Читать книгу El infiltrado - Marta Querol - Страница 10

Оглавление

Capítulo 4

Una de esas mañanas amaneció más temprano que de costumbre y salió de la granja cuando el resplandor del sol no era más que una línea de luz en el horizonte. Las hayas que flanqueaban el camino dejaban pasar los incipientes rayos del sol, pero el rocío de la noche dominaba todavía a esas horas. Avanzó con paso enérgico para entrar en calor y prosiguió con decisión hasta rebasar la casa de los Verhoven. No tardó en alcanzar a una joven que caminaba portando con gracia un barreño sobre la cabeza. La mañana, todavía fría y brumosa, invitaba a acelerar el paso, pero la joven avanzaba con cuidado de no desequilibrar su carga.

—¡Buenos días! —saludó Tirpen, jovial, al alcanzarla—. ¿Puedo ayudaros? —La joven dio un respingo al sentir su presencia y el barreño peligró—. Lo siento, no pretendía asustaros.

—Pues lo habéis hecho, caballero —contestó, azorada—. No os oí llegar.

—Repito mi ofrecimiento, ese barreño debe de ser muy pesado y a punto ha estado de caer a tierra.

—No, gracias, no os preocupéis —afirmó ruborizada, reanudando el paso—. Puedo con ello, estoy acostumbrada.

—Disculpad mi grosería. —La interceptó con un saludo protocolario—. No me he presentado. Soy Frederick von Tirpen, llevo unos días alojado con los Narden. —Y, tras dedicarle una amplia sonrisa, prosiguió—: No puedo consentir que una joven tan bonita cargue con semejante peso. No podría seguir presumiendo de ser un caballero.

La muchacha enrojeció un poco más, pero aminoró la marcha hasta detenerse.

—Todos sabemos quién sois, señor —afirmó cediéndole con cuidado el barreño—. No llegan muchos forasteros como usted a este pueblo y las novedades vuelan. —Por fin esbozó una sonrisa tímida—. Soy la hija de Joachim Verhoven, creo que habéis hablado con mi padre en estos días.

—Sí, así es. —Tomó la artesa con la ropa, se la acomodó, y reanudó la marcha—. Un auténtico artista, vuestro padre. Nunca vi filigranas como las que es capaz de arrancarle a cualquier tronco del bosque. Y un hombre encantador. La verdad es que este es un lugar muy acogedor, me siento como si siempre hubiera vivido aquí y no llevo más que unos días. En cuanto a mí, me halagáis —afirmó con un guiño—, no imaginaba que fuera tan conocido y, puesto que sabéis mi nombre completo, estoy en desventaja, pues yo solo sé que sois la mujer más hermosa de Arlodia y —comentó Tirpen con suavidad—, ahora que me lo habéis dicho, también sé que sois la hija del carpintero. Pero ¿cuál es vuestro nombre?

El rubor de las mejillas de su bella acompañante subió un tono. Lo miraba sin querer, con tímidos giros de cabeza abortados nada más iniciarlos.

—Es cierto, no os lo he dicho —balbuceó—. Qué tonta estoy. Mi nombre es Cinthya.

—Un placer, bella Cinthya. ¿Os he dicho que sois la mujer más hermosa que he visto jamás? Por una mujer como vos valdría la pena quedarse para siempre en este lugar.

La joven rio nerviosa.

—Bueno, hace un rato solo era la mujer más bella de Arlodia. —Aunque la mañana seguía fresca, se abanicó con el guardapolvo que protegía su falda—. He aquilatado méritos en muy poco rato.

El caballero soltó una carcajada.

—Además de hermosa, ingeniosa. Me encantáis. Solo ha sido por prudencia, no quería abrumaros. —Los ojos oscuros de Tirpen la recorrieron con calma sin perder el paso y Cinthya bajó la cabeza, incómoda—. Pero os aseguro que vuestra belleza puede rivalizar con la de cualquier dama de la corte. Lo digo muy en serio.

Continuaron caminando en un silencio cada vez más pesado.

Al desasosiego producido sobre la entereza de Cinthya por las palabras y miradas del caballero se unía lo poco apropiado de la situación. No debería haber permitido que la acompañara, era inapropiado para las costumbres del pueblo. Pero ahora ya era tarde para rechazar su ayuda sin caer en la grosería. Buscó algún tema del que hablar para acallar su nerviosismo.

—Mi padre es muy buen carpintero, tiene fama en la comarca. A veces le encargan muebles desde otros pueblos. Me alegra mucho que sepáis apreciar su trabajo. Si necesitáis cualquier cosa, no tenéis más que pedírmelo. —Enrojeció de golpe—. Bueno, perdón, no me malinterpretéis, quiero decir… yo… bueno, que mi padre os ayudará si necesitáis cualquier trabajo en madera. Aunque —concluyó por lo bajo— no va a hacerle gracia saber que me habéis acompañado al río.

—Cuando digo que sois encantadores… —Tirpen estaba cada vez más divertido—. No os azoréis, joven Cinthya, os entendí. —Hizo una pausa y aminoró el paso para evitar que su acompañante se rezagara—. Y, en cuanto a vuestro padre, tranquila, esto queda entre nosotros. Soy un caballero.

—No os equivoquéis, nunca oculto nada a mi padre, pero disgustarlo por esto… A veces es demasiado protector. Y esto es un pueblo pequeño y algo anticuado. Supongo. No conozco otro lugar. No hay motivo para incomodarlo ¿verdad? —preguntó, preocupada.

—¡Claro que no! —Ante su sonrisa franca la joven bajó la vista—. Ya os lo he dicho, no os preocupéis. Me encanta cuando fruncís esa nariz pecosa. No entiendo por qué Gabriela me dijo… —La frase quedó en suspenso.

—¿Gabriela? —Cinthya arrugó aún más la nariz—. ¿Qué es lo que os ha dicho?

—Tal vez no debiera comentarlo —respondió, indeciso—. Me sorprendió aquella afirmación. Es una mujer muy hermosa y sensata, pero… —Pareció pensativo unos segundos y añadió con dulzura—: No sé de qué hablábamos… Sí, ya recuerdo, de cuántas jóvenes bonitas y casaderas hay en el pueblo. Su marido, el señor Narden, se disgustó al saber que yo era soltero. Viudo, en realidad, como él. Comentó que un hombre no debe vivir sin una buena mujer al lado, y la verdad es que no le falta razón, pero no es nada fácil encontrar la esposa adecuada. Me contó cómo llegó a casarse con Gabriela, una triste historia. Pero os estoy aburriendo, disculpadme.

—No, no, por Dios, continúe. —Cinthya se veía forzada a correr a ratos para seguir el ritmo marcial de su acompañante, que llevaba la artesa como si fuera un almohadón de plumas.

—Pues, como os decía, el señor Narden me insistió en que debía buscarme una esposa joven y bonita. A él le había devuelto la felicidad tras su triste pérdida y yo debería hacer lo mismo. Hablamos de lo difícil que era, en el mundo del que vengo, encontrar una mujer generosa, que no se deje llevar por la holgazanería, el despilfarro, la vanidad o los chismes. En un momento en que se ausentó, fue Gabriela quien me dio a entender que no me hiciera ilusiones en este pueblo, que no encontraría ninguna por desposar. Es una mujer bellísima la señora Narden, pero vos sois especial. Perdonaréis mi indiscreción ¿verdad? Yo no revelaré a vuestro padre que os he acompañado y vos no comentaréis con Gabriela que he compartido con vos aquella conversación. —Calló durante un tiempo, dejando que su acompañante asimilara las palabras antes de continuar—: La culpable de mi poca prudencia sois vos —se volvió para mirar a Cinthya a los ojos como hiciera con Gabriela, hasta percibir un ligero temblor—, vuestra belleza no me permite pensar con claridad. Me recordáis tanto a mi difunta esposa… Perdonad…

Prosiguieron en silencio, arropados por el rumor del agua que fluía paralela al camino. A lo lejos, la figura saltarina de Jonas se recortó sobre el horizonte.

—Menos mal que sé que no puede matarse —comentó la joven entre dientes, siguiendo con la vista las evoluciones del muchacho—, porque si no, cualquier día este chico nos daría un susto.

—¿No puede matarse? —se interesó el caballero—. ¿Jonas? Y eso ¿cómo es posible?

—Jonas es que es… es… —Cinthya se mordió una uña con avidez—, como una bala de paja, donde cae, rebota —explicó a trompicones—. Pero seguid, por favor, me habéis dejado intrigada. No sé por qué Gabriela os ha dicho eso. Lo cierto es que en el pueblo lo habitual es casarse con gente de aquí. Otra cosa es imposible, claro, puesto que nunca viene nadie. Nadie como nosotros, como vos, quiero decir.

—¿Nadie como yo? ¿A qué os referís?

—Ya os he comentado que no recibimos forasteros. Tal vez Gabi se refería a eso, a que lo normal es casarse con los chicos de Arlodia. Es la costumbre, siempre se ha hecho así. Porque jóvenes bonitas y casaderas desde luego hay varias.

—Tal vez fuera por eso… Aunque me dio otra impresión.

Cinthya volvió a morderse la uña. Abrió un par de veces la boca con la intención de decir algo, pero no lo hizo. La curiosidad solo era apreciada en Arlodia como expresión de preocupación por el otro, y este no era el caso. Pero hasta ese día tampoco había tenido motivo para sentir ese escozor que ahora irritaba su ánimo. El silencio apretaba como un corsé demasiado ceñido y a los pocos minutos no pudo aguantar más sin satisfacer su curiosidad.

—¿Y qué impresión os dio? ¿Por qué pensáis que lo dijo?

Tirpen no respondió de inmediato, la miró unos segundos y comenzó reflexivo, titubeante, buscando las palabras adecuadas:

—Bueno, el marido de Gabriela me pareció que le doblaba la edad, ¿es así? Es un hombre fuerte, pero me pareció un anciano a su lado y puede que —dudó unos segundos—, no sé cómo decirlo sin resultar ofensivo… Esto no debe hablarse con una doncella. Disculpad.

—No digáis tonterías. Me he criado entre chicos —Cinthya se irguió y mostró una seguridad que no sentía—, no me escandalizo fácilmente.

Ante ellos se extendía como un abanico de cristal el remanso del río donde habitualmente lavaban la ropa las mujeres

de Arlodia.

—Puede que su marido no la cuide como merece, ¿comprendéis? Me pareció que buscaba calor. Calor… marital. Al descartar al resto de muchachas entendía que se me ofrecía de alguna forma. Gabriela está en la flor de la vida, como vos.

La cara de Cinthya se contrajo, pasando del estupor inicial a un franco disgusto. Habían llegado al río. La muchacha se arrodilló en la orilla y comenzó a frotar las piezas de ropa con energía mientras su porteador, sentado sobre una piedra, observaba el duro quehacer.

—Para vuestra información, Albert es un hombre apuesto y solo se lleva con Gabriela quince años. Ella es mayor de lo que pensáis. Es mayor que yo. Pero tenéis razón, prefiero no escuchar estas cosas —cortó ella al fin, airada—. ¿Cómo osáis insinuar esto?

—No insinúo nada. Os cuento, tal y como me habéis insistido, mi impresión fundamentada. Me habéis obligado vos. Me resulta imposible oponerme a nada que me pidáis. —Alzó las palmas para reflejar lo irremediable de sus actos—. ¿O no me habéis insistido en que os lo contara? Solo he satisfecho vuestra curiosidad.

—Me cuesta creer lo que me decís. —Con el ceño fruncido y un mohín de desagrado retornó al apaleado de las prendas, en un esfuerzo por mostrarse inmune a sus halagos—. Nunca escuché a Gabriela decir nada así… Albert es un buen hombre y más joven y fuerte de lo que podáis pensar. Una bendición para cualquier muchacha de este pueblo. La trata como a una princesa y ellos se adoran.

—Por supuesto. No me entendáis mal. El señor Narden me pareció un hombre atento y generoso, y Gabriela no osó decir nada en su contra. Es solo… —Tirpen reflexionó unos segundos—. Me pareció un comentario raro y, al ver cómo me miraba… Pensé que se sentía sola y necesitaba atención. —Volvió a hacer una pausa hasta que ella alzó los ojos—. Me resultó muy incómodo, creedme. No le hice caso, por supuesto, soy un caballero. Ni Gabriela añadió nada más. Tal vez solo fuera impresión mía, aunque, a mis años y con lo que he viajado, no suelo equivocarme. Además, no la juzguéis con severidad, es algo natural. Dios nos ha hecho criaturas apasionadas y es normal buscar la forma de dar salida a los instintos. Es nuestra naturaleza. Y eso no empaña el amor y el respeto que pueda sentir por él. El cuerpo y el alma no siempre siguen el mismo camino.

—¿Cómo? —Cinthya había dejado de apalear la ropa.

—No me miréis con esa cara de horror. Esto no son cosas para hablar con una jovencita, son temas profundos y complicados que nos darían para muchas horas de reflexión. Pero ya que hemos llegado a este punto, intentaré al menos explicarme para no dejaros con esa expresión de horror. Vos, que sois un alma buena y piadosa, ¿creéis que Dios es un puñetero?

—¡Von Tirpen!

—Perdonad mi lenguaje, pero es necesario para hacerme entender y habéis afirmado que estáis acostumbrada a la rudeza masculina. ¿Cierto? —Le guiñó un ojo—. Reflexionad un momento: ¿nos regalaría Dios el privilegio de poder disfrutar de la pasión, para luego castigarnos si cedemos a ese don? ¿Nos habría creado un cuerpo capaz de reaccionar al más mínimo roce si no fuera para nuestro disfrute? Hasta los animales gozan cuando quieren, cuando sienten esa llamada. ¿Nunca habéis visto a una pareja de gorrinos o terneras aparearse? ¿Os parece escandaloso o pecaminoso? —La joven, con los ojos muy abiertos, asintió de forma casi imperceptible ante la primera afirmación y negó tras la segunda—. A los humamos nos educan en la represión y el control porque no todos saben hacer buen uso de sus instintos y así se evitan problemas de convivencia. Pero nosotros no somos menos que otras criaturas del Señor y, teniendo un alma buena, podemos hacer uso de todos los dones que nuestra condición nos regala.

—Lo que decís es una barbaridad. No somos animales, por eso controlamos nuestros instintos.

—No, querida Cinthya, estamos muy por encima de ellos y, sin embargo, nos privamos de lo más natural y maravilloso de la existencia.

—No sé qué opinaría el páter Cósimo de semejantes teorías. ¿Habéis hablado con él de esto?

—No he tenido el gusto de conocerlo, pero seguro que en el fondo piensa igual que yo, aunque por su condición pastoral no pueda expresarlo. Daría lugar a situaciones a las que no están acostumbrados en este punto idílico del mapa. Es su forma de controlar a los parroquianos. O mejor, a las parroquianas.

Cinthya, desconcertada, regresó al jabón y a la colada bajo la atenta mirada de Tirpen. La insinuación del caballero sobre las intenciones de su amiga le había parecido ofensiva, y el razonamiento sobre los apetitos, indecente. Sin embargo, a la vez lo sentía cierto, de una lógica irrefutable. ¿Por qué los animales, inferiores a los humanos, podían gozar de placeres restringidos para estos?

En uno de los impetuosos movimientos con que apaleaba la ropa, a la joven se le venció el pañuelo que recogía el cabello cobrizo y su acompañante se levantó presto a colocárselo y evitar así que lo hiciera ella con las manos mojadas.

La miró otra vez a los ojos con esa intensidad inexplicable, a muy poca distancia.

—Os aseguro que ahora soy yo quien tiene que recordar que soy un caballero para controlar lo que vuestra belleza despierta en mí —le susurró—. Hacía mucho que no me sentía así. Tampoco había conocido una belleza tan terrenal, tan viva, tan natural… Tenéis la piel como los pétalos de rosa. Me nubláis el entendimiento, por eso he cometido esta indiscreción. No me lo tengáis en cuenta, os aseguro que en plenitud de facultades soy un hombre discreto. —Resopló, sin dejar de mirarla—. Qué difícil se me hace teneros tan cerca, tan hermosa, y no besaros.

Cinthya sintió un escalofrío ante la mirada invasiva de Frederick. Sus manos temblorosas arreglaron con coquetería el pañuelo que acababa de enderezarle Tirpen, recogió las prendas ya lavadas como pudo y las introdujo de nuevo en el barreño que su acompañante se aprestó a llevar.

—No os burléis de mí. —A pesar de esta afirmación, la joven sonreía y se mordisqueaba una uña—. Soy una aldeana, pero no soy tonta. No tardaréis en marchar de Arlodia, estáis de paso, y seguro que os esperan importantes asuntos en vuestro destino y alguna joven hermosa con la que satisfacer esas pasiones animales de las que habláis con tanto descaro. Aunque se supone que lo que anheláis es desposar una joven virtuosa. A ver si os aclaráis.

—Touché. Una cosa no está reñida con la otra. Y no me burlo. ¿Cómo podéis pensar eso? —Bajó la cabeza, consternado—. Me duele que tengáis tan mala opinión de mí, aunque me lo merezco por insensato y bocazas. Ya me lo decía mi difunta esposa.

—¡No, por Dios! —se excusó Cinthya de inmediato—. No he querido decir eso.

—Lo cierto es que llevo demasiado tiempo viajando, desde que mi esposa murió —de sus labios escapó un suspiro de pesar—, y algún día tendré que formar una familia. Me temo que tanto tratar con mayorales, capataces, señores y comerciantes, sin recalar en un hogar cálido tocado por la dulzura y la templanza femenina, me está convirtiendo en un hombre rudo y falto de modales. Vivir como un nómada es la mejor manera que he encontrado para no ser devorado por la melancolía ante la ausencia de mi esposa al volver a casa.

—No sufráis por eso. La soledad pesa, es cierto, pero saber que nuestros seres queridos están en un sitio mejor, que han alcanzado la felicidad plena, es un gran consuelo. Y algún día volveremos a reunirnos con ellos. La muerte solo es una circunstancia pasajera, un viaje que nos separa por un tiempo para acabar juntos de nuevo.

—¿Tenéis la certeza de que eso es así? ¿Acaso alguien ha venido a contároslo? —La joven desvió la mirada sin contestar—. Yo no lo creo. Y, aunque llevarais razón, eso no me acompaña en las noches de frío. Me he sentido muy solo estos últimos años. En realidad, hasta mi llegada a Arlodia. Aquí me han acogido como a uno más, me siento bien. La vida en el pueblo parece fácil. Fácil no, perdonad, quería decir sencilla, tranquila, dulce, porque he visto que todos trabajan mucho. Nunca me había planteado establecerme fuera de mis dominios, pero aquí estoy recuperando la paz que se llevó mi Annette. Podría vivir a caballo entre mis tierras y Arlodia.

—Me alegra saber que os sentís acogido. Debéis de echar mucho de menos a vuestra esposa. —La joven esquivó una piedra del camino—. Siempre tratamos así a los viajeros, es lo normal para nosotros después de tantos siglos. —Mordisqueó una nueva uña antes de aclarar—: Viajeros de los otros, se entiende. Como vos pocos llegan. De hecho, vos sois el primero que conozco, pero para nosotros ha sido lo mismo que con uno de ellos. Nuestro deber es ofrecer bondad y cariño a quien nos visite.

—¿Viajeros de los otros? ¡Ay, esos otros! Siempre tengo la impresión de que en este tranquilo lugar pasa algo que todos compartís y escapa a mi razón. ¿Me equivoco?

—¡Qué va a pasar! —El tono del rostro de Cinthya subía y bajaba a cada giro en la conversación y un fino velo de sudor brillaba en su frente—. Me refiero a que no llegan viajeros como vos. Caballeros de postín no se dejan ver por aquí, este pueblo no tiene nada que ofrecerles. A eso me refería, sí.

—¿Os encontráis bien? Os veo mala cara.

Habían llegado a la zona más fresca, donde los árboles formaban una acogedora bóveda sobre el camino paralelo al río.

—Sí, estoy bien, es solo el cansancio. El río está lejos y la ropa da mucha faena. Además, tanta conversación me marea. Ya no sé lo que digo. —Un ruido llamó su atención—. ¡Mirad! —exclamó, señalando unos riscos cercanos—. Por allí vuelve a brincar Jonas. Seguro que Sebastian lo está buscando. Este chiquillo va a acabar con su paciencia, a este paso no se irá nunca.

—Jonas… es un viajero de esos ¿verdad?

La muchacha dio un traspié y cayó al suelo.

—¡Cinthya! —Frederick soltó la artesa y se agachó para atenderla—. ¿Os habéis hecho daño? Voy a recoger un poco de agua. No os mováis.

—No, no os preocupéis, solo ha sido un tropezón y el cansancio. Yo… no he dormido bien, eso es.

Tirpen se acercó al margen del río, rellenó el cuero que llevaba al cinto y regresó solícito junto a la joven. La falda de Cinthya se arremolinaba alrededor de la cadera dejando a la vista unas calzas de hilo de algodón atadas a la cintura. Por la abertura central sus blancas rodillas asomaban indefensas; la izquierda mostraba un rasguño considerable, aunque superficial, que la joven limpiaba con sus propias sayas. Las manos de Tirpen acariciaron esa mínima parte de piel desprotegida y se aproximó tanto al rostro de la joven que ambos podían escuchar sus respiraciones. Cinthya se estremeció.

El caballero miró alrededor. No había ni rastro del muchacho que había provocado el incidente. Izó con fuerza a la aldeana y la sostuvo abrazada, el cuerpo pegado al suyo. Los ojos de Frederick volvieron a clavarse en ella, el corazón de la joven palpitaba con tal fuerza que lo sentía en su propio pecho. A Cinthya le faltaba el aire, las fuerzas huían de su cuerpo a la vez que un sudor frío empapaba su espalda y, durante unos segundos, el mundo giró a su alrededor hasta desvanecerse.

El infiltrado

Подняться наверх