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Algunas precisiones sobre la persona humana
ОглавлениеDelinear algunos rasgos de la persona humana hará favorecer la comprensión acerca de la integralidad y complejidad del planteo epistemológico y pedagógico que ofrecemos. De esta manera será posible, además, anclar la reflexión.
Intentar definir a la persona humana, resulta una tarea compleja, resulta imposible sintetizar la complejidad de la persona en una frase. Se trata entonces, de aproximarnos a una conceptualización a partir de la consideración de sus rasgos más relevantes. Una primera apreciación es el carácter esencial de la condición de persona, que, no se trata de un atributo agregado a la condición humana, sino constitutivo de la misma, independientemente de las decisiones personales, o de las circunstancias de la vida de cada uno. Esta esencia está dada por la determinación de sentido.
Así dirá Romano Guardini: «... el hombre del que en cada caso se trata se sitúa ante el todo. Pero ello no de la forma en que para un animal su subsistencia es lo único y todo, sino de una manera “más decisiva”. El hombre sabe que no está impulsado a este enfrentamiento por la propia conservación del ser vivo, ni capacitado para ella por sus fuerzas superiores, sino que una determinación de sentido le autoriza, más aún le obliga a este enfrentamiento. Esta determinación de sentido es tal, que subsiste a través de todas las diversidades de las cualidades y de la situación y que sobrevive a todas las perturbaciones y falsificaciones. Esta determinación de sentido subsiste, aun cuando el hombre se ponga enfermo, se haga torpe o malvado; también cuando el hombre lo olvide, u obre contra ella o no quiera saber nada de ella. Esta determinación de sentido es designada por nosotros como PERSONA.» (1967; p. 159).
Es el sentido de la propia existencia una dimensión de lo propiamente humano y define la actitud del hombre ante la vida, ante el mundo y ante los demás hombres. Es el ser humano el que dota de sentido a las cosas, pero además, su vida es una permanente búsqueda de sentido. Y si la vida humana implica la búsqueda de sentido, esto significa que existe un para qué vivir, una dirección que moviliza la existencia.
¿Cuáles son los rasgos que caracterizan a la persona humana? Ramón Lucas Lucas afirma que: «El punto central de esta “posición antropológica” es que el hombre es un ser en el que se hace patente la espiritualidad no sólo en su inteligencia y voluntad, sino también en su cuerpo. Su insuficiencia biológica requiere, por una parte, la presencia del espíritu para poder sobrevivir; por la otra, la permite, porque la carencia de determinación instintiva hace espacio al pensamiento y a la libertad.» (2008; p. 121). Constatamos a partir de esta expresión un rasgo particular de la persona humana, que es la preeminencia del espíritu y de facultades específicamente humanas como son el pensamiento y la libertad en calidad de distintivos del actuar humano. El debilitamiento de lo instintivo, sumado a la condición de ser con otros que define al hombre, nos abren a otra dimensión de lo humano.
Así, agrega el mismo autor: «La libertad es un don constitutivo y distintivo del hombre. Sin embargo, no es sólo un dato, sino también una tarea que se realiza a través del tiempo. El hombre, como espíritu encarnado, es un ser en el mundo, y el ejercicio de su libertad se inserta en la dimensión histórico–cultural de la existencia humana, que puede calificarse como “historicidad humana”. No es posible definir la historicidad sin referencia a la historia; por otra parte, tampoco es posible hablar de historia humana sin referirse a la cultura, es decir, a la historicidad del hombre.» (Idem; p. 183).
En este sentido, conviene hacer alguna precisión, antes de proseguir: asumimos que «Persona es el ser conformado, interiorizado, espiritual y creador, siempre que —con las limitaciones de que todavía hablaremos— esté en sí mismo y disponga de sí mismo» (1967; p. 179), de acuerdo a la expresión de Guardini; y asumimos también que el hombre define su ser humano en la relación Yo–Tú, tal como lo propone Martin Buber: «La palabra primordial Yo–Tú establece el mundo de la relación.» (1994; p. 9). A continuación define el autor tres esferas en las que surge el mundo de la relación: La primera esfera es la de la vida con la naturaleza, la segunda es la de la vida con los hombres y la tercera es la comunicación con las formas inteligibles. Nos interesa exponer su conceptuación acerca de la segunda esfera, la que refiere a la relación interpersonal: «La segunda esfera es la vida con los hombres. La relación es allí manifiesta y adopta la forma del lenguaje. Allí podemos dar y aceptar el Tú.» (Idem; p. 9).
Romano Guardini, describe algunas de estas dimensiones de la persona, al afirmar que: «De hecho, persona no es sólo dinámica, sino también ser, no sólo acto, sino también conformación. La persona no surge en el encuentro, sino que se actúa sólo en él. Depende, eso sí, de que otras personas existan; sólo posee sentido, cuando hay otras personas con las que puede tener lugar el encuentro.» (1967; pp. 201–201), y más adelante agrega: «... la persona existe en la forma del diálogo, orientada a otra persona. La persona está destinada por esencia a ser el Yo de un Tú. La persona fundamentalmente solitaria no existe.» (Idem; p. 208)
El mismo autor asume otra dimensión de lo humano que es constitutiva de la persona, cuando sostiene que «La esencia de la persona se encuentra pues, en último término en su relación con Dios.» (Idem; p. 215). En este mismo sentido, Martin Buber afirma también la dimensión trascendente de la persona humana, así como su apertura al otro y al encuentro interpersonal, con expresiones tales como: «Las líneas de las relaciones, si se las prolonga, se encuentra en el Tú eterno. Cada Tú particular abre una perspectiva sobre el Tú eterno…» La persona humana queda así definida por una doble dimensión: la dimensión de su interioridad y la posesión de sí; y la dimensión relacional, ambas constitutivas del ser persona.
Alfonso López Quintás, expresa otra nota de la persona, en estos términos: «El ser humano debe ser considerado como una realidad abierta, necesariamente vinculada a las realidades que la rodean y la acogen —en cuanto le ofrecen la posibilidad de fundar con ellas ámbitos de interacción fecunda—. El hombre se encuentra al nacer instalado —no arrojado— en un entorno que lo invita a la acción creadora en vinculación.» (Idem; p. 239). Así afirma el pensador español no sólo la dimensión relacional de la persona humana sino su carácter de ser inacabado, abierto, que ha de completarse en vinculación con otras personas y en el ámbito de lo sociocultural.
Asumimos, entonces, como dimensiones constitutivas de la persona humana la inteligencia y la posibilidad de lenguaje articulado —que posibilitan el pensar—, la libertad y la dimensión de apertura al encuentro con el otro y con la Trascendencia, de acuerdo a los elementos que hemos podido rescatar del planteo de los autores mencionados. Esto nos lleva a afirmar que el ser del hombre es un ser con otros y a la vez un ser en sí, dimensiones estas que no se excluyen ni se oponen sino que se completan una a la otra.
Es, por ello mismo, un ser inacabado, en busca de sentido, y esta condición está relacionada con su condición de ser en el tiempo. Ser y devenir no deben pensarse en la persona humana como opuestos, el devenir es condición del ser humano en cuanto éste se manifiesta en aquél.
En relación a la búsqueda de sentido, Romano Guardini propone no sólo considerarlo como aspiración de sentido de la vida, sino, en relación además, al modo de relación del hombre con el mundo y la naturaleza. Es decir, que la búsqueda de sentido, es condición de la vida humana que se orienta en función de ella, y por lo tanto tiene una disposición teleológica, pero que también constituye el modo de conocer y de relacionarse con el mundo y la naturaleza. Así el filósofo describe la relación hombre naturaleza a partir del concepto de cultura: «El núcleo del proceso de que surge la cultura consiste en dos momentos que no pueden remitirse el uno al otro, pero que se condicionan recíprocamente.
El primero es aquel acto en que el hombre se sale del conjunto de la naturaleza y toma distancia respecto a lo dado naturalmente.[…] El segundo momento es ese acto en que el hombre va hacia la naturaleza y la capta. No anula esa separación de que se hablaba, sino que sólo es posible a partir de ella.» (1960; pp. 10–11). Y agrega: «En este acto, el hombre considera su objeto, lo comprende, lo valora, le da forma. El animal no entiende ni valora, ni da forma, sino que se orienta, siente lo beneficioso o perjudicial, y lo toma o lo elude. Tal acción tiene pleno sentido, pero su sentido no está puesto por el animal, sino que se desarrolla anónimamente en él, como sentido de la naturaleza. En el hombre, la realización del sentido procede de iniciativa personal, del conocimiento y la decisión; cosas posibles solamente porque existe una instancia que crea un distanciamiento: el espíritu.» (Idem; p. 11). Nótese en el párrafo precedente, la referencia al sentido en las conductas animales, y la apreciación de Guardini: se trata de un sentido vinculado al instinto de conservación, pero no es un sentido que los animales otorgan a las cosas. En el ser humano, en cambio, la realización del sentido proviene de las dimensiones constitutivas de la persona humana: su inteligencia y con ella la capacidad de conocer el mundo y de reconocerse en el mundo; y la libertad, y con ella la posibilidad de iniciativa personal y de decisión.
Hemos afirmado precedentemente que el hombre es un ser con otros, abierto al otro, y cuya dimensión social, es por ello mismo también constitutiva de su ser persona. A su vez, con el párrafo precedente de Romano Guardini, incorporamos el concepto de cultura, que remite, justamente a esta dimensión social o comunitaria en el hombre. Podemos afirmar entonces, siguiendo a Alfonso López Quintás, que: «Toda vida personal se desarrolla y crece creando vida comunitaria. No hay hiato entre ambos aspectos. Se ve claramente cuando se ahonda en el sentido de la vida personal.» (2005; p. 10).
La cultura remite justamente a estas dos dimensiones de la persona, en la medida en que en todo acto de cultura hay una apropiación personal, creativa e irrepetible de la realidad circundante, implica además la elaboración de respuestas a problemáticas personales o sociales, que son fruto de la inteligencia y del potencial transformador de los seres humanos; ahora bien, todo acto de cultura se sustenta en una acción comunitaria: pensamos el mundo, recreamos la realidad, formulamos respuestas, proyectos y alternativas, en el marco de una serie de supuestos, esquemas valorativos, necesidades que nos vienen dados por otros. La creación de cultura nunca es una actividad individual, es siempre una tarea comunitaria y que no excluye el aporte personal de cada sujeto.
Una mirada integral acerca del hombre, implica considerar la totalidad de sus capacidades y dimensiones, y es lo que nos proporciona el personalismo, permitiendo conjugar la dimensión individual y de la dimensión social, acentuando la unidad de la persona humana, y reconociendo la multiplicidad de modos de expresión y de relación que configuran lo humano. Posibilita además establecer los rasgos propiamente humanos, tales como la inteligencia, la libertad y la capacidad de un lenguaje articulado y con él de un pensamiento abstracto y capaz de transformar la realidad.
Así reconocemos en el hombre una esencia que está definida en su ser persona, y que a su vez, se forma, se actualiza y se despliega en el tiempo y en el contexto socio–histórico–cultural en el cual la persona humana se encuentra inmersa. El contexto condiciona y limita esos procesos de formación, actualización y despliegue; pero a la vez los hace posibles. Y hace posible a su vez, la reflexión acerca del sentido de la vida humana, del deber ser que ordena su existencia hacia un fin siempre trascendente. Por ello, podemos afirmar que la persona humana es un ser situado, un ser en un aquí y un ahora; es, en definitiva el carácter histórico de la vida humana y de toda realización humana. Por ello, resulta imprescindible hacer algunas referencias a la historia y a la historicidad como dimensión constitutiva y constituyente de la persona.
«Todo individuo vive en comunidad y está con ella en un proceso intramundano, espacio–temporal, pero específicamente humano, que llamamos historia. Así como el hombre es un ser social (ens sociale), también es un ser histórico (ens historicum). Y, así como la comunidad significa la convivencia de una pluralidad de personas, así la historia equivale a la sucesión de un acontecer temporal» (Coreth, 1976; p. 231). El hombre es un ser social y que se forma y desarrolla todas sus potencialidades en el transcurrir de su existencia, de su vida. Esto lo dota de un carácter histórico.
Afirmar el carácter histórico de la persona humana, implica afirmar también su condición de ser libre: «La historia sólo se da cuando el hombre, como ser libre y personal, toma unas decisiones únicas, inalienables e irrepetibles y lleva a cabo ciertas acciones.» (Idem; p. 235). Con esos términos define Coreth la relación hombre e historia, y agrega: «La existencia del hombre está pluralmente condicionada por su mundo; es decir, no sólo por los datos naturales sino también por las circunstancias históricas. Vive en una situación concreta, que la historia forja y acuña.» (Idem; p. 236). De estas expresiones podemos extraer elementos que permitan ir perfilando el carácter histórico de lo humano, algunos rasgos, tales como: la historia sólo se construye a partir de acciones y decisiones fruto de la libertad del hombre, a su vez la vida humana es producto no sólo de esas acciones y decisiones libres, sino que éstas se dan a su vez condicionadas por las circunstancias históricas, que determinan siempre situaciones concretas.
Joseph Gevaert, describe este proceso del siguiente modo: «La liberación del hombre tiene esencialmente una dimensión comunitaria y mundana; tiene que realizarse junto con los demás hombres a través de la creación de un mundo humano. En otras palabras, la liberación del hombre a través de la búsqueda de la verdad y de los valores y de la creación de una cultura humana es una tarea histórica. La dimensión histórica caracteriza a todos los aspectos de la realización humana. El hombre es realmente un ser histórico (lo cual no significa que sea esto solamente)» (1980; p. 231). Incorpora así el autor, otro concepto que consideramos relevante, y es el de liberación. Toda la vida humana, ese existir dotado de sentido y que constituye una permanente búsqueda de sentido, es un existir liberador. El hombre se va constituyendo como un ser más libre, en la medida en que encuentra el sentido de su existencia personal y de la historia, sentido este último que es colectivo pero también es personal.
Gevaert incluye entonces la dimensión de la historicidad, en relación a este ser situado del hombre, que es y a su vez se despliega en el tiempo y en la Historia. Define a la historicidad en los siguientes términos: «Especialmente podría decirse que el concepto de historicidad implica: a) el hecho de que todo hombre se ve situado en una tensión entre el pasado ya realizado (por otras generaciones, patrimonio cultural en sentido amplio) y nuevas posibilidades futuras (que habrán de realizarse personal o comunitariamente);b) la conciencia de que es posible intervenir en el devenir histórico a través de la decisión libre y el trabajo humano (personal o comunitario); c) la asunción de la historia como una tarea humana, subrayando la responsabilidad del hombre por la historia, y en primer lugar por el futuro de la humanidad.» (Idem, p. 234).
Conviene destacar, que la noción de historicidad, incluye y posibilita pensar la tensión pasado–futuro en esa búsqueda de sentido que presupone, remite a la idea de conciencia, es decir de conocimiento acerca del propio ser y de las circunstancias, implica la idea de que la Historia puede construirse y no es algo fatídicamente dado, y por último, requiere de una actitud personal: asumir la historia como tarea, con conciencia de la responsabilidad personal que a cada hombre le cabe en la construcción del presente y del futuro personal y social.
También Ramón Lucas Lucas, reflexiona sobre estas cuestiones, y afirma que: «La libertad es un componente esencial del hombre, y no hay duda que se da historicidad solamente donde hay libertad. Pero, atención, la libertad por sí sola no caracteriza la historicidad. […] Así la libertad es el lugar donde la situación contingente se transforma en historia duradera, donde la necesidad de la naturaleza da paso a la espontaneidad del actuar humano, donde el hombre asume fundamentalmente su responsabilidad ante el pasado y el futuro, y en relación con los demás.» (2008; p. 207). Notemos que en esta cita, aparece la relación entre historia y libertad como hemos visto en Coreth, la libertad es presentada como condición necesaria pero no suficiente de la historicidad: debe venir acompañada de un actuar en el que el hombre se haga cargo de su presente y de su pasado y se responsabilice de la construcción de su futuro; y la historicidad implica también la relación interpersonal, el mirar y encontrar en el otro un tú, un igual con quien construir el futuro.