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Fabián Espinosa detuvo por completo el motor del Jeep. Lo hizo para ahorrar combustible, conscientemente, mientras dejaba a los turistas justamente donde le había indicado su padre: al pie del cafetal. En el equipo de audio sonaba, por segunda vez, la cumbia «Ojitos mentirosos»; en el exterior las chicharras. Allí, una vieja cabaña de madera con techo de chapa de cinc, ennegrecida por el infalible óxido que trae el paso del tiempo tropical en su doble condición de magnitud física y circunstancia climatológica. La caseta estaba encajada en una ajustada terraza que había sido escarbada al cerro a base de pico y de pala con el esfuerzo que en su día alimentó la esperanza. Su puerta de tablas estaba concienzudamente amarrada al cerco con las vueltas de una gruesa cadena firmemente enhebrada por un candado nuevo reluciente de cuerpo dorado y varilla plateada.

Ya desde allí, las vistas del valle son impresionantes y la pista de tierra ya no se dirige hacia ningún otro lugar civilizado. Lo que hay más allá es abrupto, salvaje, naturaleza, puro resguardo indígena: el corazón del mundo, lo llamamos. Tan solo se percibe una veredita estrecha que sube hasta Mamaluma, tallada suavemente por unas cuantas pisadas de personas menudas y por las pezuñas de sus animales domésticos, como camuflándose a propósito con la hierba para desaparecer fácilmente al alargar la vista.

–Aquí es –les informó Fabián–. No se dejen nada.

Mientras los turistas descargaban sus pertenencias, Fabián descargó unos costales vacíos de café que llevaba en la trasera de su vehículo y los guardó en el interior de la cabaña. De allí recogió dos cajas de cartón del tamaño de un cajón de cervezas cada una y las colocó en el asiento trasero del Jeep. Para entonces los turistas ya habían descargado sus mochilas junto a unos troncos que alguien había apilado cuidadosamente en una explanada de mortero sobre la que se secaba grano de café. Al pie de esta, una poceta de ladrillo enlucido, igualmente con pasta de cemento, y en su poyete una máquina vieja de despulpar tapada con un saco de yute vacío en el que se leía, marcado con tinta negra, el nombre del país, mostrando así el origen del producto nacional por excelencia y el peso neto que cargaría el costal estando lleno: setenta kilos.

A lo lejos, sobre el recodo del camino que escala la primera loma de ese paraje, que se conoce con el nombre de Uranio, distinguieron fugazmente a una mujer jaguarí. Tenía el pelo muy largo y suelto, y vestía totalmente de blanco. Llevaba los pies desnudos y cargaba a la espalda una abultada bolsa blanca de tela de algodón sujeta a su frente con una cinta larga a modo de asa para hacer el peso más llevadero. Por delante de ella iba también el que debía de ser su hombre, él con botas de goma negra, otra bolsa idéntica cargada a la espalda y al hombro unos palos más o menos derechos del grosor de su mismo brazo, y que debían servirle para construir algún cercado para los animales.

–¿De dónde vendrán? –preguntó el muchacho a nadie en concreto.

–Tal vez de recolectar banano, o limones –aclaró Fabián.

–Increíble.

Los turistas decidieron comer algo antes de iniciar la marcha. Mientras sacaban una pieza de dulce de guayaba, la pareja volvió a sentir las prisas de Fabián, que ya había manifestado de subida la necesidad de tener que regresarse de inmediato a Arellano. Aun así, la muchacha sintió curiosidad por el proceso del café.

–¿Aquí es donde lo preparan? –preguntó con acento extranjero.

Fabián la miró pero sin mediar palabra, pensando que la pregunta era tal vez demasiado imprecisa. Hizo un gesto de duda con el ceño.

–Digo, este café, cuando seque, ¿estará ya listo para tostar?

Fabián miró el café entendiendo ahora que la pregunta de aquellos desconocidos era más adecuada mientras de reojo revisaba la hora en su reloj.

–Aún no. Esto es café pergamino.

–¿Pergamino? –repitió la muchacha.

–Con cascarilla –aclaró Fabián–. Después de que seque aún hay que trillarlo para quitársela y entonces se puede seleccionar la mejor almendra, separando la buena de la mala.

–¿Almendra?

–El grano de café, me refiero.

–Almendra –repitió la muchacha asimilando el concepto–. Pensé que eso era otro fruto, almonds.

–También. Pero aquí llamamos almendra al grano de café ya limpio.

–¿Y cómo escogen el bueno?

–A mano.

–¿Uno a uno? –repitió la muchacha sorprendida.

–Sí. Así se selecciona el mejor café del mundo.

–Dicen que el mejor café arábica del mundo es el de las montañas de Jamaica.

–Pues eso yo no les puedo decir. Ese no lo he probado –contestó Fabián, según entraba nuevamente en su Jeep–. ¿Ustedes saben de café?

–Más o menos –dijo el muchacho.

–A ver… –dijo ella con tonillo, como recriminándole a medias que no estaba siendo transparente–, tenemos una cafetería en Ámsterdam… ¿no es cierto?

–Cierto. Compramos mucho café también… –aclaró finalmente el muchacho.

–¿Y no conocieron aún a don Basilio? Él sí que les puede decir, es un experto en café.

–¿Quién es? –preguntó la muchacha.

–Es el cura de Arellano. Aunque no se sorprendan si no lo ven de negro. Es un tipo bien rebelde, ya de unos sesenta y cinco años, con Parkinson.

–¿A la vuelta nos lo puedes presentar?

–Me lo recuerdan. Y si les alcanza la plata les puedo dar un vuelo por la sierra y así ven las plantaciones desde el aire.

–¿Tú eres piloto de aviones? ¿Grandes?

–Sí. Recién. Avionetas de momento. Pero no se asusten, tuve a un militar del Ejército de instructor.

–Sería estupendo sobrevolar de cerca estos valles.

–Listo.

–En quince días nos vemos. Aquí mismo.

–Dios mediante –respondió Fabián–. Cuídense y que tengan suerte.

No quería por nada del mundo que a la bajada se le hiciera de noche. Caviló al verse solo, averiado por aquellos endiablados caminos, y ese simple pensamiento le produjo un escalofrío. Revisó por última vez que no se dejaban nada en el interior del vehículo y entonces arrancó nuevamente el ronco motor del Jeep. Según se ponía en marcha, se despidió de ellos con el dedo pulgar hacia arriba, en un saludo que parecía querer emular el de los aviadores y demostrarles que él también lo era. Ahí le vino la sensación de haberles estado ocultando algo importante. Puso entonces su vista en el retrovisor y los miró con la incertidumbre de si volvería a verlos. Eso le generó un cierto malestar por sentirse cómplice de lo que les pudiera suceder.

En Arellano hacía meses que nadie se atrevía a adentrarse en la sierra. Meses en que ya no se encontraban jornaleros para recolectar todo el café que allí se daba, y menos aún para hacerlo en aquella escondida y lejana finca de los Espinosa, en el límite del resguardo indígena. Allí se acababa un mundo lleno de cafetos y empezaba otro más auténtico abrigado con un manto de bosques, un territorio aún más quebrado e inaccesible para los civilizados donde solo se podía avanzar a pie o a caballo, y donde ya demasiadas cosas eran impredecibles para todos.

Sin demasiado esfuerzo, Fabián se autoconvenció de su inocencia. Como si no tuviera nada que ver, reflexionó que en el fondo a él le habían encomendado aquel transporte: no tenía por qué dar ni pedir explicaciones, y con ello se justificó pensando que él realmente estaba ayudando a aquellos turistas a cumplir su sueño: adentrarse en el corazón del mundo y conocer a los pocos descendientes que quedaban de los niuwishasa. Habían cruzado medio mundo para perderse en mitad de esas montañas. «Allá ellos con sus planes y la locura que tengan en su jodida cabeza», pensó.

Aquel viejo Yipao1 que conducía Fabián, uno de esos recomprados por su padre en la capital a un amigo del coronel Evaristo Arias mucho antes de que él ni siquiera hubiera nacido, patinaba descaradamente en cada curva, aunque por suerte aquel ingenio norteamericano parecía tener inteligencia propia para buscar de manera natural la mejor trazada y seguir con seguridad por su camino.

Según avanzaba la cuesta abajo, se percató de que conducía incluso más despacio que de subida; aquellos endiablados caminos, tan empinados y repletos de baches y barro, eran muchísimo más difíciles y peligrosos en el descenso que en el ascenso y, abandonados por Dios y por el Gobierno, no había máquina que los remendara desde hacía años y las dos últimas tormentas había convertido algunos tramos en lodazales. No es que Fabián no estuviera acostumbrado a manejar en aquellas circunstancias, pero aun así el trayecto era terrible hasta el alucine, y así se le ocurrió pensar que, con tantos cerros y con unos caminos tan malos, en la práctica el país era más grande porque, siendo así de abrupto, se tardaba mucho más en recorrerlo, y por tanto su patria era entonces mucho mayor de lo que la gente pensaba. Se sintió estúpidamente orgulloso por su razonamiento, convencido de haber descubierto un dato importante para su nación.

Concentrado en la conducción, también pensó en Paola. Contó con los dedos que ya hacía siete semanas que se había ido de Arellano y que recién se había sabido de ella por las dos escuetas cartas que había recibido don Basilio. En resumen decía que estaba bien y que no la buscasen.



1 Jeep Willys adaptado para el transporte de café y otros productos agrícolas.

Café Pergamino

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