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Capítulo 4

Descontrol de celso

Los jóvenes regresaron a casa. Antonio, el criado de confianza de la familia, fue al centro de la ciudad a buscar algunas herramientas que necesitaba; allí se encontró con don Celso que salía de la reunión agendada por el alcalde. Este estaba enamorado de Martha y Antonio lo saludó de manera amable, ya que era muy amigo de don Emanuel Cortez y frecuentaba constantemente la mansión. Don Celso no desaprovechó el momento para preguntar por su amor.

—Antonio, cuéntame, ¿cómo está la joven Martha?, ¿se encuentra en casa? He pensado hacerle una visita esta tarde.

Antonio era muy querido por la familia y muy eficiente en sus actividades, sin embargo, se le conocía también por no guardar muy bien los asuntos de la familia, ya que en repetidas ocasiones contaba algunos hechos íntimos de los Cortez; esto lo hacía sin malicia, era parte de su personalidad: a las interrogantes de don Celso, Antonio respondió con premura:

—Por supuesto, don Celso, la joven Martha está en casa. Hace un momento la dejé allí, ya que vino al centro de la ciudad con el joven Mario a buscar a un muchacho que conoció ayer, y por lo que pude notar, como que existe interés de parte de la joven por el muchacho. La verdad es que es un joven muy apuesto, elegante, varonil, se ve muy refinado y bastante caballeroso, quizá eso llamó la atención de mi niña y se siente atraída por él, en fin, lo dejo, don Celso, lo veré en la mansión… que esté muy bien.

Cuando Antonio se había alejado lo suficiente, don Celso explotó en ira y presionó muy fuerte su elegante bastón. No le gustaron para nada las palabras del criado. Don Celso volvió la vista atrás y regresó a la oficina gubernamental de donde había salido hacía unos minutos; en esta, aún se encontraba don Emanuel.

Entró a la oficina sin anunciar, apenas abrió la puerta este comenzó con los reclamos a don Emanuel, quien en repetidas ocasiones le habría ofrecido a Martha para casarse con él, sin embargo, esta situación con la repentina aparición de Marco Martell en la vida de la guapa y codiciada joven se pondría en duda según don Celso, ya que si se le complicaba el hecho de conquistar a la hija del alcalde con el apoyo de este último, ¿qué le podría esperar si la muchacha llegase a enamorarse de alguien?

—¿Qué se ha creído su hija? Pensé que usted tenía control de sus hijos, pero veo que solo son perspectivas vagas sin fundamento. Exijo una muestra de que yo seré el esposo de la joven Martha.

—Por favor, bájeme el tono ofensivo de voz con el cual se está dirigiendo a mi persona, le recuerdo que no habla con cualquier ciudadano de esta ciudad, sería una pena que por una actitud carente de sentido común se perdiera tan conveniente amistad. La única prueba que puedo darle es cuando mi hija y usted estén frente a un altar, pero no se le olvide que mi hija tiene que ser feliz a toda costa, yo estaré muy cerca de su matrimonio.

De repente la actitud de don Celso cambió y se disculpó de manera muy caballerosa y digna de un hombre de su estatus. Enseguida este pidió autorización a don Emanuel para que le permitiese visitar a Martha por la tarde y poder charlar con ella para seguir con los planes y, en todo caso, distraer a la joven en caso de que estuviese interesada en alguien más. A esta petición el alcalde respondió de manera positiva recordándole a don Celso que era bienvenido a su casa cuando él gustase.

Pero Celso no salió tan contento de la reunión extraoficial que mantuvo con su amigo y socio en algunos negocios subrepticios. Salió con prisa de las oficinas estatales y le ordenó a su criado que buscara información de un muchacho con las características que le mencionó Antonio, el criado de los Cortez. En realidad, el criado de don Celso era un hombre muy astuto, misterioso y temido en la ciudad por su aspecto rígido, de pocos amigos, alguien callado y de una mirada aterradora. Este procedió con lo que le ordenó su patrón, el cual le pidió que fuese detallista con la información solicitada y, aparte de eso, muy cauteloso.

Se dispuso Celso a visitar a la que sería su futura esposa según los planes, sin embargo, una vez que llegó a la mansión, mientras este era anunciado, la joven ordenó que la declararan indispuesta ya que no se sentía bien de salud, por lo tanto, no recibiría a nadie. Esto molestó aún más a Celso, tanto fue así, que se marchó de la casa sin despedirse, dando una vuelta brusca y dejando a la servidumbre con la palabra en la boca.

Celso se dirigió a un bar en el centro de la ciudad para olvidar sus penas y el día caótico que había tenido. Pidió una copa y al mismo tiempo le solicitaba a la joven que atendía en el bar que lo acompañase. La mujer se sentó con él, ya que nadie se atrevería a rechazar tal petición.

Amor a cambio de felicidad

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