Читать книгу La Corte de los Ángeles - M. Laura Brehm - Страница 12
Como imanes
ОглавлениеPodía escuchar los pasos de alguien acercándose. Deseaba con todas mis fuerzas que cambiaran de dirección, por fin había encontrado un minuto de paz en estos últimos días. Recostada debajo de los árboles, observando cómo los pájaros saltaban de rama en rama, me habían creado mi propio mundo en tan solo cinco minutos y no tenía la menor intención de romper mi burbuja.
—¡Chloe! —me llamó Greta ansiosa mientras se recostaba a mi lado—. ¡Lisandra ya volvió!
No esperaba a que llegara tan pronto, miré la hora en mi celular, y apenas eran las cuatro de la tarde. Estaba disfrutando del aire libre y de la libertad que eso implicaba.
—¿En dónde está? —me reincorporé sentándome con las piernas cruzadas. Gre hizo lo mismo.
—En la cocina, vino con ese tal hechicero, Ian.
—¿Y qué tal es? —la pregunta quedó perdida en el aire, mientras me incorporaba y me dirigía a la casa—. ¿Es... es excéntrico...? —Volví la mirada a mi amiga que aún no se había movido. La puerta que usábamos para que los mosquitos no entraran a la casa se abrió de repente golpeando mi cabeza. De un momento a otro estaba tendida en el suelo, sin saber qué había ocurrido, una voz masculina empezó a llamarme por mi nombre. Cada vez lo pronunciaba más fuerte, intenté que mis párpados se abrieran, por alguna extraña razón se me dificultaba la tarea, cuando al fin se abrieron, vi a un hombre, su expresión de preocupación estaba reflejada en sus ojos, pero sus ojos eran lo que más me llamaba la atención, de color violeta con motitas doradas, él estaba tan cerca de mí que podía verme reflejada en ellos. Su cabello negro caía en cascada sobre su rostro. Todo en él era brillante, resplandecía, bañándome de su calor, su perfume. Pestañeé un par de veces para acostumbrarme a su resplandor.
Enseguida me acordé de lo que nos había dicho Lisa, con practica podríamos verlos tal cual son. Estaba casi segura de que se refería a esto.
—¡Hola, extraño...! —dije intentando abrir los ojos nuevamente. Mi mano se dirigió automáticamente a la parte posterior de mi cabeza—. Auch.
—¿Estás bien? —uy ágilmente se apresuró a ayudarme.
—¡Tus ojos, son tan... tan...! —terminar la frase parecía algo irrelevante. Necesitaba tocar su rostro para saber si era de verdad. Cegada por su hermosura no era consciente de que lo había dicho en voz alta. Mi mano acarició su rostro que aún se encontraba a unos escasos centímetros del mío.
—Bueno, señorita, me imagino que el golpe fue más fuerte de lo que pensaba. —Pasó una mano por mi cintura y con la otra tomó mi mano, acercándome a su cuerpo, sabía que tenía que comportarme, pero era inútil, sentía la misma atracción que sienten los imanes.
Cuando logré que mis piernas no se tambalearan le solté la mano. Aunque mis ojos no podían dejar de observarlo. Nuestras miradas estaban en la misma frecuencia. De alguna manera, de nuevo alguien se empeñaba en interrumpirnos. Me llamaba, qué inoportuno, pensé.
—Chloe, ¿estás bien? ¡Tenemos que irnos! —me insistió Greta.
—¡Ya voy! —aun no sabía a dónde ir. Pero daba por seguro que ella se encargaría de guiarme. Todo mi ser se resistía a liberar la mirada del hechicero, había una conexión irracional entre los dos, como si estuviéramos destinados a estar juntos. Aún no lo conocía y ya lo quería en mi vida—. Voy por un vaso de agua primero —le contesté recuperando la compostura.
Estaba hiperventilada, la falta de oxígeno no me dejaba pensar con coherencia, todo daba vuelta a través de esos intensos ojos violetas. Una vez en la cocina, fui hasta la mesada y me apoyé con mis dos brazos. Intentando calmar mi corazón. Más lejos de su presencia, las ideas se me iban aclarando. Tal vez el hechicero estaba usando algún truco en mí. Por qué Greta no se percató de él. Y ella tiene un imán para los chicos guapos y peligrosos. El vaso de agua ya no era importante, hasta que una mano me lo extendió; por la adrenalina que recorría mi cuerpo, sabía perfectamente de quién se trataba ese brazo desnudo y musculoso. Giré y me apoyé en la mesada, al igual que lo hacía él, lo miré de nuevo, era algo de lo que jamás me cansaría de hacer. Sonreírle parecía la mejor idea, y él me devolvió la sonrisa, mostrando unos dientes blancos y prolijos, sus labios eran carnosos y se movían con mucha gracia, su mirada era pícara, algo ocultaba. Lo examine más de cerca, llevaba una camisa negra apenas abrochada, en donde dejaba ver un gran tatuaje que recorría su pecho y se extendía hacia su brazo derecho, que al llevar la camisa arremangada lo podía ver. Sutilmente se notaba que debajo de esa camisa había un cuerpo bien formado. Los pantalones caían en su cintura sujeta por un cinturón azul oscuro, igual que su pantalón. Algo muy peculiar era que no poseía zapatos, estaba descalzo.
—¿Te golpeé fuerte, verdad?, no era mi intención —dijo en medio de una sonrisa traviesa. Algo le causaba.
—No, estoy bien —mentí, intentaba ser cortés. Él seguía esperando a que agarrara el vaso, el cual tomé pretendiendo no tocar ninguno de sus largos y finos dedos, su contacto provoca electricidad en todo mi ser.
—Hay algo en ti que me resulta intrigante. —Su afirmación me trajo de nuevo a la realidad, estaba empezando a pensar que él era una de esas personas que dicen todo lo que se les cruza por la cabeza.
Quería decirle cómo me hacía sentir, pero me moría de vergüenza. Él sabía, al igual que yo, que había algo que nos atraía, algo más fuerte que nosotros dos, algo desconocido aún para mí.
—¿Sí? ¿Y qué es? —pregunté ansiando parecer adulta, lo último que quería es que se diera cuenta de cómo la sangre corría por mi cuerpo y me sonrojaba.
Antes de que pudiera contestarme Lisa entró, pinchando la burbuja que habíamos creado.
—Veo que ya conociste a Ian Leiss —dijo mirándolo con cara de pocos amigos—. Él hoy va a ser su maestro, es el mejor para enseñar encantamientos y hechizos de magia.
El hechicero la miró levantando una ceja, no quería tomar partido en cuanto a enseñarnos algo, se notaba que era un poco resguardado en ese tema, y ella le señaló con el dedo algo disgustada...
—No me mires así —le siseó—. Deberías estar desempacando y no acá. —Su recriminación fue de tal modo que parecía haber confianza entre ambos–. Mañana vas a tener que quedarte con ellas también, yo me tengo que ir a trabajar.
El hechicero miró a Lisa, con una pregunta casi formada. Pero por alguna extraña razón se calló. Luego me miró de abajo hacia arriba, pude notar que una leve sonrisa se asomó por sus labios, pero la borró al instante que se cruzó con mis ojos.
—¿Y qué se supone que voy a hacer con tres jóvenes revoltosas? —preguntó poniendo los ojos en blanco.
—Enseñarles todo lo que necesitan saber. —Lo dijo como si fuera algo obvio—. Ah... y vuelvo a las cinco de la tarde. —La siguiente frase la dijo señalándole con el dedo—. No quiero que me estés llamando por cualquier cosa, ¡arréglatelas sin mí!
—No sabía que trabajabas... —Lisa no dejó terminar su frase.
—Las brujas tenemos que trabajar, no vivimos eternamente y acumulamos riquezas como otros.
—No me refería a eso. Quería saber de qué trabajas, si necesitan dinero yo puedo colaborar.
—¡Claro!, vas a prestarnos la plata que les robaste a los bancos, ¡no necesitamos tu dinero sucio! Y para que sepas, quería hacerte sentir mal, nada más, Elha nos dejó una pequeña herencia, pero el trabajo es una pantalla, la anterior ya no estaba funcionando.
Ian gruñó, y le mostró los dientes en expresión de enojo, pero Lisa se rio y se fue. Ahora otra vez me quedaba a solas con él y pasaría mucho más tiempo de lo esperado. Si Lisa se iba a las diez de la mañana y volvía a las cinco de la tarde, eso significaba siete horas con él, cinco días a la semana, sin contar con que viviríamos bajo el mismo techo. Con esa cuenta matemática en mi cabeza, se me formó un nudo en el estómago.
Ella trabajaba en una granja cercana, se encargaba del mantenimiento del invernadero, estar al aire libre y las plantas eran su pasión. Cuando la fachada de que vendía cosas por internet dejó de dar el resultado que esperábamos, se hizo más que obvio que debería buscar otra fachada. Ya estaba grande para que me cuidara todo el día, y aunque no le gustaba el hecho de pasar tanto tiempo afuera, era lo mejor para poder seguir viviendo en Rosario por al menos unos cuantos años más.