Читать книгу La luna de Gathelic - Inés Galiano - Страница 10
ОглавлениеIII
PORTADORA DE MALA FORTUNA
Kiru aprovechó la multitud que se agolpaba en la entrada al pueblo para camuflarse un poco entre la gente. Era la hora en que los comerciantes que habían salido más tarde y a zonas más lejanas volvían cargados de cosas. La luna rojiza iluminaba lo suficiente como para no encender la luz de las calles. Desde que se había vuelto roja y brillante, la vida se había extendido pasado el atardecer.
No había apenas vigilancia en las puertas de la ciudad, más allá de un par de guardias que escaneaban por encima desde su garita en los torreones. Llevaban años de paz, y no había porqué sospechar de ningún ataque. Entre la gente era difícil saber en qué dirección debían ir. Kiru intentaba reconocer algo en las calles o leer algunos letreros, pero le era imposible; no estaba escrito en el alfabeto de los Sertis, que era el que ella conocía. Sin que se le notara la inquietud, siguió empujando a los caminantes para hacerse paso. La chica y el niño la seguían sin decir nada, mirando a su alrededor y parecían igual de perdidos que ella.
Después de la carrera entre los campos y el contacto con la temperatura exterior, sus cuerpos habían por fin entrado en calor. Ahora, entre la gente, Kiru se sentía sofocada. Además, tenía bastante hambre. En la siguiente esquina que doblaron, Kiru vio un puesto de comida callejero y se acercó. El dueño del puesto las miró, arqueando las cejas al fijarse en las capas de los mineros que aún llevaban puestas.
―¿Qué tienes de comer? ―preguntó Kiru, tratando de recordar parghi, la lengua franca de la zona.
El tendero pareció entenderla y señaló hacia una gran olla de barro. Con una mano abrió la tapa y con la otra movió el cucharón para que Kiru viera lo que había dentro. Era una especie de potaje que no tenía muy buena pinta, pero desde luego era potente. Les iría bien. Kiru buscó en sus bolsillos alguna moneda de las pocas que aún le quedaban. No había salido preparada de Sertis; no había tenido muchas opciones. Sacó una moneda plateada de Sertis y la colocó en la mesa del tenderete. El tendero la cogió y la miró de cerca, intentando descubrir de cuál se trataba. Durante el buen rato la estuvo observando y manipulando, asegurándose de que era real. Apareció un joven, que lo saludó y se sentó en la silla del tenderete.
Kiru los observó a ambos y no tuvo duda de que eran familia. El joven, a su vez, también la observó a ella, muy interesado en la capa que llevaba puesta. El padre le pasó la moneda a su hijo y le preguntó algo en un idioma que Kiru no entendió. No era pargui. A esto siguió una discusión, en la que el hijo no dejó de señalarla. Kiru esperó pacientemente a que terminaran, evaluando las opciones de salir corriendo de un momento a otro. Por fin, el hijo miró a Kiru y le habló en parghi.
―¿De dónde habéis sacado esas capas? ―preguntó.
Kiru, encogiéndose de hombros, contestó:
―Las encontramos y nos las pusimos.
―¿Dónde? ―volvió a preguntar el hijo del tendero.
Kiru volvió a encogerse de hombros, sin querer dar importancia a la capa.
―Por ahí.
El chico asintió con la cabeza, comprendiendo que no sacaría nada en claro de ella. Hizo un gesto hacia delante, como para ir a agarrar algo de debajo del tenderete. Kiru tensó los músculos, dispuesta a dar un salto de nuevo hacia la multitud en el momento en que sacara el arma. Con la mano derecha, buscó el brazo de la chica para avisarla de lo que pasaría a continuación. Esta se giró para mirarla, sin entender. Parecía muy cansada y muy poco dispuesta a correr. Kiru apretó los dientes; se iría sola, si hacía falta, no podía dejar que la atraparan allí solo por una desconocida…
El chico sacó lo que había ido a buscar debajo de la mesa del tenderete: unos cuencos de hoja de palma. Kiru respiró hondo. El chico comenzó a servir el potaje en los cuencos y volvió a preguntar bajo la mirada atenta de su padre, que parecía no hablar parghi:
―¿Nos cambias la comida por las capas?
Kiru se sorprendió y se miró la capa, sucia y muy gastada. No parecían tener gran valor. Además, probablemente les convenía deshacerse de ellas lo antes posible, cuando llegaran noticias de los mineros y las empezaran a buscar en Gathelic. Kiru asintió con la cabeza. Se quitó la capa y le dijo a la chica que se la quitara también. Se las pasó al padre del chico, que las tomó casi con reverencia, y las colocó lo más estiradamente que pudo en el suelo, tras el tenderete, para que no se arrugaran. Mala señal, pensó Kiru.
―Añade un pan de arroz ―dijo Kiru, dispuesta a sacar el mayor provecho de la situación―. Por cabeza.
El chico asintió con la cabeza, sin discutir, y envolvió tres panecillos en un trozo de tela. Kiru se guardó el paquete en el bolsillo de su chaqueta. Después tomaron los cuencos del potaje.
―¿De dónde venís? ―preguntó el chico.
Kiru se encogió de hombros, sin decir nada.
―Cada vez llega más gente de fuera ―añadió con una expresión ambigua. Kiru no estaba seguro de si estaba molesto o le gustaba la situación. Al fin y al cabo, el idioma que hablaban no parecía de la zona. Se preguntó si todos aquellos nuevos habitantes serían como ella y habrían llegado en cámaras frigoríficas. Lo dudaba mucho; aquel era un plan que evidentemente no había sido el mejor que el grupo había tenido.
―¿Dónde? ―preguntó Kiru, esperando que el chico entendiera su pregunta. La chica y el niño, mientras tanto, comían su comida a toda velocidad.
―Yo solo los veo entrar. Las personas que vuelven a pasar por delante ya no se parecen en nada a las que entraron. A veces ni las reconoces.
―¿A veces?
―Sí, hay caras que sí que recuerdo ―el chico la miró fijamente, pero con la expresión en blanco, y de nuevo Kiru no supo si se trataba de una amenaza o no.
―Buena memoria, sin duda ―dijo, optando por la expresión amable y alejándose en dirección contraria por un callejón que ascendía hacia la parte alta de Gathelic. Los otros dos la siguieron.
Llegaron a una especie de mirador y se sentaron en el muro que hacía de barandilla, junto a una fuente. Kiru terminó su cuenco y sacó los panecillos. Comieron en silencio, mirando hacia abajo. Kiru estaba maravillada las vistas del acantilado de Gathelic, las olas y el viento. En Sertis era diferente, el mar entraba en el puerto con un delta y la ciudad estaba casi al mismo nivel del mar. Aquí era diferente. Cerró los ojos. Escuchó. Buscó su Eco.
El ruido de las calles, la gente corriendo, caminando. Las ruedas de los carros, chirriando, crujiendo contra la piedra del suelo. Puertas que se abren, un llanto, una carcajada. Las risas de un grupo, los gritos de otro, hasta por fin, llegar al mar. El agua azotando contra la roca, cada gota separándose, yendo en una dirección, fragmentándose. Cada gota llena de vida. Llena de Eco.
Kiru abrió los ojos rápidamente, miró al mar. Había tanto Eco allí. ¿Sería posible que…? Se volvió a inspeccionar el mirador, la maravillosa construcción colgante de piedra contra la montaña. Las casas, casi colgantes en el precipicio, como si hubieran nacido de la piedra. Había Eco en ellas. Gathelic... estaba hecho de Eco. Sin duda. Lo observó de manera distinta, sorprendida, dándose cuenta por primera vez de cada marca, cada hendidura, cada huella de Eco. Era la mayor obra de ingeniería mediante el uso del Eco que había visto nunca. Habrían hecho falta millones de… gotas. Miró al mar de nuevo. Tenían tantas… Unas gotas le salpicaron, sacándola de sus pensamientos. La chica estaba lavándose la cara en la fuente, y el niño la había salpicado jugando. Kiru sonrió.
―¿Cuál es vuestro nombre? ―les preguntó por primera vez en parghi, dándose cuenta de que no había llegado nunca a hacerlo.
La chica levantó la cabeza, con la cara mojada y limpia, sin la tierra que le tapaba la expresión hasta entonces. Kiru se dio cuenta de que era mucho más joven de lo que pensaba, poco mayor que ella misma.
―Mi nombre es Leah, y este es mi hermano Sam ―le respondió, en el idioma de los pueblos del sur, tarhi. El idioma natal de Kiru.
Kiru negó rápidamente con la cabeza e hizo un gesto de silencio.
―¿Sabes hablar parghi?
Ella asintió.
―Úsalo entonces mientras estés aquí. Es mejor que no sepan de dónde eres.
Leah volvió a asentir, entendiendo.
―¿Y tú? ―preguntó en parghi.
―Llámame Kiru.
Kiru vio la expresión sorprendida de Leah al escuchar su nombre, como si no pudiera creérselo. Kiru se encogió de hombros y sonrió.
―Siempre ha sido mi diosa favorita.
La expresión de Leah se relajó, dispuesta a creerse que no era un nombre real, aliviada de no haber acabado escapando con la verdadera Kiru, conocida en los pueblos del norte como la portadora de la mala fortuna. Kiru suspiró y volvió a mirar al mar. A ella, en cambio, siempre le había traído buena fortuna ese nombre. Hasta ahora, claro.
En ese momento oyó unos pasos en la distancia que venían corriendo por el callejón de subida al mirador. Kiru se levantó como un resorte y les hizo gestos a Leah y a Sam para que la siguieran por el otro callejón que daba al otro lado del mirador. Se escondieron en silencio detrás de una casa. Escuchó los pasos acelerados de un grupo de personas llegando al mirador. Frenando en seco.
―Estaban aquí las dos chicas y el niño. Vestían como nos ha dicho el tendero ―decía una voz grave.
―No pueden estar muy lejos entonces.
Kiru se dio la vuelta rápidamente hacia Leah.
―Volvemos a correr.
Corrieron calle abajo, de vuelta a la muchedumbre de las calles comerciales, esperando encontrar un escondite mejor. Cascos de caballo se oyeron a su espalda, golpeando el suelo de piedra y haciendo saltar a la gente a su paso. Empujando a la multitud, Kiru y Leah se apresuraron, arrastrando a Sam. Les alcanzarían pronto. Allá donde pasaban, la gente les señalaba. Eran demasiado visibles. Con un giro brusco, tiró de Leah y Sam hacia un callejón perpendicular. Cerró los ojos un momento y escuchó. Eco.
Los cortes de la fruta siendo preparada en el puesto de al lado. Los pasos acelerados de la gente hacia su objetivo. Ciudadanos frenéticos apartándose del camino. Los cascos del caballo acercándose, seguido de unos cuantos guardias a pie corriendo tras él. Buscó más abajo. Alcantarillas. Agua. Suciedad. Chapoteo. Ratas corriendo. Se concentró en una de ellas. La rata se paralizó y empezó a emitir un sonido parecido a un chillido. El resto de las ratas entraron en pánico, chocaron unas contra otras, intentaron huir. Se agolparon contra la salida de la alcantarilla, al pie de la calle, y salieron a montones.
La multitud empezó a chillar cuando vio las ratas aparecer y correr despavoridas. Gritos, caídas, el caballo cada vez más cerca. Corría, pero quería parar. Un relincho. Frenesí. Kiru abrió los ojos y le dijo a Leah:
―Buscad al Maestro del Eco, en el Barrio Oeste ―le dijo a Leah, que la miró implorante, no quería quedarse sola―. Cambiaos la ropa en cuanto podáis.
Sin decir nada más, corrió hasta la calle principal y se tiró al suelo, justo en el momento en el que el caballo levantaba las dos patas delanteras, intentando tirar a su jinete, asustado por la multitud de ratas que corrían bajo sus pezuñas. Kiru rodó bajó el caballo y cruzó la calle, arrastrando a unas cuantas ratas con ella. Se levantó y miró hacia el callejón del que había salido. Vio a Leah y Sam alejándose, corriendo.
Delante de ella el caballo consiguió tirar a su jinete. Kiru salió corriendo en dirección contraria. A su espalda, escuchó el ruido atronador de los huesos del jinete rompiéndose. Los guardias que llegaban corriendo a socorrerlo. La rata chillando cada vez más fuerte. El resto corriendo de un lado a otro, provocando el caos. Kiru comenzó a alejarse, pero no dejó de escuchar y sentir el Eco. La rata calló, por fin, y volvió a adentrarse en las alcantarillas. Kiru se refugió tras un saliente de la piedra, en un callejón lejano. Se hizo el silencio.