Читать книгу El infiltrado - Marta Querol - Страница 12
ОглавлениеCapítulo 6
—¿Mejor? —Frederick la ayudó a incorporarse y comprobó que mantenía el equilibrio—. Os he curado la rodilla, ya no sangra. Pero menudo susto me habéis dado.
La joven echó una mirada fugaz a su magulladura y se estiró la falda, azorada. Su respiración continuaba alborotada y una incómoda sensación de humedad entre las piernas la mantenía en una postura poco natural.
—¿Qué me ha pasado? —Miró alrededor y se secó la frente con la mano. Jadeaba con una agradable sensación de bienestar, pero un rumor sordo, como el del agua que discurría tranquila tras ellos, la prevenía frente a algo desconocido, como si intuyera un peligro, aunque nada extraño justificaba esa sensación.
—Os desmayasteis. Habrá sido por el calor o por efecto de la caída. Pero no os preocupéis, os sujeté a tiempo. Han sido apenas unos minutos, el tiempo justo de limpiaros esa herida y —imprimió un tono desenfadado a sus últimas palabras— de hacerme enfermar por vuestra belleza.
Cinthya iba a contestar algo, pero al mirarlo a los ojos sonrió más tranquila y aceptó el cumplido:
—Sois un zalamero, ¿nunca os lo han dicho? —Complacida, se arregló el pelo y jugó con el cordel que ataba su camisa—. Yo no he hecho nada, estaba inconsciente.
—Y hermosa. —Con delicadeza le tomó una mano y la besó con reverencia—. Me habéis puesto muy difícil contenerme. ¿Recordáis nuestra conversación de hace unos momentos? ¿O el desvanecimiento os ha malogrado la memoria? La pasión es algo maravilloso, un regalo, mas cuando no puede disfrutarse es un castigo y ahora mismo yo estoy sufriéndolo. Si no fuera un caballero —le guiñó un ojo—, habría aceptado ese beso que habéis estado a punto de darme. Y no, no me lo neguéis, que vuestro impulso ha sido muy claro. Quiero pensar que el destinatario era yo y no estabais soñando con ningún muchacho que os pretenda, pero prefiero esperar a que ese beso impetuoso me lo ofrezcáis con plena conciencia. No soy un sátiro, a pesar de que nuestra conversación pueda haberos dado una impresión errónea.
La aldeana bajó la vista y el color de su cara subió varios tonos. Si en algún momento se había convencido de que el amago de besar a Tirpen lo había imaginado, tuvo que desterrarlo y asumir su comprometido comportamiento. Tartamudeó algo y se concentró en adecentar su aspecto antes de proseguir el camino junto a Tirpen.
—¿Podemos parar un momento? Tengo la boca seca, me siento algo aturdida.
Tirpen le ofreció agua de su cuero y prosiguieron el camino. Como la joven había enmudecido, él retomó la conversación:
—Imagino que ha sido el calor y el esfuerzo. En este tramo no corre el aire. Yo también he sentido calor, mucho. —La miró con ternura—. Me habéis dado un buen susto y sigo preocupado. Se os nota fatigada. Si queréis, podemos caminar más despacio para que recuperéis el aliento. O descansar un rato hasta que os sintáis mejor. —Ella asintió y se hizo un poco de aire con el guardapolvo—. Es un trabajo duro el de lavandera —prosiguió él, cambiando de tema—. Os pareceré un tonto, pero nunca había visto lavar la ropa, el esfuerzo es grande. —Cinthya rio más relajada—. Sobre todo, para una mujer tan delicada como vos.
—¡Qué va! Lo hago todas las semanas, no es para tanto. —Se mordisqueó una uña—. Y nunca me había pasado algo así. —La respiración seguía alterada y la obligaba a suspirar con fuerza—. Ha sido todo muy extraño. Pero no os preocupéis, no creo que vuelva a suceder.
—Eso espero yo también, aunque por egoísmo no me importaría volver a veros como hace unos momentos. Sois una criatura celestial. No imagináis lo hermosa que estabais desmayada en mis brazos. Vuestro rostro era la imagen de la mismísima Santa María. Parecíais una Madonna.
—Callad, por favor. —Se removió inquieta. A Tirpen no le pasó desapercibido el ligero brillo sobre el labio superior ni el arrebol permanente de sus mejillas inmunes a la sombra de los árboles que refrescaba el ambiente. Como un animal en época de apareamiento, podía oler su deseo. Ella agachó la cabeza como si intuyera sus pensamientos—. No debéis hablarme así, por favor, os lo ruego.
—Pues habladme vos. O mejor: habladme de vos, por favor. No estaréis comprometida, ¿verdad? —La obsequió con un mohín de súplica y ella suspiró agradecida ante la nueva conversación—. Decidme que no. No, seguro que no, o estaría haciendo un ridículo insoportable. Confesad, ¿os ronda algún joven? Ay, cómo no os van a pretender, no puede ser de otra forma. Una joven tan bonita debe de tener una corte de admiradores y seguro que ya estáis pensando en casaros.
—Qué cosas decís… —Se había ruborizado de nuevo—. Lo cierto es que sí, hay un joven que me pretende. —Lo miró un segundo y volvió a fijar la vista en el camino—. Creo que pronto se hará público. Sé que Bergen, el hermano del herrero, vino hace unos días a hablar con mi padre. Siempre ha mostrado mucho interés por mí. Es muy amable y trabajador, como Sebastian. Los Kormick son una familia muy buena y nos conocemos desde niños.
—Oh, entiendo. —Tirpen no disimuló un gesto de disgusto; permaneció unos segundos callado, como asimilando la noticia y, al fin, añadió—: Amable, trabajador… Aquí parece que todos los hombres son muy buenos, muy amables, muy trabajadores, pero nadie habla de amor, de pasión… —resumió con fastidio—. Y, si me permitís la indiscreción, no os veo muy contenta. No parece que sea decisión vuestra.
—Sí lo estoy —afirmó con la cabeza baja y un gesto de incomodidad, mordiéndose la única uña que le quedaba entera—. Bergen es un buen chico. Humilde pero bueno. Seremos felices. Como dice siempre mi madre, la felicidad no te la dan o te la quitan los demás, tenemos que encontrarla dentro de nosotros mismos y el secreto está en disfrutar de lo que se tiene y no aspirar a más —concluyó, lacónica.
Lo cierto es que, hasta ese día, su posible compromiso con Bergen lo había dado por hecho como algo indiscutible, ya escrito en la línea de su vida y aceptado con alegría, pero esa mañana todo era diferente: sus sensaciones, sus anhelos, su percepción de las cosas. Su voz débil y su forma de plantear el futuro hablaban de dudas, de falta de convicción. Apretó el paso, como si intentara imprimir firmeza a lo dicho momentos antes con tan poca seguridad.
—Ya estamos otra vez —suspiró el caballero, exasperado—. Y dale con los hombres buenos. Se supone que aquí todos lo son, ya lo sé. Una filosofía de vida muy poco ambiciosa, si me lo permitís. Conformarse no es ser feliz. Mucho menos lo es resignarse. Si todos fuéramos así, el mundo no avanzaría. —Tirpen alzó la vista y observó con disgusto cómo el muchacho del herrero seguía sus pasos, saltando de piedra en piedra, a unos cuantos metros por delante de ellos—. Al menos no estáis comprometida con ese descerebrado de Jonas. Ese muchacho se va a abrir la cabeza un día. Mirad, sigue brincando por aquellas peñas. Aunque, según me decíais, no puede matarse. Ya me lo explicaréis mejor. No sé de dónde sale el condenado ni como tiene tanta energía con lo enclenque que está. En cuanto lleguemos voy a hablar con él. No está bien ir espiando a la gente —apretó el paso recortando distancias con el joven— y creo que lleva toda la mañana espiándonos.
—Sebastian debe de estar buscándolo —afirmó ella más relajada al desviarse la atención hacia el díscolo muchacho—. No se lo tengáis en cuenta. Es un alma inquieta que no termina de acostumbrarse a nuestro modo de vida. Siempre está renegando y a las mozas nos persigue a todas horas. A mí muchos días me escolta hasta el río para verme lavar la ropa. Los Kormick están teniendo mucha paciencia con él, pero a este paso no se irá nunca.
—Sí, eso parece, aunque aquí ¿quién no es paciente, querida Cinthya? —Ella lo miró unos instantes, complacida, sin percibir el deje de ironía que aderezaba las palabras del caballero—. Me encanta cuando sonreís así. Bergen es un muchacho tan afortunado… —afirmó, taciturno—. Muy a mi pesar, reconozco que es un buen partido para una joven como vos y, además, lo conocéis de toda la vida como me habéis dicho. Eso sí, compadezco vuestros delicados oídos, yo no soportaría pasar la vida junto a la forja de un herrero. Pero imagino que gracias a su pequeña fortuna pronto dejará de afilar cuchillos y os dará la vida que merecéis. Y eso es todo un aliciente.
—¿Fortuna? —Cinthya se detuvo unos instantes, negó con la cabeza y retomó el camino—. Debéis de confundirlo con otro.
—Bueno, estos días he hablado con muchos vecinos del pueblo, me gusta escuchar y, como soy el único que no sabe nada de Arlodia, todos tienen ganas de contarme cosas. —Se encogió de hombros en un gesto de disculpa—. Imagino que es algo que vos ya sabéis y que vuestro padre habrá tenido o tendrá en consideración. Por lo que se comenta, a pesar de su juventud, ha reunido una fortuna considerable para un lugar como este. Me extrañó que fuera sabido por todos, esas cosas son peligrosas, siempre hay amigos de lo ajeno capaces de cualquier barbaridad por hacerse con un buen botín, pero me aclararon que aquí nadie roba. Este pueblo es como
el paraíso.
—Algo así —reconoció, pensativa—. ¿Estáis seguro de lo que afirmáis? —El rostro de la aldeana no mostraba complacencia alguna—. No sabía nada. Y tampoco es tan joven, cumplió veinticuatro años hace poco.
—¿Por qué os entristecéis? No os entiendo, jovencita, es para alegrarse. Seguro que os colma de riquezas. Yo lo haría. —Cambió el barreño de lado dejando una distancia mayor entre ambos—. Pensaba que era del dominio público, pero ya veo que no tanto como creía. Vuestro padre estará al corriente, seguro. Si hasta me explicaron que lo guarda en su casa, en un baúl de roble que probablemente haya fabricado vuestro habilidoso padre.
La muchacha bajó la vista mordiéndose el labio inferior.
—Mi padre, cuando se lo cuente… —En sus ojos verdes apareció un brillo acuoso—. No, no sabe nada, le dijo que apenas podía aportar nada al matrimonio.
—Bueno, se comenta que es un hombre avaro. O eso, o es el típico jovencito fanfarrón, aunque como decís, ya tiene edad de haber madurado.
—¿Avaro? ¿Estáis seguro? Aquí nadie lo es. ¿Para qué iba nadie a acumular riquezas? Todos vivimos felices con lo que tenemos, no necesitamos más, y tampoco habría dónde gastarlo. Ya sabéis que Arlodia…
—… es un pueblo muy aburrido, sí, eso me dicen todos, pero no entiendo por qué este pueblo va a ser diferente al resto del mundo. Además, a mí no me lo está pareciendo. Jonas es todo un misterio, Bergen es un hombre complejo y con más secretos de lo que parece, Gabriela no es la dulce esposa que aparenta y a vos os encuentro muy turbada por mi presencia. ¿O me equivoco?
—Me ponéis nerviosa, sí. Pero porque decís cosas que me desconciertan. Y todo eso que enumeráis no me lo había planteado, tampoco veía así a mis vecinos. Hemos tenido una existencia sin sobresaltos.
—No volváis a repetírmelo o me tiraré al río ―bromeó―. ¿Nunca salís de aquí? ¿No se hacen fiestas ni se construyen casas ni se celebran ferias? Eso no es normal, la vida implica también divertirse, prosperar, desear. De hecho, Manheim es una ciudad muy divertida y tampoco está tan lejos como para que no se conozca aquí que puede vivirse de otra manera.
—No exageréis. Claro que se hacen fiestas y ferias, que os escucho y parece que en lugar de Arlodia estéis hablando de un presidio o un cementerio —protestó, ofendida—. Una vez a la semana salen un par de carretas hacia las ciudades más cercanas. Traen lo necesario, que en realidad es poca cosa. Aquí tenemos de casi todo, nos abastecemos de los campos y bosques de alrededor, hay ganado y las casas son sencillas. Eso es todo. Ah, y los domingos el páter organiza una merienda con baile, en primavera celebramos la fiesta de la cosecha, tenemos un pequeño coro… No somos un pueblo tan raro ni tan aburrido como insinuáis. Simplemente es un sitio tranquilo, pero no exactamente aburrido.
—No pretendía molestaros. Es lo que Narden no para de repetirme, imagino que lo he interiorizado como una verdad inamovible. También él me transmite esa sensación de aburrimiento, de existencia anodina y falta de emoción. Mas, a pesar de lo que decís, y si me lo permitís, poco me parece para una joven tan bonita y alegre como vos. Merecéis vivir en la corte y disfrutar del placer de vestir un paño fino bordado en oro, de bailar en salones decorados con brocados y marfil, de escuchar las más hermosas composiciones musicales. Nunca vi nada tan bello —suspiró sin dejar de mirarla—. No os lo creeréis, pero no puedo evitar imaginaros de mi brazo, entrando en un salón palaciego, vestida con terciopelo y sedas y adornada por los más exquisitos afeites.
Cinthya volvió a sonreír, complacida y nerviosa. A Tirpen no le pasó desapercibido cómo se estremecía cada vez que la miraba y el leve gesto de su mano, como queriendo tomar la de él, que no culminó.
Asomaron las primeras casas del pueblo y la joven echó a correr hacia la suya. Suspiró al traspasar el umbral de su sencilla morada y respirar la seguridad familiar.
—¡Padre, ya estoy aquí! —gritó sacudiéndose el nerviosismo.
—Ya era hora, hija. Has tardado mucho. ¿Y qué ha pasado con la ropa? No la habrás perdido… —El padre la besó en la frente y observó ceñudo cómo Tirpen entraba cargado con la artesa—. Buenos días, caballero. Qué sorpresa veros por aquí.
—Disculpad la intromisión. Me encontré con su hermosa hija en el camino y pensé que la carga era demasiado pesada para una joven tan delicada. —Como Joachim lo miraba con asombro, añadió—: Parecía indispuesta.
—Pues muchas gracias, señor Tirpen. ¿Indispuesta? ¿Mi Cin? —replicó el padre que miró disgustado a su hija—. Está acostumbrada. Se nota que sois un caballero, Von Tirpen, pero mi hija está perdiendo los modales. —Hizo un gesto con la cabeza y la miró con preocupación—. ¿Ha ocurrido algo, Cinthya? Es cierto que estás distinta, te veo alterada.
—No, padre, estoy bien, ha sido una mañana muy calurosa y me he mareado un poco, pero eso es todo. Nos hemos encontrado por casualidad y el caballero ha tenido a bien ayudarme. —Le dedicó una pequeña reverencia de agradecimiento y recuperó el barreño.
—Pues muchas gracias, señor. Espero que no le haya aburrido con su perorata. Cuando empieza a hablar, no para.
—¡Padre! Qué va a pensar de mí Von Tirpen.
—En absoluto. Es más, me pareció una joven muy callada y prudente. Además, apenas ha tenido tiempo. Solo ha sido una pequeña ayuda.
—Me alegro, al menos conserva parte de los modales que su madre le ha enseñado.
—En realidad ha sido él quien me ha contado algunas cosas muy interesantes…
Joachim percibió la alteración de su hija.
—¿Quieres un poco de agua, Cin? Siéntate y me cuentas eso tan interesante que veníais hablando. —La joven miró de soslayo al forastero y su padre cambió de tema con gesto confundido—. Acaban de sacar pan del horno y tenemos leche recién ordeñada. No hay otra tahona como la nuestra en todo el pueblo. ¿Habéis desayunado, señor Tirpen?
—No, salí temprano, pero, aunque se lo agradezco, debo marcharme, aún me quedan cosas por hacer. Quedé con el señor Narden en echarle una mano en el granero y mi paseo se ha prolongado demasiado.
—Buena cosa es que le esté ayudando con la granja al bueno de Narden. Vaya con Dios.