Читать книгу Tormenta de magia y cenizas - Mairena Ruiz - Страница 10
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ОглавлениеDos días más tarde bajé a las puertas principales, vestida con ropa de montar. Aunque el verano aún no había terminado, había estado lloviendo toda la noche, por lo que opté por unos pantalones norteños con un jersey fino. Ropa cómoda e informal. No como Luther, que llevaba buenas ropas de montar con botas de cuero y jersey de cuello alto con hilo de oro. Fruncí el ceño ante su ostentación, pero no dije nada, igual que él tampoco comentó nada sobre mí.
—Buenos días. ¿Estás lista?
Asentí y él abrió las pesadas puertas, esperando a que yo pasara primero. Era raro caminar con Luther por los jardines, y la gente no podía evitar mirarnos con curiosidad al pasar. Al fin y al cabo, él era un Moore y yo, la hija de un gobernador sureño. Por mucho que me gustara pretender lo contrario, todo el mundo sabía quiénes éramos, y era extraño vernos juntos.
Al llegar a los establos, saludé a Jonah con familiaridad. Era de Olmos, y siempre me daba caballos sureños: fuertes y bajitos, no como los enormes animales norteños con sus minúsculas sillas de montar, a las que, de todas formas, me era imposible encaramarme sin ayuda. Luther, por supuesto, tenía su propio caballo, altísimo y esbelto.
Esperé junto a mi yegua mientras traían su silla de montar del almacén y la colocaban con cuidado.
—Aileen, estás cada vez más mayor —me dijo Jonah ajustando las bridas de mi caballo—. ¿Cuántos años tienes ya?
Me aparté un mechón de pelo, algo avergonzada por el comentario.
—Cumplí veintidós este verano —le contesté.
—Cómo vuela el tiempo —comentó pasándose la mano por la barba canosa—. Si hace nada estabais tu primo y tú correteando entre las viñas, sin dejar vendimiar a nadie.
Por suerte, los caballos ya estaban listos, y Luther se subió ágilmente al suyo con un gesto fluido que hizo que pareciera facilísimo. Yo me subí a mi silla con la dificultad justa y lo seguí al exterior.
—¿A dónde vamos? —pregunté una vez nos alejamos de los establos.
—A ningún sitio en particular —me contestó Luther—. Quiero que hoy pruebes a usar tu magia con animales, así que cabalgaremos sin prisa durante un par de horas.
Sujeté con más fuerza mis riendas.
—Nunca me ha gustado lo de usar magia con los animales —murmuré mientras nos dirigíamos al bosque.
—Eran los sureños quienes los usaban en las batallas, no nosotros —me replicó Luther.
—De eso hace mucho —protesté.
—Por lo que tengo entendido, en el sur se sigue usando magia para ayudar a los animales de trabajo.
—Ya lo sé —le dije, cortante—. Pero no me gusta.
Luther se giró hacia mí con el ceño fruncido y, por un momento, pensé que se había enfadado por mi tono. Pero no era así.
—¿Por qué? —me preguntó, extrañado—. No es como si les hiciera daño. Al revés, los ayuda.
Cogí aire, arrepintiéndome de haber dicho nada.
—Es una tontería —murmuré.
—No es una tontería si te molesta.
Apreté y aflojé las manos en torno a las riendas una vez más.
—Me recuerda a la magia mental.
Luther alzó las cejas.
—Ya sé que no tiene nada que ver —añadí enseguida, avergonzada—. Sin embargo… No sé. Antes todo el mundo usaba la magia mental como si nada, y ahora sabemos, o… Bueno, supongo que antes también se sabían los efectos, pero no importaban. Y siento que… Igual estamos…
Luther esperó unos instantes, pero no sabía cómo seguir.
—Crees que es posible que estemos manipulando las mentes de los animales sin darnos cuenta —me dijo con suavidad.
Me encogí de hombros, sintiéndome increíblemente estúpida. En el sur no se hablaba nunca de magia oscura ni de magia mental, y lo único que había descubierto en la corte, a base de meter la pata y quedar como una ignorante, era que no tenían nada que ver entre ellas.
—Podemos utilizar la magia para transmitir emociones a los animales. Usar señales que conocen y ampliarlas. Aunque no podemos manipular su voluntad, porque sus mentes no funcionan como las nuestras —me explicó, con el sonido de los cascos de los caballos acompañando sus palabras—. La magia mental te permite acceder a la mente de otra persona y manipularla. Puedes cambiar sus recuerdos, o hacerle creer que desea hacer algo, pero solo porque puedes entender cómo piensa.
—¿Y no funciona con los animales?
—No, solo con las personas.
Asentí.
—¿Hay algo más sobre lo que tengas dudas? —me preguntó Luther.
Me mordí el labio, buscando las palabras adecuadas.
—Sé que se le aplica la misma ley que a la magia oscura. Es decir, que está prohibido utilizarla para hacer daño, de la misma forma que está prohibido… envenenar a alguien, o atacar a otra persona con armas. Sin embargo, la magia oscura sí se sigue utilizando, mientras que la única vez que he oído que se ha usado la magia mental fue cuando… —Me obligué a terminar la frase—: Cuando Mikke.
Luther cogió aire, y supe que le había sorprendido que sacara el tema.
—Fue Mikke quien insistió en usarla. Quiso mostrarle al Consejo sus recuerdos, que vieran por ellos mismos lo que había pasado aquella noche. ¿Sabes lo que ocurre cuando compartes un recuerdo?
Negué con la cabeza.
—Se queda grabado para siempre. No le afecta el paso del tiempo, no cambia, no pierde detalle. Lo recuerdas como si acabara de pasar durante el resto de tu vida. Es como… una cicatriz en tu mente. Y en la de aquellos que ven ese recuerdo.
Dejamos pasar un largo momento en silencio.
—Lowden estaba entonces en el Consejo, ¿verdad?
Luther asintió y sentí que un escalofrío me recorría.
—Nunca he usado magia con animales —dije, cambiando de tema—. ¿Cómo funciona?
—¿Estás segura de que quieres probar? Podemos dejarlo.
—No, no te preocupes.
—Está bien. Concéntrate en tu magia.
Cerré los ojos, intentando dejar mi mente en blanco. Me centré en el olor a tierra mojada, en el sonido de los pájaros que piaban desde los árboles.
—¿Es la primera vez que montas esta yegua? —me preguntó Luther.
Negué, concentrada.
—Bien. Cuanto más se conoce al animal más fácil es comunicarle tus emociones. Pon tu mano en su cuello.
Abrí los ojos e hice lo que me decía, acariciando con suavidad su áspero pelo.
—¿Cómo te sientes?
Lo pensé un momento, y la respuesta, después de la conversación que habíamos tenido, me sorprendió.
—Relajada.
—Transmíteselo.
No tuve que preguntar cómo hacerlo. De forma instintiva, le indiqué al animal que todo estaba bien y este aminoró el paso, tranquilo. El caballo de Luther nos imitó.
—Muy bien. Ahora piensa en algo que te haga feliz.
Apenas dudé, ya que enseguida me vino a la mente lo poco que faltaba para el Festival de la Cosecha, en Olmos. La alegría, la felicidad, la fiesta en torno a las hogueras… El caballo trotó varios pasos y no pude evitar reírme.
—Piensa… en bailar.
Recordé el último baile de gala al que había asistido, con su lenta música norteña, y la yegua empezó a alzar las patas, al ritmo de una música que solo existía en mi cabeza. Me giré con una sonrisa hacia Luther, incrédula. Él sonrió también.
—Ahora vamos a echar una carrera. Al menos intenta ganarme, ¿de acuerdo?
Y, sin darme tiempo a reaccionar, Luther espoleó su caballo, que salió disparado. Tras un breve instante, mi yegua sintió mis ganas de ganar y mi urgencia y se lanzó también a la carrera, cabalgando más y más rápido.
Estábamos dándoles alcance cuando una bandada de pájaros alzó el vuelo a nuestro alrededor y, por un momento, todo se mezcló. Su miedo, mi sorpresa, la incomprensión de la yegua al percibir una amenaza que no podía ver. Todas nuestras emociones se entremezclaron y no fui capaz de contenerlas.
Uno de los pájaros se arrojó sobre mí para arañarme con sus garras, y la yegua reaccionó aterrorizada a mi dolor y se encabritó. Salté de lado sobre el barro para evitar caer tras ella y me encogí, protegiéndome la cara del pájaro, que seguía atacándome. La yegua, libre de mi peso y mi magia, se lanzó a cabalgar de vuelta al castillo y me dejó allí tirada.
Luther llegó por fin, descabalgando de un salto y alejando al ave con un gesto de su mano.
—¿Estás bien? —me preguntó mientras se agachaba junto a mí.
Con el corazón aún desbocado, aparté los brazos de mi cabeza y me incorporé con cuidado. Me dolía todo el cuerpo, estaba llena de cortes, arañazos y barro, y encima mi jersey estaba hecho jirones.
—No, no estoy bien. ¿Puedes ayudarme? —le pregunté a Luther ofreciéndole mis brazos ensangrentados.
Luther dudó un momento y luego extendió sus manos sobre uno de los arañazos más superficiales. Tras unos largos segundos de silencio, en los que Luther parecía más concentrado que nunca, nada ocurrió. Con un nudo en el estómago, me di cuenta de lo que pasaba y aparté mis brazos rápidamente.
—Déjalo, ya lo hago yo.
Luther tuvo la decencia de sonrojarse ante mi tono de voz. ¿Cuánta magia oscura debía haber utilizado para ser incapaz de curar un mísero arañazo? Y, además, debía haber sido recientemente, si aún no se le habían pasado los efectos.
Intenté no pensar en ello, concentrándome para poder cerrar los cortes más grandes de mis brazos y mis hombros. Sentía algunos más en mi espalda, pero no podía curarlos sin ayuda.
—Será mejor que te pongas esto —me dijo Luther quitándose su jersey, bajo el que llevaba una camisa azul cielo.
—No he llevado hilo de oro en mi vida —le espeté, indignada—, y no pienso empezar ahora.
Luther resopló.
—No puedes volver así —me dijo señalándome.
Cubierta de barro y de sangre, y casi en ropa interior.
—Prefiero volver así a llevar hilo de oro —insistí poniéndome en pie.
O al menos intentándolo, porque me dio un fuerte pinchazo en el tobillo y me caí de culo al barro una vez más. No sabía cómo curar un tobillo torcido, ni me quedaban energías para intentarlo después de haber tenido que sanar yo misma mis cortes, así que sentí mi enfado y mi indignación crecer aún más, acompañados ahora de mi vergüenza. Por estar tirada en el barro medio desnuda, por no haber podido mantener el control de mi yegua, por haberle dado el beneficio de la duda a Luther y haber olvidado una vez más quién era en realidad: un norteño que usaba la magia oscura, expulsado de la corte tras la guerra por el papel que había jugado en ella.
Apreté los dientes, haciendo todo lo posible por contener las lágrimas.
—Aileen, hace demasiado frío y estás herida, tienes que ponerte esto —insistió Luther ofreciéndome una vez más su jersey.
Me crucé de brazos como respuesta y él volvió a resoplar, exasperado. Y después empezó a desabrocharse la camisa. Aparté la mirada mientras se desnudaba como si nada.
—Ten —me dijo dándome la camisa—. A esto no te puedes negar.
Se puso el jersey y yo observé la camisa de algodón azul. No era un color que vistiera de normal, pero tenía frío y estaba cansada. Solo quería volver a casa.
Me quité el jersey destrozado y me puse su camisa, todavía cálida por el contacto con su piel. Me quedaba algo larga, así que até los faldones en torno a mis caderas.
—Permíteme ayudarte —me dijo Luther entonces, poniéndose en pie y ofreciéndome su mano.
Tras un segundo de duda, la acepté y dejé que me ayudara a levantarme.
—Estamos demasiado lejos para volver andando, así que tendrás que montar conmigo.
Yo me sonrojé y me aparté de él.
—Imposible.
Luther fue a replicar, pero seguí hablando antes de que dijera nada:
—Peso demasiado para montar los dos, y más en un caballo norteño.
—Solo vamos hasta el castillo e iremos despacio. Podemos hacerlo perfectamente.
Sentí una extraña angustia solo de pensar en subirme al animal, pero Luther no me dio tiempo a ponerme más nerviosa. Cogió las riendas del caballo y lo situó junto a mí.
—Tú montas primero, en la silla. ¿En qué pie te has hecho daño?
Señalé el izquierdo.
—Vale. Pon tu mano en mi hombro y el otro pie, en mi rodilla.
Hice lo que me indicaba y él me cogió de la cintura.
—Sube —me dijo entonces, impulsándome con ayuda de su magia.
Algo torpe, conseguí pasar la pierna izquierda por encima del caballo, que ni se inmutó.
—¿Ves? Sin problema. Échate hacia delante. Sostén las riendas.
Me agaché sobre el pomo de la silla y Luther, poniendo el pie en el estribo y cogiéndose del pomo, montó detrás. Podía sentir cada centímetro de su cuerpo pegado al mío y su aliento contra mi cuello.
—Tú cógete del pomo y yo llevaré las riendas —me indicó.
Se las entregué y me sujeté a la silla, intentando no moverme.
—No te preocupes —me dijo rodeándome con sus brazos —, no te vas a caer.
Luther chasqueó la lengua y el animal echó a andar. Me tensé inmediatamente y él pasó uno de sus brazos por mi cintura, pegándome contra su pecho.
—Apóyate en mí y relájate, Aileen, vas a poner nervioso al caballo.
—Lo siento —murmuré.
—No pasa nada.
Intenté relajarme contra su cuerpo, siguiendo los ejercicios de respiración que me había enseñado. Podía notar el olor de su colonia y el vaivén de su pecho contra mi espalda. Tras unos instantes, incluso sentí la tranquilidad que emanaba de él.
—Te gusta montar —le dije, sin preguntar, queriendo distraerme.
—¿A ti no?
Me encogí de hombros.
—Prefiero el tren. Solo viajo a Olmos y a Nirwan, y en Nirwan me recogen siempre en carruaje.
—Si tuvieras tu propio caballo, montarías más a menudo. Lo disfrutarías más.
—Puede ser. Pero me parece un derroche mantener mi propio caballo, si no voy a ir a ningún sitio con él.
—A veces es más el hecho de montar, y no el destino. Yo salgo mucho con James. —Y, al cabo de un segundo, añadió—: McTavish.
Sonreí.
—Sabía de quién hablabas, tranquilo. Sois muy amigos, ¿verdad?
—James es… una persona importante en mi vida.
Algo en su tono me hizo pensar en Ethan y Noah y, por alguna razón, no pude contener mi curiosidad.
—¿Es, eh…? Quiero decir, James y tú… ¿Sois, o…?
Sentí la risa de Luther contra mi espalda y su aliento en mi oído.
—Perdona, sé que no es asunto mío —dije rápidamente—. Es solo que, no sé, un hombre norteño de tu edad, sin casarse ni nada, es raro. Porque has venido solo a la corte, ¿no? Quiero decir, que no estás casado.
En las manos que sujetaban las riendas no había ningún anillo, aunque no todo el mundo llevaba. Y, de todas formas, había sido una tontería sacar el tema, sobre todo tratándose de algo tan personal.
—Llevo casado… quince años —me contestó, asombrándose él mismo ante la cifra—. Pensaba que lo sabías.
Me quedé sin palabras al pensar en la cantidad de horas que habíamos pasado juntos y lo poco que lo conocía en realidad.
—Fue un matrimonio concertado, como tantos en aquella época. Ágata es una de mis mejores amigas, pero no hacemos vida en común. Ella tiene su trabajo en el norte, y no tiene ningún interés en volver a la corte.
—¿Tenéis hijos?
—No. Hace tiempo que empezamos a hablar de separarnos, aunque nunca parece ser el momento adecuado.
No dije nada, y Luther siguió llenando el silencio:
—Nos casamos muy jóvenes, durante la guerra, y no era el momento de tener hijos. Después esperamos hasta que la situación se normalizó, pero, para entonces, ya teníamos claro que no había nada entre nosotros excepto amistad. Dejamos pasar los años y…, en fin. Nunca es buen momento para un escándalo.
Luther carraspeó de repente.
—Perdona, no hablo nunca de esto, no sé por qué…
—No pasa nada. Es raro pasar tanto tiempo juntos y no saber nada de tu vida.
Tras unos instantes, Luther preguntó en un susurro:
—¿Qué más quieres saber?
Dudé, sintiendo el palpitar de su corazón contra mi espalda, mezclándose con el mío. Hablé sin darme cuenta:
—¿Por qué te expulsaron tras la guerra? ¿Qué es lo que hiciste?
Luther tardó tanto en contestar que, por un momento, pensé que ya no lo haría.
—Me uní al ejército de Mikke —dijo en voz baja, como si alguien pudiera oírnos—. Entrené con sus consejeros y participé en algunas redadas.
—¿Conocías… a mi tía? —pregunté en voz tan baja como la suya.
—Andrea —me contestó él—. Sí, la conocí entonces.
—¿Cómo era?
—Dura. Muy dura. Valiente. Decidida. Completamente entregada a la causa, como Mikke.
Continuamos cabalgando un rato más.
—¿Por qué hablas de ella en pasado? —me preguntó Luther, de pronto—. Sabes que está en la Isla, con los demás.
—Lo sé, es solo que… No sé, se me hace difícil imaginármela allí ahora mismo, siguiendo con su vida.
—No sé si el exilio en la Isla se puede considerar vida… Con guardias día y noche, viviendo en una helada fortaleza y rodeados hasta el horizonte de tierra yerma. Ese es el agradecimiento que les dieron por salvarnos a todos, por ahorrarnos aún más años de guerra y sufrimiento.
Quise decir algo, pero con los brazos de Luther rodeándome y su olor en mi piel era difícil reunir las fuerzas necesarias para llevarle la contraria, así que me callé y terminamos el camino en silencio.
Ni siquiera le pregunté para qué había usado magia oscura, por qué no había podido curarme. Me sentía tan tranquila que apenas me importaba ya, por lo que, en lugar de hablar, me dejé llevar por el vaivén del caballo hasta que vi la silueta de Jonah a la entrada de los establos.
—Estaba a punto de ir a buscarte, Aileen —me dijo quitándole a Luther las riendas cuando llegamos junto a él—. Tu yegua ha vuelto hace un buen rato.
—No te muevas —me indicó Luther cogiéndose del pomo de la silla para bajar del caballo.
Pasó una pierna por encima del animal y se bajó con facilidad. El movimiento hizo que sintiera el frío del final del verano y me dio un fuerte escalofrío. Además, el tobillo me punzaba de forma dolorosa.
Antes de que Luther pudiera ofrecerme su ayuda, Jonah me rodeó la cintura, pasó un brazo por debajo de mi rodilla y me bajó del caballo. Hice un giro extraño para evitar apoyar el pie herido y Jonah se dio cuenta de lo que había pasado. Lanzándole una mirada de desprecio a Luther, el hombre se agachó y, en cuanto puso sus manos sobre mi tobillo, el dolor se desvaneció.
—Te llevo de todas formas al sanador —me dijo ignorando a Luther, que seguía de pie a nuestro lado—. Helena puede ocuparse de su caballo, señor Moore.
Jonah me pasó un brazo por los hombros y me llevó hacia el castillo, sin darme tiempo a decir nada.
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La enfermería ocupaba su propia ala en la zona más nueva del castillo, terminada apenas unos años antes. Tenía grandes cristaleras y tragaluces que lo iluminaban todo, pero los vidrios eran especialmente gruesos y aislaban las salas del frío exterior. Las paredes estaban enyesadas y pintadas de blanco; todas las superficies, limpias y ordenadas. Y en el aire había una permanente y antinatural ausencia de olor. No olía a limpio, no olía a medicamentos, ni a enfermedad. No olía a nada. Prefería pasar allí el menor tiempo posible.
El sanador, un hombre enorme con una espesa barba negra llamado Nostra, me llevó hasta el fondo de la sala principal, donde tenía su escritorio, y me hizo sentarme en una de las camillas. Tras apenas echarme un vistazo, se marchó a buscar un ungüento. Yo me quité la bota con cuidado y me desabroché la camisa, aunque me la dejé puesta. Podía escuchar a Nostra rebuscando entre sus tarros en una sala contigua, pero también murmullos que provenían de una cama cercana, rodeada por doseles. Y con el sonido, una extraña sensación de magia ajena. Antes de darme cuenta de lo que hacía, me puse en pie, apretando la camisa contra mi cuerpo, y me acerqué a ver de qué se trataba.
Sobre la cama había una mujer tiritando y encogida sobre sí misma, vestida solo con un camisón que no ocultaba las llagas que cubrían su piel. Se le marcaban todos los huesos y su cara, demacrada, estaba enmarcada por mechones de pelo seco y quebradizo. Solté el dosel y volví a la camilla antes de que Nostra regresara, aguantando la respiración.
Lo que había sentido era su magia oscura, que la rodeaba por completo. Sabía que aquello era algo que ocurría, que había gente que llegaba a morir al usar demasiada magia oscura, ya que su cuerpo era incapaz de sanar y regenerarse con normalidad. Pero pensaba que era algo que solo pasaba en el norte, en lugares apartados y escondidos, no en Rowan.
No pude evitar llevarme una mano a mi propio pelo, suelto, sin nada que ocultar.
—¿Estás bien, Aileen?
Alcé la mirada hacia Nostra, que estaba a mi lado.
—Sí.
Él asintió y empezó a curar los cortes de mi espalda para después borrar el resto de cicatrices con un par de gestos. Luego revisó mi tobillo y me dio una poción por si sentía algo de dolor durante el día. Le di las gracias y, al salir de la enfermería, vi que había alguien esperando en el pasillo.
Era Luther.
—Aileen —me dijo acercándose a mí—. Quería asegurarme de que estabas bien.
—No ha sido nada.
Luther asintió y me miró de arriba abajo, como confirmando lo que le decía.
—Erm… la camisa… —comencé.
—Quédatela —me interrumpió él—. El azul te sienta bien.
Y se fue sin esperar a que le dijera nada más.
Me marché directa a mi habitación a darme una ducha y quitarme los restos de barro y sangre que aún me cubrían. Después me cambié de ropa, tirando el jersey a la basura y la camisa, a la cesta de ropa para lavar.
Salí del dormitorio con el pelo húmedo y vi a Sara, sentada con las piernas cruzadas en el sillón.
—Tienes un paquete de tus padres —me dijo sin alzar la vista de los papeles que estaba leyendo.
Me senté a la mesa y cogí el paquete, sintiendo todo el cansancio de la larga mañana. Mis padres me habían enviado un par de faldas nuevas y dulces caseros, acompañados de una carta.
Leí las últimas noticias de familiares y vecinos y lo poco que mi padre me podía contar de su trabajo por escrito, hasta llegar a una parte más seria.
Aunque confiamos en tu criterio (más que en el de tus abuelos) a la hora de trabajar con Luther Moore, no podemos dejar de prevenirte sobre la clase de persona que es. Los Moore, en general, son conocidos por su uso de la magia oscura y por sus prejuicios contra el sur, como habrás podido observar por ti misma.
Lo que tal vez no sepas es el papel que tuvo Luther Moore durante la guerra. No solo estuvo implicado políticamente, pese a la corta edad que tenía entonces, sino que se rumoreó que había tomado parte en la represión de los opositores.
No sabemos qué clase de persona será ahora mismo, y somos conscientes de que hace tiempo que buscabas un experto. Entendemos que en la corte las cosas parecen estar cambiando, pero aquí, en Olmos, en casa, es difícil olvidar sin más todo lo ocurrido. Lo único que queremos es que recuerdes quién es.
Me quedé mirando la carta, sin ver las palabras.
—¿Qué tal ha ido esta mañana? —me preguntó Sara entonces.
—Bien —contesté—. Todo bien.
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Puesto que no todos íbamos a ir al baile de gala, y unos días después nosotros volveríamos a Olmos para el Festival de la Cosecha, Liam propuso ir de nuevo al Aguadero ese fin de semana. Era obvio que solo quería una excusa para poder ir con Claudia, pero todos aceptamos de todas formas.
Nos encontramos después de cenar en los establos y debatimos durante un rato sobre cómo ir. Pese a que para la mayoría de edad de Claudia habíamos alquilado dos carruajes, de normal solo llevábamos uno y nos turnábamos para conducirlo; pero claro, con Claudia no cabíamos todos. Al final, Ethan y Noah decidieron llevarse sus propios caballos y cabalgar junto a nosotros. Fui a ofrecerme para conducir el carruaje, pero Sara me cogió fuertemente del brazo y me hizo subir con ella.
—Ni se te ocurra dejarme sola con ellos —me susurró sentándose a mi lado y estirándose la falda.
Claudia subió entonces y Liam se sentó en el pescante. Cuando Noah e Ethan estuvieron montados en sus caballos, nos dirigimos al pueblo.
Claudia llevaba una falda amplia por debajo de las rodillas, botas altas y una camisa con parches en distintos tonos tierra. Yo también llevaba una falda similar, aunque en color negro, y en el último momento había decidido ponerme la camisa azul. Sara, por supuesto, era la que iba más arreglada, con un vestido largo pero ajustado, sin enaguas.
—¿Qué tal van tus estudios? —le pregunté tras un incómodo silencio.
—Bien.
Claudia apretó sus rodillas por encima de la falda.
—¿En qué te quieres especializar? —añadí tras unos momentos más.
—Invernaderos. Ane es mi mentora.
A trompicones y con algún que otro silencio más, conseguimos mantener la conversación hasta llegar al Aguadero. Una vez allí, la presencia de Liam y la cerveza ayudaron a normalizar la situación, y no pasó mucho rato hasta que me dejé arrastrar por Ethan y Noah para bailar.
Estábamos dando saltos y girando con los brazos en alto, riendo como idiotas, cuando sentí que alguien me sujetaba por la cintura con suavidad.
—¡McTavish! —exclamó Noah mientras yo me giraba.
—¡Hola! —lo saludé por encima de la música, dejando que rodeara mi cintura con su brazo—. ¿Qué haces aquí?
—Le dije que íbamos a venir —explicó Noah a gritos—, por si se quería pasar. No sabía que os conocíais.
—No podía permitir que hubiera una taberna que no hubiese visitado —me explicó él al oído.
Y, por supuesto, McTavish no había venido solo. Luther Moore se acercó también a nosotros, vestido con una camisa y una chaqueta informales y con el pelo rubio cuidadosamente despeinado. Lo saludé con la mano y él nos dirigió una inclinación de cabeza.
—Venid, os presentamos a los demás —dijo Noah.
Lo seguimos hasta nuestra mesa y pude ver cómo a Sara le cambiaba la expresión al reconocer quién nos acompañaba.
—Ethan, Liam, Claudia, Sara, y a Aileen ya la conocéis —nos presentó.
—Tengo el placer de conocer también a la señorita Blaise —dijo él cogiendo su mano para besarla—. Y algunos creo que ya conocéis a Luther Moore.
Nos sentamos todos de nuevo y Luther lo hizo junto a Liam mientras Noah insistía en hacerle sitio a McTavish a su lado. Sara me apretó la pierna por debajo de la mesa, pero no había nada que yo pudiera hacer. Bebimos, hablamos y seguimos bebiendo. Yo me contuve, sobre todo cuando vi cómo Noah e Ethan intentaban mantener el ritmo de McTavish, pero los demás no se preocuparon demasiado por la resaca que tendrían al día siguiente.
Pensaba que Luther se sentiría fuera de lugar, pero se integró sin problemas en la conversación. Era increíblemente raro verlo allí, en el Aguadero, vestido de forma tan informal.
—¡Que es verdad! —exclamó Noah golpeando su jarra de cerveza contra la madera—. McTavish, Ethan no se cree lo de las magias de tus abuelos.
—Es cierto —contestó McTavish disfrutando de ser el centro de la conversación.
Liam tiró de mi manga para llamar mi atención y me giré hacia él.
—Aileen —me dijo—. ¿Sabías que Luther conoce a tu madre?
—¿A mi madre? ¿Y eso?
—Bueno, solo la he visto un par de veces en algún evento en Nirwan —explicó Luther—. Mi padre le dio clases cuando era joven.
—No lo sabía —reconocí.
Mi madre apenas hablaba de su vida en el norte, aunque sí sabía que había recibido clases particulares al terminar la escuela.
Liam siguió preguntándole algo a Luther, mientras Noah e Ethan se ponían en pie para bailar de nuevo. McTavish, de alguna forma, consiguió convencer a Sara, pero Liam aún necesitó un rato más para reunir el valor suficiente e invitar a Claudia a bailar una canción lenta. Luther se puso en pie para que pudieran salir y cuando volvió a sentarse lo hizo más cerca de mí.
—¿Sabes qué?
—Sorpréndeme —bromeé, tal vez por la cerveza.
—Pensaba que estabais juntos —me dijo—. Liam y tú.
—¿Qué? ¡No! —exclamé—. Liam es mi primo, mi mejor amigo.
—¿Esa no es la señorita Blaise?
¿Por qué a ella todo el mundo la llamaba señorita?
—Ella es mi mejor amiga. No es lo mismo.
—En absoluto —aceptó Luther, con una sonrisa—. Supongo que yo tampoco te conozco tan bien como pensaba.
—Bueno, confundir a mi primo con mi novio no es lo mismo que no saber que llevas casado quince años, pero entiendo lo que quieres decir.
Fui a tomar un sorbo de mi cerveza, pero ya estaba caliente y la volví a dejar en la mesa.
—¿Puedo invitarte a algo distinto? —me ofreció Luther.
—Vale.
Luther se levantó y volvió poco después con dos grandes vasos.
—¿Qué es? —le pregunté aceptando uno de ellos.
—Una mezcla secreta —me contestó enigmáticamente—. Todo norteño, por supuesto.
—Por supuesto —repetí yo, de buen humor.
Le di un sorbo al cóctel y sentí el ácido sabor de la mezcla.
—Um… Está buenísimo.
Luther sonrió.
—Es muy suave —me dijo—. He notado que apenas estabas bebiendo y no estaba seguro de si era por la cerveza o porque no querías beber demasiado.
—La cerveza me encanta, por muy mala que sea. Es un don. Pero he visto cómo estaban bebiendo Ethan y Noah, intentando impresionar a McTavish, y alguien tiene que quedar en pie.
Luther asintió, sonriendo.
—La próxima vez les tocará a ellos —añadí al cabo de un momento, intentando rellenar el silencio.
Miré hacia McTavish, sintiendo la mirada intensa de Luther sobre mí, y tomé un nuevo sorbo de mi bebida para evitar decir algo sobre la otra noche.
—¿Vas mucho a Nirwan? —me preguntó Luther.
—Bastante. Voy todos los veranos con mi familia, y en los últimos años voy de visita de vez en cuando.
—¿Y te gusta?
—Es raro. Me encanta ir, me encanta pasar tiempo con mis abuelos y vivir durante unos días como ellos —reconocí—. Pero… hay cosas que no soporto. No se puede hablar de política en la casa y siguen tratándome como si fuera una niña, tal vez porque no vivieron mi infancia, no sé. Además, siempre intento vestirme lo más norteña posible y, aun así, mi abuela me compra ropa mientras estoy allí, sabiendo que luego no la voy a usar.
Luther miró por un instante mi camisa. Su camisa. Pero no dijo nada y yo seguí hablando, animada por el alcohol y por la forma en que me escuchaba, como si estuviera memorizando cada una de mis palabras.
—A veces se aprovechan del hecho de que me mantienen en la corte. Insistieron mucho cuando dije que me gustaría seguir estudiando aquí, en que querían hacer algo por mí, que soy su única nieta, y todo eso. Incluso… —Tragué saliva; necesitaba contárselo a alguien—. Me ofrecieron recuperar el apellido. Mis padres no lo saben. Nadie lo sabe.
Las últimas palabras apenas fueron un susurro, pero Luther, que se había inclinado hacia mí, me había escuchado sin problemas.
—Creen que la línea puede acabar con tu tía, ¿verdad?
Asentí.
—¿Y lo harías?
—No podría hacerle eso a mi madre. Somos Dunns. Y hay apellidos, legados familiares, que merecen salvarse. Pero… sé lo que pasó con mi madre. Y no puedo evitar pensar que si digo demasiadas cosas que no quieren oír, tal vez un día se cansen y me deshereden a mí también. No creo… No creo que el apellido Thibault merezca ser salvado, pero tampoco puedo decírselo. Les dije que lo pensaría en unos años.
Luther me miró un largo momento y me pregunté si a él también se le llegaba a olvidar quién era yo en realidad. De repente, a través de la neblina del alcohol, me di cuenta de algo.
—No es por el dinero —añadí rápidamente—. Eso no me importa. Es por… Por no discutir. Por no perderlos.
Luther asintió.
—Te entiendo. Son dilemas complicados. Y es difícil tener que silenciar tus ideas, tus creencias —me dijo en voz baja—. Pero a veces es necesario. Y a veces vale la pena.
—¿Tú crees? —Y, entonces, le hice la pregunta que llevaba días quemándome en los labios—: ¿Por qué has vuelto a la corte después de tanto tiempo?
Él esbozó una sonrisa algo triste.
—No quiero mentirte. Ni hoy ni ningún otro día.
Yo sonreí.
—Pero tampoco quieres decirme la verdad —le dije.
—No hoy.
Nos miramos en silencio. Había tan poca luz en el Aguadero que sus pupilas habían devorado casi por completo el azul de sus ojos. Pero no del todo.
—Puedo decirte que no he vuelto por mí —añadió al cabo de un momento—. Pero estoy encontrando razones para seguir aquí que son solo mías.
—¿Como cuáles?
Luther se retiró un poco y bebió de su vaso.
—James ha sugerido lo mismo que tú. Que dé clases a más gente. Y me lo estoy pensando.
—¿En serio? Me parece estupendo.
—¿De veras?
—Estoy segura de que mucha gente se apuntaría. Sara, por ejemplo. Lo usa para tocar el piano, me fijé el otro día.
—Has empezado a verlo, ¿eh?
—Es extraño. A veces estoy observando algo y ni me doy cuenta de que lo que estoy viendo es magia, y otras, por mucho que intente concentrarme en algo distinto, me es imposible no verla.
—¿Y has vuelto a probar por tu cuenta?
Me puse seria sin poder evitarlo, acordándome del fallido intento con la planta y del más reciente incidente con el caballo.
—No —me limité a decir.
Luther pareció entenderme, porque sonrió con suavidad.
—Cuando te digo que eres buena no lo digo por decir, pero eres mucho más mayor de lo habitual y esta es una disciplina complicada. Tienes que practicar más y perderle el miedo.
—Ya, ya lo sé. Pero en clase todo parece tan fácil que luego…
—Dame la mano.
Le ofrecí mi mano derecha y él la cogió, poniéndola boca arriba. De forma instintiva, creé una bola de magia y Luther sonrió.
—Ahora no estamos en clase.
—Estoy algo borracha —confesé innecesariamente—. Todo fluye mejor.
Luther se puso serio y acercó su otra mano a mi magia. La tocó con un dedo, con cuidado, haciéndola girar sobre sí misma. Acerqué mi mano izquierda y la detuve, luego la giré en sentido contrario. Luther alejó sus dedos, expandiéndola. Puse un dedo sobre ella, sintiendo cómo seguía girando bajo mi piel.
Un fuerte golpe junto a nosotros nos sobresaltó y nos apartamos con un respingo. Los chicos habían vuelto a la mesa con más jarras de cerveza. Luther y yo les dejamos sitio y Sara consiguió sentarse entre Ethan y Noah.
—Aileen Dunn bebiendo con Luther Moore —balbuceó Noah.
Fue a decir algo más, pero se le olvidó y se quedó con la mano en el aire.
—Más raro es ver a Luther Moore en el Aguadero —dije yo—. Sin corbata ni nada, tan…
Lo señalé con las manos, buscando la palabra.
—… normal —dije al fin.
McTavish se rio y alzó su copa hacia mí.
—No es tan raro —protestó él—. Ni siquiera es la primera vez que vengo desde que volví.
—Pues yo si no llego a verlo no me lo hubiera creído.
—Lo dices como si tú fueras a cualquier sitio —protestó Ethan, menos tímido gracias al alcohol—. No has pisado un baile de la corte en siglos.
—Desde mi último cumpleaños —añadió Sara.
—¿Has estado en bailes de la corte? ¿Tú? —bromeó Luther, exagerando su incredulidad—. No habrán sido de gala.
—No hace tanto —protesté—, aunque solo por Sara. Y no es lo mismo.
Luther se encogió de hombros, reclinándose en el banco.
—No pasa nada, no todo el mundo puede tener mi capacidad de adaptación.
—Soy lo que soy —dije, dando por terminada la discusión.
Tras un rato más de conversación, empezó a sonar una canción lenta y McTavish se incorporó nada más escuchar las primeras notas. Pensé que iba a invitar a Sara a bailar, pero Luther se rio.
—Nuestra canción —le dijo.
McTavish sonrió, extendió una mano hacia él, que volvió a reírse, e insistió:
—Por los viejos tiempos.
Luther se puso en pie y aceptó la mano de McTavish, que lo llevó a la pista de baile. Luther, que era bastante más alto que él, le rodeó la cintura y McTavish apoyó la mejilla contra su hombro.
—No quiero imaginarme la cantidad de símbolos de kohl que habrá borrado McTavish —comentó Noah mirándolos.
Sentí cómo me sonrojaba y clavé la mirada en mi vaso. Podía sentir también la incomodidad de Claudia y Liam, pero Ethan parecía confundido.
—¿A qué te refieres?
Noah parpadeó, como dándose cuenta de que había hablado en voz alta. Por suerte, Sara le evitó dar la explicación:
—Es una costumbre sureña muy antigua. Hay gente que se dibuja símbolos con kohl en el cuerpo cuando van a acostarse por primera vez con alguien. Aileen.
Alcé la cabeza, sobresaltada.
—¿Me acompañas a por otra copa de vino?
—Por supuesto —contesté poniéndome en pie de un salto.
Un par de horas más tarde, cuando estuvo claro que los chicos acabarían en el sanador si seguían bebiendo como McTavish, decidimos que era hora de irnos a casa. Los chicos estaban demasiado borrachos para intentar montarse siquiera a sus caballos, así que los ayudamos a subir al carruaje, con Claudia.
—Sara, ¿prefieres el pescante o apretarte en el carruaje?
—De ninguna manera —intervino McTavish—. Nosotros podemos llevar a la señorita Blaise.
Pude ver que Sara se sintió inmediatamente dividida. Odiaba tener que ir en el pescante, pero apretarse con otras cuatro personas en el carruaje no era mejor opción. Aunque tampoco estaba dispuesta a irse sola con Luther y McTavish.
—Aileen, ¿por qué no nos acompañas tú también? —sugirió Luther.
—Claro.
Dejé a Liam al mando de las riendas una vez más y esperé a que trajeran el carruaje de Luther y McTavish, que tenía conductor. Era un chico del Subcomité Social, cuyo nombre no recordaba.
McTavish acabó sentado junto a Sara, así que yo me senté con Luther. Apenas había arrancado el carruaje cuando McTavish se quedó dormido, con la cabeza apoyada en el hombro de mi amiga. Ella no tardó mucho en quedarse dormida también, apoyándose en él a su vez.
—Sabe que no tiene ninguna posibilidad, ¿verdad? —le pregunté a Luther en un susurro.
—No lo subestimes —me contestó.
Negué con la cabeza, poco convencida, y suspiré.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dije al cabo de un rato, en voz baja.
—Por supuesto.
—¿A qué te dedicabas antes de venir a la corte? Todo este tiempo he pensado que no tendrías profesión, pero cuanto más te conozco… más improbable me parece.
Luther sonrió.
—He trabajado siempre dirigiendo las minas de mi madre. Cuando ella murió hace unos años me hice cargo de todas.
—Ah, magnate minero, como los Vincent.
Luther se rio.
—No, no como los Vincent. No tenemos tantas.
—Nadie tiene tantas minas como los Vincent.
Luther dejó pasar un largo rato antes de volver a hablar y, cuando lo hizo, fue evitando mi mirada.
—Por eso vine a la corte cuando era joven. No fue para hacerme político, ni guerrero. Quería establecer contactos, aprender a llevar los negocios. Todo lo demás fue…
Luther dejó morir las palabras en el silencio, con un suspiro de frustración.
—No tienes por qué darme explicaciones —musité.
—Lo sé.
El resto del camino lo hicimos mecidos por el vaivén del carruaje, observando a nuestros amigos dormir.