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Capítulo 3

En la habitación

Marco no dejaba pasar un día sin leer, pero mientras estaba en la habitación que alquiló, no se concentraba, situación que le parecía rara. Llegó a pensar que tenía fiebre o que estaba por padecer algún tipo de enfermedad, pero sin pensar, se levantó de súbito, dejando en la pequeña mesa el libro que leía, y se aproximó al balcón de la habitación. Observó la luna y de repente recordó el rostro de Martha, y pensó: «¿Por qué te recuerdo?». Acto seguido, Marco sintió cerca el olor del perfume de Martha, quería contemplar la belleza de la luna tomado de la mano de la joven, veía el rostro en su mente como la escena en la plaza; de momento quería verla, quería hablar con ella, ya no quería estar en la habitación. De repente, Marco cogió su abrigo y dejó la pensión. Salió decidido a buscar a la joven.

Era del conocimiento de todos dónde vivía el alcalde de la ciudad. Ya entrada la noche, al estar a unos pasos de la casa donde vivía la joven, el muchacho reaccionó, se detuvo, y dijo:

—¿Qué estoy haciendo? ¿Acaso he perdido la cordura? ¿Qué me he creído para que me reciban a esta hora en una casa decente?

Sin embargo, el joven siguió caminando. Sin darse cuenta, ya estaba enfrente de la entrada principal de la casa, y desde esa posición observaba la casa, imaginando que la joven podía salir, saludarlo e ir a caminar, pero esto era casi imposible. Martha ya dormía, y aunque no fuese así, por ningún motivo iba a pasar eso, ya que la casa estaba rodeada por guardias que darían alarma en caso que esto llegase a pasar. Pero algo sucedió. Mario, mientras fumaba un cigarrillo en el balcón, se dio cuenta de la presencia de alguien fuera de la casa, por lo que se sorprendió y trató de reconocer a la persona; por un momento dudó, pero después de contemplarlo por algunos segundos acertó, y dijo:

—¿Marco Martell? ¡No lo puedo creer!

Cuando Mario bajó de su habitación y corrió desenfrenadamente hasta las afueras de su casa, Marco ya no estaba.

—¿Será que me estoy volviendo loco? ¿Qué querría? ¿Busca a mi hermana?

Enseguida, el joven Mario pensó que al día siguiente le comentaría a su hermana, y a su vez saldría de la duda y buscaría a Marco por toda la ciudad.

Por otro lado, Marco llegó a la habitación, abrió la puerta, entró y la cerró de golpe recostándose en ella. Pensaba en lo que le había pasado, el porqué de tomar la decisión repentina y carente de cordura, el hecho de ir a buscar a la joven hermosa que había conocido esa misma tarde. Suspiraba con lentitud y su rostro irradiaba felicidad. Marco se fue a la cama y al siguiente día despertó muy temprano, ya que le era necesario viajar a su pueblo.

Mientras caminaba deprisa a tomar un carruaje que lo llevase a casa, doblando al final de la calle tropezó con don Celso.

—Muchacho, ten mucho cuidado, estropearás mi traje.

—Disculpe, señor, llevo un poco de prisa, no fue mi intención, lo lamento.

—Jóvenes insolentes —vociferó el acaudalado señor.

Por otro lado, en la casa de los Cortez, Mario despertó temprano y bajó para acompañar a sus padres a tomar el desayuno en el hermoso jardín de la casa.

—Vaya, me agrada verte despierto tan temprano. ¿A que debemos el honor? —dijo el padre del muchacho.

—Ya, no lo molestes, ¿cómo amaneciste, mi cielo? Ven, siéntate a mi lado, hace mucho tiempo que no desayunabas con nosotros —intervino la madre.

—¡Bien, madre, amanecí muy bien! Buenos días, padre, la verdad no dormí muy bien, de hecho, creo que no dormí.

—Te necesito hijo mío en mi oficina. Sobre las diez y cuarenta y cinco, nos reuniremos con algunos colegas para finiquitar algunos asuntos que convienen a la familia, no me dejes mal.

—Allí estaré, padre.

Mario de repente se quedó mudo, pensando en la noche anterior. Tenía dudas de que la persona que estaba frente a su casa fuese Marco Martell.

Cuando Mario terminó su desayuno se dirigió de manera apresurada a su habitación, se dio una ducha rápida, y corrió a tocar la puerta de la habitación de su hermana.

—Hermana, abre la puerta, apresúrate.

—¿Qué pasa, te volviste loco? Me asustas.

Mario le comentó a su hermana el extraño suceso de la noche anterior. Esto sorprendió a la joven que, de inmediato, le propuso a su hermano ir en busca del joven y corroborar dicha versión para estar seguros de los hechos y, de paso, averiguar el motivo de la visita del joven Marco a su casa.

Los hermanos Cortez corrieron a buscar al joven en la ciudad, preguntaron a algunos transeúntes si conocían al joven y que si de alguna manera sabían en qué hostal pasaba la noche.

Después de entrevistar a muchas personas como locos y la visita de cuatro hostales, dieron con el lugar indicado, sin embargo, la sorpresa fue que el joven ya no estaba. Esto entristeció a Martha, la cual salió del hostal con la pena de no haber encontrado lo que buscaba. Dejó un mensaje en el hostal con la servidumbre del lugar, recomendó sugerir al muchacho que la buscase cuando regresara a la ciudad para charlar un momento.

Mario no llegó a la cita con su padre por la premisa de acompañar a su hermana; esto, sin duda, no era nada agradable para el padre del joven, el cual intentaba por todos los medios posibles que sus hijos se involucraran en las actividades familiares y que interactuaran más con las amistades convenientes de la familia y esto con el objetivo de fortalecer los lazos estratégicos para siempre contar con aliados importantes que facilitarían el crecimiento de su emporio familiar y que el apellido Cortez se convirtiese en un referente en la ciudad entera, quedando en la historia como la familia más influyente en la ciudad.

En realidad, los jóvenes Cortez estaban más interesados en cumplir sus sueños, poco o nada les importaban las aspiraciones de su padre que, lejos de halagarlos con la situación, los incomodaba de tal manera que trataban siempre de evitar cada reunión, ya fuese por invitación o donde sus padres fuesen los organizadores. Eran muchachos de pocas amistades. Su manera de pensar los hacía alejarse de los jóvenes hijos de otros ricos de la ciudad, de los cuales los hermanos Cortez no tenían un buen concepto, por lo cual preferían alejarse y no involucrarse en actividades de la índole de jóvenes rebeldes sin oficio.

Amor a cambio de felicidad

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