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¿Alguien dijo que el paraíso está lejano?

El encargado de la agencia de viajes les entregó los pasajes, al tiempo que advertía con una sonrisa cómplice:

–Debieron reservar tres pasajes de regreso…

–…O cuatro. La mujer de mi hermano Luzbel acaba de tener gemelos.

–Ángel…–protestó ella tímidamente. El rubor se extendió por sus mejillas.

Ángel se volvió hacia su flamante esposa. Sus ojos brillaron con intensidad. Le deslizó un brazo por la cintura.

–Ángel…

El marido la besó en los labios.

–Ángel…

Las mejillas lucían encendidas.

–¡Feliz luna de miel!

La escena había puesto nervioso al encargado de la agencia de viajes.

Soplaba el viento. Ella se apoyó en el compañero, mimosamente.

–Siento frío.

–Al contrario, yo estoy ardiendo. ¡No sé cómo puedo resistir, Celeste!

Se habían detenido en la vereda. Las manos del muchacho tomaron a Celeste por los hombros. La miraba con apasionado deleite. Era casi una niña. Los ojos oscuros, grandes, absortos, brindaban a su rostro una expresión de inocencia, ni se diga su nariz respingada. Sin embargo, los labios carnosos dispuestos a resistir cualquier mordedura, ponían en duda el candor de la doncella.

–Ángel…

Repitió el nombre de su marido, un mocetón de veinte años, espigado, atlético. El cabello castaño le invadía la frente, enalteciendo las pupilas expresivas.

–Mañana…Caerá la nieve. Arderá el fuego en la estufa. Aunque no será necesario…Escucharemos jazz. Tú sabes cómo me altera. ¿Recuerdas en la fiesta de Santo? Tu respiración era agitada. Estuviste a punto de lanzar un grito. Yo apenas te rocé…Era música de jazz. Mañana…Tu piel se abrirá como una flor fresca bajo mis dedos, que llevarán el compás de la melodía. Reconocerán tus espaldas, descenderán por las vértebras lenta, armoniosamente, palpándote, reconociéndote, hundiéndote las yemas…

–Ángel… –murmuró ella, estremecida. La saliva de su boca, al adensarse, cobró una extraña gelidez. Un temblor se originó en sus pantorrillas. Ascendió, debilitándola.

–¡Oh, si las sábanas fuesen rojas! Entonces tu palidez, las venas azules, los vellos cobrizos brillarían con un solo resplandor! Guiado por esa luz sinuosa mi boca emprendería un viaje sin brújula. Mañana…

–Ángel…

–¡Celeste!

–La gente nos observa, Ángel.

El muchacho experimentó un sobresalto. Echó un vistazo furtivo.

–Perdóname, amor. Pierdo la cabeza.

–Olvídate. Debemos apresurarnos. El vuelo nos espera.

Un rayo púrpura atravesaba el horizonte. Distantes, irreales, las estrellas.

–Ángel, ¿me amas?

–¡Es algo asfixiante!

–Yo siento lo mismo.

–¿Es cierto?

–Tengo vergüenza, eso es todo.

La mano de él, deslizándose con sigilo, alcanzó la rodilla de su esposa. La mantuvo allí algún rato, expectante. Los ojos de Celeste entraron en eclipse. Su rostro se adelantó como buscando una ventana invisible, una bocanada de aire generoso. Respiraba con los labios entreabiertos. Imperceptiblemente la mano oculta empezó a girar…

–Ángel…

–¡Amor mío!

–Mañana…–suplicó ella, desfalleciente.

–Las horas se prolongan hasta el martirio, Celeste ¡El deseo me agota! ¡Cuántas vigilias encajando, a ciegas, las ignoradas piezas de tu cuerpo!

–Ángel, ¿me amas?

–¿Lo dudas? ¿Te asusta la hoguera en que me consumo? ¿Quién alimenta las brasas?

–Ángel… Por favor…

La mano abandonó la rodilla. Se crispó desesperada, impotente. Había desaparecido el rayo púrpura. Flotaba la penumbra en el interior de la nave.

El cielo inauguró un azul profundo. El sol doraba las nubes. Nunca su luminosidad amaneció tan cerca.

Había llegado el día esperado. En breve aterrizarían. Contempló el sereno rostro de su pareja.

–Ángel…

Enmudeció sobrecogida por la sorpresa. Dos blancas alas reemplazaban al cuerpo magnífico de su marido. Celeste intentó frotarse los ojos, incrédula: era imposible hacerlo con sus propias alitas blancas.

Los pájaros prefieren volar en la tierra

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