Читать книгу La Corte de los Ángeles - M. Laura Brehm - Страница 7
12 años más tarde
ОглавлениеEl televisor estaba a un volumen más alto que el necesario. Indignada con lo que mis oídos estaban escuchando llamé a Lisa.
—¡Lisandra! —grité furiosa—. Escucha lo que dice un pastor sobre las brujas. —Con mi voz más sarcástica empecé a repetir lo que había dicho—. Es difícil distinguir claramente entre brujería, hechicería y magia... Estas prácticas utilizan medios ocultos que no son de Dios, para producir efectos más allá de los poderes naturales del hombre. La brujería es perversa porque recurre a espíritus malignos. Implica un pacto, o por lo menos una búsqueda de la intervención de esos espíritus. El ser brujo o bruja se obtiene por vínculos satánicos en los que se entra por una “dedicación”, muchas veces dentro de la familia.
—¡Chloe!, si te vas a poner así cada vez que leas o veas algo de eso, vas a envejecer más rápido —comentó entre risas proveniente del pasillo, ella siempre se tomaba las cosas con más calma y tenía los consejos más sabios.
—Es indignante escuchar cada insensatez. —Me acomodé mejor en el sillón para estirar las piernas—. Primero somos las que traemos la peste, luego nos comemos a sus hijos y ahora y siempre hacemos pactos con el “príncipe de las tinieblas”. ¡Buu! —pensé dentro de mí.
—Mi cielo, ya te lo dije —comentó cansada de repetir una y otra vez la misma frase.
—Gracias, Lisa —le respondí con una sonrisa. Al final tenía razón, no me servía de nada—. Pensándolo bien... ya no quiero ver más sobre todo eso, esa clase de gente vive en la ignorancia.
Aunque nunca faltaba el aficionado a las películas de magia, que sin ser consciente, se acercaba bastante a descubrir nuestro mundo. Los mundanos, los seres mágicos y los seres de luz han convivido desde los comienzos de la tierra, nosotros intentamos mantener nuestro mundo lo más privado posible. En cambio, a las brujas oscuras no les importa quién resulte herido, por lo general, son bastantes descuidadas a la hora de conseguir lo que quieren.
A través de las décadas, siglos y supongo que milenios siempre íbamos a ser los malos de la película, sin diferenciación. La quema de Salem mató a muchas mundanas inocentes, las personas buscan fantasmas en donde no los hay, desde ese entonces se carecía de razonamiento y se sigue igual. Aunque a Lisandra no le gustaba que viera esa clase de programas, nunca me obligó a que dejara de ver, ella lleva siendo mi protectora durante doce años, era lo más cercano a una familia, junto con mi mejor amiga Greta Valdez. Lisa Blanc es toda una dama victoriana, muy bella, con sus 1.68 m de altura y su silueta lánguida, ojos oscuros como la noche y una sonrisa que deja ver la mayoría de sus dientes, pelo lacio hasta la cintura al que siempre lleva recogido. Sé que ama cuidarme como a una hija y de alguna manera le correspondía, mi madre y yo venimos de una familia de brujas blancas muy antigua y Lisandra cuando conoció a mi madre se convirtió en su ayudante, como no tiene sangre de bruja blanca u oscura no puede realizar magia o encantamientos. Su fuerte son los brebajes y la jardinería, para prepararlos. Además, le gustan las actividades al aire libre, así que por eso se encargaba de la huerta. Aunque no me oponía que de vez en cuando compráramos en la tienda local de sortilegios, sin embargo, ella dice que llamaríamos la atención de algún curioso si lo hacíamos muy a menudo.
Observé a mi cuidadora cómo lo hacía. Ella se encontraba en el salón que usaba para preparar pócimas, encontraba fascinante cómo, con pocos ingredientes, preparaba los mejores brebajes. No me dejaba incursionar con los libros de herbolaria mágica, decía que era muy peligroso, Lisa se encargaba de todo y se empeñaba en que aprendiera mucha teoría, cuando digo mucha, ¡es mucha teoría! No me dejaba usar la magia, algo que era natural para mí. Pero sin importar cuánto lo intentara me resultaba muy difícil hacer un hechizo.
—Voy a ir al jardín —comenté, mientras me dirigía a la puerta que daba al patio trasero. Como de costumbre no me prestaba mucha atención cuando estaba en su salón.
Nunca pude hacer crecer nada... hasta ahora, jamás iba a hacer ni la mitad de buena que ella, en cuanto a jardinería se tratara, pero siempre lo intentaba, algún día, tal vez algo bueno salga de esto. Esta vez en el jardín no me sentía tan perdida, mi plantita de hierbabuena había crecido y eso significaba que podía mejorar. Lisa siempre me decía: “la perseverancia es la regla para el triunfo”. Empecé a regarla cuando mi móvil sonó.
Mensaje de texto de Greta.
—Estoy en Pipos, te espero hasta las 20 h.
Miré el reloj del celular y faltaban treinta minutos para la hora, sabía que si no llegaba puntual ella se pondría de mal humor. Le regalé una última mirada con ternura a mi retoño y salí corriendo para mi habitación. No era muy grande, pero estaba bien distribuida, una cama en el centro, con un ropero en la pared, frente a la ventana que daba al balcón y una mesa de estudio en la pared que quedaba libre. Agarré lo primero que encontré, por lo menos iba a ser mejor que mi pantalón deportivo y mi camiseta a rayas. Sobre la cama se encontraba un jean que había dejado Lisa para que guardara. En el primer cajón del ropero encontré una camiseta con mangas japonesas, por último, tenía que arreglar mi pelo, tema aparte y sin solución. No era que no lo intentara cada día, pero tenía ese pelo rebelde que siempre buscaba su camino. Con el minuto que me sobraba me miré al espejo que estaba pegado en la puerta del ropero, vi a una chica a la que le faltaba maquillaje, y un poco de emoción en su vida. —Nada de lo que no se pueda arreglar —me dije optimista. Le sonreí a la chica delante de él y me fui.
A Greta siempre le gustó el color de mi pelo, nada en especial, un castaño oscuro, muy común en este pueblo, ella decía que me afinaba más el rostro y resaltaba mis ojos color almendra. El tono de mi piel ayudaba a que me pareciera a un muerto, era demasiado pálido incluso para estar en primavera, eso se lo debía a los genes de mi padre. Los rayos del sol se alejaban de mí cada vez que me quería acercar.
Mensaje de texto de Greta.
—Se te está haciendo tarde, sabes que no me gusta que me hagan esperar.
Mensaje de texto de Chloe.
—Estoy en camino.
Al bajar las escaleras, encontré a Lisa esperándome.
—¿Te vas? —preguntó, con expresión que no supe adivinar.
—Sí, Greta me está esperando en Pipos, y tengo que llegar dentro de 10 minutos, ¡deséame suerte! —le dije apresurándome hacia la puerta de entrada.
—¡Suerte! —gritó Lisa caminando hacia esta—. No regreses muy tarde —exigió.
—Es sábado. —me quejé.
Ella siempre se preocupaba mucho por mí, a veces demasiado. En cambio, Greta era un poco de aire fresco, ella era igual que yo, pertenecíamos a diferentes familias, pero las dos descendíamos de la misma bruja blanca, podríamos decir que éramos una especie de primas. Ella era un poquito más alta y tenía una complexión delgada, ojos claros como el mar y rostro anguloso, cabello rubio que casi le llegaba a la cintura, con mucho brillo, aunque diga que no, sabía que hacía algún hechizo para que se viera así. Tenía un sentido de la moda ¡dramático!, como buena geminiana que era, jamás la ibas a ver de zapatillas. Incluso, sus zapatillas tenían plataforma. El brillo era su mejor compañía. Aparte de eso era amistosa, compasiva y muy solidaria, aunque tenía una desventaja a mi ver, disfrutaba la vida al máximo y eso hacía que se metiera en algunos problemas de vez en cuando.
Estacioné mi auto modelo 2009 color arena, al lado del flamante deportivo de ella. El estacionamiento estaba detrás del bar. Pipos era el mejor lugar para alguien que buscaba distraerse, escuchar buena música y, más allá de todo, tener intimidad. El dueño casi nunca estaba y las pocas veces que lo frecuentaba se encontraba en la cocina. No era una persona muy sociable y él lo sabía, Adrián Domac tenía alrededor de cincuenta y cinco años, petiso y barrigón. Una persona un tanto solitaria, cuando se lo proponía. Él dejaba que sus camareras trabajaran a discreción, pero sin restricciones. El bar gozaba de muchos más años de los que llevaba viviendo en este lugar, no era muy grande; el dueño se las había ingeniado bien para acomodar todo en su lugar, la arquitectura en forma rara de T y toda su decoración parecía o más bien pertenecía a los años 50. La mayor parte de las paredes habían sido reemplazadas por ventanales. Dando la mejor calidad en vista, por eso era muy transitado por los turistas. La puerta principal de doble ala hecha casi en su totalidad de vidrio. Aunque el vidrio era el que pasaba la factura de los años de maltrato. En los espacios que no estaban rayados había calcomanías de productos de gaseosas y cervezas de algún tiempo atrás.
—Justo a tiempo —pensé al ver la vieja puerta de Pipos.
Entré al bar y vi muchos rostros extraños, Rosario era un pueblo no muy grande, y en cierta forma nos conocíamos todos, aunque estas personas eran extrañas para la mayoría que frecuentaba el lugar. Busqué con la mirada a Greta, lo que se me dificultó un poco, el bar estaba más oscuro de lo habitual. Debían de haberse quemado algunas lamparitas y el dueño no las había reemplazado aún. La barra que se encontraba enfrente de la puerta principal, con sus butacas forradas en cuero roja, estaba vacía. Siguiendo el recorrido de la T, había una mesa de pool con pequeños estantes para apoyar las bebidas. El sector de las mesas para comer era el más importante, este lo coronaba. Si conseguías el lugar del medio, tenías todo el panorama del pequeño bar, en cambio las puntas contaban otra historia muy diferente. El ala de la derecha daba justo a las playas de Rosario, podías ver el oleaje en todo su esplendor, subir y bajar la marea y la gente caminando en la arena. En cambio, en la otra ala estaban las luces del pueblo, el bulevar Estrada que comenzaba en el paseo marítimo. Si conocía a mi amiga, sabía que ella me estaría esperando en el ala que daba a la costa, porque le gustaba presumir que sus ojos hacían juego con el mar.
Greta no había notado mi llegada. Seguí la dirección de su mirada, aunque no era de extrañar saber en dónde descansaban sus ojos. Estaba perdidamente mirando a un grupo de chicos nuevos, mientras montaban una escena en la otra ala, había algo en ellos un tanto siniestro, un tanto bello. Igual que la maldad, bella para ser mala y siniestra para no serlo.
—¡Hola...! —dije moviendo mi mano delante de su rostro para traerla de nuevo a la realidad.
—Hola, Chloe, ¿¡Chloe!? —Hubiera jurado que se había olvidado de mí—. ¡Tengo muchas cosas planeadas para esta n-o-c-h-e! —terminó deletreando noche, se ve que algo no le gustó—. ¡Chloe! —se quejó observándome de arriba abajo, y de abajo arriba. Me miraba como si fuera obvia su reacción. Sin embargo, todavía no entendía lo que me quería decir, me senté enfrente de ella esperando la respuesta a su repentino mal humor.
—¡Y tú, amiga mía!... ¡Me temo que no estás vestida para la ocasión! —preguntó—. Hoy es sábado por si no te enteraste —dijo levantando las palmas de sus manos en forma de exclamación.
Ella sabía muy bien en qué día de la semana estábamos. Sus stilettos iban acompañados por un short de cuero negro y una camisa en parte hecha de lentejuelas. A veces me preguntaba cómo resistía salir conmigo. Solía arreglarme, pero el bar de Pipos no merecía tanta sofisticación. ¡Al parecer, para ella sí!
—¡Era eso! —Me relajé mientras revoleaba mis ojos—. ¿Qué tienes en mente? ¡Me puedo cambiar! —Sonreí ante mi afirmación, sabía que eso la iba a animar.
—¡Primero, quiero ir a bailar! —afirmó usando ese timbre de voz, al que solamente lo usaba cuando por su cabeza se le cruzaba algo no muy legal—. Con esos chicos —dijo señalándolos y riendo tontamente—. Y luego ver el amanecer en el anfiteatro —concluyó.
—¿En el anfiteatro? —En verdad me intrigaba el lugar que había elegido.
—¡Sí! —afirmó tontamente—. Es un lugar único por acá, como nosotras dos —comentó entre risas.
—¡Sí que tienes buen sentido del humor! —Reí por la dirección de sus pensamientos.
Eso no se lo iba a cuestionar. En el pueblo estaban nuestras dos familias, y hacía mucho que no veíamos a otra bruja blanca por acá, y menos a una bruja oscura. Se dice que Rosario es un lugar protegido, por eso el nombre, y está custodiado por las salvaguardas, en donde lo malo se queda afuera y lo bueno adentro, por ese motivo no hay brujas oscuras en este lugar. Y el anfiteatro se encuentra terminando el paseo marítimo. Con la parte del escenario dando al mar.
—¡A cambiarse entonces! —respiré apesadumbrada—. Viendo que tus planes no van con mi “atuendo” —dije señalándome.
—¡Sííí! —Movió la cabeza hacia arriba y abajo dándole más peso a su afirmación—. ¡Por supuesto que sí! —se apresuró a decir—. Esos chicos nos invitaron al club del lago —dijo mirándolos embobada otra vez—. Aunque algunos son un poco extraños. —Por lo menos ella también lo había notado.
Ese grupo, compuesto por tres chicos en particular, era de lo más extraño que había visto cuando entré. Algunos estaban vestidos como si fueran roqueros o motoqueros, con esta escasa luz no sabía diferenciarlos. Y otro grupito que estaba en la mesa continua parecían más normal o por lo menos sus atuendos lo eran, ninguno tenía pinta de haber dormido mucho, y sus posturas eran rígidas para estar divirtiéndose en un bar. Mi llegada los alertó y no me habían sacado los ojos de encima, desde que había abierto la puerta del bar. Y lo más raro, ninguno daba la talla de ser socios de ese club, al cual lo frecuentaban los ricos del pueblo y algunos modelos de temporada.
—¡Genial! —Era la expresión más sarcástica que había encontrado—. Pero mañana temprano Lisa nos va a estar esperado para entrenar, no puedes faltar, dijo que tenía algo nuevo para enseñarnos.
—Que yo recuerde... —Hizo una pausa teatral como si estuviera pensando—. ¡Lo último que nos enseñó es teoría, teoría y creo que sí, más teoría! —se burló.
La camarera llegó y dejó una carta para las dos, cortando nuestra conversación. Angélica Roswell llevaba varios años trabajando en Pipos. No tenía más de catorce años cuando su padre las abandonó a ella y a su madre. Por ese motivo Adrián la había empleado a los quince años y tenía un trato especial con ella. Angélica era de esas personas que no se involucraba en la vida de nadie, se ocupaba de hacer bien su trabajo y de llevar una vida tranquila, todos por acá la conocían como “la rubia”.
El lugar estaba un poco más concurrido de lo habitual, pero eso era bueno, significaba que la época de turismo había comenzado. Aparte de ser un pueblo o ciudad pequeña como le gustaba llamarlo a Greta, Rosario cuenta con unas playas increíbles, en donde los fines de semanas tocan bandas locales y muy rara vez venían bandas de algún lugar cercano. La temporada de turismo dura los tres meses, que dura el verano, antes de que empiece el año escolar.
—Creo que voy a pedir lo mismo de siempre —dije sin mirar la carta que Gre tenía en sus manos—. Una hamburguesa con un batido. —Pipos era reconocido por sus famosos batidos. Muchos quisieron comprar la receta, pero el dueño se resistía a compartirla.
—Igual, la noche está ideal, se puede sentir esa vibra en el aire —dijo mirando al cielo a través del ventanal que teníamos a nuestro costado.
—¿Esa vibra? —pregunté entre risas incrédulas.
—Sí, ya sabes —contempló pensativa el mar—. Es como si cualquier cosa pudiera pasar esta noche.
La camarera llegó, tomó nuestra orden y se fue en busca de los batidos, ella jamás se entretenía charlando con los clientes. A los escasos minutos vino con dos tragos, por el color del líquido azulado podía adivinar que era algún licor, pero el olor era muy fuerte y distinto. Sin decir nada y con una postura incómoda, los dejó sobre la mesa.
—¡Discúlpame! —me apresuré en llamar su atención—. Nosotras no pedimos esto —dije señalando los vasos.
—Sí..., lo sé. —Se podía sentir el nerviosismo y preocupación en su voz—. Esos chicos me los dieron para ustedes —los señaló, aunque no hacía falta que indicara el lugar—. Me dieron una muy buena propina y dijeron que eran inofensivos, así que los acepté —dijo encogiéndose de hombros en forma de disculpa—. Pero si me preguntan, no es algo que preparemos nosotros —habló en susurros, evitando que la oyeran. Aunque la música estaba demasiado fuerte, hasta para oírla nosotras.
Se fue sin decir una palabra más. Nos quedamos mirándonos con mi amiga, pero era evidente que algo no andaba bien.
—¿Chloe...? —me llamó por mi nombre, había algo que no la dejaba seguir con su pregunta, tomó una bocanada de aire y relajó los hombros—. ¿Tú crees que sean hechiceros? El olor del trago me hace recordar a las pociones que prepara Lisandra. —Esta última parte la dijo en medio de un pensamiento muy distante.
—¡Creo que sí!, en el jardín hay una planta que tiene un olor similar, aunque este trago esta mezclado con alcohol, no creo estar muy segura. —La expresión de Greta mientras hablaba fue cambiando, sabía que se le había ocurrido una idea.
—En mi cartera tengo un frasquito —comentó en voz muy baja—. Voy a sacar una muestra para que Lisa lo analice. —Su rostro se iluminó y apareció esa sonrisa maliciosa—. Pon tu cartera delante de los tragos y distráelos. —Como siempre mi amiga pensaba en todo.
Seguí sus instrucciones al pie de la letra. Algo en mí llamó la atención del que debía ser el líder del grupito de los tres chicos malos, tomó la iniciativa de venir a investigar. Saqué el celular de la cartera y dije en voz más alta de lo normal.
—¡Creí que lo había perdido! —Greta se dio cuenta de que algo no andaba bien, guardó rápidamente la muestra en su bolso. Coloqué mi cartera en la silla continua a la mía, Gre intentó hacer lo mismo, pero ya era demasiado tarde, el individuo se había sentado a su lado. Nuestras miradas se encontraron e hizo que me corriera un escalofrío por todo mi cuerpo. Este chico no era pacífico en lo más mínimo, por sus poros exudaba maldad.
—¡Buenas noches, señoritas! —Su voz salió clara y limpia, pero al verlo pensé que tendría una voz más ruda, áspera, más acorde a su físico, era muy alto y musculoso, en sus ojos había hostilidad. Su campera de cuero estaba desgarrada en una de las mangas y su jean manchado, era como si hubiera estado en una pelea.
Greta tomó una postura de defensa, tenía los brazos tensos y listos para actuar. Lo miró sin vacilación y preguntó:
—¿Estos tragos —los señaló con su dedo índice—… los mandaron ustedes?
—¡Sí! —afirmó con mucha confianza, poniendo una sonrisa en su rostro que lo hacía lucir como asesino serial—. ¡Veo que todavía no los probaron! —contestó esperando que alguna hablara primero. Aunque se dirigió a mí, en cuestión de segundos logró acortar nuestra distancia. Estaba tan cerca que conseguía ver mi reflejo en sus ojos negros. Eran tan oscuros que juraría que no tenían vida.
—No aceptamos tragos de personas extrañas. — Mi respuesta salió firme y cortante.
—¡Oh, vamos!, ¿qué tan malo puedo ser? —Puso expresión de ángel, pero más bien, ángel de la muerte, diría yo.
En eso mi teléfono sonó, miré la pantalla y figuraba: Lisandra. Nuestras miradas se encontraron, sabía lo que quería decir la expresión en el rostro de mi amiga. Atendí y Lisa habló atropellándose las palabras. No podía entender lo que me decía, sin embargo, desafortunadamente ya no había oportunidad de volver a preguntar, la comunicación se había cortado.
—¡Tenemos que irnos! —dije mientras agarraba mi bolso.
Greta entendió la situación, se puso en pie casi al mismo tiempo que yo. El hombre que estaba a su lado empezó a insistir que nos quedáramos, y mi amiga no resistió en contestarle:
—¡Hasta la próxima, bebé! —y le tiró un beso.