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CARTAS A LA MUJER TINERFEÑA [I]

Lectora amiga:

Deseaba encontrarme frente a ti hace mucho tiempo, casi tanto como el que he dejado de verte. He vivido dos años a tu lado, y tú, tan dulce, tan humilde, tan maternal, me has enseñado a amar todas las cosas de un modo más suave y apacible. Estoy, pues, en deuda contigo y quiero pagarte del único modo con que las deudas de amor se pagan: con amor.

Quiero hablarte de mis paisanas, y que sepas de sus inquietudes. Hay ahora una efervescencia en el mundo femenino de la que no puedes estar tú alejada; la mujer empieza a ser consciente de su misión y sale de su hogar con el ánimo de redimir a los débiles, de auxiliar a los niños y a los ancianos, de remediar lo que los hombres han abandonado ya como irremediable.

Con estas mujeres, que tratan de serlo cumpliendo su alta misión de amor, hay otras más inconscientes o más infantiles, y así, en este revuelo femenino están el fox junto al mitin feminista, el mah-jong mezclado con la conferencia y el Club de Mujeres con el cigarrillo, el voto y el abolicionismo.

No hay que desanimarse por ello; esta inquietud vibrante y nerviosa es siempre la que precede a las grandes determinaciones. Es la mitad del género humano, hasta ahora recluido en su hogar, el que quiere resolver los problemas para los que el hombre no ha encontrado solución.

¿No has visto, mujer, soltar palomas mensajeras? Suben muy alto y empiezan a dar vueltas y vueltas sobre el lugar de su partida; a veces se pierden, casi, en lo azul de los cielos, y vuelven después a bajar, desorientadas y aturdidas. Parece que van a caer, pero otra vez remontan el vuelo y tornan a dar vueltas y vueltas; hasta que, al fin, un instinto maravilloso les señala el camino en la inmensidad del espacio, y ya, seguras de la dirección, parten orientadas y decididas.

Esta es nuestra situación en estos momentos. Acabamos de salir de una vida en la que todo nos lo daban hecho; sólo se nos exigía saber cuidar del hogar y de nuestros hijos —aunque la mayor parte no supiera—.

Por egoísmo nos han empezado a enseñar algo más de lo que hasta ahora parecía necesario saber, y al abrir los ojos a la nueva vida nos encontramos con que este hogar grande, que llamamos Patria, es como la casa de un viudo con hijos, en que todo es triste, duro, desolado, porque no hay mujer. Hay tanto que arreglar en esta casa sucia y sin gracia que no sabemos por dónde empezar y damos vueltas desorientadas, sin saber si es más necesario poner paz en las peleas de los niños o un jarro con flores en la mesa del comedor.

La Prensa, 3 de abril de 1926

El camino es nuestro

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