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MI EXPERIENCA MÍSTICA, gracias a la visión y revelación de nuestro Señor

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Al caer en la cueva después de haber pasado algo más de una hora, comencé a vivir una realidad más cruda de la que había vivido durante los últimos quince días. Muy en el fondo de mi ser albergaba la esperanza de sobrevivir a esta horrenda experiencia; pero después del encuentro con los delincuentes ésta se desvaneció. Iba a enfrentarme a una situación en la que cometer un pequeño error causaría no sólo mi muerte sino también la de mis hermanas. Esto complicó mucho más mi estado, que ya era lo suficientemente macabro; no sólo era yo el que estaba en problemas, sino igualmente toda mi familia. A partir de ese momento debía cuidarme hasta de mi misma desesperación; era un hecho que mi sentencia de muerte me había sido dictada de la forma más dura y cruel; no cabía duda que me podía considerar un hombre muerto. Sólo que no sabía en qué momento ni en qué forma esta orden de asesinato iba a tener lugar.

No hay palabras para describir el horror que viví en esos momentos. Toda mi vida, de repente, se derrumbó ante mí, y sólo podía contemplar las cenizas de lo que quedaba. No podía concebir, ni siquiera por un instante, lo absurdo que era estar en la selva de Colombia a no mucha distancia del pueblo que me vio nacer y del cual me había ido hacía 33 años. Toda mi vida glamorosa que acababa de dejar en Hollywood, todo mi recorrido por tantos lugares del mundo, tanta carrera por alcanzar tantas metas, tantas ambiciones, todo se había reducido a una pila de cenizas. Nada podía cambiar mi realidad de ese momento, por trascendental que hubiese sido la experiencia, ni siquiera el dinero podría solucionarlo porque después de pagar la suma que pedían me ejecutarían de todas maneras. Y no tenía ni la tercera parte de la suma que pedían.

Una gran soledad embargaba todo mi ser; una inmensa desesperación cubría todo el universo que podía concebir a mi alrededor y dentro de mí. No podía expresar nada de este inmenso torbellino de dolor. Me encontraba amarrado, encapuchado e incapacitado para moverme, caminar o realizar cualquier otro tipo de movimiento que diera algo de aire a mi indescriptible pena. Mi angustiada alma buscaba apoyo, algo que me diera la fortaleza que con gran desesperación necesitaba. Todo ese inmenso recorrido de mi pasado, sobre todo espiritual que yo había considerado de gran sabiduría y a veces hasta de gran santidad, no venía a mi rescate. Ninguna de las innumerables fórmulas mágicas, tratados esotéricos, conocimientos metafísicos del ocultismo, mantras que en otras ocasiones parecían haberle dado paz a mi interior, cartas astrológicas que, escasos dos meses, atrás me presentaron un cuadro de grandes éxitos en mi vida, cristales traídos de muchos lugares del mundo, con el fin de proteger mi integridad física y espiritual, toda clase de misteriosos talismanes que me habían sido entregados en medio de grandes rituales inundados de misticismo, un número incontable de amuletos coleccionados en el transcurso de los años de los cuatro rincones de la tierra y cuanta posible presencia mágica pasó por mi vida, no podían ayudarme. Nada, absolutamente nada, vino a salvarme. ¿Dónde estaban los espíritus que por tantos años de espiritismo guiaron mi destino?

Sin más opción que abandonarme completamente en las manos de lo que parecía ser el abismo interminable de mi viaje final, llegó el momento crucial de toda esta experiencia. Lejos de imaginarme que lo que empezaba a sucederme era un llamado, un encuentro con Dios, comencé a vislumbrar con una claridad asombrosa un momento de mi infancia, en el patio interior de la casa, en el pueblo donde nací. Recordemos que llevaba quince días con la cabeza tapada, en la más absoluta oscuridad. Lo único que tenía visibilidad era mi mente, a la que no podemos cerrarle los ojos interiores por mucho que tratemos. Estaba despierto, con plena conciencia del macabro cuarto infestado de murciélagos y los millones de bichos selváticos, pero verme con tan perfecta claridad en mi infancia me colmó de la más angustiosa desesperación.

En este momento tenía 47 años de edad y no alcanzaba a explicarme cómo podía verme con tanta nitidez tantos años atrás. ¿Qué me estaba sucediendo? ¿Me estaba enloqueciendo? Poco a poco, mi vida se empezó a presentar en mi interior, con la claridad de un momento real de mi diario vivir. Un gran dolor comenzó a embargarme, cuando todas mis malas acciones se presentaron durante el recorrido de mis años.

Fue algo tan impactante e impresionante que pensé que me encontraba en un estado febril y alucinando bajo el efecto de tanta picadura venenosa. Pero algo muy dentro de mí era consciente de que lo que me estaba sucediendo era tan real como saber que me encontraba en la selva secuestrado y temía aceptar tal realidad por no comprender su origen. Después de haber recorrido casi toda mi vida en esta película, decidí pensar que estaba agonizando y todo esto no era más que el desandar de todos los pasos de mi pasado. No podía ocultar la verdad de esta increíble experiencia, verdad que mi alma, en su más profundo rincón, conocía a plenitud.

En la primera imagen que tuve al comenzar esta experiencia, me vi en un triciclo con un palo en la mano, recorriendo rápidamente el patio interior de mi casa, dañando las plantas por donde pasaba. A partir de ese cuadro, todo se mostró con la misma claridad.

De pronto sucedió algo, que tan sólo el Espíritu Santo, en el corazón de cada lector, podría explicar, porque no puedo encontrar palabras para hacerlo. Me encontré, de repente, boca abajo sobre el pasto, sintiendo la frescura de un campo amable. Levanté mi cabeza y miré hacia mi costado derecho. En el tope de una montaña aledaña vi una ciudad iluminada, pequeña, pero vibrante, llena de aparente vida. No estaba iluminada porque fuera de noche, pues el sentido de día o de noche no parecía existir. En ese instante, escuché una increíble voz que, al comenzar a hablarme, transformó toda mi existencia. Una voz tan majestuosa que ni un millón de palabras podrían describirla. Si tomara todos los Salmos que alaban al Señor, no tendría la suficiente belleza para hacerle justicia a la descripción de esa imponente voz. Miré hacia el costado izquierdo y vi mi cuerpo como a través de una cortina de humo, tirado en ese cuarto de terror, amarrado y encapuchado. Lo primero que sentí en mi corazón fue que ya había partido de este mundo, pero no me sentía muerto. Por el contrario, si alguna vez he sentido lo que es vida, ocurrió en ese instante. No sentía peso ni dolor, no tenía miedo ni angustia. Tenía el sentido de un cuerpo, a pesar de verme en la lejanía, en el único cuerpo que yo me conocía, pero esto no parecía importarme. La voz que escuché no era humana, era la voz de nuestro Señor. Nadie podría hablar así, venía de todas partes, parecía que saliese de dentro de mí y llenaba toda la existencia que ahora me rodeaba. Sin embargo, el Señor me lo confirmó al decirme: “Te voy a mostrar desde qué momento comenzaste a alejarte de Mi ”. No lo hizo de ninguna forma intimidante, yo sólo sentía un infinito amor, una eterna seguridad de que estaba en las manos de Aquel, a quien no tenía nada que temer, a quien sólo podía amar y de quien sólo verdadero amor podría finalmente recibir. No había un sentido de tiempo ni de espacio, a pesar de observar montañas, la ciudad iluminada, el mismo pasto sobre el que me encontraba acostado. Nada parecía ser. Era como si todo existiera sin estar unido, pero en un todo.

El Señor procedió a darme una larga y detallada lección sobre el mundo material y mi relación con él. Siempre que se refería al mundo en algún hecho particular referente a mi vida, podía penetrar en esa ciudad iluminada, que parecía ser como el escenario del mundo material donde yo aparecía en medio de sus ejemplos y enseñanzas. Me dijo que el mundo está tan alejado de Él como nunca en toda la historia de la humanidad lo había estado. Que el grado de idolatría ha superado cualquier ciclo humano del pasado que pueda estar registrado en los anales históricos de las Sagradas Escrituras; que nuestra pobreza espiritual es de dimensiones alarmantes. El mismo progreso industrial y tecnológico y los grandes alcances sociológicos reflejan en iguales proporciones la inmensa quiebra espiritual de la humanidad. Una generación sin luz del cielo, iluminada únicamente por la seducción de una vida transitoria e ilusoria, por la cual se entrega hasta el último esfuerzo para conquistarla. Siglos de materialismo que poco a poco han derrumbado la estructura espiritual, edificada con la sangre del Cordero y con la de miles de mártires, en los primeros cuatrocientos años del cristianismo. Dice el Señor que ha sido tal el alejamiento de Dios que la humanidad, en su gran mayoría, está exclusivamente dedicada a alimentar lo que va a morir, el cuerpo humano, y totalmente despreocupada de nutrir lo que realmente va a vivir eternamente: el alma. Es tanta la adoración que se le da a lo material que la gran mayoría de almas pasa a la presencia de Dios en grave estado de desnutrición espiritual. Prácticamente, son almas inválidas, que no pueden soportar la luz de Dios. La jornada del alma, durante esta vida en la carne, está orientada a alcanzar la salud espiritual para la vida eterna, en el espíritu.

Por medio de la vida en la carne, conscientes de la comunión con el espíritu, podemos beneficiarnos de un crecimiento espiritual que nos dará la gracia de encontrar una unión con Dios en el momento del desprendimiento de la carne o, mejor, en el momento de la muerte del cuerpo humano, que será la máxima realización de la criatura que se funde con su creador para nunca más separarse. Cada instante en la vida del espíritu, mientras camina encarnada por este mundo transitorio, es un espacio de tiempo que puede marcarse para el beneficio eterno, si se vive en armonía con Dios. Al mismo tiempo, cada instante que se vive en el cuerpo sin comunión con el espíritu es un periodo de tiempo que se ha separado de Dios en la misma eternidad.

El Señor me explica cómo es de importante, para poder establecernos en perfecta comunión entre carne y espíritu, comprender primero algo básico de la sabiduría de nuestra existencia espiritual: el cielo, el purgatorio, el infierno y el mundo material existen al mismo tiempo en la eternidad. Por lo tanto, debemos ser conscientes de que en este mismo momento y desde el mismo instante en que fuimos concebidos en el vientre de la madre estamos parados en la eternidad.

La increíble ignorancia espiritual en que se encuentra la humanidad, según me muestra el Señor, es tal que me señala esta situación presente como peor que Babilonia, Sodoma y Gomorra. El pecado no es un acto de transgresión, sino una forma de vida. Todo se ha justificado para vivir totalmente desvinculados del decálogo santo, de los diez mandamientos. La economía del espíritu está en bancarrota. Los seres humanos carecen del conocimiento de la presencia real del diablo en sus vidas. No tienen presente en sus vidas la gracia de las enseñanzas de Cristo, plasmadas en el Nuevo Testamento, como mapa perfecto de la salvación. Para ellos el diablo es algo metafórico, aislado de una realidad diaria. Lo peor de todo, dice el Señor, es que la Iglesia misma, en una gran proporción, se ha desentendido de la enseñanza del conocimiento del enemigo, hasta el punto que la palabra exorcismo es motivo de persecución y de discriminación dentro de la misma Iglesia. Y todo esto por el acomodo que se le ha hecho al Evangelio con el mundo, el protestantismo de la Iglesia Católica, por miedo a ser ridiculizada por un mundo que cada día busca más lo políticamente correcto que la recta devoción. La presencia de la enseñanza de Cristo sobre lo que debemos saber del maligno es tan inmensa en el Evangelio que es absolutamente absurdo, dice el Señor, que la Iglesia pueda ignorar que esta enseñanza debe ocupar un plano importantísimo, vital, en la catequesis.

Si no reconocemos que el caminar por este mundo transitorio y material es una batalla de vida o muerte del alma, estamos desperdiciando toda la gracia recibida de nuestro Señor Jesucristo, que es la llave del camino, la senda de la verdad, la conquista de la vida eterna. La trampa más grande, tendida por el enemigo a la humanidad, es el hacernos creer que la vida eterna comienza cuando muere la carne y no durante esta vida, la cual hace aparecer como si fuera otra, separada a la que viene en el espíritu. Si de algo nos ha liberado Jesús es del inmenso error sembrado por el enemigo en el paganismo oriental por miles de generaciones, el error de la reencarnación. Cristo nos mostró cómo existe una sola vida en la carne. El alma nunca regresa a su cuerpo material, sino hasta el momento del juicio final, donde le será integrado un cuerpo perfecto. La astucia del enemigo, que siempre imita lo divino para confundir al hombre, toma el conocimiento que tiene por ser ángel, de que estamos unidos a un solo cuerpo, a un solo árbol, desde el pecado original y, por lo tanto, todos nuestros antepasados están vinculados con nosotros, no solo en una forma genética, sino también en una espiritual. Todo esto lo tomó Satanás y lo convirtió en reencarnación. Mediante el ocultismo y todas las prácticas paganas de Oriente, el ser humano ha sido separado de la gracia por siglos de siglos. El hecho de que llevamos en nosotros la información de toda la historia de la carne, desde Adán y Eva, hace que Satanás, por medio de regresiones, lleve a mostrarles otras vidas a las criaturas atrapadas en su error y hace creer que esas vidas son de ese mismo espíritu, cuando, en realidad, son las de sus antepasados que están unidos al mismo árbol. El Señor me muestra cómo somos un mismo árbol, y cada uno de nosotros pertenece a una rama del mismo, rama que se remonta hasta nuestros primeros padres, Adán y Eva. Por medio de esa rama, recibimos millones de bendiciones como consecuencia de las buenas acciones de los antepasados, y que el Oriente lo hace aparecer como karma o ley de causa y efecto. También recibimos maldiciones, las cuales se deben a un número limitado de generaciones que Oriente llama mal karma.

Dice el Señor que una inmensa porción de la humanidad hoy es un producto de la fornicación y no del amor. Seres humanos que son concebidos a diestra y siniestra, en medio de los pecados más abominables. Todas estas criaturas son, en su mayoría, rechazadas desde el vientre materno y miles de ellas abortadas. Nacen en un mundo sin amor y arrastran la carga, no solo del pecado original, sino también de la abominación del pecado de los padres materiales.

Debido a esta masiva ausencia de amor en tantos millones de seres humanos que nacen en medio de los más horribles pecados, el mundo no podría estar más oscuro. Estamos inundados de resentimientos, de odios, de corazones abandonados y pisoteados, desde antes de salir del vientre de la madre. Una humanidad que, en su mayoría, busca resolver su dolor creando dolor en los demás e infligiéndose una naturaleza autodestructiva. Así crean un escenario de vicio, de muerte y desolación. El mismo pecado que penetra la carne, por medio de la impureza sexual, se convierte en su propia esencia que no es más que la muerte, pero ya no la muerte tan solo del cuerpo material, sino también la del alma misma.

Es una humanidad que ha rendido culto a la gran caída del espíritu, por la flagelación inflingida con la lujuria, el vicio y la avaricia. Una idolatría plena a la carne y al mundo material, que busca en vano llenar el más profundo vacío creado por la ausencia de Dios, con un inagotable mar de deseos, de ansiedades, de metas banales, como la sed por el dinero, el poder, la fama, la venganza, la violencia misma, como forma de vida. Un hijo sin amor se convierte en un padre de la violencia y el rencor. Nada, absolutamente nada, podrá llenar el vacío que deja la ausencia de Dios en nosotros. La paz no viene de los hombres, la paz solo viene de Dios y únicamente después del verdadero arrepentimiento y el más profundo acto de contrición. Me muestra el Señor cómo las guerras que hay en el mundo y que ocurrirán hasta su regreso no pueden encontrar soluciones humanas, porque el vehículo de la guerra nunca ha sido la justicia, sino siempre el odio. Solo hincándonos ante el Señor, podremos comenzar el verdadero camino de la paz.

Me produce espanto ver el escenario que el Señor me muestra. Me señala al hombre naufragado en este mundo decadente, totalmente esclavizado de sus instintos y sentidos, arrastrando su propio cadáver, pretendiendo vestir esa muerte con orgullo y vanidad, sin enterarse de que ya los buitres de los infiernos lo sobrevuelan, esperando el momento preciso de consumirlo para siempre.

Vivimos la más ardua batalla entre el bien y el mal por las almas encarnadas; estamos al final de los últimos tiempos. Si todo existe al mismo tiempo en la eternidad, incluyendo este mundo material, entonces, dice el Señor, debemos establecernos en armonía con nuestro espíritu y vivir nuestra naturaleza eterna desde ya, como resultado de la redención del pecado, del rescate de la muerte, que nos ha dado el Padre celestial, al enviarnos a su propio Hijo, para pagar el precio con su vida, por la vida eterna de todos nosotros; la vida eterna que perdimos con el pecado original. De lo contrario, viviremos unidos a nuestra naturaleza mortal, llenos de presentimientos de muerte, inseguridades, miedos, vacíos inmensos de amor, soledad, abandono interior y esclavitud al mundo, al demonio y a la carne. El ser humano que no tiene conciencia de su espíritu y tan sólo se dedica a buscar el bienestar de su entidad material, que es la que va a morir, y descuida completamente su alma, diariamente se levanta a sentir la muerte de todo lo que lo rodea.

Si comprendemos lo importante que es vincularnos a la salvación, conectarnos con el agua eterna, respirar los aires celestiales, aceptar que vivimos en un instante de la eternidad, sobre un plano transitorio material, que en cualquier momento se esfuma y que lo único que podemos conservar de toda esa existencia es el amor que vivimos, podremos desvincularnos de la esclavitud del tiempo humano y lograremos vivir para nuestra naturaleza eterna, utilizando cada instante de nuestras vidas como un tesoro de reparación, de capitalización, en la gran economía de la salvación del alma. El Señor muestra con tristeza santa una humanidad que ha llegado al borde de su propio abismo de destrucción eterna.

A pesar de todo esto, el Señor aclara que todos somos sus hijos y tenemos el derecho a la salvación sin importar el estado de pecado en que se encuentra nuestra alma. El diablo no puede tomarse un alma en su totalidad. En el momento de la muerte de la carne, esa alma tiene la oportunidad de renunciar al pecado y reconocer a Dios, salvándose así, a pesar de quedar en un estado alarmante de purificación.

De la Oscuridad a la Luz

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