Читать книгу El infiltrado - Marta Querol - Страница 11

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Capítulo 5

Tirpen la sujetó para evitar que cayera y consiguió sentarse sobre una roca con la joven sobre su regazo. Estaba inconsciente, a su merced, y así permanecería un buen rato.

Con el brazo libre le retiró el pañuelo que le sujetaba el pelo y se lo guardó. Quería verla salvaje, fresca, abandonada. Admiró los rasgos puros y lozanos de la inocencia, la tez de amapola y nácar.

Se despojó de la capa y apoyó a la joven algo mejor sobre su pecho para liberar los brazos. Un poco de agua de su cuero, un pañuelo de hilo fino con sus iniciales y algo de habilidad para hacer un tosco vendaje que protegiera la magulladura sería suficiente: solo era una abrasión superficial. En cuanto estuvo listo, volvió a reclinar a la joven sobre su brazo izquierdo. Frederick le desató la blusa y aflojó el cordaje del corpiño. Los senos se ofrecieron libres a sus ojos torvos. Se imaginó asiendo los pechos blancos, cántaros mórbidos ajenos a su desnudez, donde dibujar caricias hasta hacerla gemir. De nuevo el dilema que le apasionaba: cumplir o sucumbir. Caer en la tentación, esa era su naturaleza; en realidad creaba las tentaciones a las que deseaba rendirse. Constituía un arte para el que estaba dotado, su razón de ser. Para Tirpen la preparación de escenarios donde envolver a sus presas formaba parte del placer, la antesala del premio merecido, el aderezo especiado que hacía más sabroso el plato principal. Cinthya estaba en el centro de la fuente. Dudó unos segundos, sus apetitos le habían provocado algún problema en el pasado.

Calculó el margen que tenía hasta que Cinthya recuperara el conocimiento; era suficiente. La había sometido a mucha presión, una de sus armas preferidas, y no se recuperaría en un rato. Se encogió de hombros y suspiró; no iba a desperdiciar esa oportunidad.

Estaban solos, mecidos por la música de la corriente que fluía tras ellos y la compañía de algún pequeño animal. Suspiró complacido y, con delicadeza, masajeó la carne expuesta, indefensa. Acarició las sombras sonrosadas de sus pechos hasta transformarlas en dos bodoques rugosos y firmes. La respiración de ella se hizo más ronca. Rio por lo bajo, le encantaba provocar esa reacción que tan bien conocía. Cuando la joven recuperara el conocimiento, aquellas sensaciones estarían impresas en su ser y querría más. Tras un rato de disfrutar del tacto suave de la piel de Cinthya y de arrancarle varios gemidos, abandonó los pechos y descendió hacia la falda alborotada. Entre las enaguas, el rasguño de la rodilla brillaba con gotas carmesí.

La mano alcanzó la abertura central de las calzas. Sus dedos finos reptaron hasta alcanzar el suave y rizado vello de la joven. Oculto a su vista, lo imaginó tan rojo y brillante como una tina al sol. Arrullado por el rumor del agua, deslizó los dedos sobre la masa aterciopelada, la acarició con una parsimonia desesperante incluso para su temple, acostumbrado a tales juegos. Sus instintos estaban alerta, tensos, y su mano se cerró con fuerza entre las piernas de la joven. Escapó un suspiro de la boca de su presa y Tirpen se detuvo. Nada había cambiado: los ojos seguían cerrados y el cuerpo inerte. Pero el tiempo se acababa. Los dedos anular y corazón se deslizaron hasta abrirla sin resistencia. Tirpen avanzaba con estudiada lentitud, contenida su fuerza, aplacado el deseo por el riesgo de despertarla. Cinthya jadeaba con fuerza, todavía sin recobrar la plena consciencia, sumida en un estado de placentero letargo. Sudorosa, su vientre oscilaba rítmico, arriba y abajo. Los ojos de Frederick brillaban. Apretó los dientes.

No podía seguir más allá, todavía no, o se descubriría; la joven era virgen y así debía seguir, pero apuraría hasta el último segundo. Los jadeos se intensificaron y sus dedos hábiles notaron la humedad. La respiración de la joven era cada vez más fuerte y sus caderas se movían siguiendo su cadencia. También él tenía la respiración agitada y la necesidad animal de satisfacerse. No era la primera vez que empezaba jugando y terminaba sufriendo las consecuencias de su poca voluntad y disciplina. Chasqueó la lengua con disgusto. Era un fastidio interrumpir la escena y no hacerla culminar, pero ella no podía despertar y descubrirlo profanándola de aquella manera o aliviando su deseo.

En esos pensamientos estaba, todavía con la mano palpando los muslos abiertos de Cinthya, cuando le pareció escuchar una exclamación ahogada. No muy lejos vio unas ramas moverse y alguien salió corriendo.

Jonas, no podía ser otro. El muchacho era un contratiempo; no podía permitir que contara lo que había visto, pero tampoco podría matarlo. Ya estaba muerto, o casi, porque le había quedado claro que el muchacho era un Viajero en tránsito. Tendría que pensar algo.

Regresó a su víctima. Los jadeos habían bajado de ritmo al cesar en sus atenciones. La miró, resignado; debía tener paciencia, era demasiado pronto. Todo llegaría, siempre llegaba. Sacó la mano con cuidado y limpió sus dedos en la falda antes de estirarla hasta cubrirle las piernas. Recolocó la blusa lo justo para que mantuviera un mínimo decoro y respirara sin dificultad. Se secó el rostro congestionado. El color había vuelto a la desmayada y respiraba con fuerza. Tirpen sopló sobre las mejillas y le dio unas palmaditas.

—Cinthya. —Intensificó las palmadas—. ¡Cinthya, despertad!

La joven se removió y, de forma instintiva, agarró el cuello del caballero y buscó sus labios. Él la rechazó con delicadeza. Poco a poco, con la dificultad de quien regresa de un sueño profundo, abrió los ojos y parpadeó varias veces ante la cercanía del rostro de su salvador. Miró a su alrededor, como desorientada. Cuando recuperó por completo el conocimiento, yacía en su regazo y rodeaba con sus brazos el cuello de Tirpen. Lo soltó de golpe con ojos asustados, se enderezó y sonrió, todavía débil; fue una sonrisa avergonzada y complacida. Un agradable hormigueo recorría su cuerpo, el calor inflamaba sus mejillas y el corazón latía más rápido que de costumbre. Solo veía el hermoso rostro de su salvador muy cerca del suyo, solícito y protector. Su cuerpo relajado en manos Tirpen no mostraba ningún deseo de separarse de él.

El infiltrado

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