Читать книгу Tormenta de magia y cenizas - Mairena Ruiz - Страница 9
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ОглавлениеDespués de mi discusión con Luther volví a mi dormitorio, donde me quedé encerrada el resto del día. Me sentía engañada y humillada y no quería dar explicaciones a nadie, así que le conté a Sara que no me encontraba bien para que no me molestara. Liam vino a buscarme por la tarde, pero le dije que no tenía ganas de ver a nadie, sin abrir siquiera del todo la puerta.
A la mañana siguiente seguía escondida entre las sábanas cuando Sara llamó con suavidad a mi cuarto.
—Aileen, han traído un paquete para ti.
Aún tardé un rato en decidirme a salir de la cama e ir a ver qué había llegado. Debía ser algún envío de mis abuelos, que me solían mandar ropa y regalos norteños con la esperanza de que abandonara mi estilo mestizo. Sin embargo, el paquete que me esperaba sobre la mesa no era de ellos. Era una caja de madera labrada con bajorrelieves, con un frondoso árbol tallado en cada uno de los laterales. Mis abuelos nunca me comprarían algo así.
—Trae una carta —me dijo Sara desde el sillón.
Señorita Aileen Dunn, ponía con elegante caligrafía. Le di la vuelta al sobre y fruncí el ceño al ver el escudo de los Moore en el lacre.
—¿No la abres? —me preguntó mi amiga, impaciente.
Debía haber curioseado y, al ver el remitente, había decidido no moverse del salón hasta que abriera el paquete. Con un suspiro, rompí el lacre.
Estimada Aileen:
Lamento profundamente el terrible malentendido que condujo a la discusión de ayer. Nuestro trabajo en las últimas semanas, el hecho de que eres una Thibault y el extraordinario talento que has demostrado para las técnicas usadas en el norte han hecho que olvide que no has sido criada allí, con la falta de ciertos conocimientos que eso supone.
Si no he sido más claro a la hora de gestionar tus expectativas ha sido por eso, y no por malicia.
Siento haber olvidado que, en realidad, eres una novata y lamento haberte fallado como instructor al dejar que tu confusión enturbie el disfrute de una disciplina en la que claramente destacas.
Solo el tiempo y la práctica pueden llevarte a conquistar tu magia. Espero que, mientras, sigas aceptando la ayuda que pueda ofrecerte.
Atentamente,
Luther Moore
Cerré la carta y la dejé sobre la mesa, preguntándome con qué clase de regalo esperaba comprar mi perdón. Aunque, cuando abrí la caja y vi lo que había dentro, no pude evitar sonreír. Sara, que se había acercado a cotillear, se apartó con rapidez al notar el olor.
—Es abono —le expliqué sonriendo—. Para mis plantas.
No podía hacer que mi planta creciera de la noche a la mañana, pero me ofrecía la ayuda necesaria para conseguirlo de todas formas. No solo me pedía disculpas, sino que lo hacía de la forma más sureña posible.
—Así que lo que tenías era un disgusto —me dijo Sara, al ver mi cambio de actitud.
Yo me encogí de hombros.
—¿Y fue culpa de Luther Moore?
Me encogí de hombros de nuevo.
—Me ha pedido disculpas.
La cara de Sara lo decía todo sobre qué opinaba de su forma de pedir perdón.
—Un Moore disculpándose por algo… —murmuró, asombrada—. ¿Lo vas a perdonar?
Tamborileé los dedos sobre la caja, como si no supiera la respuesta desde que la había abierto.
—Supongo —contesté al fin.
—Bueno, pues llévate eso de aquí, antes de que apeste toda la sala.
—¿Cómo llevas la organización del baile? —le pregunté mientras dejaba la caja junto a mis plantas.
—Ugh, no me hables de eso. Llevo tres días trabajando sin parar, creo que voy a estallar.
—¿Por qué no hacemos otra cosa, entonces? Solo un rato, para que descanses, y luego sigues trabajando.
Sara se mordió el labio inferior, tentada.
—Podríamos ir a la Sala de Música… —musitó—. Y podrías traer alguna de tus velas relajantes…
Asentí rápidamente y nos fuimos a la Sala de Música, que estaba vacía.
Sara se sentó al piano y tocó algunas notas, comprobando la afinación del instrumento. Yo puse un par de velas sobre una mesita baja y las encendí. Luego me tumbé boca arriba en el sofá, aprovechando que llevaba unos gruesos leotardos para poner un pie sobre el respaldo. Pronto me llegó el dulce perfume floral de las velas y sentí que la tensión desaparecía de mis músculos.
Sara empezó a tocar y me giré hacia ella para observarla. Tras mis sesiones con Luther, podía notar cómo Sara hacía uso de su magia a la hora de tocar. No parecía ser algo consciente, sino más bien una parte más de su técnica, algo que hacía sin pensar. Había visto a mi amiga tocar innumerables veces y no había notado nunca que estuviera más cansada al terminar, como le pasaba al usar su magia para redecorar el salón, por ejemplo. Tal vez Noah también usaba magia mientras dibujaba, tendría que fijarme la próxima vez que lo viera hacerlo.
Estaba meditando sobre todo esto cuando un hombre entró en el salón, probablemente atraído por la música, y se acercó al piano con una leve cojera. Llevaba un abrigo de montar hasta los tobillos, con largos cortes a los lados y cubierto de polvo, y los pantalones por encima de las botas, a cuadros de colores. Tenía una barba desaliñada, con reflejos rojizos, e iba despeinado, pero eso no le impidió reclinarse contra una columna y cruzar los brazos como si fuera el presidente del Consejo. No quitaba sus ojos claros de Sara, que siguió tocando sin darse cuenta.
Cuando acabó la canción, el desconocido empezó a aplaudir con entusiasmo y Sara se giró hacia él, sobresaltada.
—Precioso. Maravilloso.
Tenía el acento fuerte y cerrado de la gente más pobre del norte, aquellos que descendían de marinos mercantes, aunque por la calidad de su ropa no me lo había esperado. Mientras que la mayoría de norteños de origen humilde intentaba disimular su acento en la corte, él no parecía tener ninguna intención de ocultar su origen.
Tras un momento, el tipo se acercó a Sara y le ofreció su mano. Por pura costumbre, estoy segura, ella la tomó.
—James McTavish —se presentó.
—Sara Blaise —contestó ella limpiándose la mano con poco disimulo en la falda.
McTavish sonrió y, cuando vi que pretendía apoyarse en el piano, carraspeé.
—Aileen Dunn —me presenté desde el sofá, sin moverme.
McTavish se acercó a mí y se quedó unos instantes de pie, esperando a que me incorporara. Tal vez, de no haber sido por las velas, me habría importado lo que pensara, pero el caso fue que me quedé como estaba.
Al final, decidió sentarse en un sillón y poner los pies sobre la mesa. Yo sonreí. Era raro ver a un norteño que no fuera extremadamente estirado.
—Siga tocando, por favor —le dijo a Sara.
Ella me miró, alzando las cejas, pero continuó cuando me encogí de hombros.
—¿Tu primera vez en Rowan? —le pregunté a McTavish.
Él se giró hacia mí, sorprendido. Pese a lo cansado que se le veía, aparentaba menos de treinta años. Demasiado joven para haber estado implicado en la guerra y que lo hubieran expulsado de la corte; pero su forma de comportarse, tan irreverente, parecía indicar que nunca había estado en Rowan.
—¿Tanto se nota? —me contestó observando su ropa.
—No es la ropa, tranquilo.
Aunque no se veía a mucha gente en la corte con el tipo de traje que él llevaba. McTavish se quitó el sucio abrigo de todas formas y lo tiró a mis pies, sobre el sofá. Me reí.
—¿Y tú? ¿De dónde eres? —Se subió las arrugadas mangas de la camisa—. Falda sureña, blusa norteña… ¿De dónde es tu acento?
—Soy mestiza —contesté con alegría. Sara falló una nota al oírme—. A Sara no le gusta la palabra, pero a mí me da igual. Soy de Olmos, pero no se me nota en el acento, no sé por qué.
Me desperecé sobre el sofá, dejé caer mis botines al suelo y puse los pies sobre el abrigo de McTavish.
—¿Y la señorita Blaise? —me preguntó—. No, espera, déjame adivinarlo…
McTavish se inclinó hacia delante, mirando a Sara de arriba abajo.
—Nirwan.
Ella siguió tocando, pero yo no pude evitar una exclamación, sorprendida.
—¿Cómo lo has sabido? —pregunté antes de darme cuenta de la explicación más lógica—. ¿Por el apellido?
—Cada uno tiene sus talentos, Dunn. El mío son las señoritas norteñas.
—Permíteme dudarlo —le dije, con una carcajada.
Fue su turno entonces de ahogar una exclamación de falsa indignación.
—Oye, ¡perdona!
Me volví a reír, más divertida de lo que había estado en mucho tiempo. Hubo un momento de silencio, en el que Sara terminó la canción, y luego continuó con otra.
—No conozco a muchos mestizos —dijo McTavish—, pero no suelen vestirse así, ¿no?
Me encogí de hombros.
—Lo mejorcito de cada sitio —le contesté—. Y si a alguien no le gusta, no es mi problema.
Sara me miró un breve instante, apretando los labios.
—A la señorita Blaise no parece gustarle.
—Mi sentido de la moda le resulta ofensivo —dije—. Pero no todas podemos tener su estilo.
—Sería insoportable para mí, desde luego —siguió flirteando él.
Sara se sonrojó, pero antes de poder protestar, alguien más entró en la Sala de Música.
—¡James! Te estaba buscando.
Velas relajantes o no, al reconocer la voz de Luther Moore me incorporé de golpe sobre el sofá. Él se acercó hasta James y ambos se abrazaron con fuerza.
—Perdona, me he distraído —le contestó.
Sara, a su espalda, había dejado de tocar. Luther frunció el ceño al verla y ella se sonrojó aún más.
—James…
Justo entonces se giró hacia mí. Su cara cambió enseguida a una de sorpresa.
—Aileen.
—Luther —lo saludé cruzando las piernas sobre el sofá y estirándome la falda para intentar parecer algo más presentable.
James me observó un segundo, luego miró a Luther. Y después esbozó una enorme sonrisa que Luther le borró de un codazo en las costillas.
—Será mejor que nos vayamos si pretendes instalarte antes de la cena. Señorita Blaise. Aileen.
—Te veo mañana, Luther —le dije, sintiendo forzadas las palabras.
Él asintió, entendiendo que había aceptado sus disculpas.
—Ha sido un placer, Aileen. Estoy seguro de que nos veremos pronto —se despidió McTavish estrechando mi mano—. Señorita Blaise.
Sara volvió a darle la mano, pero esa vez él le besó el dorso.
—Oye, ¿qué es eso de «Aileen»? —repliqué mientras se alejaban—. Para ti soy la señorita Dunn.
—¿Señorita Dunn para mí, pero Aileen para Luther? No lo creo.
—James —masculló Luther arrastrándolo hacia el pasillo.
McTavish se despidió con la mano una vez más antes de salir y no pude evitar sonreír.
—Qué persona tan desagradable —protestó Sara inmediatamente.
—Lo siento —contesté a falta de algo mejor.
—¿Has visto qué barba tan desaliñada lleva? —añadió ella negando con la cabeza—. No estoy nada relajada, ¿podemos irnos?
—Por supuesto.
Me agaché a por mis botines, apagué las velas y al levantarme me di cuenta de que McTavish había olvidado su abrigo a los pies del sofá.
—Déjalo —me dijo Sara—. Seguro que lo ha hecho adrede.
Dudé un momento, pero al final lo cogí.
—Yo me encargo de él cuando venga a buscarlo —le respondí sacudiéndole el polvo antes de doblarlo sobre mi brazo.
—Eres demasiado buena —me dijo Sara mientras salíamos.
—Es mi lado sureño.
Ella me dio un golpe en el brazo y yo me reí.
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Sin embargo, James McTavish no vino a nuestras habitaciones a buscar su abrigo esa noche. Al día siguiente me lo encontré en el lugar más inesperado: la Sala de Esgrima. Estaba sentado en un sillón, en medio de la sala, como si de un rey extranjero se tratase. Excepto porque estaba mordiéndose las uñas.
Luther estaba de pie a su lado, hablando en voz baja. Había vuelto a cerrar las cortinas.
—Buenos días —saludé, sorprendida.
—El señor McTavish nos va a acompañar en esta sesión —me informó Luther.
—Aileen —saludó McTavish, dejando sus uñas tranquilas.
—Señorita Dunn —le recordé—. Por cierto, McTavish, ayer te dejaste el abrigo en la Sala de Música.
—¡Ah! ¡Fue ahí! Menos mal, pensaba que había sido en la taberna y después de lo de anoche…, como para volver pronto.
Luther chasqueó la lengua, pero yo no pude evitar sonreír.
—Lo tengo en nuestras habitaciones, en la parte antigua del Ala Oeste.
—¿La parte con ventanas diminutas y techos bajos?
Alcé las cejas, pero Luther habló antes de que pudiera contestarle:
—¿Comenzamos?
Asentí y me coloqué junto a ellos. Luther empezó a guiarme y, en apenas unos instantes, mi magia estaba fluyendo. Cuando abrí los ojos era McTavish quien estaba delante de mí, observándome con una expresión de concentración.
—Junta las manos, como si quisieras coger agua —me indicó manteniendo el tono de voz bajo y suave de Luther—. Llénalas de magia.
Una vez más podía sentir el peso de la magia en mis manos. Fue en ese momento, al mover los pies para recuperar el equilibrio ante la extraña sensación, cuando me fijé en que Luther estaba a mi lado, en la misma posición.
—Ahora visualízala. Sabes lo que es. Sabes cuál es su forma, su color. Puedes verla.
Y podía. De repente, mi magia tenía un color azulado, intenso, como los nomeolvides que habíamos creado hacía unos días. Era una bola sólida y gaseosa a la vez, inexplicable. Luther extendió su mano hacia nosotros y pude ver una esfera idéntica en ella. Me pregunté si él había pensado en lo mismo.
Los segundos parecían alargarse eternamente, hasta que por fin McTavish volvió a hablar:
—Ahora recupera esa magia. No la dejes ir, no la deshagas. Absórbela de nuevo a través de tus manos.
Por un momento, no supe cómo hacerlo, pero vi a Luther haciéndolo por el rabillo del ojo y, de pronto, me pareció sencillo. Reabsorbí la magia que había en mis manos, sintiéndome más fuerte.
McTavish seguía muy concentrado y me sorprendió lo maduro que parecía con esa seriedad en el rostro. No le pegaba, la verdad, lo prefería risueño.
Tras unos segundos más de silencio, Luther y McTavish compartieron una mirada llena de significado y pude sentir lo bien que se conocían, la complicidad que les permitía hablarse con solo mirarse a los ojos.
—Aileen, me gustaría probar algo —dijo McTavish.
Su tono parecía indicar que estaba pidiendo mi permiso, así que asentí.
—No es muy ortodoxo.
Miré a Luther, pensando en nuestra discusión y entendiendo a qué se refería McTavish con «no muy ortodoxo». Fue a decir algo, pero asentí otra vez antes de que lo hiciera. Era difícil recordar los límites de mi curiosidad en aquella sala.
—Muy bien. Sube las manos.
Obedecí y cada uno de ellos cogió una de mis manos entre las suyas.
—Déjate llevar —me dijo Luther.
Al instante, noté un cosquilleo en mi palma. Sentía su piel en mi dorso, pero también algo más. De forma instintiva, relajé mi mano ante esa sensación extraña y familiar a la vez, y una nueva bola de magia azul apareció sobre ella.
Percibí entonces un extraño pinchazo en la zurda. No llegaba a ser doloroso, aunque la mano que McTavish estaba tocando parecía arder. Fruncí el ceño y, sin darme cuenta, intenté retirarla, pero McTavish apretó su agarre, concentrado. De alguna forma, se abrió camino a través de mi piel y mi rechazo, y una bola de color verde oscuro apareció sobre mi palma, pesada y extraña. La mantuvo unos segundos y luego se apartó, haciéndola desaparecer. Solté a Luther y me froté el dorso, mientras él observaba sus propias manos, en silencio.
—¿Estás bien? —me preguntó McTavish.
Asentí y me fijé en el sudor que perlaba su frente. McTavish se dejó caer en el sillón con un suspiro. Nunca había visto a nadie usar magia oscura y no estaba segura de que eso fuera lo que acababa de ocurrir, pero era lo único que se me ocurría.
—Lo dejaremos aquí —dijo Luther agachándose junto a McTavish.
Estuve a punto de replicar, ya que no me habían explicado nada de lo que habíamos hecho, sin embargo, vi el rostro cansado de McTavish y decidí obedecer y marcharme.
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Esa noche estaba ya durmiendo cuando unos fuertes golpes en la puerta exterior me despertaron. Encendí una vela con un chasquido de mis dedos y miré la hora. Eran las tres de la mañana.
Algo asustada, salí de la cama y de mi dormitorio. Sara no parecía haberse despertado, así que corrí descalza hasta la puerta y abrí antes de que pudieran volver a llamar. Me llegó el intenso olor del alcohol antes que la imagen de James McTavish.
—Hola —me saludó.
—Shhhh —le chisté entrecerrando la puerta a mi espalda.
—Perdona —dijo con un susurro teatral—. Vengo a por mi abrigo.
Lo miré, incrédula.
—¿A las tres de la mañana?
—Es que tengo frío. Y mañana no me voy a acordar. Y hace mucho frío.
McTavish se balanceó de un lado a otro sobre sus pies, con los ojos entrecerrados, completamente borracho.
—Espérate aquí —le dije—. Ahora mismo te lo traigo.
Junté la puerta con cuidado y fui de puntillas a mi cuarto. Cogí su abrigo, pero cuando volví a la salita McTavish ya había entrado.
—No, no, no —murmuré mientras él se dejaba caer en el sofá.
Sara salió de su habitación a tiempo de verlo apoyar la cabeza en el respaldo y cerrar los ojos.
—Soluciónalo —me dijo antes de entrar de nuevo en su dormitorio y cerrar de un portazo.
McTavish se hizo un ovillo en el sofá, tiritando.
—Lo siento —susurró—. Hace mucho frío.
Me agaché junto a él y vi que tenía los ojos vidriosos. Toqué su frente, cubierta de sudor, y sentí su magia, pesada, como un perfume demasiado dulzón.
—Está bien. Descansa un poco.
Lo tapé con su abrigo y encendí el fuego de la chimenea. Me senté en el suelo junto a él, observándolo.
—Lo siento —dijo una vez más.
—No pasa nada.
Me levanté de nuevo y McTavish extendió una mano helada para cogerme de la muñeca.
—No te vayas —me suplicó.
—Voy a traer algo para abrigarte, ¿de acuerdo?
Tras un momento, McTavish me soltó y fui a mi cuarto a por una manta. Lo arropé con ella y me senté otra vez en el suelo junto a él.
—¿Recuerdas dónde están tus habitaciones? —le pregunté en voz baja.
McTavish rebuscó en su bolsillo y sacó un papel arrugado. Era un mapa del Ala Oeste del castillo, con varias indicaciones hechas a mano. Memoricé el camino para acompañarlo cuando entrara en calor, pero no parecía que fuera a ser pronto. McTavish siguió tiritando, tan fuerte que podía escuchar el rechinar de sus dientes. No paraba de disculparse y pronto me di cuenta de que estaba delirando.
Había pasado casi una hora cuando decidí que no podía seguir allí sentada. Al levantarme de nuevo, McTavish ni se percató. Me puse las botas y una capa sobre el pijama y me marché.
El castillo estaba frío y silencioso, vacío, aunque llevaba tantos años viviendo en él que no me resultaba siniestro. Sí estaba nerviosa, sin embargo, por lo que iba a hacer. Comprobando una última vez el mapa de McTavish, cogí aire, me tapé mejor con la capa, y llamé a la puerta con fuerza.
Antes de poder llamar una segunda vez, Luther Moore abrió. Iba descalzo y llevaba un pijama de seda gris, el pelo despeinado y una expresión de total desconcierto.
—McTavish está en mis habitaciones —le informé.
Luther frunció el ceño inmediatamente.
—¿Borracho?
Miré a ambos lados del pasillo, aunque sabía que estábamos solos, y negué con la cabeza, seria. Luther debió entenderme, porque cogió aire, despacio.
—Pasa. Dame un segundo.
Se retiró y desapareció por otra puerta. Yo miré a mi alrededor, curiosa. Era una sala de estar bastante impersonal, pero decorada al estilo norteño. Excepto por una gran maceta en un rincón, llena de flores silvestres. Me di cuenta, extrañada, de que era la misma planta de nomeolvides que habíamos hecho crecer juntos. No tuve tiempo de darle muchas vueltas a por qué Luther tendría flores tan sencillas en vez de elegantes arreglos florales, ya que volvió en ese momento, calzado y con una capa sobre su pijama.
—Vamos.
Hicimos el camino en silencio, por discreción y por falta de palabras. Nunca había visto en persona los efectos secundarios de la magia oscura, pero había leído sobre ellos y la reacción de Luther me había dado a entender que había acertado.
Cuando entramos en la salita, Sara había salido de su dormitorio. Estaba arrodillada junto a McTavish, mojando su frente con un trapo húmedo y diciéndole algo. Luther la saludó con una inclinación de cabeza y ella se levantó, apartándose para dejarle sitio.
—James —le susurró—. James, soy yo.
McTavish entreabrió los ojos y dejó escapar un gemido.
—Lo siento —murmuró.
—Lo sé. ¿Estás bien?
McTavish intentó incorporarse y Luther lo ayudó a sentarse. La manta y el abrigo cayeron al suelo y McTavish empezó a tiritar de nuevo. Luther cogió el abrigo y se lo puso, con mucha más paciencia de la que lo creía capaz. Su amigo se abrazó con fuerza, metiendo las manos dentro de las mangas, y lo miró con intensidad.
—No quería hacerle daño a Aileen —murmuró, intentando que fuera un secreto.
—Shh, Aileen está perfectamente.
Creí entender entonces lo ocurrido. McTavish debía haber usado magia oscura para el pequeño experimento de esa mañana y, en vez de dejar que me afectara a mí, había hecho que los efectos se revirtieran en sí mismo. No importaba que sus intenciones fueran buenas, iba aún más en contra de la naturaleza destructora de la magia oscura. ¿Cómo debían ser las consecuencias para que se hubiera emborrachado de esa manera, intentando paliarlas?
—Venga, arriba.
Luther le pasó un brazo por la cintura a McTavish y tiró de él para ponerlo en pie.
—¿Necesitas ayuda? —le pregunté.
—No, no te preocupes.
Supe que no era la primera vez que tenía que lidiar con McTavish en ese estado, y no insistí.
Antes de irse, Luther se giró una vez más hacia mí.
—Gracias por venir a buscarme.
Yo solo asentí.
Esperé en la puerta mientras Luther y McTavish se alejaban por el pasillo, McTavish apoyándose pesadamente en Luther, y este susurrándole algo.
Cerré la puerta cuando giraron la esquina y vi a Sara junto al sofá, cruzada de brazos.
—Lo siento —le dije.
—No empieces tú también, por favor.
Me apoyé contra la puerta mientras Sara recogía el cuenco con agua y el trapo húmedo.
—Lo siento de todas formas. Que hayas tenido que… verlo.
Ella se encogió de hombros.
—Soy del norte. No es la primera vez que veo algo así.
No sabía qué contestar a eso, así que me limité a darle las buenas noches, recogí la manta y me fui a dormir.
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Al día siguiente intenté quedarme en la cama todo lo posible, pero estaba demasiado acostumbrada a madrugar y al final tuve que levantarme. Imaginando que Sara dormiría hasta el mediodía, bajé al comedor para desayunar con los chicos.
Liam miró su reloj de forma exagerada cuando me vio entrar.
—¿Qué son estas horas? —me preguntó—. ¿Estás enferma?
—Ja, ja. Hazme sitio.
Me senté junto a mi primo, que estaba desayunando con Noah e Ethan, como de costumbre, y también con Claudia. Apenas lo había visto sin ella últimamente.
Empecé a desayunar, escuchando a medias su conversación. Seguían hablando de los rumores en la frontera y de lo que el Gobierno estaba haciendo ante ellos.
—Van a formar una Brigada de Seguridad, ya lo veréis —estaba diciendo Noah.
—Lo dudo, yo creo que tal vez mandarán a alguien a investigar, pero es muy pronto para formar brigadas.
—¿Por qué están trayendo mercenarios, entonces?
Dejé el tenedor en el plato y tragué agua.
—¿Qué mercenarios? —pregunté en cuanto pude hablar, interrumpiendo a Liam.
Ethan miró a un lado y a otro y se inclinó sobre la mesa.
—Hemos visto ya a uno —susurró—, y seguro que traen a más. Las brigadas siempre son de mercenarios del norte.
—¿Qué es un mercenario? —preguntó entonces Claudia.
—Gente que usa magia oscura por dinero, básicamente —contestó Noah.
—¿Y quién es el mercenario que ha llegado?
—McTavish. James McTavish. Es de Luan, aunque ha trabajado por todo el norte.
—Y es un borracho —añadió Ethan.
—Usando tanta magia oscura, como para no serlo —dijo Noah—. Pero es todo un personaje. Mi hermano lo conoce y ha venido más de una vez a casa. Te ríes mucho con él.
Intenté seguir desayunando, pero se me había quitado el hambre. Había sospechado que McTavish usaba magia oscura desde la sesión del día anterior, pero saber que no solo era cierto, sino que además se ganaba la vida con ello…
En ese momento, el reloj marcó las nueve y Noah se levantó de un salto de su asiento.
—Voy a por La Gaceta.
Minutos después volvió con varias copias de La Gaceta, la hoja informativa que el Gobierno publicaba una vez por semana con las noticias del país.
—¿Qué os había dicho? —dijo, triunfante, entregándonos las copias.
Yo cogí la mía y la leí rápidamente. No hablaba de la formación de Brigadas de Seguridad, algo que no había existido desde la guerra, pero sí contaba que había tenido lugar un ataque en un pueblo de la frontera. Cinco personas de la misma familia habían sido atacadas con magia oscura, aunque habían sobrevivido. Se sospechaba que era gente de Daianda, experimentando.
—Dicen que había tormenta —murmuró Ethan—. Que han usado electricidad.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Mikke había utilizado la fuerza de los relámpagos para crear su hechizo. Había transgredido uno de los mayores tabúes de nuestra sociedad, utilizando la propia naturaleza para hacer daño.
Doblé la hoja y la guardé en mi bolsillo. Al alzar la mirada, vi a Luther acercándose a mí.
—Aileen, ¿tienes un momento?
—Claro.
Me puse en pie y me alejé con él unos pasos, sintiendo en mi espalda las miradas curiosas de mis amigos. Sobre todo la de Claudia.
—¿Cómo está McTavish? —le pregunté en voz baja.
Luther carraspeó, algo incómodo.
—Está perfectamente, no te preocupes. Siento que… te vieras envuelta en…
—No pasa nada —lo interrumpí—. De verdad.
Él asintió.
—Pasado mañana saldremos a montar —me dijo entonces—. Nos vemos en la salida principal a las nueve.
—De acuerdo.
Luther hizo una breve inclinación de cabeza y se marchó hacia el lado opuesto del comedor. Yo volví a mi sitio.
—¿Quién es ese? —preguntó Claudia apenas me había sentado de nuevo.
—Luther Moore —le contesté.
—¿Y te llama Aileen? —intervino Ethan.
Sentí que me sonrojaba al verme acorralada.
—Cuando yo estudiaba, los instructores y los alumnos no se tuteaban, han debido cambiar las cosas —siguió picándome Noah.
—A mí desde luego no me llaman por mi nombre —añadió Claudia.
—No es mi instructor —respondí al fin, cogiendo la tetera—. Es más bien… un colaborador.
Noah negó lentamente con la cabeza, sonriendo.
—Aileen Dunn, tuteándose con Luther Moore. Quién te ha visto y quién te ve.
Mi primo seguía callado sin defenderme, el muy traidor, doblando y desdoblando la hoja de La Gaceta.
—La educación no debería entender de política —repliqué tras un momento.
—Ajam.
—Bueno, será mejor que vaya a escribirle a mi padre. El ataque ha sido en Cata y eso entra en la jurisdicción de Olmos.
Sin decir nada más, me puse en pie y salí del comedor, ignorando sus miradas.
El resto de la mañana lo dediqué a escribir a mis abuelos y a mis padres. No solo de lo ocurrido en Cata, sino también de las últimas novedades e intentando resumir mis lecciones con Luther Moore de la forma más neutra posible. A mis padres les gustaba que investigara sobre educación, pero eran mis abuelos los que pagaban mi estancia en la corte y no sabría decir qué les gustaba menos, si deberles algo o que viviera lejos de casa, rodeada de norteños. Dudaba que les fuera a hacer ninguna gracia que ahora, además, contara con Luther Moore como colaborador.