera de mí. ¿Por qué mencionar Pekín supone un problema? Me enfurece todavía más pensar en que volverá a llamar dentro de una semana y actuará como si no hubiera pasado nada, como si el tema de Pekín nunca hubiera surgido. Dentro de poco, volverá a recordarme lo que me estoy perdiendo por no ir a la universidad. Como si ella supiera a la perfección lo que es mejor para mí.
Sin embargo, lo cierto es que mi madre no me entiende. Cree que soy demasiado impulsiva porque todas las decisiones que ella ha tomado en su vida son muy lógicas. Incluso Sara Li tiene una vena rebelde, pero mi madre no. Ella nunca se ha desviado del camino convencional hacia el éxito. Estoy segura de que nunca ha tomado una decisión precipitada en su vida, y quiere que yo siga sus pasos. Sin embargo, no me parezco a ella en absoluto.
Los coches pasan a toda velocidad por la concurrida carretera, lo que subraya que soy la única que no tiene adónde ir.