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Prólogo Una madre para ella

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La casa se había convertido en un infierno, brujas oscuras por todos lados, fuego consumiéndolo todo a su paso. Estábamos en lo que era el comedor, un lugar que solía ser muy feliz, de risas y en donde la pequeña Chloe había dado sus primeros pasos. Ahora la realidad era muy diferente y perversa.

—¡Lisandra! — Su voz salió entrecortada, por una puntada de dolor que atravesaba su pecho, instintivamente llevó su mano al lugar—. ¡Por favor cuida de mi pequeña Chloe, es todo lo que me queda en este mundo! —dijo afirmando con la cabeza y oprimiendo la herida que surcaba su corazón—. No me voy a permitir perderla a ella también. —Mi corazón estaba perplejo y adormecido por el dolor de ver cómo la luz de mi señora y amiga se iba apagando. Ella estaba dispuesta a luchar hasta su último aliento, con tal de que su pequeña hija viviera.

Esta guerra sin fin, contra el bien y el mal, en donde lo único que se ganaban eran más muertes, jamás terminaría. Las fuerzas oscuras nunca se rendirían y la luz nunca dejaría de luchar. Aunque se necesitara todo el poder del cielo para lograrlo.

La guerra que había comenzado en el jardín, dejando inconscientes a los ángeles que estaban para protegernos, ahora se estaba desarrollando dentro de la casa. Arrasando todo a su paso. Se escuchó una explosión proveniente del otro lado de la puerta. La puerta principal estaba hecha de madera y vidrio, no se había construido con el fin de resistir una batalla; ambas sabíamos que la destrucción de la casa sería en cuestión de minutos. La casa era el mismísimo infierno, los vidrios empezaron a estallar y cada ventana rota significaba más fuego. Toda la construcción crujía y se caía en pedazos. El humo inundaba toda la estancia. Los hechizos que mi señora conjuraba eran inútiles ante la magnitud del mal de las oscuras. Todavía no sabíamos por qué venían a la casa de una bruja blanca. Para las oscuras, una bruja blanca no representaba amenaza. Así que la mayor parte del tiempo vivíamos sin mayores sobresaltos.

Mi señora se reincorporó sin hacer alusión a su dolor, se puso en guardia para enfrentarse a cualquier cosa que entrara al salón en donde nos encontrábamos. Un hechizo de protección a la puerta era lo único que nos daría unos segundos extra. La sangre que emanaba de su pecho empapaba su camisa, tiñéndola de escarlata. Su rostro estaba oscuro por causa del hollín que desprendían las cenizas. Y era imposible no notar los surcos dejados por las lágrimas en sus mejillas. Debajo de esa máscara de hollín, sudor, lágrimas y esperanzas rotas, pude notar cómo iba perdiendo el conocimiento, su cuerpo estaba apagando sus funciones motrices, la estaba abandonando. Su alma era la única que la ayudaba a seguir adelante con esta lucha. Pero era tanta la sangre que brotaba de la herida que sus fuerzas ya no le respondían. Y aun así no perdía su elegancia y belleza, con un metro setenta y cinco y sus finas curvas, era toda una fiera cuando se trataba de defender a su familia o lo que quedaba de ella. Su pequeña hija era el vivo retrato de su madre, aunque tenía la sonrisa de su padre. El padre de Chloe, Tobías Amaya, era un ángel, que había muerto unos meses atrás, en una misión diplomática que salió mal.

Con la respiración entrecortada, se preparaba para dar las últimas instrucciones.

—Los voy a entretener todo lo que pueda. Después va a ser tu protegida. —Con su mano temblorosa me tomó por la nuca, para intentar no caer; me miró a los ojos y me dijo—: Lisandra... cuídala como yo no lo podré hacer, prométeme que vas a ser una madre para ella, vas a ser lo único que ella tenga, cuídala y cuéntale cómo la quise y cómo la voy a seguir queriendo cuando ya no esté. —Su petición fue con todo el dolor de su alma, de alguien que ama a su hija.

Soltó mi cuello y con esa mano tomó mi antebrazo, conjurando así un hechizo que me uniría en cuerpo y alma a su pequeña hija, mi adorada niña. Mi brazo pasó del color rojo al negro, a medida que terminaba el hechizo. Dejando una marca con el símbolo de unión, de mi unión con ella, una unión que tan solo la muerte rompería.

Antes de que pudiera salir en busca de la pequeña Chloe, escuché a mis espaldas cómo la puerta, la única barrera de defensa, se rompía, explotando y esparciendo madera por cada rincón del suelo.

—¡Mi señora! —grité dándome la vuelta.

—¡Vete! —ordenó, y con sus últimos esfuerzos me empujó hasta dejarme en la otra habitación, y cerró la puerta.

Esa sería la última vez que vería a mi señora con vida. Ehla D’Lacruz era de esas personas humildes de espíritu, sin importar su posición. Ella me rescató de uno de los momentos más difíciles de mi vida, en donde seguir viviendo o morir para mí era lo mismo. Amaba a su familia y siempre había lugar para alguien más. Jamás cuestionó las órdenes de la Corte, tanto de las brujas como de los ángeles. En la posición en la que se encontraba a veces le resultaba muy difícil vivir en los dos mundos. Al casarse con un ángel, y no con cualquier ángel, debía seguir al pie de la letra las reglas y más aún cuando era considerada inapropiada para desposar a un ángel. Y aun así tenía tiempo para llevar una vida mundana, estar con su pequeña hija, rescatarme y seguir dando el ejemplo.

Ahora había puesto todas sus esperanzas en mí. Mi responsabilidad sería cuidar de su pequeña, la persona, quien, en un futuro, formaría parte de algo mucho más grande que todos nosotros.

Encontré a Chloe muy asustada y temblando, en una habitación de la casa de huéspedes, que estaba casi en el final del patio trasero de la mansión. Pequeña para tener cinco años, sus ojitos me miraron, fueron lo primero que vieron cuando su madre la dejó ahí, pidiéndole que se escondiera, que haga el menor ruido posible. Y como una buena niña hizo todo lo que se le ordenó. Con todas mis fuerzas la tomé en mis brazos y corrí al bosque alejándome lo más que podía, viendo cómo el viento avivaba las llamas, el mismo diablo había subido a soplar el viento para terminar de destruir a esa familia a la que ya nada le quedaba.

La carretera no se encontraba muy lejos de la mansión, pero dadas las altas horas de la noche se hallaba desierta. Encontrándose a oscuras, la única iluminación que teníamos era la luz de la luna llena, tan limpia, tan pura. ¡Qué ironía de la vida!, la luna parecía pura en un día como hoy. Caminando con la pequeña Chloe de la mano. Aun asustada, pero ya sin los temblores que recorrían su cuerpo.

—Lisa, ¿mi mamá en dónde está? —El silencio se apoderó de mí. ¿Qué le diría a una niña de cinco años?—. Ella vendrá por nosotras, ¿verdad?, mi mamá nunca me va a dejar, ¿no es así? —Su manito me apretaba cada vez con más fuerza. Y las lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas.

—Mi chiquita. —Me arrodillé para quedar a su altura, la tomé de sus manitos—. Tu mamá te ama con todo su corazón, y ella va a estar siempre contigo.

Me abrazó y rompió a llorar, su llanto desgarraba hasta el corazón más congelado y sin vida. No había palabras para consolar a una niña que había perdido a su padre hacía cuestión de meses y a su madre hacía minutos. La levanté y así caminamos juntas. En ese momento deseé con todas mis fuerzas ser una verdadera bruja blanca, así podría hacerle un hechizo que la hiciera dormir y soñar con un mundo mejor, en donde todos eran felices y la destrucción y el mal serían cosa del pasado.

Estuve a punto de perder los estribos por la oscuridad absoluta de la carretera cuando me encandilaron unos faros de luz blanca, el vehículo no bien me captó en su campo de visión frenó de golpe.

—Señora, ¿se encuentra bien? —preguntó el extraño mientras bajaba de su auto y se acercaba a nosotras a toda prisa.

—Sinceramente no... ¿Nos podría alcanzar a la terminal, por favor? —Mi pregunta terminó con lágrimas que ya no podía contener, en estos momentos no necesitaba ser fuerte, podía llorar, intentar desahogarme. Y una vez llegado al lugar, pensaría a dónde iríamos.

El hombre, sin nombre aun y expresión seria abrió la puerta del acompañante para que subiéramos. Senté a la pequeña Chloe en mi regazo y se acurrucó sin hablar.

Los ojos del extraño se encontraron con los míos, pero lo único que reflejaron era su color ambarino. Su expresión era difícil de descifrar. Su ropaje por otro lado tampoco arrojaba información extra. Vestía jean azul y una camisa a juego.

Después de unos minutos se presentó.

—Rafael —dijo cortés—. La estación más cercana está a una hora de distancia —concluyó, esperando una contestación.

—Gracias. —Fue lo único que me atreví a decirle. Ya que las lágrimas amenazaban con salir nuevamente. Con tanta angustia contenida, no había reparado en la persona que nos estaba transportando. Lo estudié una segunda vez, tomándome unos minutos más de la cuenta, pero sin descubrir nada de nuevo, no era un tipo que llamara mucho la atención, podría pasar desapercibido. Tenía tez clara, cabello oscuro y estatura promedio.

Después de andar veinte minutos me di cuenta de que intentaba preguntarme algo, lo miré para incentivarlo. Al fin y al cabo, era su vehículo.

—¿Para dónde se están dirigiendo con exactitud? Tal vez podría llevarlas —preguntó en tono de duda o con un poco de indecisión. Pero al fin el hombre se sintió más relajado. Intentaba comportarse con toda la naturalidad posible.

—¿Importa? —Mi respuesta lo tomó con la guardia baja, me observó por un momento y luego volvió la vista al camino. Estaba decidida a no revelarle nada.

—Supongo que no… —Encogió los hombros como resultado de su indignación.

Cuando estaba lo suficientemente relajada para observar el vehículo, ahora que se encontraba más iluminado por las luces de la carretera, pude notar que tenía una insignia familiar, o por lo menos familiar para mí, no era la primera vez que la veía. Eran dos alas terminadas con plumas largas, y en el medio de ellas había una especie de T. Eso me sobresaltó, sabía que la había visto en algún lado, pero en estos momentos no podía recordar dónde. Podría haber sido en un libro o en la tele. En cualquier lugar, la lista era infinita.

—¿Quién te envió por nosotras? —demandé un tanto ansiosa y resentida. Mi extraño después de todo no lo era tanto.

Mi experiencia me decía que había comprendido mi pregunta, sabía que yo sospechaba de lo que podía llegar a ser. Se tomó unos segundos para responder.

—Me preguntaba cuánto te tomaría darte cuenta —me acusó con resignación—. Y eso no es bueno Se supone que te han entrenado bien. —Su afirmación me dolió—. Y tendrás que cuidar bien de esa niña —me volvió a regañar.

—¿Darme cuenta? ¿¡Quién eres!? O ¿qué eres? —Mis preguntas se apresuraron a salir, y mi cara de horror era indescriptible. Me sentía confundida, impotente, porque, si él tenía razón, yo debería saber qué hacer en esta situación, si no lo podía reconocer, cómo podía proteger a mi pequeña en el mundo de los mundanos.

—Soy Rafael —repitió su nombre como si eso pudiera significar algo para mí, pero no a responder mi pregunta.

—Sabes a lo que me refiero —puntualicé indignada.

—Sí —dijo en un suspiro y negando con la cabeza a una pregunta no formulada—. Sé a lo que te refieres, siento no haber llegado antes, por lo que me doy cuenta Ehla D’Lacruz no te dijo nada sobre mí. Y ahora ya no se encuentra con nosotros. —Su rostro era el vivo retrato de la desolación.

Ehla D’Lacruz era mi señora, una de las más grandes brujas blancas que habían existido. Aún seguía sin comprender, lo único que se me ocurría era que podía ser el arcángel Rafael. Otro Rafael con relevancia en la historia de las brujas no había, bueno, digamos que en la historia de las brujas no, en la historia de mi señora, sí. Pero eso no tenía mucho sentido, mi señora no tenía tanto poder para pedir ayuda a un arcángel o ¿sí?...

—¡Sí! —Su respuesta a mi pensamiento fue contundente—. Tu señora, así como la llamas, me invocó para que vaya a ayudarla en su..., bueno, nuestra pelea. Cuando mis intentos de ayudarla no fueron suficientes, decidí bajar a la tierra y ayudar a su hija, mantenerla con vida es ahora mi nueva misión, aparte se lo debo a su padre.

Yo estaba escuchando lo que me decía, pero no razonaba, cómo podía saber lo que estaba pensando. Había leído sobre los ángeles y arcángeles, pero eso era todo, mi conocimiento moría ahí.

—No te preocupes, las voy a llevar a un lugar seguro, para que puedan vivir tranquilas, y esto no va a volver a pasar. —Su comentario me hizo perder el hilo de mis pensamientos.

—¿Cómo puedo confiar en usted? —De nuevo mi pregunta volvió a salir sin pensar, un poco agresiva.

—No puedes, los hechos te lo demostrarán por sí solos, pero recuerda esto: debes cuidarla, ella va a marcar un cambio en la historia, tal vez pueda lograr lo que muchos de nosotros intentamos una y otra vez, que esta batalla por el bien y el mal termine. —Tan rápido como contestó a mi pregunta volvió a su estado sereno, relajado, como había estado desde el primer momento en que lo vi.

El único ángel que conocía era el padre de Chloe, y por lo que había aprendido de él, los ángeles eran un intermediario de los arcángeles que estaban en el cielo. Ya que estos no podían bajar hasta nuestro mundo. Entonces los ángeles habitaban el plano terrenal. ¿Pero si los arcángeles no pueden bajar? ¿Cómo lo habrá hecho este individuo?

—Posesión —respondió de nuevo en mi mente, fuerte y claro.

—¿¡Perdón!? —No me iba a acostumbrar a que él pudiera leer mis pensamientos y menos que hablara en mi cabeza.

—De la única forma en que nosotros podemos bajar a la tierra es por medio de la posesión, ocupamos el cuerpo de otra persona por un período corto, después lo tenemos que devolver.

—Ya entiendo... ¿Y este cuerpo recuerda lo que le sucedió? —pregunté intrigada, después de todo, uno no ve a un arcángel todos los días.

—No, por lo general es como un sueño para ellos, algo que está más allá de su entendimiento. Tampoco nuestra posesión los lastima.

Luego de unos minutos sin que ninguno hiciera alguna pregunta en voz alta, empecé a analizar todo lo que había ocurrido las últimas doce horas. Ahora estábamos yendo a un lugar al que yo no conocía, tenía que empezar una nueva vida con una niña de cinco años sin su madre y sin su padre. Durmiendo en mi regazo pensaba en todas las cosas por las que tendría que pasar. La miré y le hice una promesa silenciosa—. Te prometo hoy y como se lo prometí a tu madre, voy a estar siempre para protegerte y voy a intentar ser una madre para ti.

—Sé que lo vas a ser. Y ella va a ser la hija que siempre quisiste. Pero un día va a llegar el momento en que la vas a tener que dejar ir, y espero que así lo hagas. Tal vez no entiendas el motivo que la impulse a hacer ese cambio. Por eso estoy seguro de dejarte la niña, es lo mejor que podemos hacer. No dudes en llamarme si me necesitas. —Su comentario era más parecido a una visión que a un consejo.

Circulamos por medio de varios pueblos y tomamos distintas carreteras. Y sin previo aviso retomó la conversación.

—Estamos llegando.

La carretera empezaba a entrar en un pueblo, bien iluminado, la entrada tenía un arco que decía “Bienvenidos a Rosario”.

—¡Me gusta! —dije sorprendida, era más de lo que esperaba.

—Acá van a encontrar todo lo que necesiten, Rosario es un pueblo muy amable y las van a aceptar bien, tan solo di que eres su tía y que su madre murió en un accidente de tráfico, así nadie te hará preguntas al respecto.

Él ya tenía todo pensado, se veía que lo conocía y que lo había estudiado de antemano, cruzamos todo el centro, había algunos semáforos, y muchos locales de todo tipo, pero el que más se destacaba era una tienda de sortilegio. Eso me llamó la atención. Lo miré y apunté con el dedo en donde había estado el lugar.

—Rosario es un poco supersticioso —dijo encogiéndose de hombros.

Lugar ideal para nosotras, pensé irónicamente. La carretera estaba terminando de cruzar el pueblo cuando dobló a la derecha para tomar una calle más angosta, que después de unos metros se convertía en un camino de ripio. Al cabo de recorrer dos cuadras más o menos entramos en el patio de una casa tipo colonial. Era bastante grande y estaba pintada de beige con tejas rojo carmesí.

—¿Acá es donde viviremos? —pregunté entusiasmada. No paraba de sorprenderme, estaba anonadada ante el paisaje que tenía delante de mis ojos.

—¡Sí!, espero que sea de su agrado. Y Lisa... ¡buena suerte! —dijo el arcángel

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