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Algo para contar…

Debo haber escrito alrededor de treinta historias, de las que se salvaron apenas doce, que son las que constan en el presente volumen. Hablo de la época en que mi fervor literario se repartía, por igual, entre el relato y la poesía.

Unas treinta historias… ¿Qué sucedió con el resto? No lo sé, realmente. Presumo –algunos indicios abonan en esa dirección–, que alguien tomó una de las carpetas de mi biblioteca sin molestarse en devolvérmela luego. Cuando me decidí a formular la pregunta clave, después de un viaje para cumplir compromisos con la televisión, tal persona ya no estaba al alcance de mi ánimo inquisidor. No existe otra explicación posible porque he sido de aquellos que llevan sus cosas en orden, minuciosamente, un parroquiano muy dado a los archivos y a la clasificación de documentos. Mi condición de periodista me impuso celo y disciplina en el manejo de los papeles.

Lamenté en su momento una pérdida que pudo desalentar, aunque sea transitoriamente, mi ejercicio de escritor. Ni siquiera intenté rehacer el trabajo. Se trataba –pensamiento sincero–, de una colección de relatos con una temática original, un ejercicio lingüístico apropiado y una cierta brisa recorriendo su entramado que se me antojaba mágica. Ahora publico el material existente, en la esperanza de que reivindique a la colección que se extravió con su acarreo imaginativo.

Una precisión, que constituye un ruego al providencial lector de este libro: que no se afane en “descubrir” supuestas influencias en los doce cuentos que se cobijan con el título de “Los pájaros prefieren volar en la tierra”. Soy hombre de variadas lecturas, que ha sabido procesar y depurar los valiosos aportes que cayeron en sus manos. No creo haber hecho méritos para ganarme un sitio en la lista de los que copian textos ajenos.

El tiempo y su devenir, es obvio, moldean el talante del creador, su carácter, perfeccionando también el instrumento de que se sirve para la realización de su obra. Me refiero a la lengua, al idioma y sus misteriosos dédalos. Esto explica el ropaje y la encarnadura de mis narraciones, que pueden mostrarse distintos a lo largo del manuscrito.

Me parece oportuno recomponer la siguiente memoria: tenía trece años cuando me atreví a borronear mi “primicia” editorial. Entonces asistía al primer curso del Colegio Nacional “Juan Pío Montúfar” de la ciudad de Quito. La ficción se llamaba “Taita José” y su redacción a hurtadillas fue el pretexto para que mi maestro de Literatura, el doctor Gustavo Alfredo Jácome, me expulsara de la clase porque sospechaba que no atendía a su esclarecedora prédica. Luego apoyó mi temprana afición por las letras. Pues…, “Taita José” ganó un concurso intercolegial de cuento. Posteriormente se publicó en “Letras del Ecuador”, revista de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, enriquecido por una ilustración del célebre dibujante Carlos Rodríguez.

En las páginas que se apresuran ahora mismo van las narraciones cortas, livianas, menos densas y las que contienen mayor sustantividad argumental. Pero ojo: todas las versiones cuentan con mi adhesión y mi confianza. No soy un padre que reniega de ninguno de sus hijos.

DOS

7 de junio de 2019

“Conoció la penosa búsqueda de la

palabra exacta, de una cadencia que

fuera armoniosa y a un tiempo no

demasiado regular”:

Louis Cazamian

al referirse a Robert Louis Stevenson,

autor de La Isla del Tesoro, y su

atento cuidado del arte de escribir.

“… Es el trabajo de enfrentar cada palabra. Ellas

tienen un sonido, un color determinado, una

música y hay que elegir la mejor”:

Evelio Rosero Diago, escritor colombiano.

“Hay que ser valiente para atreverse

a escribir cuentos”:

Alejandro Carrión

en el prólogo de Arcilla Indócil,

libro de Arturo Montesinos Malo.

“Un narrador no puede dejar de ser

un poeta porque la prosa debe

tener un ritmo, una música, una cadencia

igual a la de la poesía”:

Sergio Ramírez,

escritor nicaragüense,

Premio Cervantes 2017.

A Juan Luis Oquendo Hidalgo,

abogado y poeta, músico y soñador,

un socialista convencido que litigó

con excepcional talento, sin fijar honorarios,

a favor de los pobres y los desamparados.

Al padre que apenas pude entrever

en medio de sus cabalgatas de Quijote irredimible.

Mi madre se llamaba Matilde Edelina.

Fue una mujer inteligente y hermosa, desprendida,

emprendedora, angustiada porque no faltara

el pan de cada día, que con frecuencia

fue lo único que se llevaba a la

sencilla mesa hogareña.

Mi homenaje a su memoria que no me

desampara, después de una larga

caminata iluminada por su ejemplo.

Los pájaros prefieren volar en la tierra

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