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Capítulo 3

Durante los días siguientes, el nuevo habitante de Arlodia se dedicó a confraternizar con las gentes del pueblo. Era un lugar tranquilo, como le indicara el herrero y ratificara su anfitrión, y sus habitantes, al principio, algo reservados. Pero Tirpen no tardó en ganarse su confianza. Era educado, bien parecido y siempre tenía la palabra adecuada. Tras un rato de conversación lo sentían cercano y confiable, como si cada uno lo hubiera conocido en su propia niñez.

Al principio extrañaron que no mostrara intención de partir. Nada tenían que ofrecerle y hasta allí solo llegaban forasteros para cruzar la línea más allá del bosque. Pero su compañía era agradable, rompía la monotonía y, como le había adelantado Albert Narden, todos en el pueblo hablaban de su visita y especulaban sobre su origen, su fortuna, sus tierras, en un brote de chismorreo desconocido hasta entonces. Su llegada era lo más emocionante ocurrido en siglos.

Frederick se esforzaba en ayudar a Albert con las labores de la granja. A pesar de su torpeza, cumplía, con más diligencia e interés que eficiencia, lo que el granjero le encargaba, y este aceptaba la ayuda en pago a su estancia, aunque el trabajo del caballero fuera, por su falta de pericia, prescindible. Narden no estaba dispuesto a cobrarle y era la excusa perfecta para ofrecerle su hospitalidad sin compensación económica. El caballero no distinguía una azada de una yunta, pero precisamente esa buena disposición para hacer algo tan impropio de su clase le hacía valorar más al invitado.

Con el resto de lugareños se mostraba igualmente solícito, aunque, para horror de algunas madres, había enseñado a manejar la espada a los niños del pueblo, que ahora fingían duelos con armas de madera y competían por ver quién la manejaba con mayor destreza o anotaba más bajas en sus juegos. En Arlodia no se concebía más uso de las armas que aquel que propiciaba llevar un trozo de asado a la mesa o proteger al ganado de las alimañas y bestias del bosque. La imagen de los niños caídos por estoque de madera o heridos por fingido puñal era nueva, y las peleas a puños, antes escasas, se habían vuelto frecuentes y por los motivos más variados. Tampoco sus progenitores eran indiferentes a estas disputas y algunas madres habían intervenido airadas ante las afrentas recibidas por sus vástagos de los que, hasta hacía solo unos días, eran amigos indiscutibles. Las enseñanzas de Tirpen a los más pequeños habían provocado una reacción en cadena que había acabado con varias familias enemistadas. Pero gracias a sus maneras educadas, su encanto personal y la capacidad innata para transmitir tranquilidad y confianza, las disputas infantiles se dieron por inevitables y en grado alguno responsabilidad del recién llegado, aceptado por todos sin fisuras.

Por todos menos por Gabriela, que, desde el primer momento, evitó confraternizar con su invitado. Cuando lo conoció, y tras cruzar la vista con él, algo la llevó a evitarlo. La desazón de aquellos primeros momentos la empujó, sin apenas ser consciente de ello, a mantener la distancia y no mirarlo a la cara. Refugiada en una timidez fingida, como quien sabe que acercarse demasiado al fuego provoca quemaduras, lo esquivaba con la cabeza gacha y andares presurosos. Sus amigas preguntaban con curiosidad cómo era la convivencia con tan gentil caballero, en una mezcla de cotilleo y envidia, a lo que Gabriela respondía sin entusiasmo.

Algún disgusto le había costado ya su poca expresividad al referirse al invitado:

—Qué poco entusiasmo, Gabriela. No te entiendo.

—Déjala, que se ve que no quiere compartir con nosotras su experiencia.

—Pero ¿qué experiencia? Apenas hablo con él. Me impone mucho, es más, a ratos me da miedo. Tiene algo extraño, oscuro. ¿Vosotras no se lo notáis? Mira de una forma…

—Ay, sí, mira de una forma… —El tono de su amiga, entre suspiros, era totalmente opuesto al de Gabriela.

—No sé qué os dado con este hombre. No sabemos quién es, ni de dónde viene, ni para qué. ¿No os hacéis preguntas? Os estáis volviendo tontas.

—Tú sí que estás oscura últimamente. Es un hombre encantador.

Conversaciones como esa se sucedían, con sus amigas exhalando suspiros de admiración y Gabriela insistiendo en su desconfianza.

Nada dijo a su marido, no se atrevió por pudor y miedo a ser injusta con quien tan bien considerado estaba, pero procuraba no coincidir con él.

En un par de días, entre las charlas con Albert Narden y las visitas a unos y otros, el recién llegado había llegado a conocer la rutina de cada morada tan bien como sus moradores. Sabía cuándo amanecía en cada casa, a qué hora entraba la masa en el horno, cuándo se reunían los niños en la plaza, la frecuencia con que las mujeres iban al río para lavar la ropa o cuándo los hombres comenzaban y acababan sus faenas diarias. También atesoraba los intrascendentes chismes del pueblo: quién estaba casado con quién, los compromisos recientes, quién era viudo o se había casado más de una vez. De algunos había llegado a averiguar hasta sus pequeñas debilidades, todas simples, sin importancia, tan inocentes como los habitantes del pueblo más aburrido de la comarca, como —casi con vergüenza— confesaban por lo bajo unos y otros ante quien, sin duda, era un caballero de mundo.

El infiltrado

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